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Doce horas de poesía

Ricardo Riverón Rojas, 20 de octubre de 2015

El pasado 22 de agosto se desarrolló en la Uneac villaclareña una acción lírica inusual para estos tiempos. A las 10 am comenzó una lectura poética que terminó justo a las 10 pm; es decir: doce horas continuas de difusión oral de la poesía. Pero la noticia, aun cuando la extensión sea un dato de interés, es que nunca les faltó público a los poetas. Y que no siempre ese público estuvo conformado solo por los propios poetas, pues como hacía tiempo no veíamos, acudieron personas de las más diversas extracciones profesionales.

El atrevido proyecto, ideado y liderado por el escritor Arístides Vega Chapú, por supuesto que estaba sustentado por una tesis que, como buena experiencia creativa, se propuso conjurar, con acciones concretas, los malos rumbos pragmáticos que en los últimos años ha venido permeando progresivamente el imaginario colectivo del cubano. Sentarse a escuchar poesía no parece una opción a tono con los tiempos, como no lo parece tampoco el leerla en el silencio de un estudio, o hasta en el espacio dialógico de un aula, quizá universitaria y  –para colmo– de humanidades.

La cosificación de la vida contemporánea, con su desmesurado culto a lo material y sus paradigmas audiovisuales espurios ha venido golpeando con fuerza, en nuestro país, la espiritualidad cultivada con esmero desde una política educativa de inclusión que nos guió por más de cincuenta años. El despertar del cubano a un modelo de sociedad que las instituciones se niegan a llamar capitalista y consumista, pese a que se viste con una buena parte de su atuendo, ha generado en lo cultural un desconcierto y un desvanecimiento que, dada la escasez de pronunciamiento público sobre el problema, ya cobra con intereses su crocante factura.

El día citado al inicio, mientras los poetas recitaban, vinieron a mi mente los ya lejanos años ochenta, cuando una de las promociones más activa y pugnaz del período revolucionario se validó, sobre todo, en espacios orales. La insuficiencia de las instituciones editoriales que entonces existían, así como su estricta vigilancia de las fronteras convertían en ilusoria la esperanza de cualquier poeta con mediano dominio del oficio para ingresar al canon, pues para conseguir tal propósito debía sortear el puntual y (como siempre) minado espacio de concursos del nivel de los premios Uneac, Casa de las Américas, 26 de Julio y, sobre todo, David. Pese a que las posibilidades de publicar, al calor de una política cultural, cobraron cuerpo a partir del triunfo revolucionario, estas aún no eran todo lo amplias que después fueron, aún no sé si totalmente para bien o excesivamente generosas en las últimas dos décadas. Dar un recital era un acontecimiento, y aportaba rentabilidad cultural notable, tanto a los receptores como a los emisores. Y al imaginario colectivo en el cual nos autoreconocíamos con legítimo orgullo.

La crisis de la oralidad en nuestra dinámica literaria, como venimos expresando algunos críticos, seguramente responde a variaciones en ambos extremos de la cadena comunicativa; entiéndase como tal una proliferación excesiva de actividades de este tipo, con formato similar, reiterativo y a veces carente de profesionalidad a través de los cuales se amplifican mensajes de escaso y casi siempre críptico interés por un lado, mientras por el otro crece la indiferencia de los escuchas que pudiéramos llamar “tradicionales” ante la devaluación de la condición intelectual en competencia con figuras de éxito que estandarizan, imitándolos, muchos códigos de una globalización fashion, cuyas estrellas, bajos los reflectores y las candilejas, acuñan frases concluyentes y de pasmosa simpleza que validan una especie de rosario humanistoide lleno de lugares comunes. Una de estas frases: “¡Eres una mostra!”, que oí repetir a algunos jóvenes de mi barrio, me resultó enigmática, y tras enterarme de que se trata de la muletilla de una intérprete que hace de jurado en el programa “paquetero” La voz kid, decidí elevar a la enésima potencia el valor del público asistente a las doce horas de poesía de la Uneac villaclareña.

 Lo inusitado constituye nuestro signo cotidiano desde hace muchas décadas, y si analizamos con desprejuicio el fenómeno hasta podríamos concluir que responde a un devenir lógico (pero no justo) para un país donde los paradigmas se configuran y desdibujan en plazos tan breves. Por eso hemos terminado por aceptar (primero a regañadientes y luego incorporándolo a lo inevitable) que el glamur de los saberes, de la espiritualidad, se haya trasladado hacia un sinfín de objetos tan discordantes unos de otros como –es un decir–un celular Samsung Galaxy y un carretón de caballos haciendo las funciones de autobús (con el precio del pasaje multiplicado por cinco en solo dos años), que en la realidad de muchas ciudades de provincia cubanas dialogan a veces en el reducido espacio del propio carretón, en manos de algún viajero el dispositivo electrónico. Ambos usuarios: cochero y hablante, ostentan la espuria cuota de poder que la capacidad adquisitiva confiere, y en buena medida, para algunos sectores, también se han instituido modelos, mucho más que cualquier profesión edificada tras el laborioso cultivo de la inteligencia.

Consciente de la realidad arriba descrita, la acogida del mencionado recital me despertó interrogantes. ¿Se trataba acaso de espectadores nostálgicos, provenientes de décadas pasadas? (me pareció que no) ¿Aún la poesía despierta expectativas en determinados sectores? (quiero creer que sí) ¿Se trataba solo de curiosidad? (quizás para un segmento). Si no permitimos que acciones de este tipo se conviertan en hechos aislados y continuamos invadiendo el espacio público con propuestas osadas, tal vez obtengamos respuestas más concluyentes, y ojalá que alentadoras, a algunas de estas interrogantes. Si las dejamos en el terreno de lo excepcional, veremos, con dolor, como nuestras banderas de lucha a favor de una sociedad movida por resortes éticos, y encausada hacia el premio a la inteligencia, continúan siendo rasgadas por la barbarie de modelos tan pedestres.

Resulta inobjetable, además, que vivimos en la era del espectáculo, y que las lecturas poéticas necesitan asimilar algunos de los códigos de este fenómeno, sin llegar a la vulgarización light, para competir mínimamente con el relumbre vació de los escenarios y los discursos sosos y modosos de muchas estrellas. Ese quizás sea el reto mayor que deben enfrentar quienes creyendo aún en los valores formativos de la poesía y en las bondades de una sociedad signada por las grandes realizaciones del talento humano, organizan actividades de este tipo.

Debieran revisar también sus prioridades quienes tienen la misión de difundir, desde los medios masivos en nuestro poder, la auténtica cultura. Ellos o quienes les orientan. Pero qué podemos hacer ante una prensa que no se ve a sí misma como un agente cultural movilizador sino informativo, y, en el período comprendido entre el 13 de mayo y el 3 de octubre del presente año, gracias a un somero monitoreo de tres de sus periódicos (dos nacionales y uno provincial) que emprendí, me ofreció el magro resultado de que, de 143 trabajos referidos a la cultura, solo 12 abordaban la literatura y ninguno de ellos de manera reflexiva, todos noticiosos. La indiferencia de los medios –que de esa forma se convierten en cómplices culposos de la tan criticada banalidad– constituye una de las más empinadas y escabrosas cumbres que los poetas debemos demoler en pos de recuperar la cordura que el Período Especial antes, y la llamada “actualización del modelo” después (¿pudiéramos llamarla “pragmatización”?) han perturbado, cada cual en su momento, cada cual a su manera.
                                      
Santa Clara, 13 de octubre de 2015
 

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