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En Porto Alegre, Degrazia

Virgilio López Lemus, 20 de octubre de 2015

No he tenido mucha suerte con la amistad en Brasil, pero uno de mis primeros amigos en ese país fue el poeta y narrador José Eduardo Degrazia, oftalmólogo célebre, aunque él es más notable como escritor. Cuando lo conocí, ya contaba con dos poemarios editados y un libro de cuentos, luego se ha destacado con un voluminoso conjunto de obras de poesía y narrativa, incluidos el minicuento y la novela, y también como autor de literatura para la infancia. Todo ello le hace no solo un escritor prolífico, sino también de múltiple mirada a la vida a través de la literatura.

Degrazia es sumamente laborioso y de tan entrañable manera es su creación literaria, que quisiera tener todos los días de este mundo para dedicarse a ella. Ha logrado una obra sin duda valiosa. Río Grande del Sur puede exhibir sus logros como entre lo mejor que se haya dado en las letras de este estado brasileño.

Hace unos treinta años que nos conocemos, primero por carta y en 1993 de manera personal cuando viajé por primera vez a su país, invitado por el Festival Internacional de Poesía de Bento Gonçalves. Pude estar un mes en Porto Alegre, y tuve ocasión de tratar a una considerable cantidad de poetas de todo Brasil, pero especialmente de Río Grande del Sur. José Eduardo Degrazia no estuvo presente en aquel Festival, pero me fue dado entrar en vínculos con él en su propia ciudad de Porto Alegre. Me hospedé en su casa en tres de las posteriores visitas mías a esa ciudad del sur brasileño, con motivo del mismo Festival en diversos años, allí recibí la cálida atención de su esposa Virginia, abogada en funciones y junto a ellos los tres niños que en sucesivas visitas vi crecer hasta verlos convertidos en adultos. Lo mismo con la obra de Degrazia: la he visto crecer debido a la entrega de trabajo de su autor, inderrotable en materia de escrituras.

Me encontré de nuevo con Degrazia en Las Palmas de Gran Canaria, como participantes del Festival Internacional de Poesía de esa ciudad, ambos invitados por mi amigo el poeta Justo Jorge Padrón, quien era el anfitrión canario. Allí el poeta gaúcho hizo muy buenas amistades europeas que aún hoy cultiva. Luego nos hemos visto tres veces en  La Habana, donde han salido dos de sus libros, el poemario En busca del Sur y los minicuentos Los monstruos pastan afuera. Sobre todo el segundo tuvo una aceptación popular enorme, se agotó en las librerías cubanas en muy poco tiempo. Ambos tuvieron mi traducción y palabras introductorias.

Me he honrado con ello. No solo porque sean libros que aprecio mucho, sino porque Degrazia es el más leal de las personas que he conocido en Brasil, donde a veces me ha sido difícil la amistad. Degrazia, sin embargo, ha sabido calibrar lo principal: una amistad que nos beneficia afectiva y profesionalmente. Por ello emprendí la difícil traducción de su novela El fabuloso viaje de la miel de avispa, acerca de la historia y la vida de la región gaucha del Brasil, que he concluido y que algún día se verá publicada en una versión propia del español caribeño, pero con la alegría lexical y las fabulosas historias y leyendas que Degrazia desgrana en ella. Creo que mi esfuerzo traductor se debió esencialmente al júbilo de la amistad y no a otro tipo de dividendo material o espiritual, si bien la ofrenda a la amistad es ya de por sí una hermosa ganancia.

Él es un hombre de mediana estatura y, como se aprecia en el apellido, de ascendencia italiana, pero gaúcho brasileiro por todas partes, sobre todo en su obra. Su físico europeo lo puede hacer pasar por tal en cualquier sitio de ese continente, que ha visitado muchas veces y donde ha sido incluso laureado en Rumanía. Junto a la tenacidad, sus virtudes esenciales son fáciles de notar: es profundamente leal y posee una pasión enorme por la creación literaria y la lectura. Poco a poco ha logrado que su labor crezca y se expanda dentro del enorme Brasil y fuera de sus fronteras. Ha merecido algunos de los premios en poesía, narrativa y literatura infantil más importantes dentro de su país.

Aunque de entrada se le nota cierta timidez, no lo es, resulta un magnífico conversador, habla muy poco de su profesión oftalmológica pero mucho de literatura, se ha afincado en sus lecturas y ha sacado provecho a su talento. Tiene, además, una vista clara acerca del medio en que se mueve, de la parquedad del reconocimiento o de la mezquindad de algunos de sus colegas, lo cual se advierte en todas partes y en todos los oficios, pero nunca le he escuchado quejas al respecto ni él mismo ha mostrado en mi presencia celos profesionales. Degrazia es un caballero. Su conducta es limpia y no esconde sus intereses acerca de ver publicados sus libros.

Recuerdo con cuánta alegría disfrutamos de nuestra estancia en las Islas Canarias, y en Cuba, donde Degrazia tiene ya muchos amigos, casi todos escritores. Y también recuerdo la vergüenza que pasé ante él en La Habana, pues al editar la Editorial Arte y Literatura su poemario En busca del Sur, él vino a  La Habana con su familia (su esposa y dos de sus hijos) a la Feria Internacional del Libro, pero el libro no estuvo a tiempo, no se pudo presentar pese a que estaba programado. Para colmo, el día esperado de  la presentación, no tuve cómo llegar a la sede de la Feria, me quedé en la espera del transporte prometido. Degrazia tuvo que enfrentar solo, aunque acompañado de mi amigo el poeta Alberto Acosta-Pérez, también amigo suyo, el mal rato de la espera y finalmente de la suspensión de su presentación. Se fue a Brasil con las manos vacías, si bien unos meses después la Editorial fue generosa en el envío de ejemplares y el poemario recorrió las librerías cubanas con el discreto éxito que suele tener la poesía.

De modo que nos han unido acontecimientos gratos e ingratos, forjadores de amistad real. Y ello ha dado sus frutos, porque he traducido tres libros (poesía, cuento y novela) de Degrazia y él ha impulsado la traducción de dos poemarios míos, publicados en nuestros respectivos países.

Asimismo, tuvo la fineza de editar póstumamente en Porto Alegre una pequeña antología de la poesía de Alberto Acosta-Pérez (Ilha, 2013), tan excelente poeta como leal amigo. Si bien nuestra amistad no ha tenido como centro el signo del toma-y-daca, una relación así es muy saludable entre escritores que se respetan y se estiman. Mi antología poética Concerto de verão, editada en Rio Grande do Sul en 2014, cuenta con la entera traducción de José Eduardo Degrazia, para mi alegre gratitud.

He escrito con cierta frecuencia sobre la obra de este amigo. No son estas líneas propicias para la crítica literaria, sino para la evocación, pero quiero concluirla con unos versos suyos muy hermosos, que ilustran su valor humano y la propia gracia de su escritura, no creo que sea necesaria la traducción al español, por lo directo y hermoso del mensaje contenido en sus versos: 

A vida é como novena,
eu rezo o terço também,
meu amor é açucena.

Neste reino do vaivém,
vou vivendo nessa arena
para o mal e para o bem.


Siempre para bien, es magnífico que mi país cuente con un amigo así, de su valor personal y de obra literaria rica y en creciente. José Eduardo Degrazia es la joya de la corona de mi profundo afecto por el ancho y hondo Brasil. 
 

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