¡Qué libro del año!
En la emisión del mediodía del Noticiero Nacional de Televisión del pasado 9 de diciembre de 2015 emitieron un reporte noticioso que me reafirmó una vez más en mis recientes convicciones de que los ajustes económicos que venimos viviendo los cubanos desde hace algunos años, acaso de manera dolosa van reorientando, paulatinamente y para mal, el imaginario socialista que desde las expresiones culturales, con empeño, privaciones y sacrificios, construimos los cubanos por más de cinco décadas.
El conductor de las noticias culturales informó que el libro ganador del premio del lector del año 2015 correspondía a un manual de recetas de cocina publicado por la editorial Ácana, de Camagüey. Una entrevista al autor, a quien el generador de caracteres identificó como "el escritor", complementó el reporte. ¡Era lo que nos faltaba!
Parece que el proceso de aligeramiento cultural que en nuestro globalizado planeta impone normas de consumo acríticas, facilistas, no pensantes, ha terminado por penetrar y compulsar a las instituciones a "actualizarse" de la peor manera. En nuestro caso esa pérdida de valores de la producción simbólica la recibimos, alegre y casi groseramente, sazonada con el nuevo ingrediente que llamamos "actualización del modelo económico". Un discurso público, emitido lo mismo en tribunas que en medios masivos, que pondera y prioriza, sin mirar mucho para las profundidades, códigos pragmáticos, deviene por irradiación estimulador de un holograma de capitalismo consumista cuyo costo al parecer no viene mucho al caso calcular.
Entre otros desconchados, el proceso incluye la pérdida del lector y "la muerte del autor", de tal suerte que Roland Barthes o Michel Focault, sonreirían irónicamente ante esa nueva neoliteratura materialista con la que los cubanos pretendemos sustituir el "ejercicio de brava disciplina" que constituye la lectura y el estudio por un acto pasivo que solo involucra al 1 % de la corteza cerebral. Creo que nadie me replicará que para escribir un recetario –obviedad despampanante– no se precisa ser escritor. Gracias a vulgarizaciones como la que me ocupa, los libros de autoayuda y los manuales utilitarios –muchos de ellos best sellers en otros sitios del mundo– clasifican entre lo más vendido en el mercado capitalista. ¿Ahí queremos llegar?
Que me perdonen si le atribuyo culpas a quien no las tiene, pero el premio del lector al libro del año no lo da una corporación privada ni un cuentapropista, lo da una institución cultural cubana, supuestamente apoyada en una política que, sin dejar de ser inclusiva, siempre tuvo muy bien definidas sus coordenadas para activar en el ser humano la capacidad de comprender y hacer suyo el patrimonio cultural gestado por la humanidad precedente y contemporánea en su largo y laborioso devenir.
Como una bofetada a tanto autor de excelencia cayó este acto de ligereza extrema. De nada han valido los esfuerzos por concretar estilos y apropiarse de una cosmovisión elocuente. La dura forja del lenguaje, cosecha de una vida dedicada al estudio y marcada por la angustia ante la página en blanco, además de la brega con la esquiva expresión connotativa y la veleidosa logística ya no son cualidades que el lector cubano aprecia, si atendemos al resultado de la encuesta. Tal sinsentido contradice la existencia de una política educativa y cultural que prioriza el ser sobre el tener, el crecimiento espiritual sobre la acumulación de objetos. Vivimos los cubanos –se evidencia en la calle– momentos de confusión en detrimento de la cultura.
Me llamó la atención también la magnitud de la cobertura televisiva que tuvo el hecho. Nuestra prensa, tan acostumbrada a seguir el curso de la corriente, aun con solo un reporte noticioso, magnificó más de lo debido el lauro al incluir esa entrevista al autor del manual, no sé si para demostrarnos la veleidad e inutilidad de los esfuerzos y recursos que el país dedica a sostener una estructura editorial que, con pautas como esa, ya comienza a transmutar sus pies en barro.
Tras una breve indagación posterior supe que los libros seleccionados por el público fueron en realidad once, donde había presencia de trabajos realmente literarios, pero la TV decidió magnificar solo ese título.
Parece que las actitudes altaneras que no han faltado en nuestro gremio, como tampoco en el de los periodistas, ingenieros, investigadores, deportistas y otros, debe ser puesta a raya, de manera que las reducciones presupuestarias que hemos enfrentado y seguro sobrevienen, la opinión pública las valide en pos de un modelo de sociedad que no sería capitalista, ni falta que le haría, porque su capacidad autodestructiva de conciencia se basta y se sobra para dejarnos en el estado tonto del consumidor de aquellos productos culturales que hoy entontecen a quienes acogen la ligereza como patrón. Ejemplos sobran en las últimas producciones, soneras y no, de la televisión cubana.
Como en lo económico las medidas instrumentadas para todo el país no son muy originales que digamos, y se corresponden bastante con un espacio signado por la obtención de la plusvalía y el retiro de la subvención estatal a un buen número de programas culturales, nadie con mediano conocimiento las ve totalmente ajenas al tufo neoliberal que tanto daño y pobreza ha generado en el mundo. Contra ese argumento seguramente se puede argüir que esa supuesta plusvalía se redistribuye atendiendo a un criterio socialista, en busca de amparar a los más desprotegidos. Pero, cuidado, las trampas semánticas que desde esa supuesta fidelidad nos acechan no son pocas y todas tienen su costado falaz.
Nada tengo contra quienes elaboran ese tipo de libros, mucho menos contra ese "escritor" a quien ni siquiera conozco; mucho menos contra la editorial que lo publicó, donde trabajan colegas y amigos que aprecio, pero sí me opongo a que una institución cultural de tan trabajada y cuidada fecundación, como el Instituto Cubano del Libro, le haga juego a tal reducción. Me pregunto, devoto de la estadística-matemática, si la encuesta que condujo al resultado se instrumentó con el rigor que esa disciplina exige.
Aclaro que conozco valiosos casos de literatura elaborada en torno al hecho gastronómico, en específico en nuestra lengua. Bastaría solo recordar Epopeya de las comida y bebidas de Chile, de Pablo de Rokha, Canto popular de las comidas, de Armando Tejada Gómez, Como agua para chocolate, de Laura Esquivel o, en nuestro entorno más cercano Vino tinto y perejil, de Luis Cabrera Delgado.
La comida está presente en muchas de las mejores páginas de la cultura cubana, digamos en Lezama, o en el Guillén de "Digo que no soy un hombre puro", para poner solo dos ejemplos notables, pero en ninguna de ellas se desdibuja el oficio del escritor como elaborador de complejas y, por tanto, ricas propuestas estéticas. ¿Ocurre así con el libro premiado por el lector cubano en 2015? Si la respuesta a esta pregunta fuera positiva, yo retiraría todos mis cuestionamientos en torno al texto y al autor. Y hasta me regocijaría con ese segundo volumen que ya él mismo refirió se sentía "embullado" a preparar. Si la respuesta fuera negativa, igual aplaudiría la existencia de ese tipo de libros, pero pediría, tanto a la institución como a la prensa que, por favor, no mezclen en un mismo plato el arroz con la cañandonga.
Santa Clara, 6 de enero de 2016.
