Cuentos del Decamerón

Cuentos del Decamerón, de Giovanni Boccaccio (1313-1375), es el título de la obra que la agrupación Teatro El Público, que dirige el maestro Carlos Díaz, Premio Nacional de Teatro, llevara a las tablas del teatro Trianón, sede de la emblemática compañía.
Al genial escritor, poeta y humanista italiano, Giovanni Boccaccio, lo conocen en todo el orbe, al igual que en nuestro archipiélago, por los picarescos relatos cortos incluidos en el volumen Decamerón, cuya lectura los ilustres prelados devoraban con avidez durante la época en que fuera publicado, mientras se regocijaban al máximo con las situaciones picantes descritas en sus páginas…; pero le prohibían al pueblo su lectura, porque, según la falsa moral cristiana («haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago»), constituía un verdadero «atentado al pudor y a las buenas costumbres»; valores que debían configurar el estricto código ético-moral que regulara el «adecuado» comportamiento psicosocial, sobre todo de la mayoría de aquellas familias que no tenían una sólida posición socio-económica.
Una vez más, aparece en la Ciudad de las Columnas uno de los precursores del Renacimiento italiano y le muestra a la población capitalina los mejores cuentos del Decamerón. Para ello, ha seleccionado —nada más y nada menos— al Rey Midas de la escena insular, para que represente, a través de la sátira y el humor, situaciones que generan en el auditorio la inevitable reflexión filosófico-antropogénica.
La obra gira alrededor de tres temas principales: el amor, la inteligencia y la fortuna, mezclados con una buena dosis de erotismo, donde el escenario se vuelve sutil y el amante del arte de las tablas, por derecho propio, se adueña del espacio.
Por otra parte, crea mundos y cede ante las tendencias de épocas pretéritas y actuales. Gritos, gemidos, dolor y risas se fusionan e integran hacia un único espacio: la percepción humana.
Los actores son jóvenes. No obstante, poseen un buen dominio de las técnicas de la interpretación teatral. Tanto es así que, en apenas seis cuentos, se reseña el centenar de historias en que se estructura Decamerón.
En medio de tanta aparente simpleza, surge un haz de genialidad. El vestuario antiguo recrea el siglo XIV de una Italia que transita hacia el Renacimiento; y entre peinados rebuscados y vocabulario refinado, se refleja aquel contexto socio-histórico.
Una peculiaridad bien marcada deviene la combinación entre la jerga de clase, por llamarla de algún modo, y el cubaneo incisivo. Carlos Díaz —como solo él sabe y puede hacerlo— logra reunir frases coloquiales, típicas de cualquier cubano, con el lenguaje fino y rebuscado, propio de la nobleza europea. En ese ambiente sui generis, el público se balancea, constantemente, entre un argot y otro.
En el proscenio, se escuchan las siguientes frases: «del guachineo tengo hasta mareo», «ya vino la recarga del celular», hasta fragmentos de canciones contemporáneas; todo un retrato de la vida cotidiana en nuestro archipiélago.
Otro logro de esa obra reside, a mi juicio, en el cambio de una escena a otra, donde un personaje del cuento es quien introduce la nueva historia y así va quedando un relato inmerso dentro de otro, mientras los cuentos se desarrollan con el vigor que les aporta la propia escena. Así sucede, una y otra vez, en ese Decamerón a la criolla, que seduce al más indiferente de los espectadores.
Entre varios cuentos y sanas risas, la puesta invita a conocer el comienzo, participar de un final feliz, llevar a casa útiles consejos, alejados del didactismo a ultranza, y cuando cae el telón, son los espectadores quienes le dedican una cálida ovación a la tropa que comanda Carlos Díaz.
Editado por: Dino Allende
