La familia cubana contemporánea a la manera de Arturo Arango
Libro curioso y muy sugerente para el lector es el conjunto de cuentos que, bajo el título de Vimos arder un árbol, nos entrega el narrador y guionista de cine Arturo Arango bajo el sello de Ediciones Unión.
A pesar de que la nota de contracubierta nos lo describe como “un mosaico de historias singulares en un contexto marcadamente cubano donde una familia es vista a través del prisma de la cotidianeidad y sus avatares en distintos momentos del reciente pasado nacional”, no encontraremos en él los socorridos tópicos con los que muchos cuentistas cubanos pretenden un acercamiento a la realidad con los instrumentos del testimonio o el periodismo ficcionalizado.
En el caso de Arango se trata de verdaderos textos a los que yo daría el calificativo de universales puesto que, más allá del entorno en el que se desarrollan, están cruzados por la presencia de lo insólito o la aparición de sucesos inesperados que consolidan cada relato como una pieza única, sin perder esa verosimilitud chejoviana donde lo común se transforma en una historia pletórica de significados estrictamente literarios.
Efectivamente es la familia cubana la verdadera protagonista de este libro. Cuatro personajes: Humberto, Silvia, Celia y Fidel se convierten en los hilos conductores de estas piezas que, a pesar de su absoluta validez como unidades separadas, nos vuelven cómplices de ese pequeño universo donde conviven dos generaciones y en el que la figura de Humberto (el padre) asume las funciones de parte y juez respecto a las actitudes asumidas por los demás, e incluso por él mismo, con su recua de amantes ocasionales y sus pequeños secretos, un “jefe de familia” que se acerca más a la manera de vivir de sus hijos que a la de su convencional esposa.
Confieso que me leí de un tirón los nueve cuentos sin perder interés y dejándome llevar por la precisión y diafanidad de un lenguaje siempre puesto en función de la historia que se nos cuenta y salpicado por profundas reflexiones sobre la condición humana, cuestión esta última que otorga densidad y enjundia a las anécdotas singulares y poco trilladas y, tal vez por ello, con una alta carga de seducción.
El lenguaje, que no evade la utilización de lo soez o lo que algunos podrían considerar obsceno, es uno de los elementos claves en una obra, aparentemente fácil por la naturalidad con que puede ser leída, pero lo suficientemente elaborada para que así resulte. Nada más difícil para un escritor que conseguir el efecto de una narración en el que las costuras de un modo de expresión sin alardes se manifieste con ese poder de comunicación que Arturo Arango ha llevado hasta el límite de la exactitud.
Otra de las carácterísticas que tiene Vimos arder un árbol es la carencia de altibajos en un conjunto donde cada cuento posee valores intrínsecos a contrapelo de esa excepcionalidad de los temas muy poco explorados antes por un panorama narrativo como el de la Cuba de hoy donde los elementos sociológicos casi siempre se convierten en el objetivo supremo de nuestros narradores.
Quizás habría que reprochar a Arango lo poco atractivo del título del libro al que, particularmente yo, no encuentro relación con un contenido que nada tiene que ver con él.
Igualmente me parece gratuita la división en dos partes de un volumen cuya unidad no la necesitaba. Quizás fue la extensión del último y espléndido relato (“Excursión a Vuelta Abajo”) lo que hizo pensar a Arango que era necesario separarlo del resto, más apegado a la brevedad pero igual de contundente.
En algún lugar se nos informa que la obra pertenece a un ciclo titulado No estaba el futuro, integrado además por El libro de la realidad y Muerte de nadie, pero tampoco veo yo el modo en que se relacionan estos tres volúmenes.
Al contrario de los dos primeros, donde la crítica social ocupa un lugar importante, Vimos arder un árbol carece, en sentido general, de esa vocación.
Ya había mencionado a Chejov y me parece que estos cuentos se acercan más a esas peculiaridades de la vida diaria que a una disección en tonos mayores del mundo en el que habitan los personajes.
Esta última entrega de Arturo Arango nos ofrece un ejemplo del oficio y de la madurez de un autor que también se ha destacado muchísimo como guionista cinematográfico.
Pueden verse algunos puntos de contacto entre ese guionista y este narrador aun cuando la obra que comentamos es literatura. Una literatura de la buena, de esa que proporciona al lector disfrute y profundidad, que lo hace no soltar el libro y leerlo si es posible de principio a fin y quizás volver a él para de nuevo aquilatar todas las sugerencias que contiene en sus finales abiertos y nunca moralizantes.
Voto por este nuevo Arango que, desde ya, es uno de los nombres imprescindibles de la cuentística cubana contemporánea.
