Audacia y reflexión en La tienda de nadie
Tras la Feria Internacional del Libro en La Habana, los residentes de las demás provincias cubanas podrán estar felices por estos días, por la cantidad de libros de autores cubanos que han sido publicados para la infancia en esta ocasión. Entre ellos está la autora del texto que les presento, y a quien ya conocen de la página anterior: Elena Beatriz Corujo Morales, natural de Mayajigua, en el centro de Cuba, y residente en la Isla de la Juventud.
Procedente de los medios masivos de comunicación, sus relatos no dan margen al tedio ni por un momento: maneja una dramaturgia ágil y un sistema de personajes precisos y bien caracterizados. Igualmente gusta de hurgar en temas harto sensibles para el mundo infantil y juvenil, e incluso más allá, en compromiso brutal con la familia, la escuela y la sociedad: son sus protagonistas niños y adolescentes abandonados, descuidados por sus seres queridos, abusados o abiertamente rechazados.
En otras palabras, su literatura podría calificarse de hiperrealista, pero sin llegar a una hipérbole hiriente. Sí llama la atención a todas luces sobre asuntos que reconocen zonas de la sociedad cubana que abundan en pobreza, marginalidad y desidia, causadas por el comportamiento fallido del mundo adulto a cargo de los menores, ya sean los padres o cualquier otro integrante de la estructura social.
Sin embargo, no hay en sus letras alusión alguna a didactismos o críticas evidentes, tal parece que vemos una obra fílmica y no literaria. No solo la descripción de los escenarios sino el diseño de los caracteres, ofrecidos a través de una narración en primera persona que hace íntima y fuertemente compartida cada vivencia, cual un diario o una epístola, clavan en el blanco su preocupación, con la verosimilitud que rezuma cada una de sus historias.
Tales peculiaridades se encuentran presentes en su título La tienda de nadie, que obtuviera el Premio Internacional Libresa de literatura juvenil convocado en Ecuador, en el año 2013. La edición cubana correspondiente al 2015 posee ilustraciones de Dariel Martínez y su editora y correctora es Rebeca Murga. El diseño fue realizado por Ailín G. González para la editorial Áncora, del municipio especial Isla de la Juventud.
Es este un relato audaz acerca de la vida incierta de una adolescente de 13 años, de nombre Nadia, cuya situación de invisibilidad familiar y social traspolan su nombre hacia Nadie, como reconoce la chiquilla, dotada de una inteligencia natural sin cultivar que hará las delicias de este protagónico. La autora se complace en encarnar una vez más a una jovencita en ciernes cuya madre ha trastornado su vida tras la partida intempestiva de la figura paterna, siempre ausente, fuera de las fronteras nacionales, en ese lugar más allá de la frontera con México donde “hay carteles de colores y letreros en inglés”.
Hoy mamá se fue temprano. Nunca me dice a dónde va ni a la hora en que regresará. Cuando llega ese de la moto, el Trueno, mamá se vuelve como loca, se monta a la zanca y se pierde sin mirar para atrás. (…) Una vez mi mamá estuvo como cuatro días perdida. Al principio yo salía a buscarla por todo el pueblo, le preguntaba a la gente, lloraba y me daba mucho miedo, pero ya me acostumbré. No es que no llore, porque eso no se puede evitar, pero ya no le pregunto a nadie, porque la gente me mira así como diciendo pobre Nadia, pobrecita, y eso no lo soporto. ¿EL miedo? Igualito que viene se va.
La Corujo emplea varios recursos y figuras literarias interesantes en la conformación de la obra. No solo explota la deformación del nombre de la niña para identificar la médula de su problema, sino emplea la dilogía y una amarga ironía para identificar ciertas secuencias, como “el día en que me sentí Maravilla”, cuando este es el nombre de una perra callejera que busca su alimento en la basura.
Para paliar la historia de esta pequeña, Elena la sitúa paralela a la de un niño, Carlitos, que evoca junto a su abuelo el pasado de piratas y tesoros escondidos en la Isla que habitan, una vez llamada así, del Tesoro; también de Pinos y ahora de la Juventud. La situación del muchacho es muy distinta a la de Nadia: disfruta de una familia orgánica y funcional, de padres preocupados y abuelos atentos. En un momento de clímax; las dos historias se entrecruzarán con efectos distintos para cada adolescente.
Los personajes secundarios enriquecen y salvan el día a día de la muchachita. Caracterizados con fina pluma, ninguno constituye un arquetipo del bien o del mal, sino se presentan en sus más complejas e intrincadas reacciones y estilos de vida, o mejor aún, de sobrevivencia, para expresar más exactamente sus modos de existir, que abarcan una amplia gama de matices, desde la altiva dueña de la cafetería, los vecinos pudientes y emigrantes, los buscavidas nobles y los caracteres francamente delincuenciales.
El grupo de amigos y compañeros de la protagonista se abre de igual manera en un abanico de personalidades, ninguna perfecta ni esquemática en su concepción.
El final, siempre sorprendente, hará reflexionar a los lectores adultos, y a los menores les ofrecerá un respiro ante el drama humano de la carismática joven. Como siempre, ganará la solidaridad y la bondad a pesar de amargas sorpresas de última hora.
No se le reprocha a Elena un cabo suelto, pero sí un final lo suficiente y positivamente abierto como para agradecerle la emoción, el misterio y la esperanza.
