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Marigloria en Guayaquil

Virgilio López Lemus, 28 de octubre de 2015

Gran amiga, Marigloria Cornejo Cousin nació en cuna ilustre, hija del gran polígrafo ecuatoriano don Justino Cornejo, desde su infancia fue educada, entre dos hermanos, en el amor al arte y sobre todo a la literatura. Ella, con dones poéticos ciertos, eligió ser abogada y comenzó en la adultez una vida itinerante que la llevó a residir en España, Francia, Portugal, de nuevo España, donde nació su único hijo, y por último eligió vivir de manera permanente en su patria ecuatoriana, en residencia junto a la de sus padres, en Guayaquil.En esta hermosa ciudad, tan parecida a La Habana, ha transcurrido la parte más fecunda de su vida social.

Nos conocimos de una manera que puede llamarse fortuita, puesto que el poeta Alberto Acosta-Pérez y yo fuimos a Guayaquil en el año 2007 a ofrecer unas conferencias; nos hospedamos en un céntrico hotel y recibimos la visita de la dama guayaquileña, quien laboraba muy cerca del sitio hotelero. Le llevábamos un mensaje desde Quito y resultó desde ese día una amiga inseparable en las buenas y en las malas.

Ella estaba publicando (y sigue haciéndolo) la papelería gruesa que su padre don Justino dejó al morir. Cuando la conocí tenía más de diez volúmenes publicados, los que en unos años más pasarían de veinte, incluido uno en Cuba, con la Editorial Matanzas, que tuve el honor de organizar (ensayos sobre literatura hispanoamericana) y prologar. Marigloria se ha consagrado a ello, a la devoción a su padre y la custodia de su papelería en la rica biblioteca paterna.

Ella misma ha publicado poemas suyos en dos volúmenes poéticos, el último de los cuales tuvo una presentación social en Guayaquil muy memorable, salón abarrotado de público, habiendo concurrido casi en pleno la intelectualidad de la rica ciudad del Guayas. En 2014 vino a la Feria Internacional del Libro y, en la ciudad de Matanzas, donde realizó recitales, ofreció una conferencia y presentó su obra poética.

Marigloria Cornejo es una mujer leal. Su sensibilidad a flor de piel puede hacerla irritar ante el trato burdo de algunas personas, pero sabe asumir la calma, dominar la situación y elevarse. Es asombroso el sentido de disfrute vital que ella posee. Pareciera sentir que es inmortal. Su labor en la consejería municipal de Guayaquil implica que tenga que realizar mucha labor social, alguna de ella de perfiles políticos. Su jefe, el Alcalde de Guayaquil, fue su compañero de curso universitario y uno de sus amigos más respetados desde la juventud. Pero la dama guayaquileña no ha vivido a la sombra de nadie, imposible que eso ocurra porque ella tiene luz propia.

Se sabe mover en su labor con una seriedad, cautela, incorruptibilidad y limpieza que a veces asombra en los medios de los poderes políticos latinoamericanos. Ella es una hija de Cornejo, no puede defraudar la memoria prístina de aquel hombre probo y sabio, no puede manchar la gala de ser la hija de un hombre de magnitud continental. Pero tampoco ella querría. Marigloria es una de las mujeres de mayor firmeza de carácter que yo haya conocido. Si tuviese enemigos harían bien en no meterse con ella: se encontrarán una pared, una fortaleza. Podrán asediarla, pero no rendirla.

Creo que se notará que la admiro, pero no hay nada raro en esto, porque ella es una mujer admirable. Posee una cultura literaria consolidada, es una muy buena lectora de poesía, gusta de la música y sobre todo de la popular ecuatoriana. He asistido con ella en Guayaquil a recitales de excelencia, donde la música tradicional brillaba por la calidad de ella misma y de sus intérpretes. Marigloria valora muy altamente la cultura «montubia», le encantan los pasillos manabitas, conoce de los aportes de orígenes europeos, africanos y autóctonos en la conformación de la rica cultura ecuatoriana; ella puede ofrecer conferencias de todo tipo sobre costumbrismo, música, danza, comida típica…, desde árboles, mares, ríos hasta las soberbias montañas de su tierra. Es una profunda conocedora de la cocina nacional, rica y variada. Puede darnos una charla sobre José de la Cuadra, relacionarla con la obra de su padre, o sacar un texto de Gabriela Mistral dirigido a don Justino. Esto se llama cultura vivida y no artificial, pero por sobre todo predomina el sano y hermoso amor de Marigloria Cornejo por su patria querida.

Ese saber enciclopédico se esconde, sin embargo, en la sonrisa sencilla, en el savoir faire social y en el disfrute de las bellezas naturales de la costa ecuatoriana, que tanto ama, como de la cordillera, que conoce hasta en sus rincones más ricos y sorprendentes. Ella es hija de tierra volcánica, no se espere un carácter pasivo, pues Marigloria sabe explotar cuando es preciso y necesario, y ay de quien reciba su lava. Pero eso es solo ocasional, lo que predomina en ella es el carácter franco, abierto, risueño, buscador de la dicha, sufridor hacia dentro, profundamente amante, sobre todo de su hijo al que adora y de sus amigos, entre los que algunos y algunas tienen el rango de «hermanos».

En su libro Míos… y también tuyos (2010), de hermosa edición privada, dice: «Creen que estoy sola / pero bien sé que no es así». Es difícil para ella la soledad, trabaja mucho en el gobierno del Municipio, en su casa, en su vida social, en la obra de su padre. Nunca la he visto derrotándose ante adversidades, que siempre las hay. Hemos vivido algunas juntos, de ellas y mías. Para ella caminar con rectitud y honestidad, «como siempre lo quiso mi padre», según dice, es una consigna. Por ello tiene un don esencial metido adentro: ser confiable. Solo no hay que defraudarla, mentirle, «usarla» sin su consentimiento. Ella posee un sentido purísimo del amor. Puede sentir el touché de la daga, pero sabe hurtar el cuerpo y levantarse y seguir confiando en la gente, en sus «hermanos» de fe y de amistad. Es así, una mujer de mayor fortaleza espiritual que la que ella misma supone. Pero es que su sensibilidad poética, su mirada lírica del mundo la hace buscar en los demás bondad, belleza interior, bonhomía, afectividad, y todo ello resulta a veces difícil hallarlo de manera permanente en el trato social. Como Marigloria es una mujer de corazón ancho sabe bien que la poesía de la vida consiste en un reto constante, en alertas y entrega cuidadosa para no «morir de desengaños», como dice que le ocurre a «quien vive de ilusiones».

Recuerdo bien en mis visitas cada sitio de su casa, salvo los de su intimidad. Porque si bien ella es una mujer entregada al afecto, guarda sabiamente para sí lo más suyo solitario, su yo, el que no podemos entregar. Su casa está llena de objetos a los que ella le pone significados. Pueden ser figuras o cuadros carísimos o simples cosas de precios módicos. Estos últimos objetos adquieren un valor especial dentro del hogar, cuando nos acompañan y llenan espacios ligeros de nuestro ser doméstico. De manera que ella tiene en su casa una compañía de objetos significativos, que le ayudan a combatir todo sentimiento irremediable de soledad. Como ha ido varias veces a la India y adora la espiritualidad hindú, veremos allí objetos de esa tierra compartiendo el espacio con bellezas exclusivas de su natal Ecuador o de su amada segunda patria Cuba.

Pero el espacio de privilegio es la biblioteca paterna, donde pocos pueden entrar y que he visto de manera rápida solo una vez. Marigloria conserva allí en forma casi museable la papelería, los libros, fotos objetos de todo tipo que pertenecieron a don Justino Cornejo. Nunca vi una devoción tan maravillosa de cuidado del legado familiar. Es sumamente celosa con ello, no es capaz de extraer de allí ni siquiera la papelería que debe publicar, pues antes hace copias y luego trabaja con las copias. El celo y el respeto de Marigloria ante la memoria de su padre hablan mucho de ella, de sus virtudes y de su deferencia hacia la obra de los demás autores. Esa habitación casi secreta de su hogar o de la que fuera casa paterna, es el sitio sagrado de Marigloria Cornejo. Lo defenderá de toda depredación hasta su propia muerte.

Y esta última palabra no está en su vocabulario. Ella será nonagenaria, pasará tal vez de los cien años, solo si logra que su espiritualidad no sea tan herida por los reclamos de las circunstancias. Marigloria Cornejo es un lujo de la Costa y una bella flor de los Andes ecuatorianos. Solo debe cuidar más su corazón, tan sensible. La poesía se ilumina en ella de inmensidad.
 

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