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El efecto Aleph

Alberto Marrero, 15 de noviembre de 2015

Retomando el título y la idea de que un punto del espacio (en  este caso un puñado de fotos) contiene todos los puntos, del célebre cuento de Jorge Luis Borges, Ahmel Echevarría (La Habana ,1974)  concibe un relato breve, pero de gran intensidad.  Un escritor visita la casa de su amiga Patricia que lo ha llamado porque debe entregarle un sobre con una carta y varias fotos.  Ambos compartieron la amistad de Grethel, la que a su vez fue amante del escritor antes de morir de cáncer. Mientras espera por un café que Patricia le prepara en la cocina, el escritor ve un retrato de Grethel  al lado del televisor. Es una foto en blanco y negro tomada por  otro amigo que le provoca múltiples recuerdos y asociaciones, entre ellos la  memorable frase del personaje que asume Borges en su relato y que el escritor readapta incorporando su nombre y no el del argentino cuando este dice ante el retrato de su amada: Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Ahmel”.  La conexión entre Beatriz y Grethel es evidente.

Tomado el café y después de un fallido intento por convidar a Patricia a unas cervezas, dar una vuelta o simplemente a ver películas en su casa, el escritor se despide. Antes le pregunta a su amiga la fecha y esta lo mira con ojos irritados y un poco extrañada de semejante olvido. La fecha es 13 de noviembre y uno intuye que es el aniversario de la muerte de  Grethel. De regreso a su casa, el escritor vuelve a mirar las fotos y, en especial, la copia del retrato en blanco y negro que, como un Aleph, desencadena una serie infinita de detalles que le hacen vivir nuevamente la relación que sostuvo con Grethel. Para ello acude a un almanaque que mueve a su antojo. Aquí el relato toma un giro que no voy a develar.

Escrito con la eficacia habitual de este autor, el texto no decae y logra compactar en pocas páginas una conmovedora historia (no me molesta el adjetivo cuando de buena literatura se trata), donde el dolor de la pérdida es compasada con el recuerdo y cierta “mística natural” a la que casi todos recurrimos en los momentos  más álgidos de nuestra existencia. ¿Quién no ha soñado despierto en recuperar algo, en regresar a un tiempo feliz, en rectificar errores del pasado, incluso sabiendo de antemano que nada de eso será posible? Luego de una discusión acalorada que tuvieron en vida de Grethel, esta escribió en un cuaderno de notas del escritor una frase de Borges que todavía hoy lo estremece: “Cambiará el universo pero yo no”. El escritor sabe que el universo cambia sin cesar,  pero ¿qué pasara con él? ¿Acaso también permanecerá  inmutable como su amada?  Y no digo más.

Ahmel Echevarría Peré es un reconocido narrador en nuestra actual literatura. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y de Latin American Studies Association (LASA). Tiene publicado los libros Inventario (Premio David 2004 de cuento, UNION, 2007), la noveleta Esquirlas (Premio Pinos Nuevos 2005, Letras Cubanas, 2006), Días de entrenamiento (Premio Franz Kafka de Novelas de Gaveta 2010, FRA, República Checa, 2012), Búfalos camino al matadero (Premio José Soler Puig de Novela 2012, Oriente, 2013) y La noria (Premio de Novela Ítalo Calvino, 2012, UNION, 2013) galardonada con el Premio de la Crítica Literaria de 2013. Columnista del sitio web de la revista Cuba Contemporánea (www.cubacontemporanea.com). Actualmente trabaja como editor del sitio web Centronelio (www.centronelio.cult.cu) y Vercuba (www.vercuba.com).

  

        
          
           El Aleph


         Ahmel Echevarría


Había llegado a tiempo; sin embargo, la casa estaba a oscuras. Me paré frente a la verja y volví a mirar mi reloj. Las ocho de la noche. Las ventanas estaban entornadas.
Decidí entrar. Entonces crucé el jardín.
Llamaría a la puerta —temía haber hecho el viaje en vano.
Volví a tocar. Respondieron.
Primero se encendió la luz de la sala, luego la del portal. Tras abrir la puerta, Patricia me invitó a pasar y dijo que la disculpara. Por el desorden. Por haberse quedado dormida. Y por la facha —el pelo a medio acomodar; llevaba un jeans rasgado más arriba de la mitad del muslo y un pulóver blanco rotulado en el frente: “Poesía sin Fin”.
Sonreí.
No solo le había interrumpido el sueño. Parecía algo turbada.
Entré.
Demasiado silencio.
Luego de recogerse el cabello me recordó que podía sentirme como si estuviera en mi casa.
—Perdóname —dijo—, olvidé saludarte.
Me dio un beso en la mejilla.
Antes de sentarnos a conversar recogió un par de revistas, un bolígrafo y un marcador, periódicos y dos libros que tenía sobre un butacón. Acomodó los cojines con los que adornaba el sofá y guardó un manojo de papeles dentro de una carpeta. A la cocina llevó un tazón y una tetera.

Patricia me había llamado para avisarme de un sobre que Grethel le dio para que me lo hiciera llegar. Según le dijo, el contenido de aquel sobre era una carta y varias fotos. Le pregunté de qué iban las fotografías, porque estaba convencido de que todos los rollos que Grethel y yo habíamos usado en su cámara fotográfica estaban impresos.
Patricia se encogió de hombros: “De veras no sé, está cerrado”.
Nos costaba mantener la charla, al menos a mí sí me incomodaba. Probaba con un tema y veía cómo Patricia se quedaba sin nada que decir. Y era extraño en ella. Con esta mujer podías estar horas conversando. Sin aburrirte. Y si te interesaba la literatura, en especial la cubana, tendrías a disposición un asombroso archivo, no solo de información digamos académica. Parecía turbada. Tal vez por mi presencia. Me sentía incómodo con tanto silencio y decidí intentar por última vez el diálogo antes de pedirle el sobre, pero solo atiné a preguntarle por su trabajo. Patricia se acomodó tras la oreja unos mechones sueltos. Se encogió de hombros. Entonces dijo que no lograba concentrarse:
— ¿Viste los papeles y los libros que tenía arriba de la butaca? Llevo tiempo sin tocarlos —tenía pendiente la entrega de un ensayo sobre un narrador cubano: Guillermo Rosales.
Volvió a hacer silencio.
Ella estrujaba sus manos. O las pegaba contra los muslos. Incluso cruzaba los brazos y los apretaba muy fuerte contra sí.
—Tu sobre… —dijo—. Dios, lo olvidé por completo. Discúlpame, enseguida lo traigo.
Y fue a su habitación.

Yo había llegado a su casa a las ocho de la noche y ella tal vez a las seis. ¿Su rutina?: leer como una demente, asociar. No solo impartía clases en la Facultad de Letras de la Universidad de La Habana. Su pasión era la literatura. En especial la cubana. Siempre en la búsqueda de nuevas piezas para completar ese rompecabezas que es la obra y vida de un escritor. Y en los últimos meses se había obsesionado con Guillermo Rosales. Escritor y suicida. Miami, julio de 1993, 47 años, una pistola cargada. Tenía en su récord personal haber destruido la mayor parte de su obra. Odio, locura y autodestrucción. Un premio y la publicación de una novela breve, con alta dosis de autobiografía, cuyo título es la manera de nombrar a las pensiones o asilos para locos o viejos en USA: Boarding Home. Pero Patricia no estaba, como era su costumbre, ensimismada en sus lecturas y notas.
Sentí el aroma del café recién colado. Desde la sala le pedí que no dejara de invitarme a una taza.
Me gustaba su café. Negro, fuerte. Buen aroma. Patricia compraba café Serrano. Yo no era de los que se preparaba una cafetera para comenzar el día. Pero lo fui haciendo parte de mi rutina por culpa de Patricia, por culpa de Grethel. Eran muy grandes amigas.
Demoraba. Volví a pedirle mi taza. Desde la cocina dijo: “Enseguida te la llevo”.
Mientras esperaba por Patricia, el café, la carta y las fotos decidí encender el televisor. Junto al jarrón de falsa porcelana y flores artificiales, justo al lado del televisor, Grethel sonreía en el retrato —intemporal, la misma sonrisa que yo no alcanzaba a olvidar, porque el rostro, sus maneras, en fin, el recuerdo de aquella mujer estaba enquistado en mi cerebro como una lapa—. Era una fotografía en blanco y negro, una hermosa foto tomada por mi amigo Orlando L.
Me levanté.
No encendí la TV, me paré frente al retrato.
Patricia no me vería.
Pude, además de haberme levantado para ver de cerca el retrato, pude haber dicho en voz alta el nombre de Grethel o hablarle cuidando camuflar mis palabras dentro de una cita de un cuento de Borges —por si Patricia me tomaba por sorpresa—, y decir entonces: “Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Ahmel”.

—Aquí está el sobre y el café.
Me había tomado por sorpresa.
Le miré a los ojos. Demasiado rojos. Irritados diría yo. Irritados por haber llorado.
— ¿Qué día es hoy? —dije.
Me miró extrañada. Insistí. Necesitaba saber la fecha.
Era lunes, noviembre 13, 2006.
Abrí el sobre y vimos las fotos. La carta la leería cuando llegara a mi apartamento.
—Si quieres me quedo un rato más. ¿Qué te parece la idea de dar una vuelta, tomarnos unas cervezas y ver unas películas en mi casa?
Patricia me miró. Se encogió de hombros. En su rostro pude advertir una leve sonrisa. Intenté bromear diciéndole que nos sentaría bien llorar como dos tontos, a cinco pisos de altura, sin que nadie nos escuchara.
Desistí.
Terminé el café.
—Gracias, prefiero estar sola.
Entonces supe que sí estaba turbada y el motivo era mi presencia.
Ella tenía razón: irse a mi casa era una idea demasiado estúpida. Grethel redecoró mi apartamento, hizo cojines —un diseño con parches similar a los que le regaló a Patricia—, me dejó sus discos, incluso hasta enmarcamos una tempera que dibujamos entre ambos. Mi apartamento estaba tal como ella lo dejó antes de separarnos. Antes de morir. Si Patricia aceptaba mi invitación estaría recordando a Grethel a cada instante y en aquel momento era lo que menos necesitaba.

De regreso a mi casa tomé un taxi. El viaje dejaría de ser tortuoso tan pronto la calle Infanta quedara atrás. El auto se incorporaría entonces a una de las carrileras de la avenida Independencia.
Iríamos en línea recta.
Pocos semáforos.
Una vía rápida.
Contrario a mi costumbre, no me entretuve observando cómo cambiaba la ciudad y su gente a lo largo de mi viaje desde el centro de la ciudad a la periferia. Tampoco miré las vallas con las alertas, consejos y mensajes que el Gobierno clavaba a lo largo de la avenida —en mi Cuaderno de Altahabana tomaba notas sobre el diseño, también apuntaba los textos.
Una vez en mi apartamento encendí el reproductor de música y vi nuevamente las fotos de Grethel, Grethel Elena, Grethel Elena Viterbo, Grethel querida.
Debía confinarlas en un sobre.
Recordé entonces el retrato en blanco y negro tomado por Orlando L —esa foto que estaba junto al televisor en casa de Patricia fue tomada en mi habitación—. Tenía una copia. Siempre tuve la sospecha de que aquel retrato contenía en sí mismo una larga enumeración de imágenes: los días que Grethel y yo habíamos pasado juntos. Luego de volverlo a ver me convencí del todo. Estuve apenas unos minutos frente a la foto, sin embargo pude recordar cada día de nuestra larga relación.
Busqué la copia que tenía guardada en un álbum y tuve frente a mí el rostro de Grethel emergiendo de entre las sombras, con los ojos entornados, el cabello cayendo lacio y castaño sobre los hombros. Simples detalles condensados en una breve cartulina de cuatro por seis pulgadas, pero nuestro universo estaba ahí. Una larga cadena de recuerdos: imágenes, sonidos, olores, estados de ánimo. Ese era nuestro pequeño universo. Alcancé a verlo y lo advertí sin disminución de tamaño. Podría decir, y ojalá nadie lo tome a mal, que he arribado precisamente al inefable centro de mi relato, porque justo aquí comienza mi desesperación.
Lunes, noviembre 13, 2006 —escribí ese rótulo en el sobre donde confinaría las fotos que Grethel había elegido para mí. Todas. Incluso la foto tomada por Orlando L. También movería las piezas de mi almanaque perpetuo para ubicar una nueva fecha: 2006, noviembre 13, lunes. No me obligaba a cambiar las piezas del almanaque con el transcurso de los días. Lo actualizaba cada vez que vivía una experiencia singular.

Leí la carta de Grethel, la extensa carta fechada un mes antes de su muerte. Tras hacerlo miré nuevamente las fotos. Las nueve. La fotografía impresa en blanco y negro, en la que Grethel, con cinco años, acariciaba a Laika, un pastor belga —la nombró Laika por la terrier que los rusos lanzaron al cosmos a bordo del Sputnik 2. En mi estudio tenía un modelo a escala de aquel satélite y el de la nave Soyuz 38: lejanos recuerdos de mi infancia, por entonces quería ser el segundo cosmonauta cubano y yo le había revelado a Grethel aquel secreto—. Y tuve entre mis manos las dos fotos en donde Grethel posa frente a la Casa Batlló y junto al lagarto que Gaudí decidió poner en medio de la escalinata que está a la entrada del Parque Güell —una vez le confesé que me habría gustado que mi primer viaje fuera de Cuba tuviese a Barcelona como destino. No pude cumplir aquel deseo: la primera vez que crucé el mar puse los pies en Santo Domingo con un visado donde se especificaba que mi estancia en la República Dominicana respondía a la participación en la Feria del Libro—. La cuarta foto era pésima, la imagen salió movida, quien la hizo intentó fotografiar a dos personas, una de ellas carga una mochila y detrás se levanta un monolito oscuro, la vegetación apenas los rodea, el cielo es un bloque gris —somos Grethel y yo en el Pico Turquino, detrás de nosotros y sobre un pedestal el busto de Martí. Habíamos decidido subir hasta el punto más alto de Cuba, la altura del Turquino coincidía con el año en que habíamos nacido: 1974—. Grethel desnuda en mi cama —bocabajo, las piernas ligeramente abiertas, el cuerpo desdibujado por las trazas de una luna llena que penetra en la habitación a través de las persianas. Una mano entró en el encuadre y puso el índice en una nalga: esa mano es la mía; me costó trabajo hacer la foto sin tener un trípode, Grethel se reía, tan pronto logré ubicar la cámara activé el timer y puse mi dedo—. Otra foto de un cuerpo sobre una cama, es un hombre —desnudo y bocabajo, las piernas ligeramente abiertas, el cuerpo también aparece desdibujado por las trazas de la misma luna que raja, a través de las persianas, la penumbra de la habitación. Una mano entró en el encuadre y puso el índice en una nalga: es la mano de Grethel, soy yo quien está sobre la cama—. Grethel viste un mono deportivo muy ajustado, está recostada a la pared —sé que esa foto fue tomada por Patricia, pero Grethel preparó todo. Su cuerpo se va diluyendo en la penumbra, con el juego de sombra y luz se nota el gran contraste del crucifijo dorado que cae sobre el busto: Grethel decidió hacerla una semana antes de ingresar, cuando abandonó el hospital tenía un seno amputado—. Una fría y húmeda mañana de febrero cizallada por el obturador de la cámara de Grethel —La Habana vista desde los muros de la fortaleza de San Carlos de La Cabaña. El cielo está cargado y bajo, a ras de la ciudad, las olas rompen contra el largo muro del malecón y las esquirlas de mar desdibujan esa lengua de arrecife y concreto que se encaja en el mar: La Punta—. La última imagen que vi fue la foto de Grethel hecha por Orlando L en mi apartamento.

Me levanté y fui hacia el almanaque. Cambié entonces la fecha: Lunes, noviembre 13, 2006. Estuve parado frente al almanaque perpetuo. ¿Cuánto tiempo? No puedo precisarlo. Solo sé que antes de ir a la cama consigné aquel detalle en mi cuaderno.
¿Las piezas de mi almanaque volverían a cambiar?
Grethel, tras una discusión que tuvimos, escribió en mi Cuaderno de Altahabana: “Cambiará el universo pero yo no”. Una breve frase escrita con tinta negra en mitad de una página en blanco. La caligrafía de Grethel era sencilla, digamos que cuidaba los trazos. ¿Su letra?: pequeña. Pero aquellos caracteres eran grandes, apiñados. Ha pasado el tiempo, sin embargo todavía recuerdo aquella frase. Cómo olvidarla. Era una cita de Borges.
Grethel escribió la frase en mi cuaderno tras una larga discusión que tuvimos. Por entonces creía que nuestra pelea había sido por nada. Tenía la sospecha de que Grethel era lo mejor que me había pasado en años y se lo dije tal como lo pensé. Un gran error. Grethel se levantó de la cama, se cubrió con la sábana y fue al baño. Estaba cabizbaja. Intenté hacer algo y pidió que la dejara tranquila, luego dijo: “Supongo que me ha molestado tu sospecha, no es lo que quisiera escuchar pero es algo”.
Traté de hacerle entender era solo una manera de decir. Me acerqué a ella y le tomé las manos. Para tranquilizarla. Recuerdo su mirada, tampoco he podido olvidar lo que dijo aquel día: “Me confundes… Estoy confundida y no sé qué hacer, para colmo tengo este maldito dolor.”
Intenté convencerla de ir a un hospital y respondió que no era nada, que se le pasaría.
Insistí.
En vano.
Aquella noche me dijo que le temía a las palabras, que no sabía si hubiera preferido escuchar una frase tan tonta como un te amo. Y me preguntó si de veras aquella frase me parecía tonta, cursi.
¿Qué debía responderle?
A ella le hubiera gustado escuchar aquella frase. Me lo confesó: “Te podré parecer tonta o cursi, no me importa, no soy para nada moderna”.
Pero Grethel tenía miedo.
“Cambiará el universo pero yo no” —leí a la mañana siguiente en mi cuaderno—. Tal vez Grethel se levantó a medianoche, porque no supe cuándo lo tomó y escribió la frase de Borges.
¿Rabiaba de dolor?
No lo puedo asegurar.
Lo cierto es que las células cancerígenas hicieron de las suyas en los senos de Grethel y le jugaron una muy mala pasada.

Estaba convencido de que sí cambiaría el universo. ¿Pero qué pasaría conmigo?
Guardé la carta y las nueve fotos dentro del sobre.
Debía esperar.

Editado por: Maytée García

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