Martí: un látigo con cascabeles en la punta
“Yo lo recuerdo como un joven de genio alegre, y solo en los últimos dos o tres años, cuando pesaban sobre su alma las grandes preocupaciones y responsabilidades que entrañaba la idea de lanzar un pueblo a la revolución donde tenían, forzosamente, que morir muchos combatientes, se tornó grave y pensativo”.

El testimonio de Blanche Zacharie de Baralt en su libro El Martí que yo conocí, deviene esclarecedor, por cuanto los retratos que nos han llegado del Apóstol, siempre tan modesto en el vestir, no nos descubren la sonrisa de un hombre afable, comunicativo, solidario que cautivó a sus contemporáneos y hoy por igual nos cautiva. Años atrás, Enrique Núñez Rodríguez publicó un texto con numerosas muestras del suave, elegante y sutil humor de José Martí, que se revela en algunos de sus textos y debe entresacarse con la delicadeza de las perlas.
Así, por ejemplo, en su única novela conocida, Amistad funesta (o Lucía Jerez, como también se le conoce), Martí desliza este apunte que en modo alguno pasa inadvertido:
“El sombrero de Adela era ligero y un tanto extravagante, como de niña que es capaz de enamorarse de un tenor de ópera”.
El Martí de la manigua libertadora revela otro rasgo de su buen humor, aquí como cierre de una anécdota que deja para el final el sabor de la sorpresa:
“En otra escena está de descanso el campamento, como nosotros descansábamos, unos contando cómo se hace la pólvora, o se cura la herida, o se hacen, en una máquina de mano, los casquillos de las cápsulas; otros, sentados juntos en un tronco, enseñándose a leer, con el machete a los pies. De pronto entra un amigo: ¡Qué gusto el de volverle a ver! Cuántas peleas, desde la última vez; le preparan el festín, mango, jutía, buniato, cuba libre; pero el recién llegado baja la cabeza cuando un amigo le pregunta por la Biblia que le prestó:
–¿Y la Biblia que te di y que te dije que la guardaras?
–Hermano, ¡me la fumé!
En otro de sus apuntes, como quien discurre consigo mismo, lanza esta agudeza originalísima:
“Yo estoy por creer que el pintor, así como el actor en grado menor, son poetas incompletos; son como alféreces y tenientes sin ascenso, de la poesía: llegan a ella, están de visita algunas veces en ella; parece otras que van a ser recibidas por huéspedes permanentes de la casa; mas no llegan. Acaso lleguen luego”.
Y una más aquí, con algo de poesía satírica:
“Los muebles de su cuarto de estudio son como sus versos: de caoba vieja”.
En cierta ocasión antes de iniciar un discurso vivió Martí esta curiosa y jocosa experiencia, contada nada menos que por quien fue un maestro de la oratoria:
Nunca, hasta este momento, había dudado de que D. R. fuese para mí un verdadero amigo: ni podía concebir que con tan buena voluntad me perjudicase un hombre, con tan aplastante introducción.
Es como la vieja historia del rey y su enano; cuando se esperaba que el monarca acompañado por el pigmeo hiciese su aparición bajo un arco tan solemne y engalanado, al aparecer el propio rey, todo el mundo dijo: “Mirad, ahí viene el enano”.
Y, sin pretender agotar el tema, he aquí una observación que, además de graciosa, muy gustoso hubiera suscrito un humorista consumado al estilo de Mark Twain:
“No hay Providencia. La Providencia no es más que el resultado lógico y preciso de nuestras acciones, favorecido o estorbado por las acciones de los demás. Si aceptáramos la Providencia católica, Dios sería un atareadísimo tenedor de libros”.
Leer a Martí nos descubre la capacidad del genio para quien el humor fue “un látigo con cascabeles en la punta”.
Editado por: Maytée García
