Pablo de la Torriente Brau: el humor en lo humano y en la narrativa
Pablo de la Torriente Brau es un autor tan profundo en su contenido como ameno en su narrativa. En modo alguno fue un humorista, pero hizo del humor una presencia frecuente en su vida y en su obra. En la medida que se le conoce, aun al cabo del tiempo, nos queda la sensación frustrante de no haberlo conocido personalmente. Sin embargo, ahí están sus cuentos, sus cartas, su única novela y sobre todo su periodismo, tan intenso como su quehacer vital.
Hay un pasaje que Pablo cuenta en su autopresentación al libro Batey, de 1930. Es muy simpático el estilo y nos da la medida del carácter jocoso de un héroe que murió joven y eternamente joven lo recordaremos.
"Mi nacionalidad es otro lio. Tuve la desgracia de nacer frente a una de esas estatuas de Colón, en que aparece siempre encaramado en un palo de mármol, con la mano sobre los ojos, como si el Almirante hubiera sido un infeliz grumete, y comprendo que esto me va a traer mala suerte cuando sea famoso".
Pablo, aclaremos, nació en San Juan de Puerto Rico, vivió y se sintió cubano, por razones políticas se exilió en Norteamérica y murió en Majadahonda, España, combatiendo del lado de los milicianos republicanos.
En la prosa de Pablo encontramos algunos de los más hilarantes ejemplos de periodismo deportivo, lo cual se explica por su condición de deportista en los tiempos de estudiante universitario, de amante de llevar los récords de las diversas disciplinas atléticas, y por su condición de escritor para la prensa, que lo convierte en un escrutador de los detalles. En 1931 redacta una serie de artículos que agrupa bajo el título “Recuerdos de la próxima Olimpíada”; obsérvese que el título mismo es un rejuego con el lector, pues Pablo pretende, en el más puro estilo de un Nostradamus, anticipar los resultados de las Olimpiadas que en 1932 habrían de realizarse en Los Ángeles, Estados Unidos. En este fragmento Pablo establece un paralelismo entre el Coliseo Romano y el estadio angelino… y hasta se permite una muy simpática observación que, para la época, debió resultar ”atrevida”:
…¡Cómo se entra en este estadio de Los Ángeles! Parece como que uno llega a la casa, tira el sombrero sobre la silla y pregunta, con un apetito fenomenal, cuándo está la comida… El cielo pasa por arriba, blanco y azul, y los cien mil fanáticos abajo hacen ruido, escupen, mascan chicle, andan en camisa y no saludan a nadie… De vez en cuando, el viento levanta la falda corta de una americana y se puede ver el gallardete rosado de un bloomer fresco... ¡Quién pudo verle nunca los bloomers a una romana!
Ni las circunstancias más dramáticas, las del Presidio Modelo en Isla de Pinos, eximen a Pablo de buscar la arista optimista, la del humor. En carta del 5 de marzo de 1932 comunica al amigo Pedro Capdevila que ya cuenta con una máquina de escribir:
Por lo pronto fíjate cómo ya tengo también ‘caballito del diablo’ y dispongo casi de una oficina, a fin de no perder el training del tecleo. Lo único que está fulastre es el papel. Y si alguien por ahí quiere honrarse con mi correspondencia que me incluya el sello del franqueo, porque si no, no hay nada.
Y en otra, al mismo destinatario y también desde el Presidio Modelo, pero fechada el 23 de marzo, el alborozo de Pablo se revela con tintes agridulces:
–¡Oh espectáculo sorprendente!– un tremendo paquetón conteniendo papeles, sobres, ¡un queso!, ¡dos barras de guayaba!, ¡dulce de leche, maní, turrón de no sé qué extraña sustancia! ¡y –sobre todo– dos boniatillos seráficos! ¿A qué se debe tamaña locura? Lo de los papeles me lo explico, pero lo otro aún me está maravillando. Ya le metí el diente a todo, por si me muero antes de la comida, y notifícale a quien quiera que sea el leocadio que haya hecho esto, que mi agradecimiento será eterno, aun cuando mañana ya no quede nada... nada! ¡Oh el ruido de las aguas!....
Una sola novela escribió Pablo de la Torriente Brau, y quedó inconclusa: Aventuras del soldado desconocido cubano. La Primera Guerra Mundial ha quedado atrás, pero sus secuelas perviven y hasta se promueven ya los preparativos para una nueva conflagración. El autor crea el personaje Hiliodomiro del Sol, “un mulato alto, bastante bien vestido, aunque se notaba que la ropa era un poco anticuada (…) más bien delgado, pero fuerte, de rostro simpático y charla fluente”, autodeclarado el soldado desconocido. A través de él mueve la trama entre la ficción y la realidad, o mejor dicho, utiliza la ficción al servicio de la realidad, con una marcada presencia de la ironía como elemento en los diálogos. Véase este ejemplo de original humor antibelicista:
-Ya te dije que me mataron después de muerto. Esto, te advierto que ha sido bastante frecuente en la guerra. Es más, hay soldado a quien han matado diez y hasta quince veces, porque la artillería, como habrás visto en la película Sin novedad en el frente, no respetaba cementerios ni nada, y cuando tú llevabas ya tu mes de enterrado y creías que todo se estaba tranquilizando y que los gusanos podrían trabajar sin sobresaltos, caía una avalancha de metralla y te destrozaban de nuevo. Más tarde, cuando venía la contraofensiva, allí mismo mataban a los contrarios y a seguidas el entierro en común, la confusión de huesos y quedabas ya, hasta el próximo bombardeo, con un brazo de alemán, la pata de un inglés y la cabeza de un negro sudanés de la infantería. Esto, aunque te parezca raro, ha dado origen a numerosas controversias entre los soldados desconocidos y yo mismo no estoy exento de algunos de estos problemas.
El libro engancha por su originalidad, por los razonamientos y conceptos antibelicistas, de crítica a los poderosos, todo enunciado entre la broma mordaz y la denuncia apabullante. Tal es una de las características del humor de Pablo de la Torriente Brau, no solo en esta obra, también en el resto de su narrativa, epistolario y periodismo. De ahí que la lectura de su obra nos depare siempre una sonrisa, una nota de humor que nos hará recordar siempre a este autor.
