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Página

Poesía de Eugenio Florit

Roberto Manzano, 23 de septiembre de 2015

Muchos Eugenio Florit, y siempre uno solo, en un arco evolutivo permanente, parece haber en una creación extremadamente peculiar, que siempre conservó un sello de alta calidad artística y de búsqueda continua de la plenitud humana. Los grandes poetas poseen ciclos, como los grandes pintores, aunque desde la primera pieza hasta la última mantengan su incanjeable personalidad. Aún se desconoce al Florit total, pues siempre hay un área de dicción que queda fuera de los bordes analíticos.

Es el sencillo enigma de la poesía de Eugenio Florit, que tuvo, como quien dice, pensando en los pintores, su período azul y su período cubista, su trascendente espejeo de símbolos y su elaboración fina del diálogo que desarrolla consigo mismo y con el universo todo solitario profundo, sus pulidos mármoles estróficos y sus cabrilleos de dulce plática. Desde el inicio de su carrera lírica fue dueño de los instrumentos, y conocía al detalle el arte especial de las enunciaciones estéticas.  Incluso sabe ser aparentemente fácil, sin desaliñarse jamás. Observe el lector, en las pocas piezas que se le ofrecen, la unidad y diversidad de este poeta esencial de la poesía cubana.

                                                                                                                        Roberto Manzano
 

Eugenio Florit (Madrid, 1903-Miami, Estados Unidos, 1999). Vivió en Barcelona y en Port Bou hasta que se trasladó a La Habana en 1918. Se graduó en Leyes y en Derecho Público en la Universidad de La Habana en 1926. En 1927 ingresó en la Secretaría de Estado y se unió al grupo de la Revista de Avance. En 1936 conoció a Juan Ramón Jiménez. En 1940 se trasladó a Nueva York, destinado al Consulado General de Cuba en esa ciudad. Desde 1945 ejerció como profesor en Barnard College de Columbia University, en su departamento de español, en la Escuela Graduada de la Universidad y en la Escuela de Verano de Middlebury College. Trabajó en Revista Hispánica Moderna (New York), cuya dirección compartió con Federico de Onís y con Ángel del Río, hasta que la asumió totalmente en 1962. Recopiló y tradujo la Antología de la poesía norteamericana contemporánea (Unión Panamericana, Washington, 1955). Es autor además de la selección, el ensayo preliminar y las notas de una antología de poemas de Martí. Con José Olivio Jiménez publicó La poesía hispanoamericana desde el modernismo (Nueva York, 1968). Algunos de sus libros de poesía son: 32 poemas breves, Hermes, La Habana, 1927; Trópico (1928-1929), La Habana, Revista de Avance, 1930; Doble acento. Poemas. 1930-1936, «El único estilo de Eugenio Florit», por Juan Ramón Jiménez, Editorial Ucacia, La Habana, 1937; Reino (1936-1938), Úcar, García, La Habana, 1938; Cuatro poemas, Úcar, García, La Habana, 1940; ...Que estás en los cielos [New York?, 1946]; Poema mío (1920-1944), Letras de México, México, D. F., 1947; Conversación a mi padre, Ayón, La Habana, 1949; Asonante final, Revista de la Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1950; Asonante final y otros poemas (1946-1955), Orígenes, La Habana, 1955; Siete poemas, Cuadernos Julio Herrera y Reissig, Montevideo, 1960; Hábito de esperanza (1936-1964), Ínsula, Madrid, 1965; Antología penúltima, «La poesía de Eugenio Florit», por José Olivio Jiménez, Editorial Plenitud, Madrid, 1970; Órbita, edición al cuidado de Bertha Hernández y Jesús David Curbelo, selección, prólogo, cronología y bibliografía de Virgilio López Lemus, Ediciones UNIÓN, Ciudad de La Habana, Cuba, 2003.



TRÓPICO

(Fragmento)


1
Campo

                       A Rufina, que nació al tiempo
                      de madurar la guayaba

1

Por el sueño hay tibias voces
que persistente llamada
fingen sonrisa dorada
en los minutos veloces.
Trinos de pechos precoces
inquietos al despertar,
ponen en alto el cantar
dorado de sus auroras,
en tanto que voladoras
brisas le salen al mar.

2

Eco y cristal vienen juntos
hasta la falda del monte.
Voz de escondido sinsonte
y de caudales presuntos
aprisionan en dos puntos
un silencio de mañana.
Eco gira por la vana
concreción de la maleza
y el cristal, ya río, empieza
a dividir su sabana.

3

Dulce María a su misa
de domingo va cantando
y el sol la sigue besando
a la mitad con la brisa.
Ya desde lejos divisa
mal camino carretero;
pone en corazón entero
devoción dominical
y se hace camino real
todo el largo del potrero.

4

Húndese la luz inquieta
para abrirle unas pupilas
y pueda el monte tranquilas
horas mirar por su grieta.
El agua, entonces sujeta,
rasga pretéritos lazos;
y al saltar hecha pedazos
de fresca cristalería,
condensa la luz del día
con la sombra entre sus brazos.

5

Realidad de fuego en frío,
quiébrase el sol en cristales
al caer en desiguales
luces sobre el claro río.
Multiplícase el desvío
del fuego solar, y baña
verdes los campos de caña
y jobos de cafetal.
Luego vuelve a su cristal
y en los güines se enmaraña.

6

Chirriar del grillo apresado
en ruedas de la carreta,
gira volando en la veta
del camino verde prado.
Surge al fin, término ansiado,
máquina devoradora;
desmenúzanse en su hora
grumos de verde hecho nieve
y en bocas abiertas llueve
la blanca ilusión traidora.

7

Vi desde un pico de sierra
—con mi soledad estaba—
cómo el cielo se aprestaba
a caer sobre la tierra.
Nubes de color de guerra
con fuegos en las entrañas
hundían manos extrañas
en las ceibas corpulentas
y la brisa andaba a tientas
rodando por las montañas.

8

Arde el sol y muerde el llano;
rabia de luz en la tienda.
Ay, río, que no te venda
tu dueño al americano.
Sombra de río y de guano;
agua fresca al mediodía
para mojar la falsía
del sol, que abusa en su cumbre.
Sol, cuando apagues tu lumbre
y se esté cayendo el día…

9

Vuelo de garza en el marco
de tan exigua laguna
que quiebra su luz la luna
en la orilla, como un barco.
Güin osado sale en arco
y apunta a la garza en vuelo;
caen estrellas desde el cielo
a florecer en canciones
y vuelan los corazones
desde la jaula del suelo.

10

Sale nota del bohío
con luz del brazo a la tarde.
Deja, nota, que te guarde
para escucharte en el río.
Amplificarás tu brío
en el cóncavo cristal
y al sentirte en aire igual
a clara estrella del cielo,
rimará con cielo y vuelo
el callado manigual.

11

Brillan luces voladoras
tan sueltas sobre la casa,
como luminosa masa
partida en tenues auroras.
Entre las brisas sonoras
son átomos de diamante.
Alza un brazo el caminante
al cruzar por la arboleda
y presa en la mano queda
una chispa titilante.

12

Flecha en un éxtasis verde,
ilusionada en su altura,
contempla la tierra dura
y en un suspiro se pierde.
Se empina a la luna y muerde
nácar azul de verano;
lo derrama sobre el llano
con pinceles de destreza
y se tiñe la cabeza
con seda de luna en guano.



PARA LEER

                  A Juan Marinello


Fuego íntimo de todos los claveles despedazados
corriendo a un mar sin forma, sin eco, sólo palabra.
La esencia luminosa caída en rayos por el mundo,
hecha al fluir interminable de las arenas.

Ya se irán esparciendo como semillas en el volar sin norte
para los múltiples surcos hendidos en el cielo.
Ya tendrán dosel y cuna entre cristales y sobre los élitros tendidos,
encima de la gota de agua y de los ojos deslumbrados.

Tiene el viaje tanta estación indiferente
dormida al margen de los días en silencio,
que es fácil reposar un minuto, y caer en el asfalto,
y alzar el pie sin despertar los ecos de la noche.

Qué grave el agitar de los pañuelos en el aire,
manchados por una lágrima que cayó hace muchas horas,
cuando la luz estaba ensayando sus vuelos
en el borde de un vaso para la evasión definitiva.

Y qué solo, ahora, el minuto negro,
imaginando soles en su cerebro sin ventanas;
muertos de sed los peces en el fondo indeciso
que se bebe la noche en el ardiente resonar de la penumbra.

En el color, partido siete veces por espadas inquietas,
suspira la unidad deshilvanada con su recuerdo puro.
Hay que saber el dolor de verse triturado en el yunque
para comprender cómo llora la luz el vuelo de sus almas.

El fuego disecado en las páginas sin números de los espejos
pierde el polvo de luz que iba aspirando en su camino.
Aún habrá de morir las agonías infinitas
que le suspenden el latir ya huérfano de sangre.

Pone la conciencia aprendida a través de la muerte
una gota firme en su descenso por escalas de la tierra
hasta más allá de este minuto negro y ahogado
con un rebelde pensamiento sobre la fuga de las mariposas.



MARTIRIO DE SAN SEBASTIÁN

                              A mi hermano Ricardo

Sí, venid a mis brazos, palomitas de hierro;
palomitas de hierro, a mi vientre desnudo.
Qué dolor de caricias agudas.
Sí, venid a morderme la sangre,
a este pecho, a estas piernas, a la ardiente mejilla.
Venid, que ya os recibe el alma entre los labios.
Sí, para que tengáis nido de carne
y semillas de huesos ateridos;
para que hundáis el pico rojo
en el haz de mis músculos.
Venid a mis ojos, que puedan ver la luz;
a mis manos, que toquen forma imperecedera;
a mis oídos, que se abran a las aéreas músicas;
a mi boca, que guste las mieles infinitas;
a mi nariz, para el perfume de las eternas rosas.
Venid, sí, duros ángeles de fuego,
pequeños querubines de alas tensas.
Sí, venid a soltarme las amarras
para lanzarme al viaje sin orillas.
¡Ay! qué acero feliz, qué piadoso martirio.
¡Ay! punta de coral, águila, lirio
de estremecidos pétalos. Sí. Tengo
para vosotras, flechas, el corazón ardiente,
pulso de anhelo, sienes indefensas.
Venid, que está mi frente
ya limpia de metal para vuestra caricia.
Ya, qué río de tibias agujas celestiales.
Qué nieves me deslumbran el espíritu.
Venid. Una tan sólo de vosotras, palomas,
para que anide dentro de mi pecho
y me atraviese el alma con sus alas…
Señor, ya voy, por cauce de saetas.
Sólo una más, y quedaré dormido.
Este largo morir despedazado
cómo me ausenta del dolor. Ya apenas
el pico de estos buitres me lo siento.
Qué poco falta ya, Señor, para mirarte.
Y miraré con ojos que vencieron las flechas;
y escucharé tu voz con oídos eternos;
y al olor de tus rosas me estaré como en éxtasis;
y tocaré con manos que nutrieron estas fieras palomas
y gustaré tus mieles con los labios del alma.
Ya voy, Señor. ¡Ay!, qué sueño de soles,
qué camino de estrellas en mi sueño.
Ya sé que llega mi última paloma…
¡Ay! Ya está bien, Señor, que te la llevo
hundida en un rincón de las entrañas!



MOMENTO DE CIELO

                         A José Olivio Jiménez


Y desde allí miró:
su cuerpo descansaba en sueño largo,
inútil con su sangre indiferente.
Pero desde la altura,
hermano de las nubes, asomado
a una esquina del cielo,
se veía en lo hondo aprisionado
al dolor, a la risa,
cuando con él ahora estaba
el azul-negro y la total ausencia.
¿Dónde aquella mirada?
¿Dónde la lágrima? ¿Dónde
el triste pensamiento?

Allí sí, abajo revolaban
dentro y sobre su cuerpo
los dardos con su punta,
los agudos cuchillos;
los deseos allí, con su pequeño
círculo de palabras y suspiros.
Pero los sueños, qué altos
ahora con él sobre las nubes,
asomado
a una esquina del cielo.
Ahora cerca del sol eterno,
cerca de Dios, cerca de nieves puras,
en la deslumbradora Presencia transformando.

No era mirar la altura
que estaba sobre él. Delicia era
de saberse más alto que el dolor,
puro sobre su cieno,
tranquilo ya sobre sus lágrimas,
grande sobre su amor de tierra,
firme sobre columna de aire y nubes.

Estar así, donde se juntan
los días y las noches.
Donde al pensar se encienden más estrellas.
Donde se sueña, y nace Dios.
Donde Dios ha nacido en nuestro sueño.
Alto, para estar libre.
Libre, solo y etéreo.
Cómo veía inútil
desde su altura el cuerpo.

Y qué color de rojos a sus pies,
de amarillo y violeta del ocaso,
de grises, de jirones áureos;
y después, a la ausencia momentánea
del sol para su cuerpo en tierra,
los azulados tintes y las sombras
como unos pensamientos oscuros de la luna.

Pero desde él, desde la altura,
la sombra de allá abajo parecía
un color que se muda entre dos puntos,
entre el ya y el aún: el impreciso
resbalar de la luz por la penumbra.

Sueño del sueño.
Su éxtasis de hombre junto al cielo,
a la entrada de Dios,
frente a la puerta libre y ancha
de su más noble pensamiento.



CONVERSACIÓN A MI PADRE


Claro que ya lo sabes,
que ya lo sabes todo,
todo lo sabes claro.
Por eso también sabes
que tengo ganas de contártelo,
porque mientras lo cuento lo recuerdo
y así juntos los dos lo recordamos:
y yo escribiendo
y tú en silencio a mi lado.

…Pues desde que te fuiste
han sucedido tantas cosas…
La gente muere y nace,
se enferma, convalece,
se pone bien, ya come
su poquito de sopa y su pescado,
se levanta, y al sol
como los gatos junto a la ventana.
Otros no se levantan
y se quedan tendidos,
y se mueren.
Se mueren como tú,
como los otros y las otras
y todos los que te siguieron
y los que seguirán siguiéndote.
Aunque también la gente vive.
Sigue viviendo, a pesar de los llantos y los lutos.
Y un día le dan ganas
de salir de paseo, de ir al cine,
de tocar al piano lo que a ti te gustaba.
Y no es que así te encierre más;
es que, viviendo más, más te recuerda.
Porque vive contigo, con lo que tú querías,
con tus libros. (Aún tengo
en su cubierta gris, «Peñas arriba»,
que te dejaste abierta
aquel día…).
Y seguimos viviendo todos
y ya ves, recordándote todos los días.
Y decimos: este postre le gustaba,
y caminaba así, porque siempre iba aprisa,
y una vez se afeitó el bigote
y se lo volvió a dejar en seguida.

………………………………………

Tantas veces he pensado
en lo que te gustaría
eso de andar por estos barrios, de ir al Museo
y allí contarme cómo son Las Meninas
y luego mirar juntos La Duquesa de Alba,
aquella doña Cayetana de Silva
que tu hermano Pepe una vez trajo
desde la otra orilla.
Sí que fuera bonito
recorrer tantas salas —menos las cositas
francesas del dieciocho tan tontas,
y las inglesas con sus carnes de mantequilla.
Y luego salir al parque
y sentarnos a conversar sin prisas
y mirar cómo el aire del ocaso
va moviendo las aguas del estanque encendidas.

Ya sabes cómo llegó la guerra
y cómo en ella la gente se moría;
y cómo terminó la guerra
y cómo sigue la gente con su manía
de destruirse, de matarse
como si no fuera poca toda la carne dividida.
Y que no escarmentamos.
Y es tan triste pensar que toda esta agonía
pudiera desaparecer sencillamente
con que aprendiera el hombre a entregar su sonrisa,
y a decir una palabra buena, de verdad,
y a querer, de verdad, ennoblecer la vida.
Pero no quiere, ya lo ves.

Lo que quiere es que siga
esta danza tremenda de la muerte
que no es la muerte tuya y mía
—es decir, la de andar por casa,
la que se recibe en zapatillas
o cuando más en el campo abierto
o en el agua limpia—,
sino la otra, la muerte a montones
en los campos cerrados y las aguas pestíferas,
la mala muerte que baja del aire
y que sale de donde estaba escondida
para aplastar los cuerpos como nueces
y segar las cabezas como espigas.

Y luego hay otras cosas:
Porque hay eso de la bomba atómica,
que a mí, entre nosotros, no me da frío ni calor
—hasta el día en que me deje frío para siempre.
Y eso sería lo de menos.
Lo de más será que nos quedemos ciegos o deformes
y no podamos ver un día la luz del sol
ni tomar en los dedos una rosa
porque los ojos estén caídos en un pozo de nieblas
y los dedos se nos hayan quedado secos como la estopa.
Digo que, si lo vamos a ver, casi no me importa.
Pero la inquisición de tener que sentarnos
en esas sillas de metal o de qué sé yo qué jerigonza,
con espejos y cristales donde no deben estar
que es en las paredes y en las ventanas,
sino espejos donde se ponen los platos y las copas,
y cristales en las mesas en lugar de madera,
para tener que estarles mirando las faldas a las señoras,
esa sí que es inquisición peor que la de la bomba.
Cuando tú te fuiste apenas empezaba todo eso,
pero lo que es ahora…
Te digo que me dan ganas de meterme en una casa vieja
con cortinas y alfombras
(pero de las de verdad, no estas de Celanese y seda sintética)
y butacas anchas y cómodas
(para no tener que estar sentado como de compromiso
con tubos de metal que nos pinchan las corvas)
y lámparas como las que gracias a Dios tengo yo en casa
(y no de esas otras
que están lo mismo en las funerarias
que en los salones de los hoteles, lámparas sordas
que alumbran, sí, pero que no dan sombra).
Y lo peor es que eso le gusta a la gente,
y hay quien destroza
toda una chimenea de mármol que tiene en la sala de su casa
para poner en su lugar un artefacto idiota
con termostato y regulador de aire y qué sé yo,
pero en el que, como no hay llamas no hay calor
y como no hay color no hay luz
y como no hay luz tampoco hay sombra,
sombra para entonar los ojos
y dejar de leer al doblar la hoja,
y sombra de abrir los ojos
y acostumbrar la vista en la palabra
que nos espera al terminar la estrofa.
(Con todo esto, padre mío,
dirás que me estoy poniendo viejo;
y tendrás razón.
Ya a mis años prefiero
llegar a casa y colgar el abrigo y el sombrero,
y beber una taza de té con limón
o el chocolate junto a la ventana.
Como gracias a Dios no tengo frío,
tranquilamente dejo
que haga el gato lo que le dé la gana.
Y si eso del frío y del gato
nada tiene que ver,
la cuestión es pasar el rato
tú y yo y el que me quiera leer).

Y vamos a otra cosa.
Tú bien estás, creo yo, allá arriba.
¿Fuiste por fin a tu tierra de Castilla
como pensé yo que harías?
De seguro que te habrá gustado
encontrarte con tantas gentes amigas
y ponerte con ellas a conversar
en una era de Cubas al mediodía.
(Habrá quien se figure que esto es una errata
porque no sabe del pueblecito que tú querías;
a donde, como yo pueda, habrán de ir a volver a su suelo tus cenizas).
Pero vamos a hablar de otras cosas,
¿verdad? Cómo te divertiría
ver que tu hijo el poeta se ha metido a pintor
—claro que para no hacer más que tonterías.
Es que como bien tú lo sabes
—ahora me acuerdo de aquellas montañas verdecitas
y de aquellos cielos azules que pintabas al temple
para los Nacimientos que en Port-Bou nos hacías—,
digo que, como sabes,
es una cosa muy entretenida
eso de embadurnar un lienzo con colores
sin saber si te va a salir una flor o un gorila.
A mí hasta ahora más me salen los monstruos,
pero me queda la esperanza de que algún día…

Y con esa esperanza te dejo por ahora.
Es tarde. No te dejo, ya lo sabes;
que con dejar de hablarte no te dejo,
que me voy, pero sigo escuchándote,
que estoy contigo aunque te deje…
Quiero decir… que no me voy, vaya;
pero que voy a terminar esta carta
aunque me quede a tu lado siempre.
Porque dejo de hablarte, pero te sigo hablando.
En fin, que me he hecho un lío, pero tú me comprendes.

3 de noviembre, 1948

Editado por: Maytée García

 

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