El Segundo Asalto a Palacio (I)
El avance de la Revolución ante el cierrre de salidas pacíficas a la crisis nacional condujo al asalto a Palacio Presidencial, liderado por José Antonio Echeverría y un grupo de jóvenes del Directorio Revolucionario. Esta acción audaz había conmovido a toda la sociedad cubana y aquellos que temían por la prosperidad de sus negocios pero no reparaban en los crímenes de la tiranía, buscaron la protección de esta. El gobierno, que reclamaba de las Instituciones Cívicas el repudio al Asalto a Palacio, pudo hacer lobby con las corporaciones económicas y obtener respaldo a su mandato y rechazo a la revolución popular. En actos de adulonería ilimitada fueron a rendirle culto al dictador, olvidando las manchas de sangre que en los uniformes del ejército delataban la naturaleza criminal de la dictadura. Tuvo lugar así el conocido Segundo Asalto a Palacio.
El señor Francisco de Pando Presidente de la Asociación de Hacendados señalaba:
“La obra en nuestro país del Honorable señor Presidente de la República merece sin discusión alguna el reconocimiento de sus desvelos por el bienestar y progreso social de las clases más necesitadas (...).
Por estos hechos es evidente que la opinión pública en general no ha abandonado al Honorable señor Presidente de la República en los momentos difíciles, al no secundar movimientos insurreccionales equivocados.
Cuba, con su cultura, bien puede y debe encontrar soluciones políticas en armonía”.1
Por su parte Joaquín Calcines, Presidente de la Asociación de Colonos señalaba:
“No es el camino de la insurrección y de la violencia el que deben seguir los cubanos para dirimir sus querellas.
(...)
Atentar pues en cualquier forma contra la industria azucarera, como contra cualquier otra actividad productora de la Nación o sus instituciones, obedeciendo a determinadas consignas como es la de los incendios de los cañaverales, aunque el pueblo entero caiga en la miseria mañana, es criminal (...)
Y por encima de todo y de todos, es deber, función y responsabilidad del gobierno defender las Instituciones del Estado”.2
Lo planteado por Calcines expresa cómo a la burguesía le era necesario el favor del Estado por el normal funcionamiento de sus negocios. Por eso, aunque el gobierno constituido fuese resultado de un acto ilegítimo como el golpe de estado del 10 de marzo, debía mantener al empresariado libre de situaciones conflictivas. Ese Estado era el orden constituido que debía representarlos ante el caos que para ellos representaba una revolución popular. Así lo comprendía Batista, garante de los intereses de la oligarquía nacional y el imperialismo norteamericano, quien respondiendo a Calcines afirmó entre aplausos:
“Concibo que es lógico que el adversario político me combata y me critique (...). Lo que no puedo concebir es que se atente contra la vida de la Nación, contra sus basamentos económicos y contra las fuentes de riqueza y de trabajo, que son esenciales a la Nación y a la familia cubana”.3
Batista reconocía que manejando la maquinaria estatal y el Ejército, se había constituido en la columna sustentadora del orden neocolonial de la República cubana que una Revolución popular estaba desafiando. Los que luchaban por una Cuba nueva, ajena a aquellos intereses egoístas, eran calificados así por Daniel Gispert, Presidente del Consejo Nacional de Veteranos de la siguiente forma:
“Seguramente voy a dirigirme a los locos, a los obcecados y a los empecinados, y a los que actúan de mala fe, para decirles que tengan respeto y consideración para con la República, que es como tenérsela a los fundadores de la Patria”. 4
El veterano mambí, asimilado a los desgobiernos de la República neocolonial, al status quo de la dictadura, olvidaba que fue Máximo Gómez el que propuso la tea incendiaria para terminar el dominio colonial en Cuba y que Gómez y Martí advirtieron sobre los peligros de la conformación de una República Neocolonial.
Batista, alarmado por la audaz acción del asalto a Palacio, pretendió que repartiendo algunas migajas podía atenuar las ansias redentoras del pueblo rebelde. A fines de marzo, aprobó la equiparación de los salarios de los trabajadores de la Cooperativa de Ómnibus Aliados (COA), aumentó el 6% de los salarios azucareros y restituyó el 5% de los salarios a los empleados públicos. Por esas limosnas Eusebio Mujal, Secretario de la CTC, le dijo: “Le damos las gracias” a lo que Batista respondió: “Yo me sé bueno, he querido ser siempre bueno”.5
Por su parte Batista no dejó de explotar el temor al caos y la anarquía de los miembros de las corporaciones económicas:
“Cuando falta la autoridad, impera la anarquía y reina el caos. En la anarquía nadie se entiende ni tiene derechos, las instituciones se derrumban y desaparecen la ley y el respeto. Eso hubiera producido el brutal atentado del día 13”. 6
Citas y notas
1- Palacio. Suplemento, p. 7.
2-Ibídem p. 9.
3- Ibídem p.10.
4- Ibídem p. 11.
5- Ibídem pp. 14-15.
6- Ibídem pp. 18-19.
Editado por: Dino Allende
