José Zacarías Tallet o la sonrisa agradecida
Entre el hecho de vivir 96 años, hacer de los mostachos un sello distintivo de su rostro, ser durante muchos años el autor de la tan útil y popular sección de Gazapos, primero en el diario El Mundo y después en el semanario Bohemia, y ser además el autor del poema “La rumba” —su amigo Pablo de la Torriente Brau lo llamaba jocosamente “el poeta rumbero— José Zacarías Tallet pasó de ser una personalidad de la literatura cubana a un personaje de la cultura nacional, lo que equivale a convertirse en una leyenda.
Pero sucede que Tallet fue fundador de la Liga Antimperialista en 1925; miembro del Grupo Minorista nucleado en torno a Rubén Martínez Villena; director, subdirector y profesor de la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling; recibió el Premio Nacional de Literatura en 1984 y el grado de doctor Honoris Causa en la Universidad de La Habana. Y por si al lector aún le parece poco, se le confirió la Orden Félix Varela, de Primer Grado. Digamos que casi nada para un currículum…
Del humor de Pepe Tallet se puede escribir mucho y de su obra, entresacarse diversos ejemplos. En realidad no se trató de un autor humorista sino de un escritor que en sus textos incorporó la humorada de manera suave, como un desprendimiento natural de su estilo, solo para que el lector esboce una sonrisa.
Uno de aquellos gazapos, que con tanto interés se leían porque actualizaban acerca del uso del lenguaje y rectificaban errores muchas veces generalizados, nos sirve de botón de muestra del humor didáctico de José Zacarías Tallet:
La expresión que oyó un amigo: “Tengo que realizar una visita”, si no es un disparate, es un “picuísmo”, un lenguaje rebuscado, como lo sería asimismo: “Tengo que efectuar una visita”, o esta otra: “Tengo que llevar a cabo una visita”. Ni realizar, ni efectuar, ni llevar a cabo; lo elegante es lo más sencillo, o sea: “Tengo que hacer una visita”. Esto me recuerda a un “superfirulístico” que, comiendo en mesa ajena, quiso mostrarse fisto y dijo a la dueña de la casa: “¿Me hace el favor de darme otro fragmento de carne?”
Cuenta Tallet en su artículo titulado “En la tierra de los ciegos…y no digo más” la historia del humorista y periodista español del siglo XIX Luis Taboada, quien alcanzó celebridad. En 1887 sus compatriotas festejaron su llegada a Vigo con fuegos artificiales, uno de los cuales lo alcanzó en la cara y dejó ciego. Dejemos a Tallet que continúe contándoles:
Taboada mismo relajeó su malandanza con estas palabras:
-Ello fue que me he quedado tuerto. El cohete estalló en el ojo derecho, que al principio se puso como el de una merluza putrefacta; después adquirió otro carácter menos antipático, y más que ojo parecía una almeja cocida. Hoy no es ojo ni nada.
Alguien se asombró de que el notable escritor tomara a risa el desdichado lance; a lo que Taboada contestó:
-Yo tengo derecho a quedarme tuerto, pero no a ponerme triste. Las carcajadas de los demás son el pan de los míos…
En otra de las muestras del periodismo cultural de Tallet, este del artículo titulado “¿El espejo del alma? Feos célebres”, se revela no solo el humor del autor sino además su erudición, su dominio de las singularidades de la historia, como para demostrar que el tema más serio se puede exponer con gracia:
El marqués de Vadillo, político español de principios del siglo XIX, hombre bondadoso y cortés, considerado como uno de los más feos de su época, aceptaba humildemente su fealdad. Una noche en su habitual tertulia, uno de los asistentes a ella, con la mejor intención le dijo:
-Ayer tuve el gusto de conocer a sus hijas. Son unas muchachitas agradables, y, además, no pueden negar que son hijas de usted, porque se le parecen mucho.
A lo que, con gesto resignado, contestó el marqués:
-Sí, ¡y no sabe usted cuánto lo sienten las pobrecitas!
Había entrado el poeta en la tercera edad, corría el año de 1980, y Tallet lucía como el buen vino, cuanto más añejo más firme y con mejor humor. De resultas de un accidente familiar, la caída de una presilladora, surgieron unos versitos jocosos (no destinados a su publicación) que corren a la manera de un cuentecito que reproducimos íntegro a continuación:
Desde alta repisa / pesada como es, / la presilladora / me cayó en un pie.
Magullome un dedo, / lo que me hizo ver / las estrellas todas / y chillar después.
Acudió al oírme / mi cara mujer, / vio lo que pasaba /por el grito aquel/
recogió al culpable / y en blanco papel / lo probó, y contesta:
“¡Bah! Funciona bien”, / dijo, y satisfecha / volvió a su quehacer.
Yo salí cojeando / del dolor tan cruel / como si el golpazo / del tareco aquel / me hubiera quebrado / un dedo del pie.
Esperamos del lector cuando menos una sonrisa. José Zacarías Tallet, Pepe Tallet, el criollísimo autor y reconocido intelectual, vive en la memoria de sus lectores.
