Una alegoría singular
El cuento que hoy me complace ofrecer a los lectores se titula "Pábulo vertical" y su autor es el talentoso poeta y narrador José Alberto Velázquez (Las Tunas, 1978). La historia, ora de un realismo crudo, ora de un tono espectral, rayando en lo onírico o en la locura, es contada en primera persona por un narrador personaje que realiza un viaje desde la Habana hasta Las Tunas en un vetusto carro, armado con piezas disimiles provenientes de medio mundo (cosa que los cubanos conocemos muy bien). Lleva una carga en el maletero que nunca sabremos concretamente qué es, aunque destila y necesita de refrigeración. Uno puede presumir a partir del mismo título (pábulo significa "sustento, alimento..") que se trata de carne humana. He ahí una ambigüedad que le confiera al relato un halo de terror. Antes de comenzar la marcha de regreso, una muchacha aparentemente extranjera (habla en diferentes idiomas) le pide un aventón, o botella como decimos en la Isla. Lo alerta que es virgen y que pretende seguir siéndolo por el momento. Nuestro personaje acepta y ella monta en el viejo carro que corre a noventa kilómetros por la autopista nacional hasta que esta termina y se convierte en una guerra distinta con angosturas, emboscadas, carretones, bicicleteros suicidas, jefes que manejan sus carros y choferes de jefes que manejan los carros de los jefes con o sin ellos, y más.
Por el camino intercambian palabras, aparecen motocicletas que los persiguen y que él logra derribar con maniobras de timón, luego se detienen primero para comer y más tarde ir al baño en un extraño lugar llamado BAÑOS, LENCERÍA, MASAJE. El narrador, por momentos, piensa que todo lo que le está sucediendo es fruto de su imaginación, de ciertos brotes de esquizofrenia. De repente hablan de dos hijos como si fueran una pareja. De repente él ya no se llama Alejandro sino Onésimo. Llegando a Las Tunas, ven pasar camiones con elefantes muertos, custodiados por tipos encapuchados. Él le compra sus galletas preferidas y ella dice que ya no se llamará Mónica, sino Leidy. Esta es, a grandes trancos, la historia. De seguro el lector captará el simbolismo de este texto, su atmósfera opresiva, pletórica de sugerencias y asociaciones.
Debajo del aparente caos de situaciones, hay toda una alegoría de la miseria humana y la asfixia existencial sin recurrir a digresiones de orden filosófico y otras petulancias. Los llamados “saltos del nivel de realidad” se producen en el relato en función de la anécdota y no como meros caprichos del autor para adornar o hacer visible su capacidad, digamos, técnica. Por otro lado, aprecio pleno dominio del lenguaje, matizado con un toque de humor y veces de sarcasmo, algo muy típico en este escritor cuya obra poética y narrativa, goza de una notable madurez.
Egresado del Centro Onelio Jorge Cardoso en 2002, ha recibido, entre otros, los premios nacionales Celestino de cuentos (2011) y Navarro Luna de poesía (2011). Ha obtenido también menciones en los premios Fernandina de Jagua (poesía, 2012) y Hermanos Loynaz (cuento, 2013). Autor de los poemarios En busca del cielo perdido (Ed. Sanlope, 2006); Yo desierto (Ed. Holguín, 2006); La burbuja heroica (Ed. Orto, 2012), y el libro de cuentos Fracturas y extrañezas (Ed. La Luz, 2012). Textos suyos aparecen en antologías como La isla en versos, cien poetas cubanos; Las ondulaciones permanentes, última poesía cubana; Todo un cortejo caprichoso, cien narradores cubanos; Como raíles de punta, narrativa joven cubana; Poderosos pianos amarillos, poemas cubanos a Gastón Baquero, entre otras.
PÁBULO VERTICAL
José Alberto Velázquez López
Su escoba se rompió en K y 25, cerca de la Iglesia Metodista. La noche era perfecta. Yo había dado un buen golpe. Ella estaba desnuda. Mi única urgencia era regresar a Oriente. Cuanto antes. No debía darme el lujo de aceptar o fabricar obstáculos.
—Soy Mónica y estoy perdida—cantó, memorablemente, en perfecto inglés.
Entonces empezó a nevar y yo le abrí la puerta.
Para salir de La Capital debía seguir el protocolo al uso. Perderme sin misericordia ocho o diez veces. Sobornar, sin que lo pareciera, a algún uniformado insatisfecho. Atropellar perros, vacas, otros seres vivos de simetría bilateral. Si en doce horas no me estaba atascando a medias en el polvo de la Calle 33, empezarían las dificultades. Tengo congelación para un buen rato y con este frío la carga demora más aún en corromperse. Esa es la buena noticia. Las malas que la cadena matadero-transporte-economía interna podría irse al diablo; que entre más tiempo pasara más cerca estarían de infiltrarse en el sistema los sempiternos chivatos. Y sobre todo ¿qué iba a hacer yo en mi casa interminable con aquella cantidad de materia, para la que haría falta no ya una nevera sino un pequeño Polo Norte? Aceleré a fondo y el humo empezó a meterse por el agujero de los pedales. Yo evitaba pensar en otra cosa que el regreso, pero una muchacha desnuda a veinte centímetros de ti no ayuda mucho. Por lo pronto (por primera vez) no estaba perdido: vi El Muro y creí recordar que si lo vencía, aunque para hacerlo tuviera que hundirme en uno o dos túneles o en el mismo túnel dos veces, mi retorno a la aldea natal sería cosa de ochocientos kilómetros y toda la suerte del mundo. Las chispas en el espejo retrovisor me indicaron que iría a noventa kilómetros por hora, nada bien, nada mal, el máximo de aquella nave antediluviana.
— ¿Y tú cómo te llamas?—preguntó usando ahora un francés impecable.
—Alejandro—mentí.
Desde hace por lo menos dos siglos es de buen gusto en nuestro país colocar este nombre a cuanto ser humano o mascota sea posible. Ella sonrió, la nieve transformándose en llovizna, y en mi cabeza se instaló la imagen de dos cuerpos desnudos haciendo algo en común. Su piel resplandecía en la oscuridad. Era fácil ver sus piernas juntas, sus nalgas dilatadas por la presión, el énfasis por parecer indiferente que es el arma fundamental de las mujeres vulnerables.
—Soy virgen y no me apura dejar de serlo.
El portugués legítimo y el significado de sus palabras se me enredaron detrás de los ojos.
— ¿Qué dices?
—Que estoy intacta, ¿ves?, y todavía demoro. Así que no intentes nada. Si no, me bajo.
Quité los ojos de la carretera para mirarla. Era una muchacha apacible, una figura que hacía retroceder al vacío con fuerza y unos ojos que rompían la noche. Respiraba en paz. De ningún modo podía haber dicho algo semejante.
Entrando a la autopista se abalanzaron sobre nosotros unos asesinos en motocicletas a los que me costó no poco trabajo atropellar. De dos en dos sus almas sacudieron mi viejo carro. En el espejo las llamas de las motocicletas incendiadas eran estrellas fugaces bailando con la risa de Mónica. Yo empezaba a tener hambre.
— ¿Tienes hambre? –preguntó.
—Me comería una gente.
—En dos kilómetros hay un restaurante o algo así. ¿Traes dinero?
—Sí, seguro.
(Entonces pensé Es la esquizofrenia que ha vuelto, manejo solo esta canoa soviética reparada con piezas de todos los países habidos y por haber, no hay Mónica desnuda y acaso el maletero esté vacío y cuando llegue a mi aldea me las cobren todas juntas).
— ¿Vas a comer así?
— ¿Así cómo?
En la noche, a noventa por hora todavía, pude leer “COMIDAS EL VIAJERO”. Sentí sus ojos en mi cara. Las ruedas chirriaron, la nave quedó presa entre dos carros nuevos. No miré las chapas pero deduje que serían jefes o choferes de jefes y que no habría problemas, era un lugar seguro. Salí como pude. Ella me esperaba en la puerta. Sin ropa, claro. Pero nadie parecía notarlo o lo disimulaban de lo mejor, como en aquel estúpido cuento de la infancia de mis antepasados, en que dos timadores inventan el asunto de una tela invisible para los mentirosos. Entonces lo supe: ella iba con ropas y yo era un farsante. La esquizofrenia no había regresado. Un maletero a punto de reventar de la mejor mercancía en años navegaba conmigo rumbo a la salida del sol.
Ella ordenó embutidos rojos, zanahorias, uvas, helado.
Yo pedí tres tipos de pescado, croquetas de pollo, arroz, frijoles, plátanos maduros fritos, café, chuletas de cerdo.
En la capital, mientras esperaba el gran golpe, sólo había comido panes ácidos, chícharo, picadillo de quién sabe qué en un comedor para ancianos. Los ancianos me invitaban y querían pagar mi consumo de su bolsillo. Me fui sin despedirme con el estómago destrozado, sin despedirme y casi sin haber hecho gastos en alimentos. Ahora era mi turno. No me daba vergüenza. En mi familia los hombres acostumbran a comer. Su plato es el mejor servido. Si él habla los demás hablan. Si él regaña a alguno debe pararse de la mesa. Esto a finales del siglo XXI. Por qué no.
Mónica le preguntó a la muchacha que ponía las mesas Dónde está la tualet, y caí, oh claro, ya entiendo, un charter gratis a tu municipio de origen (¿Taguasco, Jagüey Grande?), cena incluida—pero su escoba rota quedó recostada a la silla y me sentí tranquilo.
Las luces de la carretera son como los sueños. Se acercan lentamente y, cuando llegan, se vuelven a ir. Ella dormía a mi lado y nevaba otra vez. En contra de mi voluntad, tomé una decisión inverosímil: manejar más despacio. Así no se sacudiría su hermosa cabeza. Así las ruedas no resbalarían en una superficie húmeda y helada y brillante de grasa de perros, vacas y gentes aplastadas a lo largo de generaciones y generaciones y generaciones y generaciones, y no nos destrozaríamos contra el tiempo diferente que formaba una pared por todas partes alrededor de la autopista nacional, una autopista nacional que sólo recorre un cuarto del país y que al terminarse, muy pronto, inauguraba una guerra distinta con angosturas, emboscadas, carretones, bicicleteros suicidas, jefes que manejan sus carros y choferes de jefes que manejan los carros de los jefes con o sin ellos, y más.
El cartel decía BAÑOS, LENCERÍA, MASAJE. Necesitaba con urgencia algo así y ya no tenía miedo a detenerme, miedo a nada. Antes y después Mónica y yo hablamos de libros (ella, excepto La Biblia, negó conocer al par de japoneses, los cinco latinos y la decena de norteamericanos que le mencioné. Yo, por mi lado, nada sabía de Rafael Gonaïves y su Antología de la persecución. Romano Aslam y Cierra los ojos, no respires. Alegna Meneses y El hombre arbusto. Hubiera seguido con la lista pero vio un cartel con la siguiente leyenda: BAÑOS, LENCERÍA, MASAJE. Me dijo Detente por favor (en latín) y estuve a punto de transformar el pasado (que su súplica tuviera sentido), de hundirle mi ansiosa mano entre las piernas y que ella dijera Detente, por favor.
Eran baños surrealistas con divanes y mostradores de un lado y cabinas a prueba de olor y de ruidos al otro. Junto a cada diván esperaba una pareja de jóvenes para que el cliente escogiera el sexo del masajista. Tras los mostradores había montones de ropa interior, supongo, y estantes con perfumes, stocks de maquillaje, dispositivos de silicona o látex o no sé qué que prefiero no describir, paquetes de galletas Non-calorie, la mar. En la pared-monitor de mi cabina dos muchachas (rusas) hacían el amor y una tercera miraba. Lavarse las manos costaba un dólar extra. Esperé a Mónica en el carro, salió media hora después, el maletero empezaba a destilar. Vestía un pequeñísimo blúmer rosado, del tamaño de su pubis, y no evadiré el lugar común: casi se veía mejor que completamente desvestida. Casi. La llovizna tibia humeaba sobre el asfalto de la carretera. El cambio brusco de temperatura hizo que llovieran pájaros nocturnos muertos que chasqueaban aplastados por los neumáticos con un compás bastante melodioso. Pensé en mi mercancía, en los cuatrocientos kilómetros por recorrer, en Mónica.
—Debimos haberlos traído con nosotros.
— ¿El qué?
—Los niños. Ahora no va a ser fácil. Debimos traerlos.
Era una caja de cartón al lado del camino. Mónica me pidió que detuviera la marcha, Mira Alejandro, niños, una hembra y un varón. Lloraba de alegría y me abrazó de una forma que nunca antes había hecho.
—Hay que dejarlos en un lugar seguro, linda.
— ¿Cómo?
—Eso. Una iglesia o lo que sea. No podemos. Tú sabes que no podemos.
—Émily y Juan José. Así le hubiéramos puesto. Yo le llevaría caramelos cada tarde al volver del trabajo. Porque soy doctora. En estomatología. No debimos dejarlos.
—Mira, parece una oenegé. Espérame un momento.
—No…son mis niños… No, por favor, Alejandro.
—No me llames más Alejandro. Ese no fue el nombre que me puso mi madre bautista. Soy Onésimo, ¿entiendes? O-né-si-mo. Pudo ser peor. Onesíforo, por ejemplo. Suelta la caja.
El cielo quería ponerse rojo. Vi en el espejo retrovisor mi cara distinta, la cara de un hombre que se ha puesto gordo en los últimos tres años.
La niebla me obligó a desacelerar más aún. El maletero olía. Era la recta final, el sitio justo donde irrumpen elefantes en la vía y el más leve pestañazo te puede convertir en una lata de cerveza aplastada contra un amasijo de carne y grasa.
— ¿Qué haces?
La vi sacar la mano por la ventanilla y arrojar una cosa.
—No tiene arreglo. Nada tiene arreglo.
La enorme pared lumínica se veía a diez kilómetros de distancia, BIENVENIDOS A LAS TUNAS, en correcto español. Veinte minutos más y todo estaría resuelto.
—Tendré que cambiarme el nombre. Supongo.
En un punto de venta insignificante le compré galletas de afrecho, sus favoritas. La mañana era hermosa y yo aún no tenía sueño. Ella también se bajó. Al regresar del baño llevaba un vestido azul. Descalza y con un vestido azul en una mañana hermosa a veinte minutos de casa. Una caravana de camiones transportaba elefantes muertos. Sentados sobre los cadáveres hombres encapuchados fumaban y reían. Mónica dibujó una estrella en el aire, quiso marcar la acera con su pie izquierdo pero, impotente, desistió.
—Ahora me llamaré Leidy. ¿Qué te parece?
—Leidy, Leidy… Está bien.
Ya el timón rozaba mi barriga y el sol estaba alto y Leidy era una mujer triste cuando las ruedas de mi nave empezaron a hundirse en el polvo de la Calle 33.
Editado por: Maytée García
