Un Heraclito insular
Con el volumen de El libro de Heráclito editado en la colección Manjuari de Ediciones Union el matancero Leymen Pérez se consolida como un poeta de oficio y sensibilidad al que hay que tener en cuenta en el actual panorama de la lírica de la Isla.
En su singular modo de conjugar lo filosófico con la historia reciente y pasada de su país, Pérez nos entrega un poemario que, como bien ha dicho el escritor Antón Arrufat es “un libro de poesía, no un conjunto de poemas reunidos”
Y es que todos los aspectos esenciales de la cubanía son abordados por este autor desde un punto de vista singular sin grandes alardes tropológicos y con una demostración que rehuye la pedantería en su increíble capacidad para relacionar lo nacional con el acerbo de la cultura occidental siempre vinculado a sus inquietudes personales y sociales.
El dolor de no encontrar en su entorno esa patria de la que se siente heredero y de todas las vicisitudes que a través de la historia han atravesado a la nación así como su preocupación por encontrar un asidero en la unidad de las cosas a la que hacía referencia Heráclito, son tal vez las preocupaciones fundamentales de un poeta que dialoga con entidades supremas y se aferra a su condición pasajera para dejar un testimonio que supera el simple transcurrir de lo cotidiano.
“Estoy en la imagen sin imagen”, dice, y nos entrega unos textos en los que repasa de manera directa pero profunda todo el acontecer de esa “soleada cáscara” en la que Cuba es protagonista principal y donde los muertos y los exiliados “gotean” haciendo un “leve movimiento” que no es más que el constante fluir heracliteano.
El dolor, afirma, citando a Marguerite Duras, es una de las cosas más importantes de mi vida. Y partiendo de esa premisa todo el volumen desencadena en un grito desesperanzado que no es más que impotencia del mortal frente a su inevitable desenlace a la vez que una imposibilidad de transformar lo que para Leymen Pérez resulta ser un destino dictado por un Dios indefinido que aparece como una corriente subterránea en todas sus páginas.
El dolor—y lo cito—escribe su miedo y el poema. Mientras la omnipresencia de Heráclito recorre toda la naturaleza, ya sea real o metafísica infundiéndonos una sensación de lo efímero que resulta nuestra permanencia en los lugares que ha escogido el poeta para sufrirlos.
Dividido en cinco naturalezas que pudieran ser prescindibles pero nos documentan acerca de temas fundamentales como la muerte, la desesperanza o la tragedia del exiliado, Pérez ha construido un libro absolutamente original.
Sobre todo por ese vuelco de tuerca en que la cotidianeidad es parte de una fuerza mayor. No hay aquí una crítica social en su sentido más pedestre sino una búsqueda de las relaciones entre las aspiraciones y las posibilidades que para el autor son nulas o no dependen del individuo sino de un orden mayor.
Coincido con las palabras de Israel Domínguez que forman parte de la contracubierta del poemario.
Filosofía reciclada—afirma Domínguez.. y al mismo tiempo rechazada en lo circundante a partir de una experiencia muy personal y de la búsqueda cuidadosa de un lenguaje que legitime.
Poder de síntesis y capacidad de comunicación a pesar de las complejidades de sus planteamientos distinguen a El libro de Heráclito, una buena muestra de asimilación en cuanto a las lecturas y los referentes en los que tantas veces se apoya no por afán de imitación sino para interpretarlos.
Si Leymen Pérez continua, como espero, una carrera ascendente a partir de lo personalísimo de su voz, puede llegar a convertirse en un poeta muy sui géneris y que, a diferencia de muchos de su generación, utiliza la palabra más como un medio que como un fin para conseguir efectos reflexivos y conmovedores.
El nos demuestra que se puede llegar al alma del lector sin apelar a las sensiblerías ni a los falsos sentimentalismos de muchos postrománticos.
Recomiendo pues al lector un libro al que vale la pena acudir a pesar de su pesimismo y su trasfondo paralizador.
Editado por Heidy Bolaños Oliva
