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Desiderio Navarro: una perspectiva orgánica sobre la cultura

Luis Álvarez, 24 de diciembre de 2015

Muy pocos intelectuales cubanos iniciaron su trayectoria profesional tan temprano como Desiderio Navarro (Camagüey, 1948). Si bien entre sus primeras publicaciones nacionales hay que consignar los ensayos “Eros y civilización”  (Unión, No. 1, marzo de 1969), “Los mass-media a la inversa” (La Gaceta de Cuba, mayo de 1969) y “POP-ART Inc.” (Unión, No. 4, diciembre de 1969), lo cierto es que su extensa obra crítica empieza a gestarse incluso antes, en sus juveniles indagaciones sobre literatura y teatro en su ciudad natal. Es revelador que, en unos años en que la vida cultural cubana empezaba a orientarse en una dirección más bien unilateral y restrictiva, aquel muchacho, a pesar de ello, se interesara particularmente en una apertura esencial al pensamiento estético y crítico internacional, en consonancia plena con esa actitud cultural que José Martí consignó en términos de injertar el mundo en el tronco de América Latina, precisamente para lograr lo que solo un injerto consigue: la apertura fundamental de la creación y el pensamiento. Navarro se atuvo, desde su primera juventud, a este principio y a la advertencia martiana acerca de que el tronco fundamental había de ser el de nuestra propia cultura.

Creo que pocos tuvieron una percepción tan clara del problema que había formulado Martí como aquel jovencísimo aprendiz de crítico que, desde las páginas del periódico de su provincia, alertaba sobre la necesidad de una perspectiva ancha sobre la creación artística. No es casual, precisamente, que en su madurez lograra integrar un pensamiento crítico de nítida originalidad sobre un problema vital —y tantas veces soslayado— de las culturas de América: el eurocentrismo. Estoy convencido de que un balance fundamental de su labor creadora —como ensayista y crítico, como traductor, como editor, como polemista— radica en la organicidad que subyace bajo la aparente variedad de temas abordados. Pues su interés por la teoría literaria, la teoría del arte y su historia, la crítica literaria y de artes plásticas, la culturología, la semiótica, el problema de la recepción artístico-cultural son perspectivas complementarias que convergen en un epicentro reflexivo esencial: la necesidad de un pensamiento axiológico cabal en Cuba y Latinoamérica, como fundamento imprescindible para la defensa de nuestra identidad. Es este un punto esencial en la meditación de Navarro, y resulta por completo coherente con una cuestión de raíz ontológica: no es posible conocer la identidad propia, la mismidad cabal de una cultura, si no es por la vía de la percepción de las diferencias con los demás sistemas culturales. Es esta una verdad que ha sido ratificada una y otra veces desde finales del s. XIX, en que Ferdinand de Saussure estableció el sentido diferencial del valor sígnico.

Navarro ha subrayado, pues, en todo el conjunto de su labor intelectual la urgencia de una organicidad crítica en el pensamiento cultural cubano y latinoamericano. Somos, pues, diferentes, pero sobre la base del contraste y el diálogo intercultural, no del aislamiento aldeano sobre el cual también advirtiera Martí en el primer párrafo de Nuestra América. Me place apuntar que en tal sentido la obra de Navarro presenta una concordancia tangible con el pensamiento cultural del Apóstol: se trata de una continuidad que no obedece solamente al interés del investigador camagüeyano por la obra literaria del Maestro —recuérdese su brillante estudio de 1997, “De la fosa al sol. Martí y una semiótica del sujet más allá del poema”—, sino sobre todo a una comprensión de un reto fundamental de nuestra cultura: la construcción de un discurso crítico sobre sí misma, capaz de trascender los marcos estrictos de la producción artística y cultural, para proyectarse en el sentido último de la modelación de la patria cubana. Su reconocida capacidad como traductor poliglota (ha traducido del inglés, el francés, el alemán, el italiano, el ruso, el polaco, el húngaro, el checo, el serbio-croata, el eslovaco, el rumano, el búlgaro, el portugués, el esloveno, el holandés, el noruego, el catalán, el macedonio, el ucraniano y el danés) no radica en una autotélica voracidad lingüística, sino en una voluntad consciente de universalidad como factor necesario, precisamente, para confirmar lo más entrañable de nuestra cultura: no se define, insisto en ello, el perfil identitario desde el aldeanismo y la incomunicación. El poliglotismo de Navarro, pues, no es una causa, sino un resultado coherente de su posición ante la cultura como macrosistema de comunicación e interrelación social. De aquí la importancia cabal de su ensayo “Eurocentrismo y antieurocentrismo en la teoría literaria de la América Latina y de Europa”,1  de 1980, en el cual Navarro afirmaba: 

Ya en estos momentos es posible y necesario afirmar que en Cuba, en nuestra América, la aplicación acrítica a nuestra realidad literaria de teorías, leyes, categorías o simples conceptos elaborados sobre la base exclusiva de las literaturas metropolitanas, no podrá ser más un acto de ingenua «falsa conciencia», sino solo fruto de una decisión ideológica deliberada, de una «mala conciencia».2

Por eso el ensayista aborda en su texto una problemática fundamental: la urgencia de una reflexión teórica cabal generada desde nuestro continente y aun desde nuestro país. Navarro, comentando algunas ideas de Fernández Retamar, enfatiza una cuestión de gran relieve intelectual:

Nos referimos al planteamiento de la necesidad de que se elaboren las teorías de las distintas literaturas regionales, zonales e incluso nacionales. Si tal elaboración de teorías particulares se basara no solo en la construcción por inducción, sino también en la contrastación de hipótesis deductivas, no solo en la construcción de nuevas generalizaciones, sino también en la revisión de «viejas» generalizaciones supuestamente válidas también o solo para la literatura particular examinada, ella se hallaría en una íntima y dialéctica relación de enriquecimiento y perfeccionamiento mutuos con la elaboración paralela de la teoría comprobadamente universal. Ella está llamada a lograr que lo específico y lo particular regional, zonal y nacional no queden sin su reflejo en el dominio de la teoría, o sea, a construir algunas de las mediaciones necesarias para la investigación y la crítica de obras literarias concretas.3

La importancia de este ensayo no ha sido suficientemente comprendida en nuestro país, a pesar de que, en este 2015, resulta más vigente que nunca. Navarro examina polémicamente las posiciones del eurocentrismo, tanto teórico como metodológico, pero lo hace con una finalidad que trasciende al tópico mismo, pues su interés mayor está —y de nuevo hay que subrayar su coincidencia con líneas fundamentales del pensamiento martiano, en particular en “El carácter de la Revista Venezolana”— en afirmar la necesidad de una teoría literaria latinoamericana, idea esta que, formulada, como ya se apuntó, en 1980, habría de ir desarrollándose con el tiempo y desembocar en una reflexión de más amplio aliento sobre la necesidad de una teoría de la cultura latinoamericana, idea implícita en más de un trabajo suyo. Hay que señalar que, mientras en Cuba no se aquilató suficientemente la significación y trascendencia de este ensayo, en cambio obtuvo una determinada resonancia en otras latitudes.  Así, por ejemplo, el destacado teórico Dionýz Ďurišin, en su ensayo “El euroccidentocentrismo y el estudio del proceso interliterario: Sobre la concepción de Desiderio Navarro”,4  percibió con nitidez el alcance de la propuesta del ensayista  camagüeyano:

En el estudio de Desiderio Navarro vemos una de las primeras tentativas de analizar de manera totalmente consecuente la problemática de los centrismos y resolver así, entre otras, la mencionada tarea de la actual teoría del proceso interliterario.

En este sentido, es preciso valorar altamente su intento de distinguir el eurocentrismo en el plano metodológico y el eurocentrismo en el plano teórico, si bien estos aspectos en muchos casos se interpenetran y a veces se funden.  Desde el punto de vista historiográfico es muy valioso el señalamiento de la necesidad de conocer y analizar el material literario de muchas comunidades interliterarias no europeas, como es, por ejemplo, la comunidad de las literaturas latinoamericanas, que recibe una atención especial en su trabajo. Esta exigencia, ciertamente, no puede ser cumplida sin una investigación colectiva más ampliamente concebida. Es valiosa sobre todo porque, por su carácter, es activa y estimula a salvar, mediante una actividad histórico-literaria concreta, un obstáculo que a menudo era concebido como un dilema insoluble del estudio histórico-literario. Así, es preciso subrayar de nuevo la necesidad de la reciprocidad del estudio, tanto de parte de la ciencia literaria “centrista” (en nuestro caso, la europea o la euroccidental), como también —y hasta tal vez ante todo— desde la posición de las llamadas comunidades periféricas.5

Hay que insistir, por otra parte, en que la propuesta de Navarro —y es esto una característica general de su obra— no se apoya meramente en presupuestos teóricos de carácter literario, sino también en una comprensión general de la ciencia como actividad creadora, de modo que convoca en su respaldo a figuras tan prestigiosas del pensamiento científico como el argentino Mario Bunge o el polaco Jerzy Topolski. Navarro demuestra así que el tema de una teoría literaria no se reduce al ámbito de la cultura artística, sino que tiene que ver con una percepción científica de la sociedad y, en específico, del pensamiento investigativo en su sentido más lato.

Sin ánimo —ni posibilidades en el espacio de esta publicación— de hacer un balance realmente integral de la ensayística de este autor, quisiera subrayar otra cuestión de no menor trascendencia para el panorama intelectual cubano. Navarro dedicó atención sostenida (en trabajos publicados entre 1975 y 1984) a los estudios semióticos, que desde la década del sesenta adquirían un reconocido prestigio en el mundo, pero que en Cuba recibieron poca o ninguna atención en los medios universitarios y académicos en general. Recuerdo, por cierto, que hacia 1978, so capa de un curso de Lingüística General, trabajé con mis estudiantes de la universidad de La Habana las ideas de Umberto Eco y otros semiólogos. Solo décadas más tarde se incluyó la Semiótica como asignatura en la carrera de Letras. Trazo este brevísimo panorama de distanciamiento para que se comprenda mejor el interés, para no decir la osadía, de publicar ensayos que abordaban el enfoque de la cultura de masas o de la propia literatura desde una óptica semiótica bien fundamentada.

Hay que recordar, además, que en la década del setenta y el ochenta los estudios literarios de la Europa del Este había sido en general refractarios a la perspectiva semiótica, a pesar —o quizás por eso mismo— de que ya en el pensamiento de Lev S. Vigotski y en el de Mijail M. Bajtín se hace evidente un marcado interés por la estructura sígnica de la comunicación en general y del arte en particular, así como por el significado, la producción y el uso de los signos lingüísticos y no lingüísticos. Navarro se ocupa de subrayar la presencia de una perspectiva semiótica en lo mejor del pensamiento ruso, y lo hace en un momento (1983) en que en los medios académicos cubanos la semiótica era olímpicamente ignorada, lo cual, desde luego, motivó un grueso desfasaje entre la producción humanística nacional y la del resto del planeta. Con nitidez el ensayista tomaba el toro por los cuernos y afirmaba: “Solo el proceso de superación del dogmatismo y otros errores del «período del culto a la personalidad» —proceso iniciado, como es sabido, entre 1953 y 1956— hizo posible que, a fines de los años 50 y principios de los 60, renacieran las investigaciones semióticas en los países de la joven comunidad socialista”.6 

No es posible desvincular esta postura crítica de Navarro de sus excelentes traducciones de semiólogos de gran estatura, en particular Iuri Lotman, Boris Uspenski o Janusz Slawinski. Se trata de una coherencia de pensamiento que solo puede comprenderse con un examen orgánico e integrado de la labor del ensayista, el traductor y el editor, que han tenido, durante décadas, una misma finalidad y un punto de vista consonante y orgánico.  Esto se hace sumamente tangible cuando se examina, por ejemplo, uno de sus ensayos crítico-literarios más brillantes; me refiero a “Sonido y sentido en Nicolás Guillén. Contribuciones fonoestilísticas”,7  el más importante estudio sobre la tan comentada y sin embargo poco estudiada musicalidad en la poesía del autor de Sóngoro cosongo. Este trabajo suyo por sí solo basta para revelar la agudeza y sensibilidad del ensayista, cuyas aportaciones sobre el tema permanecen por completo vigentes treinta años después.

Es inútil mencionar aquí la significación de su incansable trabajo con la revista Criterios, cuyo crecimiento gradual desde la reproducción mimeografiada hasta la edición profesional, desde la difusión de mano en mano hasta la generosa y selectiva reproducción digital de miles de textos, constituye una verdadera epopeya de la voluntad y la noción del deber intelectual. Navarro ha abierto ventanas imprescindibles para el investigador, el crítico y el académico en el terreno de las humanidades. Esa labor, muchas veces silenciosa y siempre abnegada, tienen alcance similar y complementario de la obra del crítico, el investigador y el polemista. Se trata de impulsar una conciencia crítica profesional en el terreno de la cultura y las artes. Ese empuje no podría haber sido igualmente efectivo en manos de alguien que no hubiera sido, como es el caso de Navarro, un investigador y un ensayista de fuerte calibre. De aquí la unidad esencial de su obra, pero también la dificultad para que sea reconocida su verdadera dimensión. Nos dejamos llevar por esquemas y encasillamientos que nos lastran. Precisamente contra esa miopía ha trabajado y creado, sin descanso y para defensa de la cultura nacional, Desiderio Navarro.

notas:

1 Cfr. Desiderio Navarro: Cultura y marxismo. Problemas y polémicas. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1986, pp. 12-49.
2 Ibíd., pp. 48-49.
3 Ibíd., p. 31.
4 Publicado por vez primera en Slovenská literatúra, revista del Instituto de Ciencia Literaria de la Academia Eslovaca de Ciencias, Bratislava, XXX, 1, 1983, pp. 84-88.
5 Ibíd., p. 87.
Ibíd., p. 210.

7 Desiderio Navarro:  Ejercicios del criterio. Ed. Unión, La Habana, 1988, pp. 11-32.

 

 

 

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