La personalidad atrayente de Pablo de la Torriente Brau
Si la lectura de cuanto escribió resulta fundamental para el conocimiento sobre la obra de un escritor, la indagación en su correspondencia es el elemento fundamental para el conocer su personalidad. Desde luego, no siempre tenemos acceso al epistolario de los autores y nos quedamos entonces con la interrogante de cómo fueron a través de esa forma tan singular de ofrecer un testimonio.
Con Pablo de la Torriente Brau (12 diciembre 1901 - 19 diciembre 1936) no sucede así. Su abundante correspondencia se ha publicado —Cartas cruzadas, del período 1935-1936, o sea, de su exilio en Nueva York, y Cartas de la prisión, de su confinamiento en el Presidio Modelo de Isla de Pinos— y aun cuando quien lea estas cartas no sea psicólogo, descubre los tan ricos matices de un carácter que atrajo a cuantos lo conocieron y revela los rasgos de una inteligencia y un temperamento extraordinarios.
Los testimonios en torno a la personalidad de Pablo de la Torriente son numerosos, pero hay uno muy singular, el de una mujer combatiente de la Guerra Civil Española, Rosario Sánchez Mora, La Dinamitera, que así lo evocaba:
“Se decía que era periodista e iba al frente para atender su trabajo como redactor y mandar sus reportajes a Cuba. Era de izquierdas, muy agradable en el trato. En la división todo el mundo le respetaba y le quería (...) Pablo tenía tan buen humor, tan buen carácter y era tan amable... Con sus compañeros gastaba bromas delicadas, no era cursi, más bien elegante”.
Secretario de don Fernando Ortiz en el bufete de Ortiz, Barceló, Giménez Lanier, en La Habana Vieja, entre el sabio polígrafo cubano y Pablo se tejió una amistad tal que don Fernando firma una de sus cartas a Pablo con el seudónimo “Padre Adán”; y si bien nos sorprende, puede tomarse como un indicador de cierta complicidad con la costumbre de Pablo de utilizar sobrenombres para sus contactos con amigos y compañeros de absoluta confianza.
Las cartas de Pablo lo revelan como un trabajador político infatigable, sea en el exilio o en la prisión. Las penurias económicas, los sinsabores y descalabros no mellan su optimismo ni sus convicciones, tampoco su enorme facilidad para escribir con el pulso de un artífice que enhebra las ideas, las plasma en la letra impresa de la máquina de escribir y deja con ello su impronta en el ideario revolucionario de su tiempo:
“Tenemos que sostener con firmeza nuestros criterios. Para nosotros la dialéctica no debe ser un trapo de menstruación que se lave todos los meses. Ni siquiera un modernizado Kotex. Para nosotros la dialéctica debe ser una espada flexible; flexible, pero de acero. Y siempre una espada”. (Carta a Raúl Roa, desde Nueva York, del 21 de diciembre de 1935).
Pero como lo cortés no quita lo valiente, tampoco la profundidad del pensamiento impide la brizna de humor ni la sonrisa ante el detalle ingenioso. Así, se resiste a incorporar el inglés a su vida en Norteamérica, en tanto le busca la arista burlona a ese idioma. También encontramos en sus cartas una galería de sus afectos: “Ilustre padrino” es el ensayista José María Chacón y Calvo; “el poeta rumbero” es José Zacarías Tallet; “Concha Espina”, nombre de la célebre escritora española, es Conchita Fernández, que también fuera secretaria de Fernando Ortiz; “Mongo Paneque” es Manuel Navarro Luna; “la vieja Carlota” es Teté Casuso, la esposa; Pedro Capdevila, amigo y amanuense, es “el defensor estudiantil”...
Dotado de sensibilidad, talento narrativo, periodista de excelencia y con probado valor personal, en torno a Pablo de la Torriente Brau fluyó una corriente que revitalizó el panorama político cubano de las décadas del veinte y del treinta del pasado siglo XX, época que dio a la cultura cubana una de las más potentes generaciones que haya emergido en este archipiélago.
La cárcel, con su convivencia forzosa entre caracteres disímiles, las circunstancias de la privación de la libertad, el alejamiento de los seres queridos y la imposición de una disciplina represiva, ponen a prueba las capacidades del recluso. Su dignidad y sus calidades afloran, establecen su estatura, ejemplo y condiciones de liderazgo. Juan Marinello, nos ofrece una remembranza de Pablo en el Presidio Modelo:
“En las horas de lectura y conversación se revelaba el hombre sensible y profundo. Decía, sonriendo, cosas certeras e inolvidables. Le atraían la aventura, el sacrificio, lo heroico. ‘Amo, ante todo, la audacia’, me decía... Se exaltaba leyendo sucesos de la Revolución francesa en una vieja edición maltrecha; pero el hombre mejor era el de las nueve de la noche. A esa hora las cornetas tocaban silencio y Pablo se sentaba en su cama, frente a la mía, a beber lentamente un enorme vaso de agua con azúcar prieta. Entre un sorbo y el otro venía el comentario sobrio y agudo, la lúcida apreciación política, el juicio meditado sobre una obra o un hombre. En todo ponía la más delicada responsabilidad. Los ojos, grandes, negros y brillantes, hablaban tanto como la boca, un poco triste bajo la pelambre copiosa. El meditador sagacísimo suplantaba por horas al mozo audaz. A la mañana, de nuevo la risa sana y la alegría a punto”.
La obra narrativa de Pablo, su periodismo, sus textos testimoniales y sobre todo la correspondencia, revelan el carisma de este autor, protagonista tanto en la literatura como en la historia de Cuba, una personalidad tan atrayente que nos deja siempre con el deseo de haberlo conocido.
Leer su epistolario, disfrutar su vocabulario chispeante y sin rodeos, de una rotunda ironía y la ardiente brasa de su verbo, del período revolucionario que le tocó vivir y su júbilo ante la vida, es una manera de considerarnos también, a la distancia impuesta por los años transcurridos, amigos de Pablo.
Editado por: Dino Allende
