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El ciclo monótono y preciso de siempre

Alberto Marrero, 30 de marzo de 2016

"En la rutina interminable" es el título del breve relato que hoy ofrezco a los lectores de este espacio. Su autor es el poeta y narrador Daniel Díaz Mantilla (La Habana, 1970), cuya obra ha sido reconocida con importantes premios como el Alejo Carpentier 2014 en el género de cuento ,con su libro El salvaje placer de explorar (galardonado posteriormente con el Premio de la Crítica Literaria). La historia es, aparentemente, simple: un narrador personaje nos describe una ciudad con sus semáforos, charcos recientes en la calles, paredes grises de polvo y hollín, mercados de verduras, flujo de transeúntes hipnotizados por el  “estrés de la existencia”, parloteos en las esquinas sobre temas ocasionales como la derrota del equipo nacional en la serie mundial de beisbol. En fin, el ciclo monótono y preciso de siempre, según el narrador. De pronto, un grupo de personas altera la rutina cotidiana y se refugia en una vieja iglesia a esperar el fin del mundo. Eso se sabe al cabo de los días, gracias al rumor de la gente, a la especulación que suele circular de boca en boca cuando la prensa no divulga la noticia, no explica qué sucede dentro de esa vieja iglesia de paredes renegridas que la lluvia a veces se encarga de limpiar un poco. La policía acordona el recinto sagrado y a las preguntas de los curiosos responde que se trata de una actividad cultural. La mujer del personaje que cuenta la historia es una de las que pregunta. Pasa el tiempo y la supuesta actividad se prolonga más de lo habitual. La gente sospecha que hay algo más. Un día se levantan las barreras y los uniformados abandonan el sitio. Dudoso, nuestro personaje entra en la iglesia. “¿Qué había sucedido en realidad? ―volvía a preguntarme―, ¿quiénes eran esas personas?, ¿qué sabiduría o qué misteriosa locura colectiva los había empujado a aislarse así, contra todo argumento y a pesar de las presiones unánimes?”

He aquí una apretada sinopsis del relato. Un lector perspicaz captará de inmediato la precisión del lenguaje, la acertada estructura de la narración y, sobre todo, las capas de sugerencias que el texto contiene, matizadas por una  mirada crítica sobre la realidad ─que el autor no contextualiza ni creo que le interesara hacerlo─ y ciertas insinuaciones de orden filosófico en torno a la existencia humana, entre las que destaco la duda como recurso digamos epistémico y eso que los antiguos romanos llamaron tedium vitae. “Como siempre. Todo volvía a ser como siempre, aunque ese «siempre» fuese una extensión ambigua de tiempo, porque si alguna vez las cosas habían sido distintas, nadie ya lo recordaba: «siempre» era justo ahora, un largo e imperturbable «ahora» que podía llamarse lunes o jueves, otoño o primavera, pero que a fin de cuentas seguía siendo lo mismo”, piensa el narrador. Vislumbro otros significados que no devalaré para que el lector se incorpore también al análisis del relato que le propongo en esta ocasión.

Díaz Mantilla es un escritor que incursiona con notable éxito no solo en el cuento, sino en la novela, el ensayo, la crítica literaria, la poesía y la edición. Es Licenciado en Lengua Inglesa, miembro de la Uneac, jefe de la redacción de poesía del Ediciones Unión y editor de de la revista literaria La Letra del Escriba. Su obra abarca títulos como Las palmeras domésticas y en-trance (Narrativa, Casa Editora Abril 1996 y 1997) , Templos y turbulencias (Poesía, Ediciones Unión, 2004), Regreso a Utopía (Narrativa, Editorial Letras Cubanas, 2007) Los senderos despiertos (Poesía, Ediciones Matanzas, 2008), El salvaje placer de explorar ( Editorial Letras Cubanas, 2014), entre otros.
 
 
        
 
 
 
                                En la rutina interminable
 
                                 Daniel Díaz Mantilla
 
La gente iba y venía con su prisa habitual. El semáforo alternaba sus luces siguiendo el ciclo monótono y preciso de siempre. Los autos se detenían unos segundos en la esquina para continuar su marcha calle abajo hacia el mar, calle arriba hacia el interior gastado de la urbe. Todo era otra vez como antes. Sobre los charcos recientes el otoño traía nuevas lluvias y, junto al pobre mercado de verduras, el viejo edificio de la iglesia perdía con cada chubasco parte del hollín acumulado en los largos meses de sequía. Sus paredes seguían siendo grises, casi nulas ante la vista de los transeúntes que pasaban a su lado, hipnotizados por el estrés de la existencia.

Como siempre. Todo volvía a ser como siempre, aunque ese «siempre» fuese una extensión ambigua de tiempo, porque si alguna vez las cosas habían sido distintas, nadie ya lo recordaba: «siempre» era justo ahora, un largo e imperturbable «ahora» que podía llamarse lunes o jueves, otoño o primavera, pero que a fin de cuentas seguía siendo lo mismo: la avenida acaso más agrietada, los transeúntes más arqueados por el peso del sol a sus espaldas, los autos más o menos humeantes ante el ciclo monótono y preciso del semáforo. Pero «siempre» era también «nunca», un lapso prescindible de la vida, sin devenir, sin consecuencias notables, un tiempo hueco que caería fatalmente en el olvido con todo y sus habitantes ―esos seres pusilánimes y anónimos, máscaras sin tuétano ni voluntad, millones―, sin que se le echara en falta, sin que un atento historiador en el futuro lo advirtiera. Siempre era nunca, una trampa de inmovilidad, o al menos así pensaba yo, hastiado.

De cuando en cuando, casi por accidente, alguien alzaba la vista hacia las puertas cerradas de la iglesia y por un momento volvía a recordar los días anteriores. Pero eso era todo. Ya habían olvidado. Ya habían encontrado otro «acontecimiento» del que ocuparse, algo nuevo y efímero también, un breve aliciente para el tedio de sus charlas, hasta que el hastío volviera a dominarlos. Ahora el tema era la derrota del equipo nacional de béisbol en la copa del mundo, mañana sería la guerra en el Oriente (un Oriente que no por medio era menos lejano), después quién sabe. Siempre habría algo de que hablar, una noticia, un matiz en la rutina interminable.

Unos meses atrás, sin embargo, el tema había sido ese viejo edificio, sus puertas cerradas, las personas que se aislaban tras los grises muros para esperar el fin. El fin estaba cerca, era inminente, o al menos eso decían ellos, los escasos feligreses cuya cifra, no obstante, pareció inmensa por lo inusual y drástico de su decisión. Vendieron sus casas, sus autos, sus muebles. Compraron comida suficiente y entraron a la iglesia, serenos, mudos, trayendo en sus maletas lo imprescindible, convencidos de que al sonar la hora última Dios los recibiría con piedad en su reino. Eso dijeron o, al menos, eso dice la gente que dijeron, porque la prensa y la televisión ignoraron sistemáticamente el asunto, divulgando crónicas intrascendentes sobre un hoy otoñal, lluvioso, indiscernible en el continuum del tiempo: un hoy que era siempre.

Cuando la noticia se supo, cuando el manso río del tedio desbordó en versiones sobre el «acontecimiento» y los transeúntes empezaron a detenerse frente a la vieja iglesia, el semáforo perdió su ritmo. Fue algo casi automático, un parpadeo amarillo en la intersección de las avenidas, una leve contrariedad para los automovilistas, que hicieron sonar sus cláxones con insistencia. Pero casi enseguida la policía llegó, cerró las calles en un amplio perímetro alrededor, y colocó sus cintas de plástico entre la puerta cerrada y la gente que se acumulaba afuera.

Esa tarde, de regreso a casa y sorprendida por el tumulto, mi mujer preguntó qué sucedía. Un agente del orden le explicó amablemente que era una actividad cultural y ella siguió su camino, más tranquila, aunque era obvio que el agente no decía la verdad. Pero la verdad, a esas alturas, era ya un haz de variantes más o menos absurdas que la gente pulía entre dientes, todavía aglomerados junto al cerco policial.
Esa noche, de regreso a casa y sorprendido por el tumulto, pregunté qué sucedía. Una señora me explicó amablemente que el fin estaba cerca y yo seguí mi camino, más tranquilo.
Durante varios días el cerco continuó. Los autos lujosos de los oficiales entraban y salían del perímetro. La policía trajo grúas, barreras, y bajo la fría lluvia otoñal comenzaron a pesar en sus cinturones los garrotes y los atomizadores de gas pimienta. En las noches los chalecos lumínicos brillaban a la luz parpadeante del semáforo, y al amanecer, con el cambio de guardia, los charcos se agitaban bajo las botas húmedas.

Mi mujer y yo pasamos cada día junto al cerco, pero no insistimos con preguntas. Sin duda, la actividad cultural se extendía más de lo común y el fin no estaba tan cerca. Además, varios carros de las brigadas especiales se habían apostado en sitios estratégicos y en esos casos la curiosidad suele matar a más de un gato. Lo aconsejable era esperar, disfrutar el aire fresco del otoño y ver cómo menguaba poco a poco el grupo de observadores.
No recuerdo si fue un lunes o un jueves, pero un día el «acontecimiento» dejó de existir. Fue así: los curiosos desaparecieron, el cerco terminó, las luces del semáforo retornaron al ciclo monótono y preciso de siempre. Con una leve sorpresa mi mujer y yo salimos a la calle y constatamos que todo volvía a ser como antes. Un poco fastidiados por el subrepticio regreso de la rutina, seguimos nuestro camino.
Meses después, nadie recordaba ya lo sucedido. El otoño avanzaba lento con su lluvia y su frialdad. Los autos se detenían unos segundos en la esquina para continuar su marcha calle abajo hacia el mar, calle arriba hacia el interior gastado de la urbe. La gente pasaba frente al viejo edificio sin siquiera alzar la vista. Algunos comentaban eufóricos la derrota del equipo nacional de béisbol, otros quién sabe. Yo volvía a casa cansado y, por accidente, vi las puertas entreabiertas de la iglesia.

Entré sin pensarlo, sorprendido por el hecho de que nadie hubiese notado antes ese cambio. Empujado por una curiosidad repentina e irracional, atravesé a grandes trancos la nave hasta el ábside. Estaba tenso y despierto, seguro de que al fin podría ver más allá del rumor y la mentira un pedazo de verdad, un pedazo minúsculo tal vez, pero que, sin duda, iluminaría ante mí una arista esencial de aquel hecho que ya la desidia de la ciudad comenzaba a borrar. «¿Qué había sucedido en realidad? ―volvía a preguntarme―, ¿quiénes eran esas personas?, ¿qué sabiduría o qué misteriosa locura colectiva los había empujado a aislarse así, contra todo argumento y a pesar de las presiones unánimes?»
Una fina capa de polvo cubría el altar donde la llama diminuta de un cirio vacilaba aún, ahogada en parafina. La nave principal estaba desierta, no había en ella el menor rastro de los feligreses que durante meses se enclaustraron tras sus muros. Sólo esa llamita minúscula rodeada de penumbras, frágil, casi oscura, que se apagó de golpe ante mis ojos. Busqué en los transeptos y en la planta superior pero no vi a nadie. Todo había ocurrido hacía pocos minutos, era evidente, pero yo había llegado demasiado tarde.

Volví a salir, decepcionado, dudando, tratando de encontrar en toda aquella historia algún sentido. Bajo la fría llovizna de la tarde atravesé despacio la avenida y me fui a casa, todavía tenso y ansioso, preguntándome si acaso Dios había venido a recoger a su rebaño: «Quizás ―me dije― aquellos ariscos feligreses habían tenido razón y el fin había llegado mientras nosotros, atrapados aún en la ilusión del día a día, presos sin saberlo en la rutina interminable, jamás nos dimos cuenta».
«Soy un tonto», pensé luego y abracé a mi mujer, como todas las tardes.
 

 

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