El amigo Max
Maximiano Trapero, nacido en León, España en 1943, es uno de los más perfectos canarios que yo haya conocido: ama tanto y se integra de tal modo con la comunidad de las Islas Canarias, que parece ser de allí, de nacimiento. No está nada mal que el gobierno insular lo haya nombrado como Hijo Ilustre. Será nativo del noroeste español, pero ha entregado su vida de sabio en culturas populares y profesor universitario, a las islas afortunadas. Reside en Gran Canaria, en su capital, Las Palmas, donde lo he visitado muchas veces. Vive con su esposa Helena Hernández y hasta hace algunos años con sus dos hijas, que se han casado y tienen proles hermosas.
La primera vez que lo vi, junto a Helena, llegaban a Cuba por primera vez, pero bajo el grave efecto de la pérdida por accidente marino de su único hijo varón, ocurrido el año anterior. El joven tenía veintidós años. Cuando conocí a los Trapero-Hernández en la casa de Jesús Orta Ruiz, Indio Naborí, ese hecho, desconocido entonces para mí, me ofreció el falso parecer de que eran personas muy reservadas, poco comunicativas, aunque el locuaz Max podía sobreponerse un poco más. Viajamos juntos a Las Tunas, a uno de los primeros Festivales de Décima, luego llamados Festivales Internacionales de la Décima y el Verso Improvisado, anexo a la Jornada Cucalambeana. Pero debido a que estábamos en hoteles lejanos y a que coincidíamos poco fuera de las actividades propias del coloquio, solo entablamos un conocimiento mutuo. La amistad vino después. Naborí me previno de la situación por la que atravesaba el matrimonio. De manera que tampoco procuré acercarme más allá de los diálogos formales, para respetar sus intimidades.
Luego nos vimos en España, México, Venezuela y por supuesto, muchas veces en Cuba. Intercambiamos cartas y libros, consolidamos nuestra amistad, basada claro que en la simpatía y en el mutuo respeto por nuestras labores. En Las Palmas de Gran Canarias, durante nueve visitas mías en años consecutivos a las Islas, paseábamos por las Alcaravaneras y sobre todo por la playa de Las Canteras con su bella perrita Luna. En una ocasión me llevó a Playa del Inglés, a sus dunas; él insiste que son las playas más bellas del mundo, sin darse cuenta real del brillo de Varadero. Esa grata discusión la hemos sostenido por décadas, creyéndonos ambos que el otro está bajo el efecto del «error patrio». Por cierto, en esas playas Trapero me hizo una broma simpática, andábamos cuan vestidos implica la vida social, y de pronto, desde el mar, salió una Venus de la Fertilidad de unos sesenta años, toda en cueros benditos. Era una playa nudista. Me asusté mucho, para agrado de mi amigo, que se divirtió de lo lindo con aquel guajiro cubano viendo tanta gente sin vestir.
Maximiano Trapero es una persona alta, de buen ver; antes de su matrimonio con Helena fue un galán de damas, pero lo que en verdad lo distingue es su inteligencia rápida para los asuntos profesionales: es un investigador de los más importantes que tiene España en asunto de oralidad. Es un profesor de mérito, es un escritor de prosa clara y muy bien fundamentada. Posee inteligencia analítica, apolínea la llamaría Nietzsche, pero es capaz de gozar de la poesía como un dionisíaco. Sobre todo gusta de manera total de la poesía improvisada, debe de tener un fantástico archivo de voz de casi toda la América Latina, pues graba toda improvisación de poesía repentizada a la que asiste. Recuerdo cuánto se deslumbró ante los rápidos y sagaces repentistas cubanos, y lo que para mí era «normal» esplendor de la inteligencia versal, para él fue una revelación de asombro. Max no conocía la larga trayectoria de la décima popular en Cuba, lo cual fue para él un descubrimiento de júbilo, de modo que cada joven al que oía improvisar, le parecía que no podía haber mejores.
Con él he circunvalado Gran Canaria, he ido a varios sitios campestres de Pinar del Río y nos hemos encontrado muchas veces en La Habana y en Las Tunas. Es un amigo de lujo. Cuando terminó un volumen sobre romances en Cuba, se le otorgó la Distinción por la Cultura Nacional Cubana. ¿Es posible que yo mismo haya tenido algo que ver en la propuesta para tan merecido galardón. Él ama de veras a la tierra y a las gentes de este país antillano, pero Maximiano es un trota caminos, ha recorrido Europa, conoce los rincones de su país natal y sobre todo ha escrito y publicado mucho sobre las Islas Canarias. Nadie sabe más que él sobre el folklore de todas ellas, me explicó costumbres ancestrales de La Gomera, tierra de mis abuelos, es un experto en El Hierro, tierra original de la familia de su esposa, y conoce al dedillo la vida cultural de Tenerife y de su Gran Canaria adoptiva. En América Latina, conoce desde Chiloé hasta Miami (si es que esa zona de La Florida no debe de dejar ser mirada como de arraigo del Sur). Su extensa bibliografía es ya mundialmente reconocida.
Tener un amigo así, da alegría. Ha estado a mi lado en momentos muy duros para mí de pérdidas familiares, y yo junto a él en momentos de tensión suya. Parece cierto que la amistad, si acaso necesita «pruebas», se aprecia más en las malas que en las buenas. Pero él y yo y su esposa Helena las hemos pasado muy buenas. Por cierto, iba yo a los primeros Festivales Internacionales de Poesía de Las Palmas de Gran Canaria, organizados por nuestro amigo común el querido Justo Jorge Padrón, con trajes muy poco elegantes. Helena me acompañó en Las Palmas a comprar uno de Cortefiel, y no dejó que yo lo pagara. Ese hermoso gesto no lo puedo olvidar nunca. Hoy el traje no me sirve, el pantalón me ha quedado chico, la chaqueta estrecha, pero está ahí guardado con celo y cariño.
Maximiano Trapero aún no ha cerrado el periplo de su obra. Ya es profesor emérito y canario con laudes de derecho, pero él es sobre todo un ciudadano del mundo: en Italia, mientras otros gozan de solo ver torres inclinadas y plazas de la señoría, él las ve y las disfruta, pero se fija en la creación popular del pueblo italiano; concurre a encuentros universitarios y a coloquios sobre oralidad a la vez que se afama por tener en manos cuanta bibliografía cree él que necesita y se sumerge en esas lecturas con pasión sin dudas adolescentaria, pues cree siempre adolecer de sabiduría. Esos son los verdaderos sabios, los que solo saben que no saben nada.
Como siempre tengo ánimo por escucharlo y hablar yo, que los dos somos locuaces y nada comedidos en las palabras, estoy aguardando encontrármelo por ahí, por el mundo, que es ancho y no nos resulta ajeno.
