Poesía de Carmen Hernández Peña
Carmen Hernández Peña ha construido un universo imaginativo de una poderosa singularidad: sus visiones poseen una alta capacidad plástica, de alucinante vigor, y en sus textos palpita la exploración en lo desconocido y el lúcido reconocimiento del misterio.
Sus textos muestran los costados inquietantes de la mirada, la penetración en lo insondable del devenir psíquico, y en su impronta narrativa de la poesía flota siempre una niebla lírica refinada, en que lo plutónico se funde con la ascensión pausada del espíritu.
Su lenguaje, por la madurez alcanzada, dice justamente el temblor pánico y apasionado que proyecta su imaginación, y las contemplaciones interiores que exhibe su obra han cuajado definitivamente tanto en el plano artístico como en el puramente humano.
Roberto Manzano
CARMEN HERNÁNDEZ PEÑA (Ciego de Ávila, Cuba, 1953). Poeta, narradora, crítica, editora. Tiene publicados, entre otros, Rituales del viajero (Sed de Belleza y Ediciones Ávila, 1996, 2001), La balada de John y yo y Velo de maya (Ediciones Vigía, 2006, 2007), Escuerzos (Premio Loynaz, Ediciones Loynaz, 2008) y Un libro de sombras (Ediciones Ávila, 2009). También han aparecido textos suyos en revistas cubanas y extranjeras y en soporte digital.
(Belkys Ayón)
La princesa se muestra. Tiene ojos grandes. Es fruta sazonada por los soles, las lluvias. Los hombres-leopardo acechan. No tienen ojos, pero acechan. La princesa divisa entre la fronda aquello que los hombres-leopardo nunca han podido ver. La princesa sabe. Ella sabe y camina. Tiene dos pies poderosos que rompen las raíces. Los cuatro hombres-leopardo la acorralan. Uno muerde su boca, otro muerde su pubis; el tercero le desgarra el pecho. El cuarto, el más feroz, le arranca el corazón y escucha (los hombres-leopardo no tienen ojos, pero escuchan). El corazón de la princesa golpea las zarpas del hombre-leopardo. Lo devoran, pero no deja de sonar. Hasta en las entrañas de los hombres-leopardo, el corazón de la princesa late.
(grafiti)
Otra vez escribo en las paredes, y no para gemir las soledades. Es que cada noche me asalta ese derecho y ni siquiera escribo, más bien garabateo signos y conjuros. Olor en espiral, marcas de pies. Recuerdos nubosos de ciertos peregrinos.
Las paredes son mías, sus rendijas infranqueables.
Aquella memoria en la floresta. El poste del establo. Mis huellas digitales.
Escribo en letras rojas: SOY UNA MUJER DESHABITADA.
(espacios vacíos)
Yo quisiera, sor Juana, un pergamino; una pluma de águila, la reja;
el amargo secreto de una queja, la agreste piel que carga el peregrino.
No quiero detenerme en el camino, ni ser esclava de la candileja.
Desenredadme, pues, en la madeja: arcano donde tejen mi destino.
Soy y no soy, como la disonancia. Me parto en dos: antigua nigromancia.
Canto que rueda para asir la sombra.
No quiero en mis talegos la abundancia, solo preciso un poco de constancia
para escuchar, al fin, si Dios me nombra.
(patio de ferrocarriles)
Serpentean los rieles, casi ocultos. Quien los mira sabe que no valen nada, tan corto es el tramo que recorren. Ramas de la Línea Central, entran en patios umbríos donde nace lo más inverosímil. Invitan al equilibrio del cuerpo, a tener cuidado.
Siempre.
Tener cuidado siempre: la consigna.
En ellos se esconden dos tipos, los amantes. El amante más bien. Hay uno solo que ama y abre la bolsa. El otro se deja amar y extiende la mano. Algo espantoso acecha en el patio de los ferrocarriles.
Solos que están.
Solos que estamos.
No olvidar la consigna, por favor.
Tener cuidado.
(salmo 151)
David, hermano mío, rey de reyes, qué hacer con todos
los tajazos que atesoro en mi pecho.
Qué hacer conmigo, cada día más cálida y feroz.
Tú, que enviaste a un hombre a la muerte por amor;
que conjuraste al desierto y la intemperie en nombre de Iavhé,
vuelve hacia mí los ojos.
También yo pertenezco a tu casa y descubrí el punto
séptimo y arcano de la Estrella.
Ha escapado una presa de mis garras.
Tan torvo era mi pico.
Tan lejanos mis ojos.
Una fiesta de Dios mi voz agreste.
Tú conoces todo el sufrimiento del águila, cómo renace en cada picotazo y cada pluma.
Pero no me respondas, David, hermano mío. Prefiero, como el águila, resurgir cada día,
en el momento justo de levantar el vuelo.
(esta boca es mía)
Por las extrañas calles camino hasta perderme. Estoy en otro tiempo y unas manos azules arrancan mis vestidos. Columnas en ruina entorpecen la marcha de un desfile de ovejas. Balan como ángeles. Ando sin encontrar tu olor tras las cortinas. Adónde caminar si no voy por tus pasos. Se me escapa la piel. Sin tu nombre no soy. El fuego no me quema. Alguien sueña conmigo, no soy real, como el soñador de las ruinas circulares.
Minúsculas violetas se aferran a mis piernas. Corro en el mismo sitio. No me persigue nadie, pero un jadeo audaz ventea a mis espaldas.
Caigo.
Una boca le habla a cada uno de mis poros. Comienzo a ver colores que no existen. Dentro de mí están el Viento, la Tierra, el Agua, el Fuego. Has de ser tú, pero no puedo verte. Solo te siento.
Desde antes de Dios, estás dentro de mí, comiendo de mi corazón y dándole de comer. Somos dos y lejanos, sin edad, en todas las esquinas del mundo y de los tiempos, latiendo con el mismo corazón, devorándonos con la misma boca.
Así ha sido y será. El que tenga oído para oír, que oiga. El que tenga boca.
(casa paralela)
Los que ves son gente de otros tiempos. No traspasaron la neblina, sino aquella mampara que nunca estuvo rota, solo abierta.
No la cierres.
Descubre los cristales, los bronces: bestiario que poseo desde antes de nacer y no conozco.
Mejor los dos; la soledad es la muerte.
Esa casa persiste, atrás o encima, al lado nuestro, pero cuesta alcanzarla.
Habla más bajo. De cualquier modo están.
Son gente de otros días.
Esperan simplemente.
No impiden que roces mi mano ni mis labios.
Nunca cierres las puertas.
(molinos)
Los molinos asustan.
Sus aspas traen los rostros
que alguna vez amamos.
Las aguas nos hablan de otro tiempo.
Hay una sola puerta en los molinos.
La misma senda que conduce nos aleja.
El molino está solo y amenaza.
Es fácil ver la lanza que sale del molino
una lanza que apunta directamente al pecho.
Su largo brazo nos recuerda que nuestro brazo es corto.
Los molinos asustan.
Permanecen.
(marcados por el polvo)
Anda el hombre de a dos
marcado por el polvo
como la estrella bocarriba
con los brazos abiertos.
Proclama el hombre su divina esencia
su fango en las raíces.
Ramas del hombre se esparcen
más allá del tiempo y del espacio.
Serpiente
antílope es el hombre
alga menuda
que sirve de alimento
a los guardianes.
Marcado por el polvo
anda el hombre de a dos
como la estrella bocabajo.
(palabras, sellos)
Dueños del corazón y de la lengua, palabra y sello. Inicio. Soplo de Dios para sacar del caos un caos mayor: nosotros, la oquedad, el desbalance.
Sobre el pecho de Buda, la cruz torcida.
Dos triángulos y un punto. Pensar en más allá del agujero.
Cerrando el templo del joven rey, el sello de oro.
Puertas.
Palabras.
Equívocos perpetuos.
Manada de caballos al galope.
Cuando el sello se estampa, detrás vive el misterio.
Si se arranca, solo la muerte, el polvo.
(otras confesiones)
I
Ojo de agua
tiempo
estancia en donde habito.
Lluevo y deshago
los nudos de la noche.
Ha de existir algún conjuro celta
para que deje de llover y nieble.
Sumerjo mi rostro en la memoria de aquel árbol muerto*
y caigo entre sus ramas espectrales
como la propia semilla que lo plantó en mi puerta.
La niebla es mejor.
Oculto el rostro.
Oculto.
Nada esconde la lluvia sin embargo.
Ella moja y deshace.
II
También fui la princesa de un feudo imaginado.
Los lobos se acercaban a mi voz.
Comían de mi mano y de mis vísceras.
De pronto alguien puede rechazar un corazón que late.
Pero terminará por devorarlo.
No se olvida el hartazgo fácilmente.
La inmortalidad llega si das de comer tu corazón.
III
Un ojo en la espalda puede verlo todo.
Es un cristal que refleja la curvatura del mundo no la tuya.
Lo peor es que el universo no sabe que existimos.
Se balancea en su oquedad sin límites.
Desnudos el universo y nosotros reclamamos un poco
de calor proyectar la sombra de algo que no somos.
IV
Ojo de agua
tiempo y desnudez.
Una elipse encierra nuestros cuerpos
y aleja el peligro de los lobos.
Es difícil saber los secretos del miedo y del silencio.
Niebla que soy al fin. La luminosa niebla.
*Hace un tiempo nació frente a mi cuarto un árbol raro que nadie logró identificar. Como vino y creció, así se fue, sin dejar rastro —creo que le cayó encima demasiado agua—, pero yo lo sigo viendo.
(atávica)
Él yace junto a mí, dormido y vulnerable. Resopla como si fuera un niño y hasta una sonrisa se dibuja en sus labios.
Una mujer druida le asaetearía el pecho con el alfiler de su prendedor. Bebo su sangre. Solamente un pequeño sorbo de su sangre que fortalecen cuerpo y espíritu. Quiero decir mi cuerpo, quiero decir mi espíritu; el hombre apenas abre los ojos por la picadura que parece de insecto, se abandona para siempre a mi abrazo. Yo, mujer celta, miembro del clan de mi hombre, me convierto en el clan, me convierto en mi hombre.
Él yace junto a mí, dormido y vulnerable. Un hombre dormido es apenas piedra de templo. Por eso, mujer mexica, abro su pecho con un cuchillo de obsidiana. No tiene tiempo de gritar, de defenderse, apenas un suspiro escapa de sus labios cuando le arranco el corazón. Grande y rojizo, latiendo aún, caliente por la vida que lo anidaba solo un momento antes. Allí, frente a sus ojos que nunca se abrirán, junto a su brazo que no se armará otra vez contra los enemigos, devoro el corazón como manjar de diosas. En diosa me convierto y en guerrero, nadie podrá vencerme con el corazón de mi hombre en las entrañas.
Él yace junto a mí, dormido y vulnerable. Los vapores del vino aletargaron su alma. El vino de Isis, dueña de la mies, es eficaz. No sabe que es mi esposo y mi hermano y mi hijo, que soy su dueña en todos los senderos. Por eso, con la hoz, siego el fruto entre sus piernas, con el que gozaba hasta hace breves horas. La sangre busca el río. De sus labios, huye el ka y asciende. Sobre una rama verde, se escurrirá al sol hasta no ser sino polvo, abono de la diosa. El ritual dice: «No comerás la ofrenda». Es una lástima. Si pudiera, más grande que Osiris sería esta mujer.
Él yace junto a mí, dormido y vulnerable. «Toco su boca, con un dedo toco el borde de su boca, y voy dibujándola...». Abandono a Cortázar, el que aumentó el caudal del Sena con el llanto por Buenos Aires. Pero en París llorar es otra cosa. No toco con el dedo el borde de su boca. Pongo la palma de mi mano muy cerca, como si la palma de mi mano fuera un espejo, para atrapar su aliento. Respira. El que duerme, comulga con la muerte. Podría sofocarlo. Pintarle espantajos en el ombligo, y él nunca lo sabría. Andaría en su cuerpo como una serpiente hasta lo más recóndito. Puedo darle el beso negro y despertarlo así, entre mis brazos y mis piernas.
Respira y está vivo. Tan solo duerme. Por eso, con la sapiencia de todas las mujeres que me han antecedido, con la punta de mi lengua le dibujo en el pecho, en el pubis, las piernas, flores bellísimas que nunca nadie ha visto y mapas y diosas y colinas huecas.
Editado por: Maytée García
