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Palabras, palabrejas

Ricardo Riverón Rojas, 10 de diciembre de 2015

Hacia finales de la década de los ochenta me desempeñé como divulgador en la Universidad Central de Las Villas, labor que rendí con agrado después de haber quemado neuronas durante catorce años en las áreas económicas de diversas empresas, donde hice de estadístico, contador, planificador, financista. Nada más alejado de mis impulsos literarios que aquellas tediosas jornadas registrando datos y cuadrando balances de comprobación de saldos, de ahí el entusiasmo con que me dediqué a la divulgación de cuanta actividad se gestara en el importante centro.

Mi misión en la casa de altos estudios consistía en atender todo lo relacionado con su imagen pública, resultado que debía conseguir a través de trabajos periodísticos, propaganda gráfica, el funcionamiento de un periódico interno llamado Criollo, una radio base y una rudimentaria infraestructura para la elaboración de audiovisuales. La participación de los estudiantes en la realización de los productos era también uno de los objetivos; digamos que el más atractivo, por su componente pedagógico.

Son muchas las anécdotas que atesoro de aquella etapa y aquella convivencia con profesionales, la mayoría de extracción tecnológica o científica, los menos de perfil humanístico. Rememoro una sola, que me servirá para introducir los razonamientos de carácter lingüístico en que me concentraré en el presente texto. Uno de los verbos que más se usaban en aquel centro era "interactuar", así como el sustantivo de donde se deriva: "interacción". Bien visto me parecía sumamente elocuente para expresar el carácter interdisciplinario de muchas de las trascendentes investigaciones que allí se realizaban. El caso es que tanto se hablaba de interacción (por personas que "interactuaban") que un día lo sentí como un término desgastado. Cuando le dediqué bien mi atención supe la manera en que muchos profesores "interactuaban" con sus alumnos para de esa forma recibir créditos en sus trabajos investigativos... Bueno, es una de las injusticias justas de ese medio: que los profesores orienten los trabajos, señalen la bibliografía, revisen los resultados, se hagan doctores con ellos y las labores de indio las hagan los alumnos. Hasta que estos últimos deriven profesores también y hagan otro tanto. Una regla universalmente aceptada –me dije.

Los contornos de la palabreja se me fueron haciendo menos gratos y lógicos cuando, en sintonía con mi contenido de trabajo, del Departamento de Investigación y Postgrado me pidieron con extrema premura cuatro plegables para una convención donde la universidad quería promover su oferta para el turismo científico. El personaje que aquel departamento designó para que llevara conmigo la tarea era alguien en extremo dinámico, simpático y afable, de anatomía pintoresca y lleno de brillantes ideas, al extremo de que cuando pusimos manos a la obra trazó las principales coordenadas para concretarla: a mí me tocaría redactar (en una máquina de escribir Olivetti), buscar ilustraciones y fotos (vivíamos aún la época del rollo y el revelado en cuarto oscuro), diseñar (se hacía con letra set, lejos aún la computadora), llevar a imprimir, cuidar la impresión, recoger el material y transportarlo hasta el área interesada; a la imprenta le corresponderían todos los trabajos gráficos, que se sabe son varios (fotomecánica, pre-prensa, impresión, acabados y empaque); solo por curiosidad le pregunté al dinámico responsable del proyecto: "¿Y tú qué vas a hacer?", a lo que sin pensarlo media vez me respondió: "Yo voy a interactuar". Comprendí finalmente, en todas sus connotaciones el contenido principal del eufemismo: interactuar, en aquel ámbito, significa que los otros lo hagan todo mientras uno mete la cuchareta; vaya, algo equivalente a no hacer nada.

Pese a la apariencia de gratuidad y extensión de la anécdota y de toda la evocación anterior, no pude evitar recordarla cuando en días pasados vi en el Noticiero Nacional de Televisión, en su emisión estelar, la supuesta noticia (que ya no lo es desde hace más de una década) de que se estaban colegiando "estrategias"• para que el creciente auge del turismo no se materializara de espaldas a la cultura. Esas palabras en boca del ministro del ramo tenían sabor a receta. Como he sido delegado a los últimos tres congresos de la Uneac (1998, 2008 y 2014) y desde el primero de ellos esas estrategias ya eran el bocadillo principal en voz de los directivos del turismo, hoy, a la altura de 2015 el término me resulta tan vacío como cuando, en otros ámbitos de nuestra dinámica económico-social los cuadros prometían tomar "un grupo de medidas" o "razonar una problemática en el marco de la reunión".

¿Por qué en esos cónclaves donde aparentemente se deciden las relaciones Cultura-Turismo, o en el reflejo posterior que de ellos hace nuestra "maravillosa y maravillada" prensa no se habla de una retribución justa y un trato respetuoso a los artistas, que por ejemplo, en el caso de mi provincia, Villa Clara, viajan a las once de la mañana hasta los cayos del norte de Caibarién en los mismos ómnibus que el resto de los empleados, compitiendo en igualdad de condiciones por los asientos y el orden para subir (siempre la molotera) y regresan a las tres de la madrugada después de vivir un apartheid que los acorrala en un área sumamente restringida del hotel? Eso debían hacer, y además explicar por qué no pueden hablar con los turistas, además ingerir una ración de mediocre calidad y finalmente interpretar números que no son de su interés artístico en aras de amoldar sus repertorios a los pedestres shows que, no sin intervención de lo peor, se montan para complacer supuestas demandas de los extranjeros. Existe poca posibilidad de que los creadores desplieguen sus mejores propuestas, como si los visitantes no vinieran también en busca de  conocer el talento y las nuevas tendencias de la música cubana que muchos de nuestros artistas exponen con notable decoro.

El rosario de calamidades arriba expuesto, materializado en mayor o menor medida en dependencia de sitios específicos es el que mantiene alejados de esos espacios de intercambio a muchos de aquellos artistas de excelencia que residen en los sitios donde se enclavan los llamados polos. Casi todo es "Chan-chan", "La negra Tomasa", "Échale salsita", "El cuarto de Tula", "Rico vacilón" y esos números gloriosos de nuestro patrimonio que los visitantes conocen por la profusa difusión de las disqueras, desde el boom de la salsa, el de la timba, el del Buenavista Social Club y otros que los han esparcido por el mundo. El turismo, definitivamente no se ha instituido espacio para darle a conocer al mundo, a través de esos más de tres millones de personas que nos visitan, las excelencias de propuestas nuevas y experimentales que son las que hacen crecer la cultura. Muchos turistas a lo mejor hasta piensan que en Cuba el tiempo se paralizó en un período comprendido entre los años veinte y cincuenta y ocho del siglo XX.

El folclorismo y el pintoresquismo imperan, y la serpiente se muerde la cola, pues se arguye que los artistas del llamado "catálogo de excelencia" de los Centro de la Música no quieren ir a esas instalaciones y por eso los animadores, una buena parte de ellos alejados desde siempre de los espacios donde se piensa la cultura, le echan mano a lo que tienen, que en gran medida son artistas de pobre calidad u otros, de calidad, que se sometieron a la coyunda de los repertorios complacientes, a la extorsión, en busca de una magra, pero a la larga superior retribución que la que reciben en otros espacios. De esa forma se establece y fortalece el círculo vicioso.

Las famosas "estrategias" (líneas generales al fin) enuncian con virtuosa claridad intenciones opuestas a esos desmanes, pero a la hora de aterrizarlas, resulta que un buen grupo de mediocres (todo es relativo) donde no falta el intrusismo profesional las convierten en hechos concretos (la palabreja burocrática es "acciones") en el marco de su reinado autónomo. Como esos "aterrizadores" tienen el sartén por el mango, porque manejan la retribución, quedan blindados por una inmunidad pragmática, pues ningún músico los denuncia con nombres y apellidos ante el temor de que les "cierren las llaves". Con todo el respeto posible, sugiero a los directivos del turismo (y a los de Cultura) que no nos duerman más con "estrategias" y terminen por instrumentar pronunciamientos concretos donde a los artistas se les dé su lugar y la cultura cubana pueda expresarse en toda su riqueza y matices.

Y no solo se dan en la música esos horrores. En la plástica es peor, por eso vemos a muchos de nuestros más virtuosos artistas, tostados bajo las soleadas carpas donde venden, devenidos artesanos productores de estereotipos en serie. Pintores y escultores que en otro momento elaboraron un arte lleno de conceptualizaciones y propuestas complejas hoy moldean caimancitos que remedan la isla de Cuba, almendroncitos de madera, parejas de negros, de ancas muy largas, bastones, tabacos y narices estiradas, también de madera, pulsitos de cuentas, ceniceros y mil y una baratijas más. Igual si llega usted a una librería de alguna instalación y encuentra solo tres tipos de libros: best-sellers, textos de autoayuda (abundantísimos en todo el mundo) y literatura política. Parece que en esos tres cotos terminan los intereses de los visitantes, pues de literatura cubana (y en específico la de las regiones donde están enclavados los hoteles) apenas se ve una mínima señal, nada ilustrativa de la riqueza literaria que hoy caracteriza a la nación cubana.

Palabras, palabrejas; además de "estrategias" proliferan otras: imposible olvidar el "redimensionamiento" de la industria azucarera, palabreja que, pese a connotar crecimiento, fue desmantelamiento; la tan llevada y traída "actualización del modelo", que no puede ser actualización porque de serlo constituiría un proceso que lleva algo desactualizado hacia uno más avanzado, existente, y nosotros más bien lo que estamos haciendo es reorientar (¿inventar?) un modo de producción que aún no existe y que vamos implantando con notables pérdidas en lo cultural, al menos hasta ahora. "Proyectos", "plataformas de difusión", "operaciones de marketing", "productos culturales", "comunidad literaria" son otros términos que abundan y la burocracia ha incorporado con fluidez a su idiolecto. Hasta bellos suenan cuando los pronuncian a trocha y mocha, solo que su tiempo de vida útil caducó en una Cuba donde demasiada gente convierte cualquier cosa –hasta las palabras– en negocio. Y la cultura ya lo es, en detrimento de sí misma. La corrupción por supuesto que constituye una de las secuelas de esta indefinición terminológica, porque si no, ¿qué es eso de que los programadores de los municipios e instituciones, para asignarle una peña a un artista le pidan "el disco" (que no se les puede olvidar, insisten)? Hasta donde sé, ese "disco" no es más que una jugosa comisión por hacer uso del tráfico de influencias que con total impunidad ejercen estos mercenarios desde la institución estatal.

Contra todas esas anomalías hemos luchado. Los poetas no somos mercancía potencial, salvo raras excepciones. Por eso nos hemos atrincherado en aquellos hoy maltrechos recintos donde aún se cree en la rentabilidad del espíritu. Cada día tenemos menos escuchas, menos y más empobrecidos puntos de exposición, pero no menos lectores, aunque parezca que sí. Con mis propios libros lo he comprobado. Muy poco nos pagan por decir palabras que aspiran a no ser palabrejas. El turismo, lejos de enriquecernos (salvo a algunos bolsillos), va a terminar por convertirnos en lo opuesto a lo que nos ha dado alma y vigor de pueblo. Si no desterramos las groseras prácticas que lo rodean y dejamos de trazar estrategias que nunca derivan hacia la vida pública en hechos concretos, terminará devastando nuestro mayor tesoro hasta que convertirnos en una sucursal lúdica y por supuesto light de lo peor que el capitalismo consumista exporta.

De momento, y amparado en lo que aún persiste tras varios siglos de lucha por una identidad más valiosa que los bienes materiales, como poeta que soy sigo creyendo en la grandeza de los hechos y excelencias que nuestra historia cultural exhibe. Concluyo entonces con el famoso verso de Roque Dalton: "Poesía / perdóname por haberte ayudado a comprender  / que no estás hecha solo de palabras", a lo que me hubiera gustado añadir, con el perdón de Roque: "menos aún de palabrejas".
                                    
                                                      Santa Clara, 9 de diciembre de 2015.

 

Editado por: Maytée García.

 

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