El horror vacui de la existencia
Hoy propongo a los lectores de este espacio un cuento del poeta, pintor, fotógrafo, escultor y ceramista Jesús Lara Sotelo (La Habana,1972), perteneciente a un libro todavía inédito. El texto refleja el talento de este artista inquieto, de mirada escrutadora y un constante afán de creación en disimiles esferas del arte. Con este breve relato tengo el privilegio de darlo a conocer como narrador, algo que ya anticipaba en algunos de sus últimos libros de poesía donde se aprecian prosas y viñetas poéticas con una fuerte carga de narratividad.
El cuento se titula "Horror Vacui" y es la historia de un joven artista de la plástica que vive en el apartamento contiguo al de un hombre llamado Aurelio San Carlos. El tipo le resulta al joven un ser anodino, de apellido rimbombante, que solo lee revistas y habla con cierta arrogancia sobre cualquier tema. Nadie, o muy pocos, han entrado a su apartamento lleno de revistas hasta el techo. Un día el pintor lo invita a la apertura de una de sus frecuentes exposiciones. Aurelio acude y bebe unos tragos en medio de la multitud de invitados, algunos de los cuales se asombran de sus conocimientos sobre arte. De regreso al edificio (el joven lo invita a compartir el carro que ha alquilado), Aurelio le pide, sorpresivamente, que lo siga a su apartamento. El joven titubea. A partir de ese instante, el relato entra en una atmósfera de suspenso que escoltará al lector hasta el desenlace.
Escrito en primera persona, el cuento hace gala de un lenguaje preciso, casi minimalista, sin grandes pretensiones estilísticas pero con un aliento que engarza con la alegoría y un sentido filosófico de la existencia. En él se sugiere más que lo que se dice. El lector intuye que de alguna manera los seres humanos sentimos permanentemente el horror al vacío. Un vacío que a veces intentamos llenar con trastos o con la cercanía inmediata de un ser querido.
La obra de Lara, como ya apunté, es multifacética. Ha realizado más de cuarenta exposiciones personales y colectivas tanto nacionales como internacionales. Parte de sus cuadros se encuentran en Francia, Italia, España, Rusia, Panamá, Japón, Inglaterra, Alemania, entre otros países, en colecciones privadas e instituciones significativas. Como poeta ha publicado varios cuadernos entre los que destaco ¿Quién era tú God de Magod, Mitología del extremo, Alicia y las Odas Prusianas, Domos Magicvs y otros.
HÓRROR VACUI
Jesús Lara Sotelo
En el apartamento contiguo al mío vivía Aurelio San Carlos. Por un tiempo presumí que San Carlos era un apellido demasiado ostentoso para un ser tan insignificante, hasta que él se encargó de aclarármelo. Fue una lindeza de mi madre, me dijo. Ahora no recuerdo por qué tuvo necesidad de hacerlo. Quizás fue por alguna de las innúmeras cartas que los vecinos firmamos y enviamos solicitando la urgente reparación del edificio y a las que jamás dieron respuesta. A mí siempre me tocaba la escritura del inútil documento que en cada versión era más ríspido, incluso amenazante. El temor a vernos un día sepultados bajo una montaña de escombros y hierros retorcidos nos impulsaba a obtener lo más rápido posible una reacción de las autoridades. En fin, lo que más me extrañaba era el apócope de santo. ¿Qué rayos tenía que ver mi vecino con la santidad y mucho menos con un rey? Es conocido la cantidad de municipios, localidades e instituciones de España y, sobre todo de América Latina que llevan ese nombre en homenaje, por supuesto, a Carlos III, un rey déspota como todos los monarcas pero ilustrado, con un sentido de la administración, la urbanística, el buen gusto y otras virtudes francamente excepcionales. En Cuba le debemos su decisión de enviar a funcionarios y capitanes generales más cultos e inteligentes, a diferencia de la morralla de ignorantes anteriores que desgobernó la isla, así como casi todas las fortificaciones más significativas de la capital como El Morro, la Cabaña y otras construcciones no menos importantes como el otrora Teatro Principal, el Paseo del Prado, la Alameda de Paula, la Catedral de La Habana, la Plaza de Armas, entre otras.
Pero volvamos a Aurelio. Mi cara de burla debió de molestarlo hasta tal punto que me soltó el secreto. Al nacer mi madre me halló tan feo que decidió agregarle el “San” al primer apellido, que era el suyo también, porque mi padre jamás me quiso reconocer. Era de media estatura, edad indefinida, con ojos medio achinados, piel tostada (como el actual papel higiénico que venden en las tiendas), facciones toscas, cutis grasiento y manos sudorosas. A las preguntas sobre su probable estirpe asiática alegaba que los ojos de los chinos eran rayitas, pero no por eso veían poco. En su caso, él veía hasta con los ojos cerrados, incluso aquello que no quería ver. Hablaba bajo, de modo que no parecía arrogante aunque en el fondo lo fuera. Su manera de expresar sus puntos de vista tenía la contundencia de una verdad irrefutable. Pocos se atrevían a discutir con él, pues siempre se las arreglaba para esgrimir razones que desarmaban al contrario. Todo eso ocurría en las escaleras o pasillos del solar y jamás dentro de su apartamento. Excepto un viejo plomero amigo suyo y, en los últimos años los fumigadores contra el mosquito, nadie que yo sepa visitó su apartamento. Por uno de ellos supe que Aurelio tenía una enorme cantidad de revistas regadas por toda la casa, inclusive en el baño, me recalcó. Él solo leía revistas, de ahí que sus juicios fueran tan variopintos. Sabía de todo un poco, pero nada con profundidad. En más de una ocasión lo oí discurrir sobre asuntos que luego yo encontraba, casi con las mismas palabras, en alguna revista. En otras me dejaba boquiabierto ante sus conocimientos sobre la ciudad y la cultura nacional: la historia de sus edificios, casas, calles e instituciones más notables; la música popular y sinfónica; el árbol genealógico de tal o más cual familia; las anécdotas de personajes célebres, en especial de políticos, putas, ladrones, comerciantes; los crímenes más sonados ocurridos en el pasado. Comprendí que su arsenal de revistas se remontaba a muchos años y le proporcionaba un caudal de información insuperable. Si yo fuera novelista nadie me superaría en este país, bromeó una tarde de domingo, sentado a una mesa de dominó desplegada en plena calle, bajo la luz del alumbrado publico.
Mi relación con Aurelio data desde mi niñez. Dice mi madre que cuando yo nací él predijo que yo sería pintor. Y en efecto, me convertí en pintor, pero también en fotógrafo, escultor, ceramista y escritor. Muchas cosas, demasiadas cosas, masculló Aurelio entre dientes cuando le mostré una revista que reseñaba mi obra.
─ El problema es que usted no sabe, ni siquiera se imagina el poder del Arte.
Recuerdo que se me quedó mirando fijamente con sus ojos rasgados y una mueca congelada en la boca. Yo no sé sí lo dijo para fastidiarme o porque realmente consideraba excesivas mis ocupaciones artísticas. En cualquiera de los casos, a mí me incomodó su criterio y todavía hoy me sigue incomodando. Él lo sabe y por eso tal vez evita conversar conmigo sobre temas relacionados con el Arte.
Mi apartamento es, a la vez, mi estudio. Lienzos por aquí y por allá, cámaras fotográficas, trípodes, focos, monitores de computadoras, jarrones y platos recién horneados, modelos de esculturas en barro o yeso, tallas en madera, espátulas, pinceles, lápices, tubos de oleo, botellas con diluyente y también de ron, fotos colgando de las paredes, anaqueles con libros, papeles sueltos y un sinfín de objetos más que abarrotaban el espacio. En cierta medida, Aurelio y yo éramos seres barrocos que padecíamos de hórror vacui: él con sus revistas y yo con todo lo que acabo de describir. Ambos vivíamos en un caos agradable, deseado y denso.
Para los vecinos del edificio, Aurelio ocultaba algún pasaje oscuro de su vida. Unos decían que estuvo preso antes del 59 por matar a un tipo de una cuchillada en un bar. Otros que después del 59 se convirtió en agente secreto del G-2 y que gracias a su trabajo fueron capturados varios esbirros fugitivos y chivatos, y ahora vive con otra identidad para evitar vendettas de familiares. Otros que perdió mucho dinero jugando a la bolita. Otros que envenenó a su mujer con una pócima que le prepararon en el barrio chino. Otros que tenía colecciones de revistas raras, únicas, invaluables, lo mismo cubanas que extranjeras, y que en cualquier momento se las vendía a la Biblioteca Nacional o Eusebio Leal y se largaba a viajar por el mundo. Lo de las colecciones me pareció verosímil, si bien la posibilidad de que las vendiera se me antojó lejana y mucho menos que su intención fuera viajar. Él mismo me dijo que su espacio vital era la avenida Galeano y que de allí se movería solo cuando lo condujeran al cementerio.
Cuando murió mi madre, Aurelio estuvo toda la noche en el velorio. En un momento, cerca del amanecer, le pregunté si por casualidad sabía algo sobre mi padre (la vieja en vida nunca me quiso hablar de él).
─Si ella no lo hizo, yo tampoco lo voy a hace ─ me dijo dándome un palmadita en el hombro y añadió: ─ No te preocupes por cosas que no tienen respuestas. Recuerda que yo tampoco conocí al mío.
El hecho de que él no hubiese conocido al suyo no era argumento para que yo no supiera del mío. Sin embargo, la idea de la vida como una infinita serie de interrogantes sin respuestas fue el tema de mi más reciente exposición. Oleos, fotografías, instalaciones, esculturas, audiovisuales y performance se combinaron en un restringido cosmos, cuyo centro era un enorme signo de interrogación armado con metales de desecho. Aurelio fue a la apertura y se bebió varios tragos de Habana Club. Con sus ojos rasgados chispeantes, lo vi conversar animadamente con el público habitual a estos eventos: pintores, periodistas, críticos, turistas extranjeros con sus putas de compañía, estudiantes de San Alejandro y algunos impostores con ínfulas de artista. Un colega se me acercó y me preguntó si mi vecino era profesor jubilado de Historia del Arte.
─ Él solo lee revistas─ le dije con sequedad.
Cuando concluyó la inauguración, le pedí a Aurelio que se fuera conmigo en un carro que había alquilado. Durante el trayecto no pronunció una palabra, pero apenas nos bajamos me dijo que quería mostrarme algo. Subimos la escalera a tientas (siempre se roban el cabrón bombillo ahorrador), tratando de esquivar, por el olor, los charcos de orina y la mierda que dejan los transeúntes en los peldaños. La falta de baños públicos en la ciudad obliga a descargar vejigas e intestinos en la primera oscuridad que aparezca. Cuando llegamos a nuestro piso, Aurelio me invitó a pasar a su apartamento. Pensé que los tragos lo habían puesto melancólico y, como a casi todo el mundo, le soltaron la lengua. Ahora vendrán las confesiones, me dije con una sonrisita mordaz que, para mi sorpresa, Aurelio notó sin mirarme a la cara.
─Recuerda que yo puedo ver hasta con los ojos cerrados─ dijo y accionó la llave de la puerta.
Un vaho de humedad y polvo me hizo estornudar de inmediato. Tal y como me lo había descrito el fumigador, las montones de revistas llegaban al techo de cabillas desnudas. Tomé una de de ellas al azar y comprobé que eran revistas de arte, pero también abundaban los catálogos de pinturas nacionales e universales. Aurelio me dejó explorar un rato en sus tesoros y luego lo vi destapar una botella sin etiqueta. Vertió en dos vasos de plástico el ron y me brindó uno. Con un poco de asco me tomé el líquido de un golpe. Él sonrió y me dijo que cuando joven hacía lo mismo, pero que ahora de viejo le daba igual siempre que oliera a alcohol. Miré en redondo buscando una silla donde sentarme. Solo había una desvencijada butaca en un rincón, al lado de una lámpara de pie con una sucia pantalla de tela. Supuse que era el lugar donde se arrellenaba para leer sus polvorientas revistas. Me propuso otro trago que rechacé con un gesto. Ante me negativa, decidió ir al grano del asunto por el que me había invitado a penetrar en su guarida.
─ Ven, quiero mostrarte una cosa.
Caminamos por el pasillo que conducía a la última habitación. Empujó la puerta y me invitó a pasar. Por un segundo pensé que era una encerrona, que aquel viejo de ojos rasgados y piel requemada por el sol, con un apellido rimbombante, cutis siempre grasiento y verborrea fastidiosa podría ser un asesino, o un maricón solapado y ávido de jóvenes como yo. Pero con la misma velocidad que imaginé todo eso se me borró al instante cuando Aurelio encendió luz. Atónito, contemplé un lienzo que cubría parte de la pared, pintado con trazos cortos y yuxtapuestos, con predominio del magenta, el cyan, y el amarillo y un manejo sorprendente de la luz y la sombra. Parecía un Degas, o Monet, o tal vez Cézanne, Renoir, Camille Pissarro, perdón, estaba pintado en el estilo impresionista de esos grandes maestros. El cuadro representaba la escena de un hombre cargando a un niño recién nacido, en una habitación igual a la que nos encontrábamos, igual a la mía en el apartamento contiguo. El hombre era joven y achinado y su piel tenía el color de las hojas secas del tabaco. La demasiada luz difuminaba los contornos de la cara del niño. No sé por qué me vino a la mente una foto que alguna vez vi en una caja de zapatos que guardaba mi madre en el escaparate.
