Ramón Vélez Herrera y el colorido de su poesía

Se conoce que al menos tres de las composiciones poéticas de Ramón Vélez Herrera alcanzaron notoriedad en el siglo XIX. Nos referimos a “La pelea de gallos”, “El guajiro poeta” y “La flor de la pitahaya”. Leídas al cabo del tiempo conservan su gracia y frescura, elementos que hicieron de este bardo uno de los representantes distinguidos del llamado criollismo en la literatura cubana. Manejó el romance con soltura y se dice que cuando intentó otras formas de expresión o su poesía incursionó por otros senderos, perdió espontaneidad y autenticidad.
“Vida de poeta, intensa y laboriosa, fue la suya —apunta José Manuel Carbonell en su Evolución de la Cultura Cubana. Colaboró en casi todas las revistas y periódicos de la Isla, y en el Mensajero, que dirigía [José Antonio] Saco en Nueva York, adquiriendo rápida popularidad”.
Tales logros no son pocos para un poeta que se formó de manera autodidacta, en tertulias, mediante lecturas y que, no obstante, se relacionó con sus colegas más notorios en la Isla.
Cortando airosas los mares
vuelan las bellas piraguas
que a los combates conduce
el cacique de Bahama.
En el altar se arrodilla,
jura el guerrero venganza,
y su belicosa gente
se encamina a nuestras playas.
(…) Son los guerreros feroces
de las vecinas Lucayas.
(Fragmento de “El combate de las piraguas”)
Este habanero nació el 4 de marzo de 1808 y después de diversos estudios intentó el rumbo de la abogacía, que abandonó porque su vocación estuvo en las letras y los versos le rondaban por el pensamiento. Asistió a las tertulias de Domingo Del Monte y las de Ignacio Valdés Machuca. Su primer libro se publicó en 1833 y llevó por título Poesías, con buena acogida. Antes había visto la luz su "Oda al nacimiento de la Serenísima Infanta Doña María Isabel Luisa", cuyo género y título nos dan una idea clara del propósito laudatorio del autor.
Pero Valdés Herrera no se contentó con un solo libro. Después aparecieron Elvira de Oquendo, o Los amores de una guajira (1840); Los dos novios en los baños de San Diego, comedia en tres actos, (1843); Las flores del otoño (1849) y Romances cubanos (1856). Se le incluyó en antologías y una tragedia suya titulada Napoleón en Berlín, dividida en cinco actos (1839), fue prohibida por la censura. Además, dejó inconcluso su libro Flores de invierno.
Apodado El Vate por sus contemporáneos, a veces maltratado por la crítica pero aceptado por los lectores, de la activa vida literaria de este autor da cuenta además el hecho de que codirigiera la publicación Floresta Cubana.
Murió en La Habana el 9 de septiembre de 1886 y sin ser quizás uno de los imprescindibles de la literatura cubana, leerlo lleva en sí el deleite de transportarnos a otra época.
Rendirle este pequeño homenaje a la distancia de 208 años de su natalicio es saldar una deuda con la memoria.
Foto tomada de Internet
Editado por: Dino Allende
