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Arístides teje el tiempo dorado por las letras

Ricardo Riverón Rojas, 25 de noviembre de 2015

Sabiéndolo autor de diecinueve poemarios, seis novelas y un volumen de testimonio, muy pocos conocedores de la literatura cubana obvian el nombre de Arístides Vega Chapú (Santa Clara, 1962) a la hora de configurar panoramas o elaborar listas representativas. Varios importantes premios, junto a los libros citados, avalan igualmente su trayectoria como autor. Pese a esto, no creo que su obra haya sido estudiada con suficiente detenimiento por quienes, desde las publicaciones especializadas o el pronunciamiento público oral, contribuyen a configurar el cada vez más confuso canon de nuestra literatura. Esperaremos aún por una valoración coherente y sistémica de su amplio y significativo trabajo escritural.

Pero no es para hablar de su obra literaria que lo convoqué a este intercambio, sino para rememorar algunos de los más importantes procesos en los que se ha involucrado como promotor. Sus aportes en este terreno no son menos relevantes que su obra, aunque sí menos abordados, pese a que siempre ha estado cerca o dentro del horno donde se han cocido los mejores peces.

Dos características específicas lo hacen elegible para mis propósitos de registrar desde esta columna de autor, en el imaginario crítico cubano de las últimas décadas, los acontecimientos y procesos desarrollados en lo que llamo "márgenes provinciales". Mantengo la esperanza de que algún día la historia literaria de la nación se observe desde un ángulo de enfoque más amplio, de manera que lo estructurado en provincias sea leído e interpretado en su justa y –creo firmemente– trascendente especificidad y gracias a ello ingrese con plenitud de derecho al grueso de las valoraciones que se asumen "nacionales".

El que Vega Chapú haya desempeñado toda su obra como promotor en estos espacios, contribuye al propósito arriba apuntado. También el ser miembro representativo de una promoción literaria que asumió su rol involucrada en un constante quehacer es un detalle que lo convierte en dialogante ideal para ilustrar mi tesis. Gracias a aquella febril voluntad participativa que caracterizó al grupo, sus respectivas obras adquirieron una intensa dimensión sociocultural que rebasaba el parcelado perímetro de la relación autor-lector, sujeta solo a la página impresa. Su militancia en numerosos diálogos, casi siempre polémicos, es un detalle más a favor de seleccionar a Arístides como testimoniante para exponer el vigor y autenticidad de aquellas pautas que tan buenos rendimientos aportó en los tiempos en que la cultura reconquistaba protagonismos espuriamente escamoteados por más de una década.

Esto último, sin dudas, configura un comportamiento generacional que hoy, tristemente, se ha ido disolviendo en el pedestre caldo de paradigmas retributivos o de ostentación de poderes grupales, a la larga reductores. Por eso, precisamente, no podemos darnos el lujo de dejar que aquella entrega se desdibuje en la memoria de nuestro panorama cultural como si se tratara de un encandilamiento demodé y sus dinámicas no nos sirvieran para un hoy, más urgido que nunca de actitudes similares si atendemos a que las "amenazas" provienen, más que de personas específicas, de políticas donde lo económico se prioriza, aunque con ello la cultura sea uno de los sectores que más sufren con el resane de las fisuras.

Al comentarle a Arístides mis propósitos y el enfoque que quería darle a la conversación, accedió sin objeciones a responder mis interrogantes.

RICARDO RIVERÓN ROJAS: En tus inicios, allá por 1981, participaste junto a Sigfredo Ariel y un grupo de jóvenes del taller literario Juan Oscar Alvarado en la fundación de la hoja literaria Brotes. Sabemos que esa modesta, pero bella publicación, se erigió vocera de unos nuevos modos de asumir la creación y el posicionamiento de la poesía ante las demandas sociales y políticas que las instituciones le asignaban por aquella época. ¿Qué recuerdas de aquel hecho fundacional, sobre todo en lo referente a la cadena de tensiones, distensiones, alborozos y angustias con que lo vivieron ustedes?

ARÍSTIDES VEGA CHAPÚ: En los ochenta éramos muy jóvenes y carecíamos de toda posibilidad de publicar. Entonces no había editoriales en provincia y las nacionales estaban copadas por los escritores que ya estaban legitimados. Queríamos ver nuestros textos publicados y que nos tuvieran en cuenta, pero entonces las escasas instituciones culturales existentes, y principalmente los asesores literarios, en su mayoría muy poco preparados, desconfiaban de nosotros y nos hacían todo tipo de zancadillas para sofocar las muchas iniciativas, que entonces por la edad, solíamos tener.

Brotes, surgió bajo la presión de que para estas personas, responsables institucionalmente del destino literario de la región, era mejor no responder por una publicación que, de algún modo, vino a quedar en nuestras manos. Fue idea del poeta Sigfredo Ariel, que entonces trabajaba con su padre en la Imprenta del PCC y cada uno de los números que se publicaron fue forcejeado y defendido. Nos decían que no había papel y lo conseguíamos nosotros mismos, que no había presupuesto para su impresión y en horas extras Sigfredo lograba imprimirlo. Casi todos los que entonces escribíamos en Villa Clara vimos publicados nuestros textos por primera vez en ese boletín. El sencillo y a la vez hermoso boletín Brotes se convirtió entonces para nosotros en un espacio de resistencia y de posibilidad a mostrar lo que hacíamos. A través de Brotes nos fuimos nucleando los escritores villaclareños y comenzamos a intercambiar con otros escritores de otras provincias cercanas.

R. R. R: Realmente, el calificativo de boletín para Brotes no me lo define bien. Yo prefiero llamarle hoja literaria, y hasta revista, aunque por lo general solo tuviera 8 páginas. Pero, bueno, dejémoslo así, pues su trascendencia rebasa el nimio detalle clasificatorio. Cambio entonces de rumbo: sé que en pos de conquistar al público universitario, que en los ochenta mostraba cierto interés por participar en las dinámicas culturales y los intercambios de criterios sobre las estrategias y los modos de promover la literatura, animaste junto a los estudiantes de filología Bertha Caluff y Rigoberto González del Pino, un proyecto llamado "El Club de los Martes" en el vestíbulo de la Facultad de Letras de la Universidad Central de Las Villas. También sé que la experiencia terminó de manera abrupta, con la alarma e inmediata prohibición de la actividad; hoy, treinta años más tarde, ¿crees que fue un intento romántico o inmaduro o suscribirías aún esos estilos para darle "sabor" a los intercambios de los escritores y promotores con los estudiantes universitarios?

A. V. CH: Tendrás que perdonarme la petulancia. Pero creo que esa actividad a la que te refieres y que sostuvimos por varios meses fue el único momento en que se logró un intercambio real y directo entre la literatura que se producía en la provincia y los estudiantes universitarios. Nadie nos autorizó entonces a hacerlo ni recibimos ningún apoyo. A las primeras tertulias que hicimos bajo el nombre del "Club de los Martes" no asistieron más de veinte estudiantes; las últimas se hacían con más de cien. Muchos de los asistentes no regresaban a sus casas, después de terminada las clases, para poder asistir. Llevábamos de invitados a trovadores y escritores, incluso algunos amigos que venían de otras provincias. Bertha y Rigoberto, que eran entonces estudiantes de la Facultad de Letras fueron advertidos de que ese espacio no era autorizado y por tanto constituía una indisciplina hacerlo. Fue tanto el acoso que Bertha decidió trasladarse a la Universidad de la Habana y con ello dejamos de hacer esa actividad que, todavía en la actualidad, estudiantes de aquella época me la recuerdan cuando nos encontramos. Estoy seguro de que si hoy se repitiera, exactamente igual a como entonces se hacía, volveríamos a agrupar una cantidad de jóvenes que espontáneamente irían a disfrutar de un espacio tan sencillo y a la vez singular.

R. R. R: Entre 1987 y 1993 viviste, trabajaste y creaste en la ciudad de Matanzas. Por aquellos años Alfredo Zaldívar andaba fundando las Ediciones Vigía y según tengo entendido, colaboraste con él, como muchos otros, en el empeño. También, desde la librería El Pensamiento concebiste y desarrollaste tertulias y peñas que contribuyeron a movilizar a la intelectualidad literaria (sobre todo los jóvenes) hacia criterios que también pugnaban con la quietud conformista del grupo que, proveniente de los años 70, ocupaba los espacios públicos. Hagamos abstracción de aquel acto inconcebible de la golpiza con que se concluyó un recital (que ya ha sido comentada varias veces) y hablemos entonces de cuán trabajosa, gloriosa, útil o vana, fértil o árida fue aquella entrega.

A. V. CH: Yo no elegí vivir en Matanzas. El ambiente en Santa Clara, a mediados de los ochenta, me fue tan hostil que estuve dispuesto a irme a residir para cualquier otro lugar. Me habían dicho que en Nuevitas hacían falta asesores literarios y que se contaba con albergue y me monté en un tren en busca de esa posibilidad, que no fue efectiva. Ya antes había intentado establecerme en la Isla de la Juventud, y no se me hizo posible. En Nuevitas ni había plazas ni se ofrecía albergue por lo que al regreso decidí irme para Matanzas donde ya estaba mi amigo, el fallecido poeta Heriberto Hernández, quien al graduarse de arquitectura fue ubicado en esa ciudad. Ya en ese momento que llego estaba fundada Vigía y la Casa del Escritor, y Alfredo Zaldívar trabajaba con una intensidad que me motivó, desde el primer momento, a unirme a él en todos sus proyectos, cosa que hice.

Todo cuanto sé respecto a la promoción de la literatura se lo debo a él. La Casa del Escritor y Vigía fueron mi verdadera escuela, el espacio en que encontré todas las posibilidades de hacer múltiples cosas, más allá de escribir mi propia literatura, algo que en Santa Clara no me había podido concretar. Vinculado a ese proyecto viví muchos años de intenso trabajo. De trabajar hasta la madrugada, y los sábados y domingos, para que saliera algún producto de Ediciones Vigía que sería presentado en los próximos días. De organizar lecturas y conciertos varios días en la semana, de llevar hasta Matanzas a escritores, trovadores, actores de cualquier provincia que por su trabajo sabíamos era válido promover. De invitar a figuras cimeras de la literatura cubana: Cintio y Fina, Eliseo, Dulce María Loynaz, Martha Valdés, Nancy Morejón, Lina de Feria y muchos otros. Todo esto lo hice sin ser nunca trabajador de Vigía, es decir sin percibir un salario. Lo hice por sentido de pertenencia, por creer en un proyecto tan valioso como el creado por Alfredo Zaldívar. No hay nada que me enorgullezca más que cuando me vinculan a esa rica vida cultural que él y un grupo de jóvenes creamos alrededor de la referida institución, que con tanto tino Zaldívar dirigía.

Mi labor en la Librería el Pensamiento fue muy intensa, al punto de convertir una simple librería en un proyecto cultural amplio e inclusivo, en el que lo mismo se inauguraba una exposición de un artista plástico que se ofrecía una lectura de poesía o un concierto de un trovador. Algo que muchos años después se legitimó como Proyecto Ateneo. Fue en esta Librería de la Calle Medio donde tuve mi primer trabajo en la cultura, la primera vez que por un salario pude realizar todo cuanto me daba placer hacer, sin que nadie me limitara, sin que nadie me cuestionara ni me pusiera meta alguna. Fueron años de mucha intensidad, en que recibí muchas más satisfacciones que ingratitudes. 

R. R. R: A tu regreso a Santa Clara –ya dije que en 1993– te incorporaste de nuevo a los proyectos de promoción literaria, ya más avanzados y desprejuiciados, que por entonces se desarrollaban aquí. Hace unos años asumiste la presidencia de la filial de literatura de la Uneac de la provincia. Siempre has estado en los lugares donde se conciben y ejecutan los más promisorios proyectos de promoción literaria. ¿Cómo describirías el tránsito de esos procesos desde tus inicios hasta hoy, dónde localizarías los protagonismos y los mayores obstáculos?

A. V. CH: Yo decido regresar a Santa Clara cuando esta ciudad ya tenía una vida cultural activa que con sus altas y sus bajas aún se sostiene, como no creo que exista en otra ciudad de lo que llaman el interior del país. Aunque pienso que ahora mismo hay una crisis notable en las instituciones de la cultura. Los bajos salarios de los trabajadores del sector –quizás los más bajos del país– y los recortes al presupuesto han hecho que muchas personas laboriosas, instruidas y conocedoras se hayan tenido que ir a otros sectores. La falta de jerarquización, de conocimientos para proyectar un trabajo y el desinterés mostrado en muchos jóvenes escritores por lograr sus propios espacios hacen evidente que estamos en un mal momento. Muchas peñas y tertulias para la exposición de la obra literaria se repiten ya sin que sea del interés de nadie participar en ellas; algunas presentaciones de libros y otros intercambios de debate no se hacen en los lugares adecuados y se realizan solo por cumplir un plan de trabajo.

Creo, sin embargo, que todavía hay personas interesadas por participar en las actividades de literatura y corresponde ahora, a los que tienen ese encargo, rencontrarlos, motivarlos y estimularlos a que regresen a los nuevos espacios, que deberán ser más atractivos. Permíteme ponerte un solo ejemplo. Quise presentar mi novela Lluvia colorada en el edificio donde vivo. Eran mis vecinos los protagonistas de esa novela, que además se desarrollaba en ese entorno cercano. Expuse en cada piso, al lado del elevador, un cartel anunciando la actividad. Le pedí a mi amigo, el escritor Sergio García Zamora, que la presentara. Le solicité a los amigos de la prensa que la divulgaran y el día de la presentación había más de cien vecinos participando de la actividad. Le pedí al Presidente de la Uneac me prestara su auto para trasladar cien libros que compré en una Librería, para venderlos en la actividad. Algunos años atrás estos intercambios se realizaban con el nombre de "El autor en su comunidad", pero nunca más se ha repetido esa experiencia que a mí me permitió hace muy poco, sin audio, música, presupuesto alguno, disfrutar de una de las mejores presentaciones en las que me he visto involucrado.

Acepté ser el presidente de Literatura en la Uneac porque creo que en estos momentos es el único espacio de resistencia de la cultura al que le asigno credibilidad, y por esa resistencia he hecho una apuesta en todos estos años. En estos momentos no veo otro en mi entorno más cercano, al menos para un escritor. Creo en lo que allí se hace y no encontré manera de aislarme, de no apoyar, de no aportar.

R. R. R: He notado que en los últimos tiempos tu pronunciamiento público, aun siendo crítico, es menos apasionado y enfático, quizás más irónico. ¿Responde esa actitud a cierto cansancio (ya no tienes 20 años) o al escepticismo que provoca la recurrencia con que los males extirpados tiempo atrás regresan, quizás con otros engañosos rostros?

A. V. CH: Creo que se debe a las dos cosas. Ya tengo más de cincuenta años y mi tiempo literario se ha reducido, por lo que debo aprovecharlo al máximo. Pero te aseguro que siempre que se me ocurre o alguien me propone un proyecto novedoso, algo que es posible hacer y que creo tenga alguna trascendencia puede contar con un ánimo, con un apasionamiento, que te confieso a veces lo creo perdido. Lo último que realicé en ese sentido fue organizar una lectura de poesía que transcurriera durante doce horas continuas, festejando un aniversario de la creación de la Uneac, con la participación de todos los poetas villaclareños. Y salí satisfecho de esa experiencia, así que al menos aún cuento con doce horas de energía, resistencia y entrega.

                                                              Santa Clara, 13 de noviembre de 2015.


Editado por: Maytée García.
 

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