Sí se puede
Que la existencia real de Homero, el más célebre aedo de la antigüedad, se discuta, es algo que no va a enriquecer ni un ápice la historia de la literatura universal. La leyenda, en estos casos, refuerza la belleza, y si además consideramos que Homero era ciego, su infortunio enaltece aún más su condición de pregonero de las más bellas aventuras cantadas en verso.
El poeta ciego deviene así un símbolo de la tenacidad, una prueba más, por sí no abundaran, de que sí se puede. Y es que la invidencia fisiológica es incapaz de extinguir la luz interior del ser humano.
Esa luz interior se alimenta en las brasas de la bondad, el talento, la fe, de ahí que en modo alguno resulte aventurado afirmar que los ciegos clasifican entre los más optimistas representantes del género humano.
Pero no ha sido Homero el único escritor ciego tocado por la varita de la celebridad. John Milton, autor de El paraíso perdido, y uno de los más conocidos poetas ingleses no solo del siglo XVII sino de todos los tiempos, quedó ciego en 1652, a los 44 años, probablemente a causa de glaucoma. Su obra cumbre ya citada se publicó en 1671, evidencia de que Milton no se dejó vencer por la desesperanza y halló en el trabajo literario un buen motivo para llevar su vida adelante.
En cuanto a Benito Pérez Galdós, considerado el más importante novelista de España después de Cervantes, y autor de la colección de obras históricas reunidas bajo el título de Episodios Nacionales, sufrió durante sus últimos años una pérdida progresiva de la visión que no lo marginó de su quehacer intelectual, académico ni político.
Otro de los escritores a quien la ceguera sometió a prueba su voluntad fue el irlandés James Joyce, que figura entre los autores más influyentes del siglo XX, autor de una obra maestra, Ulises, de 1922, y de otra muy controvertida, Finnegans Wake (1939). A Joyce se le presentaron los trastornos visuales desde la década del 10, de resultas de una iritis que finalmente le dejaría casi ciego, pese a lo cual su producción literaria continuó cuesta arriba.
No menos célebre es el argentino Jorge Luis Borges, el eterno candidato al Premio Nobel que nunca se le adjudicó por razones extraliterarias, el poeta, ensayista, narrador y erudito. Con poco más de 50 años quedó ciego; en la invidencia pasó más de tres décadas que para él fueron de creación, triunfo y de afianzamiento en la historia de la literatura universal. La luminosidad de su talento hizo de Jorge Luis Borges no solo uno de los autores más auténticos del siglo XX, sino además uno de sus más grandes personajes.
En Cuba existe un caso muy notable: el de Marcelo Pogolotti. Con una obra plástica reconocida en los círculos artísticos de Italia y Francia, Pogolotti había perdido por completo la visión antes de cumplir 40 años. Enrumbó entonces su talento hacia la escritura, con énfasis en la ensayística y la narrativa, destacando en esta última el volumen titulado Del barro y las voces, autobiografía de gran amenidad, llena de datos sobre el mundillo artístico y el panorama social en que se movió el creador.
Jesús Orta Ruiz, El Indio Naborí, Premio Nacional de Literatura, aporta otro ejemplo. La ceguera que le aquejó en los años de vejez, no tronchó alas a la inspiración y le permitió descubrir una nueva visión del mundo. Su libro Con tus ojos míos mereció el Premio de la Crítica en 1996.
Prueba de que sí se puede cuando los albores emanan desde dentro.
Editado por: Dino Allende
