Ritornelo erótico y otras imbricaciones
Un simple encuentro amoroso entre un hombre y una mujer le funciona al reconocido narrador Rafael de Águila (La Habana, 1962) para urdir una historia singular que apunta más allá de lo que describe. No hay que esforzarse mucho para captar la agudeza y la ironía que flotan en el texto. Con habilidad narrativa, caracterizada por esos ritornelos que dan siempre la impresión de avanzar como en círculos que se elevan (los pechos de la mujer, Mozart, el libro del belga, los primates), Rafael nos entrega un cuadro colmado de erotismo, pero a la vez una suerte de alegoría sobre nuestra sexualidad. ¿Cuánta semejanza hay entre la humana y la de los primates? ¿Somos felices o parecemos felices como los monos? ¿El acto de tocarnos y desearnos mutuamente lo heredamos de nuestros antepasados homínidos? Esto no deberá interpretarse como que el autor se mete en especulaciones de índole sicológicas o de corte antropológico. Nada eso. La literatura de ficción y, en especial, el cuento, no admiten digresiones, si bien el ensayo se ha infiltrado en la novela hace ya mucho tiempo y las ficciones de Borges “parezcan” reflexiones filosóficas.
En apenas tres cuartillas el autor crea una atmósfera, o mejor, una corriente donde todo se mezcla, se yuxtapone, se confunde: Mozart, los pechos y el pubis velludo de la mujer, los monos que se tocan y que también pueden padecer de enfermedades síquicas, la obstinación del investigador belga por escribir sobre la vida de los primates. Otros elementos que debo señalar son el humor que matiza la narrativa de Rafael y el serio trabajo con el lenguaje. Sin recurrir a chabacanerías ni tampoco a un barroquismo culterano, sabe combinar diferentes registros y alcanzar el tono necesario en cada texto. 

Con este breve cuento Rafael de águila reafirma sus condición de excelente narrador, cuya obra ha recibido importantes reconocimientos y abarca títulos como Último viaje con Adriana (premio Pinos Nuevos, 1996), Ellos orinan de pie (Letras Cubanas, 2006), Del otro lado (premio Alejo Carpentier de cuento, 2010). En el 2011 recibió el premio de cuento de La Gaceta de Cuba con "Patas al aire".
PSICOPATOLOGÍA DE LOS PRIMATES.
Rafael de Águila
La mujer me ha invitado a cenar, me recibe sonriente, las frases cotidianas de quien llega y quien recibe: ¿cómo estás? Bien. ¿Encontraste la casa sin problemas? Pues sí, fácil de hallar la casa. Alguna vez nos hemos besado, nos besamos otra vez ahora, en las mejillas, se entiende, estamos fuera de la casa, el vulgo. Macabro el vulgo. Al entrar volvemos a besarnos, esta vez en la boca, un beso sin pudor, sin vulgo, sin entusiasmo, como todos los besos. Le palpo las ropas, debajo está desnuda, me ha esperado desnuda, pienso. Otra vez la beso, ella responde con esa naturalidad ajena al vulgo. Me gusta esta mujer, me digo. Y la beso. Y mi lengua.Y su lengua. Se ve que te gusto, dice. Me gustas, sí, convengo. Me lleva por un pasillo, una habitación grande, una cama, dos butacas, las butacas repletas de ropas, de libros. Muchos libros. La mujer hurga en un equipo y asoma, Mozart, einkleinenachtmusick. Es una mujer culta. Lee muchos libros. Escucha a Mozart. Escribe poemas.Habla francés. ¿Te agrada Mozart?, quiere saber. Mozart, sí, era austriaco, digo. Otra vez nos besamos, ella se separa, sonríe, se deshace del vestido, lo lanza sobre una de las butacas, queda de pie, mirándome, el pubis ancho y muy peludo. Raro, hoy todas se rasuran. Odio hacerlo, dice, y sonríe. Quedo pensando, Mozart,sí, me gusta mucho Mozart, no los pubis anchos y peludos. Ellos no. No sé si Mozart tendría uno así. Un pubis, quiero decir. Tal vez. No soy homosexual, si lo fuera de cualquier manera no alcanzaría jamás a tener sexo con Mozart. Jamás sabría de su pubis. Los pechos son grandes. No los de Mozart, los de la mujer. Mozart, supongo, no tendría pechos. Así están bien. Grandes. Me gustan grandes. Areola rosada. Enorme la areola. Los beso. ¿Te gustan?, inquiere ella. Y mi sexo, ¿te gusta? Pregunta mucho esta mujer. Aún no he visto tu sexo. Mira, dice ella y se tiende de espaldas, y abre las piernas, al rostro, como pegada con cola loca, una sonrisa pícara. El sexo es enorme y no, no me gustan los sexos enormes. No hay que entristecer a una mujer,no señor, no se puede decir a una mujer no me agrada tu sexo, las mujeres son seres muy sensibles. Sobre una de las butacas hay un libro, a un lado un marcador con forma de martillo. Un marcador muy curioso, digo. Hammer, se lee en él. Sicopatología de los primates, anuncia la portada del libro. El autor es un tal R. M. Suster. Ven, pide la mujer. Me desnudo y me tiendo sobre ella. Muevo la cintura. Sin pasión pero la muevo. Ella gime. Desapacible que mueva así las caderas. Tranquila, le ruego. Pero ella no se aplaca. Ella caderas hacia arriba, con fuerza. Lo intentamos un rato, eso hasta que ella gime y queda quieta y cierra un rato los ojos antes de decir: quiero pedirte algo. Sí. Un favor. Nunca me han pedido favores después de mover las caderas. Ella ríe: siempre he soñado que me hagan el amor… dos hombres. La miro. Pienso en Mozart. Era austriaco Mozart. Queda callada un rato antes de decir: cité aquí a otro hombre, va a llegar pronto. El libro está allá, sobre la butaca, Psicopatología de los primates, un título raro. El autor es R. M. Suster, probablemente un belga. O un inglés. Conocí a un belga de apellido Suster. Le digo que Mozart estuvo casado con una mujer llamada Constanza Weber pero en realidad amaba a la hermana, a la hermana de Constanza. Ella queda mirándome. El libro sobre la butaca, quizá fuera una lectura interesante. Es uno de mis sueños, aclara ella. No sabía que los primates pudieran enfermarse de la cabeza, que existieran siquiatras para ellos. Eso le digo. Primate mío, ronronea ella, ven, me abraza. Acaba de bañarse y huele a limpio, a perfume caro, en el cabello ese olor inconfundible, cabello de mujer,cabello recién lavado. Me hace besarle los pechos, son grandes y rosados, sabe que me gustan así, grandes y rosados. Cada uno debe hacer realidad sus sueños, musita. El libro de R. M. Suster, el belga, se va al suelo. El sueño del belga era escribir un libro, uno sobre primates. Le obsesionaban esos bichos. Sobre las butacas hay mucha ropa, lavada, olorosa a detergente. ¿Tú no tienes sueños? Me mira. Espera que le responda. ¿Sueños que desees hacer realidad?, yo te los cumplo, agrega. ¿No tienes sueños?, insiste ella, melosa. Me mira, yo ojos sobre la portada del libro, el libro allá, en el suelo, Sicopatología de los primates, escrito por R. M. Suster, un belga. O un inglés, quién sabe. En la portada se miran dos monos, dos bichos grandes, gorilas quizá, tal vez orangutanes, nunca se sabe, una foto muy buena, a color, los monos se tocan con las manos, se tocan las cabezas. Parecen felices. Se tocan y se miran. Y la foto es muy brillante. El fotógrafo debió de haber ganado un montón de dinero. Quedamos en silencio, ella mirándome, yo los ojos fijos en la portada del libro. Al rato me levanto y le beso la frente. Antes de irme me gustaría volver a besarle los pechos pero puede que a ella no le parezca adecuado. Ella me mira, ojos de gorila triste. Al menos quédate a almorzar, pide. Yo recojo el libro del suelo y lo dejo sobre la butaca, en la portada los monos se tocan, felices a rabiar. Las ropas huelen a detergente. Un olor muy penetrante. Las ropas y a un lado el libro. Editorial Landuza, se lee en la portada.
