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Los amigos de ahora, para entonces dispersos

Ricardo Riverón Rojas, 27 de enero de 2016

Rubén Martínez Villena, en su «Canción del sainete póstumo», mientras describe su propio –y entonces aún lejano– funeral, dibuja con notable vivacidad e ironía esa «asamblea costumbrista» que son los velorios en Cuba. En un pasaje de su excelente poema me interesa detenerme hoy, no para destacar los valores del ya ampliamente analizado texto, sino para introducir el tema, doloroso y menos cantado de lo que merece, de la dispersión de los amigos, que en el caso de Rubén seguramente acudirían a la circunstancia luctuosa:
 

Los amigos de ahora –para entonces dispersos

reunidos junto al resto de lo que fue mi «yo».

constatarán la escena que prevén estos versos

y dirán en voz baja: —¡Todo lo presintió!

 

Circunstancias más coyunturales que esenciales, con frecuencia ubican a los amigos no solo en locaciones geográficas nuevas sino también en espacios profesionales, poéticos, políticos, arquitectónicos, económicos, espirituales, emocionales, mediáticos, de signo diferente al compartido hasta entonces. Bien lo sabemos los cubanos. De la asunción de nuevas costumbres y nuevos (por lo general distintos) valores, se desemboca irremediablemente en el desvanecimiento de los códigos compartidos y su inevitable sustitución por otros, de donde a su vez se deriva la atenuación del sentimiento de complicidad que la desgracia o la alegría –sufridas o disfrutadas hombro con hombro– consolidaron.

Mi vinculación con la vida literaria en el variable entramado de cuarenta y un años, sumada a la coyuntura de mi presencia como líder en espacios institucionales y alternativos de aceptable operatividad –sobre todo en la provincia de Villa Clara– me ha permitido ver pasar frente a la puerta de mi tienda, no solo el cadáver de algunos enemigos y maledicentes (cadáveres políticos, cadáveres poéticos, cadáveres patéticos, cadáveres burocráticos), sino también la gracia, la alegría de muchos colegas limpios y fluyentes como los buenos versos, la rebambaramba de la fiesta donde tantas veces ellos y yo nos emborrachamos de palabras. También he visto, siempre con dolor, la mano que dice adiós porque se marcha a otro país, a otra ciudad, a otro oficio, no sabemos si para siempre. Y, últimamente, hasta el cadáver real, amargo y sin remedio, de algunos amigos. Triste privilegio venir de tan atrás, llegar hasta tan tarde.

De todas las lejanías que enfrentamos los escritores cubanos, una que en lo personal me lacera mucho es la que marcan los códigos políticos, que en el caso de los cubanos –amargo binarismo– se relaciona con la posición ante el devenir de lo que, indudablemente ha sido una revolución de larga, frecuentemente gloriosa y también conflictiva prevalencia. En ninguno de los dos extremos ha faltado la cuota de intolerancia correspondiente hacia quienes la lejanía y el tiempo convirtieron en "el otro".

La política enrareció muchas cosas de la vida cubana; una buena parte de los que viven  afuera enfatizan que el gobierno azuzó la desconfianza, el recelo, el dogma. Y algunos aún purgan su cópula de antaño con esos códigos, en significativos casos con el ingrediente adicional del extremismo. ¿O no recuerdan aquellos amigos de entonces, para hoy ya dispersos, el modo en que ellos mismos analizaron obras y figuras de principiantes basados la "necesidad" –extraliteraria– de hallar una expresión para la nueva época que se avenía con la revolución. O que simplemente cantaron loas a sus realizaciones. Yo sí lo recuerdo, y pienso que tienen el derecho de haberlo hecho y también de haber disentido de aquellas posiciones por razones que ellos sabrán, y que a mis ojos no los metamorfosea en seres indignos.

Atendiendo a lo anterior yo solo aspiro, en reciprocidad, a que opinen con similar indulgencia por nuestra permanencia en Cuba, o por la identificación con una idea que si bien el ser humano no ha conseguido activar a nivel de sociedad en una práctica totalmente funcional, si contiene suficientes elementos justicieros como para aspirar a realizarla.

Algunos de mis amigos de entonces, dispersos no solo en lo geográfico, afirman que los escritores que, por decisión propia o razones de cualquier otra naturaleza, nos quedamos a vivir en Cuba, somos peones del gobierno, tipos que venden diariamente su alma al diablo para conseguir unas pocas dádivas provenientes del poder. Lo afirman, y dicen "los escritores residentes en la Isla", así, al bulto, sin dejar ni un resquicio en su interior para considerar que muchos actuamos por convicciones y coincidencias de algunos postulados y procederes con las pautas humanistas que cada uno de nosotros hizo suyas y con las cuales responde a los apremios de la realidad. Y uno se pregunta si piensan así de ellos mismos cuando se autoanalizan y recuerdan, por ejemplo, la forma en que vivían su cotidianeidad como lo hacemos nosotros hoy.

Una buena parte de los más inquisidores fueron directores de revistas, editoriales, editorialistas, tribunos, funcionarios o directores de instituciones, y hasta comisarios políticos. Y publicaban en todos los espacios posibles cuando tal asunto era ventajoso. ¿Acaso fingían?, si así fuera, ¿a qué viene suponer que también nosotros lo hacemos? ¿Resulta moral atribuirle doble moral a otros cuando uno mismo la practicó? Lo que sí sé es que entonces a ninguno le parecía indigno hacer uso de esas ventajas, y solo cuando aquellos empleos perdieron toda su rentabilidad, y con ellos su glamur, tras la debacle de los noventa, ya lejos de estas costas una buena parte decidió que quienes siguiéramos trabajando como escritores seríamos unos lamebotas de los políticos.

Evidentemente, han leído poco de la poco complaciente literatura que en este lado se ha hecho; nos suponen aedas entonando hexámetros al rey. Con sus impugnaciones reproducen el esquema de intolerancia que dicen haber padecido, además de que, en el espacio territorial del victimario, se presentan como víctimas. La bancarrota de la retórica política del socialismo, corolario de su caída, le dio una segunda oportunidad a los gastados e ineficaces imaginarios discursivos de la libertad capitalista, que es sobre todo libertad para respaldar al poderoso y joder al desvalido; joderlo cada vez más, como demuestra el abismo entre ricos y desposeídos, cada vez más profundo por obra y gracia del neoliberalismo, hoy nuevamente con posibilidades de resurrección en algunos lugares de nuestro continente. Al amparo de aquel imaginario se nos reduce a la condición de miserables.

En Cuba, durante más de cuatro décadas, el único empleador fue el estado; ese era el diseño estructural de una sociedad que pensaba concretar sus realizaciones partiendo de la propiedad colectiva sobre los medios de producción. Principio asumido con extrema y miope ortodoxia, lo sabemos. O se aceptaba su papel de patrón o se buscaban los ingresos para la subsistencia en otro sitio. Pero esos otros espacios –lo sabemos también– solo nos reconocen (lo mismo allá que acá) si hacemos el juego a su política, como hicieron antes, en Cuba, quienes decidían destinos ajenos. Mis amigos de entonces, mientras estuvieron en Cuba, hicieron el juego a la maquinaria laboral del estado; mantener a la familia era la prioridad. Política por acá, política por allá, y en el medio los escritores.

Muchas veces me he preguntado, y pregunté a algunos de mis amigos, por qué dejar que la política fecunde o frustre relaciones de afecto que parten de otras zonas de la sensibilidad. Personalmente sostengo relaciones de amistad con colegas que residen fuera de Cuba, relaciones cálidas y cordiales, pese a que alguno se exprese, denotativamente, en contra de principios que he hecho míos. Nunca me ha interesado proferir expresión alguna que los denoste o los presente como vendepatrias, un calificativo de los preferidos por quienes, desde posiciones de poder, alguna vez  se lo endilgaron a todo el que se marchaba o se expresaba contra la revolución.

Creo que son pocos los escritores que, del lado de acá, en algún momento han usado esas diatribas, aunque algunos lo hicieran. Sé que se puede ser amigo en la diferencia, y que las diferencias se respetan. Y lo digo porque nuestra relación con un proyecto social como el que en Cuba se vive, para quienes lo hacemos dentro de sus fronteras, es un proceso de amor y reivindicación, donde los intelectuales siempre hemos dialogado de manera conflictiva con el poder y entre nosotros mismos, no sin riesgos, pero con la identificación de sentirnos –a veces muy en el fondo– unidos todos los cubanos por una tarea común, aunque el reparto de la mies no haya sido (y con los últimos ajustes lo sea menos) tan justa como expone la doctrina.

Si algún pecado real veo en mis colegas residentes en el país, es que demasiadas veces, en sus razonamientos críticos y panoramas, olvidan u obvian a quienes, aun viviendo fuera y con actitudes políticas hostiles, vienen haciendo una obra de valor. Habría que preguntarse cuándo y cómo comenzó el desencuentro, pero la realidad de hoy es que opera una lógica muy negativa que establece: "si tú dices que yo soy un adocenado, yo no hablo de ti cuando tengo el poder que me confiere esa crítica que pretende registrar la historia y la trascendencia". Hace mucho tiempo que los intelectuales de más peso, abandonaron las devaluaciones al estilo de "traidores", "apátridas", "neoanexionistas", aunque algunos discursos allende el mar propongan el modelo norteamericano como adecuado para nosotros, y entre nosotros se hayan expresado con suma dureza algunos "combatientes" de la palabra mientras otros practican el ninguneo.

La actitud más frecuente en la mayoría de mis amigos intelectuales radicados en Cuba es de fidelidad a los códigos de amistad y camaradería que nos unieron en algún momento. Las posiciones oficiales apuntan a la reconciliación, aunque los analistas más furibundos (que en su mayoría no son escritores) continúen a caballo por la manigua, llamando a la carga, con sus blogs anhiestos.

Empezamos un año que pudiera marcar el inicio de una nueva lógica como nuevas son las circunstancias. Esta lógica pudiera ser la de unirnos y apartarnos de cualquier manipulación. La mayor parte ya somos viejos y sé que cuando la muerte devenga espacio común y las geografías y los credos sean solo referencias ancilares, nuestras obras nos representarán, de mejor o peor manera, en el amplio panteón de una cultura donde cabemos todos, aunque quizás todavía algún trasnochado de los que nos sucedan siga alentado desencuentros y, con el recelo propio del que sabe que miente, más que en las coincidencias se atrinchere en las flacas y falsas diferencias.

                                                                                                    Santa Clara, 19 de enero de 2016.

 

 
 

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