Alberto Moravia. Hombre de no tan pocas palabras
Cuando echamos un vistazo a los datos biográficos de Alberto Pincherle —como tal perfectamente desconocido, a menos que aclaremos que fue el nombre real del célebre escritor Alberto Moravia— nos topamos con varios elementos sorprendentes e ilustrativos de su talento.
No hizo estudios regulares y apenas alcanzó el nivel secundario de escolaridad. Padeció de tuberculosis y tuvo que guardar reposo cinco años. Su instrucción fue totalmente autodidacta, mediante lecturas de autores clásicos y contemporáneos, e incluyó el aprendizaje de los idiomas francés y alemán.
Tal es el espíritu que lo anima en cuanto al conocimiento y es el mismo que está presente cuando comienza a escribir. No está nada mal para un autor nacido en 1907 publicar ya una novela en 1929: Los indiferentes.
Vive el auge del fascismo italiano, que le aplica la censura a algunas de sus obras. Moravia decide darse un viaje a Estados Unidos y al regreso retoma la literatura, esta vez con temas alegóricos y surrealistas que logran escapar a la censura. Concluida la Segunda Guerra Mundial, el prestigio y éxito de Moravia se dispararon con obras como La romana (1947), La desobediencia (1948), El amor conyugal (1949), El conformista (1951) y La ciociara, (La campesina) de 1957.
Tal es el autor que arriba a La Habana el 23 de diciembre de 1965, justamente medio siglo atrás. Llega invitado a participar como observador en la Conferencia Tricontinental de La Habana, que habría de inaugurarse el día 3 del nuevo año. Es un hombre alto, próximo a los sesenta, de pelo blanco y mirada triste. Junto a él está la joven escritora Dacia Maraini, su esposa.
El visitante tiene el propósito de andar La Habana. Camina las calles adoquinadas de la vieja ciudad, disfruta de la brisa a la sombra de un portal colonial, degusta un buen café. La Bodeguita del Medio y la Catedral le dejan gratos recuerdos. También recorre La Habana moderna de uno a otro extremo: la contempla desde las alturas del restaurante La Torre, en el edificio FOCSA; se llega hasta Monseigneur para ser testigo de una de las singulares tertulias de Ignacio Villa (Bola de Nieve); traspasa los límites de la ciudad y va hasta las playas del este; aprovecha la ocasión para visitar Finca Vigía, morada de Hemingway.
Calificado de “hombre de pocas palabras”, luego de tanto andar dice así:
“La Habana es una ciudad fuerte, con toda su personalidad”.
Para quienes desean saber de sus experiencias en el mundo de las letras, dicta una conferencia en la sede de Casa de las Américas y entre sus disímiles actividades comparte un almuerzo en familia con Nicolás Guillén y dialoga con el primer ministro Fidel Castro.
Dos semanas apretadas e hipermovidas vive Moravia entre los cubanos. El 6 de enero parten él y Dacia. Antes quiere manifestar su opinión:
“Cuba no es solamente un país con su paisaje y su pueblo. Cuba es un símbolo casi metafísico, trascendental para el mundo”.
Entonces, el “hombre de pocas palabras” resulta no ser en modo alguno inexpresivo.
La narrativa de Moravia es realista y crítica de la sociedad europea del siglo XX. Ha sido traducido a numerosas lenguas. Escribió reportajes para la prensa y se publicó una autobiografía suya.
Para quienes gustan de la cinematografía les va un dato de interés. Varias de las obras de Moravia se llevaron al cine: La romana, en 1955, dirigida por Luigi Zampa; Dos mujeres (basada en La campesina, La ciociara), en 1960, dirigida por Vittorio de Sica; El desprecio, en 1963, dirigida por Jean-Luc Godard; El conformista, en 1970, dirigida por Bernardo Bertolucci; El amor conyugal, también en 1970, dirigida por Dacia Maraini; La villa del venerdi, en 1992, dirigida por Mauro Bolognini y El hombre que mira, en 1994, dirigida por Tinto Brass. La revisión de los directores de dichos filmes ilustra acerca de la fuerza de la narrativa de Alberto Moravia y su capacidad de adaptación al lenguaje del cine.
Alberto Moravia representó a Italia ante el Parlamento Europeo desde 1984 hasta su muerte, ocurrida en Roma el 26 de septiembre de 1990, poco antes de arribar a los 83 años.
Se cumplieron, pues, muy recientemente, 25 años de su fallecimiento, y se conmemoran ahora 50 años justos de su visita a Cuba. Por si no bastaran estas dos razones para evocarlo, está su obra, que puede consultarse en bibliotecas, y su huella en la cinematografía, pruebas fehacientes de la magnitud literaria de un autor siempre acompañado por el éxito.
Editado por: Dino Allende
