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Poesía de Georgina Herrera

Roberto Manzano, 29 de marzo de 2016

Cuando se lee la poesía de Georgina Herrera se tiene la impresión de que se está frente a una representación comunicativa que está más allá de la literatura. Hay un trasunto, un temblor, una derechura de lenguaje, un sacudimiento humano, que no admite detenerse en alambicados exámenes o en florituras hermenéuticas.

Lo que uno consume con una rara complicidad, con un secreto emparejarse de la vehemencia, es experiencia pura, es un cuajo sintiente, es un ser humano que se vierte íntegramente con las palabras que le ofreció la existencia, y que declara haber vivido profundamente, con la elocuencia que posee lo que ha atravesado el desamparo.
 

Haber vivido la miseria, la humildad, la gloria del humo, la grandeza de la memoria, la lobreguez del olvido, la preterición de la marginalidad racial, la principalía del espíritu poético desnudo, satura su palabra para siempre con una solemnidad, una sencillez y una ternura que no tiene muchos paralelos en la poesía cubana de todos los tiempos. 

                                                                                            Roberto Manzano

 

Georgina Herrera nació el 23 de abril de 1936 en Jovellanos, Matanzas. Es poeta y guionista radial. Ha publicado, entre otros, los siguientes libros de poesía: G. H., Ediciones El Puente, 1962; Gentes y cosas, Ediciones Unión, 1974; Granos de sol y luna, Premio UNEAC de Poesía Julián del Casal 1977, Primera Mención, Ediciones Unión, 1978; Grande es el tiempo, Ediciones Unión, 1989; Gustadas sensaciones, Ediciones Unión, 1996; Gritos, La torre de papel, Coral Gables, Florida, Estados Unidos, 2004; África, Ediciones Matanzas, Matanzas, 2006; Gatos y liebres, Ediciones Unión, 2009. Aparece en innumerables antologías de la poesía cubana, dentro y fuera del país.

  
 

 

ANAISA

 

 

Años (dos) atrás

a esta hora,

recién

nacida eras. Yo

cuando aprendí tu llanto

y vi tu cuerpo

—verídico juguete—

luchando entusiasmado

por separarse de mi vida.

Se repitió el asunto

antiguo y cotidiano

de la hoja

sacudida y llevada por el viento.

Eso era yo.

Temblaba

de tanto gozo... Ahora

representas, mi diosecilla,

el más pequeño modo

del total equilibrio y la grandeza;

porque ríes

y veo perderse

tus inexplicables ojos orientales,

inmensos dientes de conejo

se agolpan retozando entre tus labios.

Te miro

con mi habituada forma silenciosa

como quien busca cosas imposibles,

porque en nada

puedo hallar las palabras

por las que sepas

que, hace dos años, a esta hora

tú llorabas, recién

venida al mundo, para

que me aprendiera

definitivamente

a manejar la dicha y la agonía.

 

 

 

 

FELA

 

 

Te pusimos

el más alegre vestido de salir, encima

de aquel antiguo camisón que usabas

diariamente, desde el fondo

de una gaveta del antiguo armario.

No hubo pasión. Los mínimos detalles

fueron salvados sin lamentos,

pero,

a cada uno el corazón...

Ésa es la cosa. El corazón

de cada uno

se fue doblando en su lugar

mientras te vestíamos y te amábamos

aquel domingo de septiembre.

Miento

al decir «te amábamos».

Te amamos

del modo que tú sabes. Viéndote

batir la masa de algún dulce,

o con los labios abiertos

al consejo y a la risa.

Ahora, mira

las cosas cómo pasan

enlazadas al tiempo.

Idénticas

a dos manos sobre el pecho.

Así,

como las tuyas sobre el tuyo.

Te decía

que así las cosas pasan. Resulta

que es septiembre otra vez.

Sin embargo, el día

anterior a aquel no se repite

aunque estemos a nueve.

Estas son las cosas que no entendiste nunca

y lo decías constantemente,

tal vez tratando

de que a nosotros

no nos sucediera igual contigo.

Oye,

hoy anduve en tus cosas.

A través del olor, sentí

tu cuerpo

prendérseme a la cara. Entonces

dejé la casa por barrer, y el agua

escapándose a chorros, para hacerte

este montón de palabras, que,

estoy segura,

te harán sentir como si aún vivieras.

 

 

 

 

MAMI

 

 

El día es propicio

para salvar distancias.

Hasta las nuestras.

Por eso, te llamo

con un apodo familiar y antiguo.

 

Puede

empezar ya en ti el asombro, desde

el sitio en que estás, por estas

cosas que vas a oír.

¿Cómo pudo existir tan grande espacio

entre las dos? ¿Cómo

vivimos tantos años, sin que nada

fuese a ambas común?

Ahora

es que puedo entender. Y te agradezco

el desamor, la angustia,

el desamparo. Y

la total ausencia de esa sustancia

elemental que me hace

vivir sin nadie, en medio

de mil manos, deseando

una mano que impida

mi perenne caída inevitable.

 

 

 

 

DUDA

 

 

¿Quién me dará, prestados,

su cabeza,

sus pies, su corazón,

su cuerpo todo y sus dos brazos,

para

este largo viaje del retorno?

Y luego, estando

ya en el sitio,

¿quiénes

me prestarán sus manos,

sus pañuelos, todas

las vasijas del mundo

cuando

me den la salobre bienvenida

tantas lágrimas viejas?

 

 

 

 

A MODO DE FORTUNA

 

 

Mis dos hijos, recuerden:

La Alevosa, Dueña del Sueño Artero,

no descansa en su acecho. Temo

no ser, de pronto, un día,

este amoroso animal del que son dueños

primeramente ustedes,

sucesivamente el arcoíris,

las tardes como ésta, el río,

los relámpagos...

Cuando

la que Juega Conmigo y Gana Siempre

llegue por fin, lloren con ganas.

He padecido

de amor irremediable hacia la vida.

Ahora, a modo de fortuna,

granos de sol y luna, entremezclados,

para el más bello atardecer les dejo.

 

 

 

 

CARTA A CÉSAR VALLEJO

 

 

¡César, a mis dos hijos

usted los tiene echados a perder!

Se comen el azúcar,

la derraman. Resultan

magos en eso

de desaparecer el chocolate;

la leche condensada dura menos

que un relámpago, y el cuarto

en que vivimos

es un montón de dulzura derramada.

Y yo, Vallejo, viéndolos

y al mismo tiempo, así, acordándome

de aquel poema suyo sobre cuando
se le hizo imprescindible

robar un poco (no recuerdo si de azúcar

o qué otra cosa por el estilo).

Digo, César, cuando pienso en esos versos suyos

y los uno en la memoria al día

en que recibí una tremenda

entrada de chancletazos

sólo porque

se untaron mis dos manos con un poco

de la escasísima leche de mi casa.

César Vallejo, todos los recuerdos

los apretujo, queriendo

hacer de este corazón una latente

gota de mermelada, un grano mínimo, sangrante

de caramelo, para

que mis dos hijos lo devoren.

En fin, Vallejo, no sólo echa

usted a perder a mis chiquillos

sino que me transforma,

a pesar de los años,

en un montón pequeño de sustancias, dulcemente

a punto ya de deshacerse.

 

 

 

 

GRANDE ES EL TIEMPO

 

 

Grande es el tiempo a transitar

como un camino

si de las penas partes, yendo

hacia la dicha.

Y llegas y te instalas, pero

no permaneces; vuelves, irremediable,

al primer sitio, cual si fuera

el de tu origen, donde

algo perdiste y buscas incansable,

pero

no sabes qué.

 

 

 

 

ÁFRICA

 

 

Cuando yo te mencione

o siempre que seas nombrada en mi presencia

será para elogiarte.

Yo te cuido.

Junto a ti permanezco, como el pie

del más grande árbol.

Pienso

en las aguas de tus ríos y quedan

mis ojos lavados.

Este rostro, hecho

de tus raíces, vuélvese

espejo para que en él te veas.

En mi muñeca

vas como pulsa de oro

—tanto brillas—; suenas

como escogidos cauríes

para que nadie olvide que estás viva.

Todo sitio al que me dirijo

a ti me lleva.

Mi sed, mis hijos,

la tibia oleada que al amor me arrastra

tienen que ver contigo.

Esta delicia de si el viento suena

o cae la lluvia

o me doblegan los relámpagos,

igual.

Amo esos dioses

con historias así, como las mías:

yendo y viniendo

de la guerra al amor o lo contrario.

Puedes

cerrar tranquila en el descanso

los ojos, tenderte

un rato en paz.

Te cuido.

 

 

 

 

EL PÁJARO AMARILLO VUELVE A LA RAMA VERDE

 

 

Ha regresado

el pájaro amarillo.

Tendido

más que posado está sobre la rama verde.

Semeja un cajigal que trina y se alza

desde uno a otro sitio.

El pájaro amarillo es una flor insólita,

un sol que se estremece

y cabe entre mis manos.

Deja en mí,

no sé por qué, este pájaro,

un gozo inacabable.

Suave, entonces, me llenan unas ganas grandes

de verlo así: posado siempre sobre

la tristeza de todos, como

está ahora,

en mi corazón,

y allí, en la rama verde.

 

 

 

 

DÉCIMAS

 



                                  Con tal vez de volver a nacer, y en Cuba, aunque sea de romerillo.

                                                                     Onelio Jorge Cardoso.

 

 

¿Por qué canta la tojosa

si nunca ha estado contenta,

y no se posa, se sienta

sobre vicarias, dichosa?

¿Y por qué la mariposa,

como de flores vestida,

bate sus alas, tendida,

coloreando el campo abierto?

Si hasta se habla de un muerto.

¿Quién ha perdido la vida?

 

«Ha muerto un bicho del monte».

En hojas de yerbabuena

ya recibe la azucena

telegrama del sinsonte.

Mientras, por el horizonte

crece la tarde radiosa

dorando de sol la rosa.

Señores, menos entiendo.

La muerte es un mal tremendo,

universal flor odiosa.

 

La pajarita, cantando

explica, como si fuera

el cuentero que naciera

en Calabazar, contando:

Su violín iba afinando

cuando la muerte, de pronto

a don Grillo, como a un tonto

lo sorprendió. Así le dijo

suavecito, como a un hijo:

—Montas primero, o yo monto?

 

Contento, monta primero

don Grillo, rabia la muerte

ante la osadía fuerte

de aquel bicho parejero.

Ya suben por un sendero

hecho de malva y tomillo.

Triste la muerte, y don Grillo

contento a más no poder.

¡Que en Cuba él vuelve a nacer

aunque sea de romerillo!

 

 

 

 

MUERTE DE JESÚS

 

 

Mi padre irrumpe en la cocina.

Su cara tiene ese color del negro

que se ha muerto o está repleto de tristeza.

Sobre la noche de su cara, esparce

su color lamentable la ceniza.

Mi madre, su mujer, continúa

en la costumbre antigua

de no hacer preguntas, pero

mi padre, por algo, la conoce.

Ella quiere saber.

«Es que han matado a Jesús».

Calla. No dice más. Mi madre

mueve de un lado a otro la cabeza.

Ella tampoco dice nada.

Por una hendija en el fogón, mis ocho años

van extrayendo la ceniza,

hierven aún las más recientes, pero

muy junto al corazón, una ceniza

más áspera me quema.

«La FNTA hará algo», dice

mi padre y sale. Ella,

luego de la consternación, como si esto

fuese también costumbre vieja, sigue

moviendo de un lado a otro la cabeza,

así, de un modo, como

si todos fuésemos ya huérfanos.

 

 

 

 

ÚLTIMA CANCIÓN DE AMOR

 

 

Mejor que los razonamientos sobre

costumbres o renuncias,

sería el olvido.

Porque doy vueltas al amor y hablo

de sus pesares y su dicha.

Repito:

doy vueltas al amor.

No lo toco ni lo menciono.

Y el amor eres tú y estás ahí,

y te comparo a todo.

Al cabo, te nombro

único alimento para mi ternura.

Y el comienzo otra vez; sólo que ahora

no rodeo al amor, lo llamo

y grito: —Amo

a un pobre ser que es mi enemigo, únicamente

porque no perdona

la fortuna de este amor

que no le sirve ya de nada.

Pero en fin, no es válido razonar

cuando la sangre

acomete al corazón, lo derriba

gloriosamente.

 

 

 

 

DUELO ÚNICO

 

 

¿Qué roce hecho consuelo, qué palabra

alguien pondrá en mi oído?

He quedado sin cielo.

Señor...

Estoy temblando y no hace frío.

A montones caerán sobre mi pelo,

confundidos,

como una flor irrepetible,

la ceniza y el lirio.

¿Alguien sospecha la medida de este duelo

si es mi beso más alto el que ha caído?

 

 

 

 

EVA

 

 

Adán

ocioso y solitario, anda,

desanda y vuelve a andar,

ese primer sitio inventado para vivir

llamado Paraíso.

También ociosos, los viñedos, lentos

gotean su miel que nadie toca y envejece.

Por hacer algo

la bebe Adán, y en el bochorno

de la tarde que la lluvia envuelve

se echa a dormir.

Y sueña.

 

Un sueño largo, espeso

cual la llovizna de ese atardecer

le impide

ver cómo llega esa mujer primera.

 

Eva viene

quién sabe de qué sitio,

se tumba junto a él precisamente;

va a hacerse la costumbre

de nunca más estar tan sola.

 

Descansa

a un costado de Adán,

de ése que duele

porque sobre él pasó el sopor del vino

ajeno a ese prodigio que es el agua.

 

Ella no es magia ni milagro:

es, simplemente,

una mujer que disfrutó la lluvia

viéndola descender, mojando en ella

sus manos y su pelo, en el que puso flores

húmedas y llega ahora

atravesando el arcoíris.

 

Adán despierta,

la ve preciosa, cree que sueña,

que ha salido de él,

pregunta

a Dios, su cómplice, y ambos

la intuyen poderosa

más que ellos dos. Temen

y ajustan la mentira.

 

A Eva no le importa. Y pasa

el tiempo, tanto

que Dios y Adán y todos

cuantos llegaron después creyeron

la falsa historia.

 

Rueda la historia

contada por Adán a su manera, dice

que desnuda la extrajo

de su costado, cuando

en verdad llegó vestida

de cielo, tarde y cantos de mil pájaros.

Vuelve a pasar el tiempo,

tanto…

Adán respira hondo, hincha

su pecho, extiende

sus dos brazos

con la seguridad de quien sostiene

al mundo por sí solo, llama a Eva

para que escriba con menudos trazos

una versión novísima de aquel suceso.

Ella, entonces, piensa:

«Es hora ya

de que este hombrecito cuente

sus costillas, sepa

que están intactas».

 

 

 

 

AMOR, YA EN LA MEMORIA

 

 

Una vez, en el estrecho

cauce de mis venas

se juntaron

cielo y tierra, como

en ese punto marino, en la distancia

que nos sobrecoge.

Hubo de todo: sacudimientos

de volcanes disímiles,

luces

crujientes, desgarrando

la constelada noche de mis sueños.

Hubo

lluvia también, y un mar

violento, ríos

como antiguas serpientes.

Luego, todo

fue tranquilas flores,

rocío. Sucesos

de ayer ayer.

Hoy busca la memoria y sólo encuentra

cráter de luna.

 

 

 

 

EL MILAGRO QUE SOMOS

 

 

Tú y yo somos

un milagro.

Puro milagro del señor si existen

él y los milagros.

Porque para que haya pasado

el tiempo de este modo

sobre los dos,

para que el tiempo se interponga

y como increíbles manos

nos aparte derribándonos,

dejándonos asombro solamente...

para que el tiempo haya pasado

convirtiéndonos

a mí en esto que es tan triste

y a ti en polvo,

digo otra vez, ya afirmo: somos

puro milagro del señor.

 

 

 

 

SEGUNDA VEZ ANTE UN ESPEJO

 

                                        (Hoy es mi cuerpo, al cabo de los años)

 

 

Desnuda.

Algo como de escarcha cierra los cauces

de mi piel. Busco

lo que pueda ampararla; rápida

cruzo ante el espejo

como la misma luz, en tiempo

que de tan breve no podrá medirse.

Pero queda clavado entre mis ojos

el retrato de lo que soy.

Me asusto, ya después, me acepto.

Intacto

está en mi cuerpo un tiempo

de lejano esplendor.

Donde hubo gloria

nada estará vencido, y, siendo así,

mis manos se concilian

con lo que palpan, cuando

lo toco, agradecida.

Reconozco

del vientre ancho, movedizo,

el sitio de todos los milagros del amor.

Siempre

el amor, mandando, recibiendo

códigos para mí sola. Era

entonces mi vientre

sustancia sideral enloquecida,

cera, barro, mármol diluido

en fuego de aguas

para moldear planetas.

Sobre él soplaron

bocas como vientos

y fue encrespada polvareda,

pétalo temblando y sin destino.

Y mis pechos así, tranquilos, casi

humildes, sin oficio,

mis hacendosos pechos de hace tiempo,

trasladando lo mismo

la blanca miel del alimento

que siendo música al tensarse como cuerdas.

Pechos panal para la miel de aquellas

indefensas boquitas ávidas,

pechos abejas aguijoneando

en un vuelo fatal inevitable...

Pechos, vientre, cuerpo sin rostro.

Cuerpo. Así trunco es un paisaje

crepuscular, nocturno, amaneciendo.

Siempre paisaje

que va y regresa,

que termina y comienza donde

ha buscado refugio el obstinado,

el que era entonces tambor, batiendo,

convocándose a guerras que inventaba.

Sí: el corazón, que pide paz ahora.

 

 

 

 

EL TIGRE Y YO DURMIENDO JUNTOS

 

 

El tigre tuvo sueño,

se echa junto a mí, se duerme

como un regalo inusitado; tiendo

la mano y lo acaricio.

Dichosa es esta mano que se pierde

entre el dibujo de su piel.

Me arrimo aún más.

El tigre es tibio y manso. Pego

mi oído a su corazón.

Apenas late. ¿Cómo

puede ser tan pausado

el corazón del tigre?

Entre él y yo no hay selva,

tempestad ni miedo;

ninguna distancia nos separa.

Respira suave, huele

a cerezas el aliento

de este animal que amo y cuido.

Ahora se mueve; vuélvese

al otro lado, no despierta,

pero temo

que el sueño acabe.

No el del tigre, el mío.

 

 

 

 

MUCHAS, MUCHAS VENTANAS

 

 

En la casa que necesito para vivir

sólo quiero una puerta

pero, muchas, muchas ventanas.

Para irme y llegar de cualquier sitio

con una puerta basta,

pero... ¿cómo

estar pendiente de la lluvia,

de lo que puede el viento,

del dibujo de luz que, a su capricho,

trazan

los relámpagos,

del pájaro que llega y se detiene

con mensajes-turquesas en sus alas?

Necesita mi casa

muchas,

muchas ventanas.

 

 

 

 

DIOS DE MI CASA Y DE MI SANGRE: OLOFI

 

 

Familia negra en la que no hubo

mezcla alguna:

negros los ojos, la piel, el pelo duro;

y el alma, pura,

casi salvaje, porque

el origen era la selva.

Hablo de los que me antecedieron.

¡Qué pobreza de hogar!: en las paredes

sólo un retrato. Colgaba un Cristo rubio,

impuesto

sobre la piel a quemaduras

desde quién sabe cuándo.

Y así, las cosas

no entran o entran mal.

Pero a ese pobre hubo que amarlo,

nos daba pena verlo

no sabiendo qué hacer: si bendecirnos,

morir de nuevo o huir.

Éramos, somos buenos, así que

casi por lástima lo aceptamos,

lo dejamos así, en su sitio eterno.

Pero en la sangre, a su albedrío,

frenando potros o soltándolos,

fundiendo soles, apretando lunas,

saliendo, entrando y, como el viento,

nunca tranquilo,

un solo rey universal: Olofi.
 

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