De ida y vuelta en la luz con Leonid
Este es un libro de poemas hecho con mucho rock and roll de fondo. El lector suele escuchar tras las palabras un rasgueo de cuerdas, entre versos la corrida eléctrica de una guitarra que tabletea sobre los silencios y pausas del sujeto lírico.
Aquí el desencanto de una generación comienza con la triste noticia poética de que ya la cigüeña no volverá. ¿Qué sueño o juventud no podrá ser restaurada más…?:
Un cielo se pierde de muchas maneras…/ …
No ha pasado la cigüeña,/ por su último asedio conspiran las palmas./ …
Las cigüeñas también dicen never more, / es por eso que uno las extraña tanto.
O en ese segundo poema:
Este afán de soportarlo todo: … de mirar a las guácimas y apostar por los ahorcados/ que, como un ánfora de veleidades, hacen la danza / del péndulo.
Es nostalgia por las zafras azucareras o las de la toronja.
Leonid, el poeta de larga cabellera y nombre eslavo que habita irónicamente en la Fe, o mejor, en Santa Fe, escribe versos para nombrar el dolor y su circunstancia. Escribe, hace poesía esas canciones irreverentes que surgen de cabecear como un cordero rebelde contra la suerte y la del país. Es rock, ese golpetear continuo y quedo en el aire cuando lee sus rabias. Que nadie vaya a equivocarse con la mansedumbre aparente de algunos versos, digamos que ahí está su discurso, un poco más pop y sus reniegos se dejan ganar por un lirismo de balada, soledad y amores. Como en ese poema titulado “Convocatoria”:
Quiero una mujer despampanante/ que sepa de dos o tres barbaridades, …/ Quiero una mujer que conozca de hacerse aire, …/ …y que me quiera, /por supuesto,/ que me quiera.
O en su poema del final llamado “Posdata”:
Prometo no tomar un trago más/ a no ser contigo/ -cuando me encuentres./ Te extraño tanto.
También poemas que nos advierten de la importancia no tan sabida de “Donde se orina”. Y otros donde poesía y béisbol se mezclan para darnos una dimensión poética y erótica, muy por sobre el asunto deportivo.
Hay en este libro azul desde que uno lo toma en mano una llamarada que anuncia más, una conflagración siempre puede comenzar por la pequeña llamita de una vela. Como la dinamita. Aquí vuelve a aparecer en portada una foto impecable de Jaime Prendes, que comparte entre ediciones Áncoras y el cine de Fernando Pérez con su foto fija, tan enunciadora.
En poesía busco más el silencio germinado por la palabra, la imagen. Pero con De ida y vuelta en la luz andamos, admito que disfruté el rock, ese heavy metal susurrado, que adivino usa el poeta para ambientarnos de ritmo, en esa atmósfera gris que hay tras la batalla que nos ganó la desidia y la mentira.
Aquí van diezmados por la noche de su patria, / sueñan un enemigo donde hincar el diente/ y aprietan su mordida en los ojos del país…/…
Esta jauría no se cansa de escudriñar lo oscuro./ …
… blasfemamos en torno a la hoguera/
y nos quedamos quietos/ a ver qué pasa.
Y trata, intenta contar, narrarnos el mal sabor que nos dejan los sueños rotos o prostituidos. Reintenta la utopía de recordar cómo era la luz en sus remotos días de inocencia. Cómo pudo ser, de haber existido otros hombres y otro país, la oscuridad circundante. Nombrar, cantar inspirado, soñando que puede amanecer:
Para que puedan verse contra la luz del ocaso/ los nuevos caminos. (“Ladrar la voz”, p. 20-22)
Y como si fuera un CD o un concierto de música, el inventario de un día para un poeta, prefiero el abrir y cerrar de este libro, amanecer y crepúsculo, viaje, génesis y regreso de la oscuridad en un resplandeciente volver ad infinitud. O como diría el poeta Sigfredo Ariel en su libro homónimo: La luz, broder, la luz…
Editado por: Dino Allende
