Editorial Capiro: es una cosa seria tener 25 años
Es una cosa seria
tener veintisiete años
en realidad es una
de las cosas más serias
en derredor se mueren los amigos
de la infancia ahogada
y empieza a dudar uno
de su inmortalidad
Roque Dalton
El 23 de septiembre de 1990 le nació a Villa Clara una nueva marca de identidad. Nadie suponía, ni esperaba, que en aquellos días en que todo mermaba hasta su casi extinción (y conste que el “casi” casi sobra) algo trascendente podría nacer, y además sobrevivir por lo general con buena salud, veinticinco años. Un cuarto de siglo cumplió la editorial Capiro el pasado 23 y, lejos de desaparecer, lo más que ha hecho ha sido crecer y sumar trascendencia.
Hoy, con justeza, celebramos. No es posible olvidar aquellos lejanísimos años setenta y ochenta cuando los que hoy somos viejos pugnábamos por ingresar como escritores a la vida literaria, para lo cual era imprescindible cumplir la marca mínima de rigor: publicar al menos un libro en una editorial, cuando todas eran nacionales y con sede en La Habana, o ganar alguno de los premios literarios de significación, que no pasaban de seis en todo el país. Al nacer Capiro, con las generosas pautas de una política editorial inclusiva y a la vez respetuosa de las jerarquías, se saldó un déficit a esa altura costosísimo para la cultura en la provincia. Recordemos que hasta entonces, en el famoso y abarcador programa de las diez instituciones culturales básicas que regían la dinámica cultural, tres de ellas eran de carácter literario (biblioteca, librería y taller literario) pero ninguna con fines editoriales; y que el estándar de calidad alcanzado por nuestros creadores ya había rebasado las posibilidades de las mismas. Ello, lógicamente, generó insistentes reclamos, así como el pírrico consuelo de los paliativos (dignos, pero insuficientes) que fueron las que hoy llamamos Ediciones Hogaño (con sede en Camajuaní) y, las revistas Brotes, Contacto y Huella junto a los numerosos boletines literarios municipales, procesados en mimeógrafos.
El detalle de que en una plataforma institucional tan abarcadora ninguna fuera de carácter editorial, testifica sobre el concepto en que se tenía la literatura que entonces producíamos en provincias: se nos veía como aficionados, pues de las tres instituciones literarias enumeradas dos eran para el consumo de la literatura general (biblioteca y librería) y solo una se ocupaba de la creación, pero con un criterio formativo, no editorial ni promocional. Estar vinculado a alguna de ellas –como estábamos– o ganar el premio nacional que convocaban los talleres, no nos aseguraba un mínimo espacio en el panteón literario de la nación. Esa es una de las más trascendentes ganancias que nos trajo el nacimiento de la que entonces se llamó Ediciones Capiro y de otras editoriales con sede en provincias que por entonces surgieron: nos visibilizaron en un panorama literario donde solo existíamos como referencia folclórica, como cultura masiva, no como la expresión exclusiva y de alta elaboración que caracteriza a la obra literaria escrita con rigor profesional.
Pero sería injusto afirmar que quienes le dimos vida al proyecto editorial al que ahora elogio solo pensábamos en dotar de una tribuna a los creadores, sin tener en cuenta a los lectores y a una tradición cultural que se vio tronchada cuando en 1968 Samuel Feijoo fue expulsado de la Universidad Central de Las Villas. Por eso entre los objetivos de la naciente casa editora estuvo siempre producir aquellos libros que los lectores, el mercado del libro, la academia y las instituciones necesitaban. Por eso nunca nos encerramos en la óptica provinciana, y además de promover a los que ya eran escritores y a quienes esperaban debutar, con obras de calidad, abrimos las puertas (sería mejor decir las páginas) a autores de obra más que reconocida, no solo en Cuba, como Roberto Fernández Retamar, Carilda Oliver, Ambrosio Fornet, Ángel Augier, y Arturo Arango, para citar solo algunos; también a los de otras provincias, como Jesús David Curbelo, Roberto Méndez, Antonio Rodríguez Salvador, Roberto Manzano, Ronel González y José Luis Serrano (sigo con ejemplos puntuales) además de aquellos villaclareños que ya no residían en Cuba, como Frank Abel Dopico (uno de los que trabajó en la fundación y residió por un largo período en España), Félix Luis Viera (de los que puso palabra y tesón en los momentos en que creábamos conciencia para que Capiro naciera), Joel Franz Rosell, Carlos Alé Mauri (también de los fundadores) junto a esa larga lista que, a lo largo de estos cinco lustros, han aportado obras, ideas y esfuerzos para concretar el catálogo de Capiro.
Gestar y producir desde esta provincia libros que se integraran a un concierto literario nacional fue uno de los objetivos de la naciente casa, así como resaltar aquellos textos que dieran fe de una tradición literaria donde, desde lo regional, se le hablara a los lectores del país. Y para atestiguarlo ahí están: Memorias recobradas, primer dossier sobre lo que llamaron literatura cubana de la diáspora, Yo he visto un cangrejo arando y Afilando la punta primeras antologías publicadas en muchas décadas de la décima humorística cubana y del humor gráfico de tema erótico respectivamente, Con tinta de ayer, primer libro de prosas de Carilda Oliver Labra y muchos otros títulos que se acogen a las pautas antes señaladas.
Un gran impacto tuvo Capiro inmediatamente en las instancias académicas, y en la crítica, y rápidamente vimos como los centros de educación superior inscribieron en sus temas de estudio las obras de aquellos escritores que, antes de Capiro, no existían. También, con Capiro nació en Villa Clara una escuela de edición que hizo posible superar en tiempo récord la condición empírica con que empezamos a asumir los complicados procesos que requiere la materialización del libro. No solo propició una atmósfera cultural que en buena medida le allanaría el camino a Sed de Belleza Editores para su nacimiento en 1994, sino que fue el principal sustento de la maestría en edición que auspiciaron la Universidad Central y el Centro de Superación para la Cultura, gracias a lo cual hoy podemos apreciar notables ganancias en la visualidad y la calidad de las páginas impresas.
Durante el período en que fui su director, Capiro publicó 192 títulos (sesenta eran óperas primas) con más de medio millón ejemplares, pues aunque la tirada promedio era de 2000, algunos títulos de literatura para niños (los llamados Pintacuentos) se hacían en tiradas de 100 mil y hasta 150 mil ejemplares. Esta novedosa variante aportó, además, rentabilidad a la economía del Centro Provincial del Libro, de ahí que antes dijera yo que nuestra editorial tampoco estaba de espaldas al mercado del libro. Así fue entre 1990 y 2000. La visibilidad de Capiro en todo el país era significativa, pues alcanzaban los libros para una distribución realmente nacional. Después del 2000 la historia fue otra, pues se estableció una coyunda de 500 ejemplares por título, que volvió a invisibilizar a nuestros autores y nuestros libros relegándonos nuevamente a una categoría menor dentro del amplio fresco que es la literatura cubana. O sea, que se nos quiso encajonar de nuevo en la provincia, cuando no en el municipio. Aquellos desencuentros con la dirección de entonces del ICL fueron, quizás, más difíciles de enfrentar que los que protagonizamos en pos de la fundación. Hasta ese momento llegué yo con Capiro: entregué la estafeta.
Gracias, entre otras cosas, a un buen número de amargos debates llevados a cabo con aquella dirección sobrevinieron algunas bondades que se le incorporaron a la editorial y que en muy poca medida me toco a mí vivir: la colección La Puerta de Papel, para reeditar los libros más significativos, la posibilidad de incluir títulos en lo que llamaron Plan de Población (producir el libro en la industria poligráfica y no en las rudimentarias e inadecuadas imprentas adquiridas y “masificadas” en 2000) y en el Plan Especial para libros de marcado interés para los lectores. Esas serían las más importantes según creo. También el abandono de cierta pauta de distribución que limitaba la distribución nacional de solo el 15 % de la tirada (léase 75 ejemplares) devuelve en alguna medida la nunca totalmente recuperada visibilidad nacional de los libros de Capiro.
Para los que entonces éramos jóvenes, iniciar una aventura de tal dimensión fue un reto que asumimos con la misma energía que mostró todo el pueblo cubano al enfrentar el largo período de restricciones extremas que se inició precisamente en septiembre de 1990. Siempre tuvimos la certeza de que estábamos dándole cuerpo a un organismo cultural vivo, que evolucionaría y se desarrollaría, pues respondía a una real necesidad en el modelo de sociedad que entonces construíamos.
Parafraseando al gran Roque Dalton, es una cosa seria tener 25 años. Hace ya 11 que no soy líder de ese proyecto, y por eso, ante estos momentos que no son precisamente los más felices para la editorial, donde la logística y otras virtudes antes consolidadas se le van tornando más esquivas, más periféricas en el discurso total de la nación, siento la necesidad de exhortar a sus líderes actuales para que articulen y pongan a circular con fuerza un discurso no complaciente, polémico y audaz, para que lo que hoy es fiesta no se convierta en nostalgia. La historia, la espiritualidad de la nación, el imaginario simbólico que nos nutre necesitan de este proyecto.
Celebremos estos 25 años como si no hubiera transcurrido ninguno, como si estuviéramos fundando nuevamente, desde cero, la magia de llevar las mejores palabras de muchos a todos los oídos y a todos los ojos atentos.
Santa Clara, 21 de septiembre de 2015.
