Poesía de Georgina Herrera
Cuando se lee la poesía de Georgina Herrera se tiene la impresión de que se está frente a una representación comunicativa que está más allá de la literatura. Hay un trasunto, un temblor, una derechura de lenguaje, un sacudimiento humano, que no admite detenerse en alambicados exámenes o en florituras hermenéuticas.
Lo que uno consume con una rara complicidad, con un secreto emparejarse de la vehemencia, es experiencia pura, es un cuajo sintiente, es un ser humano que se vierte íntegramente con las palabras que le ofreció la existencia, y que declara haber vivido profundamente, con la elocuencia que posee lo que ha atravesado el desamparo.
Haber vivido la miseria, la humildad, la gloria del humo, la grandeza de la memoria, la lobreguez del olvido, la preterición de la marginalidad racial, la principalía del espíritu poético desnudo, satura su palabra para siempre con una solemnidad, una sencillez y una ternura que no tiene muchos paralelos en la poesía cubana de todos los tiempos.
Roberto Manzano
Georgina Herrera nació el 23 de abril de 1936 en Jovellanos, Matanzas. Es poeta y guionista radial. Ha publicado, entre otros, los siguientes libros de poesía: G. H., Ediciones El Puente, 1962; Gentes y cosas, Ediciones Unión, 1974; Granos de sol y luna, Premio UNEAC de Poesía Julián del Casal 1977, Primera Mención, Ediciones Unión, 1978; Grande es el tiempo, Ediciones Unión, 1989; Gustadas sensaciones, Ediciones Unión, 1996; Gritos, La torre de papel, Coral Gables, Florida, Estados Unidos, 2004; África, Ediciones Matanzas, Matanzas, 2006; Gatos y liebres, Ediciones Unión, 2009. Aparece en innumerables antologías de la poesía cubana, dentro y fuera del país.
ANAISA
Años (dos) atrás
a esta hora,
recién
nacida eras. Yo
cuando aprendí tu llanto
y vi tu cuerpo
—verídico juguete—
luchando entusiasmado
por separarse de mi vida.
Se repitió el asunto
antiguo y cotidiano
de la hoja
sacudida y llevada por el viento.
Eso era yo.
Temblaba
de tanto gozo... Ahora
representas, mi diosecilla,
el más pequeño modo
del total equilibrio y la grandeza;
porque ríes
y veo perderse
tus inexplicables ojos orientales,
inmensos dientes de conejo
se agolpan retozando entre tus labios.
Te miro
con mi habituada forma silenciosa
como quien busca cosas imposibles,
porque en nada
puedo hallar las palabras
por las que sepas
que, hace dos años, a esta hora
tú llorabas, recién
venida al mundo, para
que me aprendiera
definitivamente
a manejar la dicha y la agonía.
FELA
Te pusimos
el más alegre vestido de salir, encima
de aquel antiguo camisón que usabas
diariamente, desde el fondo
de una gaveta del antiguo armario.
No hubo pasión. Los mínimos detalles
fueron salvados sin lamentos,
pero,
a cada uno el corazón...
Ésa es la cosa. El corazón
de cada uno
se fue doblando en su lugar
mientras te vestíamos y te amábamos
aquel domingo de septiembre.
Miento
al decir «te amábamos».
Te amamos
del modo que tú sabes. Viéndote
batir la masa de algún dulce,
o con los labios abiertos
al consejo y a la risa.
Ahora, mira
las cosas cómo pasan
enlazadas al tiempo.
Idénticas
a dos manos sobre el pecho.
Así,
como las tuyas sobre el tuyo.
Te decía
que así las cosas pasan. Resulta
que es septiembre otra vez.
Sin embargo, el día
anterior a aquel no se repite
aunque estemos a nueve.
Estas son las cosas que no entendiste nunca
y lo decías constantemente,
tal vez tratando
de que a nosotros
no nos sucediera igual contigo.
Oye,
hoy anduve en tus cosas.
A través del olor, sentí
tu cuerpo
prendérseme a la cara. Entonces
dejé la casa por barrer, y el agua
escapándose a chorros, para hacerte
este montón de palabras, que,
estoy segura,
te harán sentir como si aún vivieras.
MAMI
El día es propicio
para salvar distancias.
Hasta las nuestras.
Por eso, te llamo
con un apodo familiar y antiguo.
Puede
empezar ya en ti el asombro, desde
el sitio en que estás, por estas
cosas que vas a oír.
¿Cómo pudo existir tan grande espacio
entre las dos? ¿Cómo
vivimos tantos años, sin que nada
fuese a ambas común?
Ahora
es que puedo entender. Y te agradezco
el desamor, la angustia,
el desamparo. Y
la total ausencia de esa sustancia
elemental que me hace
vivir sin nadie, en medio
de mil manos, deseando
una mano que impida
mi perenne caída inevitable.
DUDA
¿Quién me dará, prestados,
su cabeza,
sus pies, su corazón,
su cuerpo todo y sus dos brazos,
para
este largo viaje del retorno?
Y luego, estando
ya en el sitio,
¿quiénes
me prestarán sus manos,
sus pañuelos, todas
las vasijas del mundo
cuando
me den la salobre bienvenida
tantas lágrimas viejas?
A MODO DE FORTUNA
Mis dos hijos, recuerden:
La Alevosa, Dueña del Sueño Artero,
no descansa en su acecho. Temo
no ser, de pronto, un día,
este amoroso animal del que son dueños
primeramente ustedes,
sucesivamente el arcoíris,
las tardes como ésta, el río,
los relámpagos...
Cuando
la que Juega Conmigo y Gana Siempre
llegue por fin, lloren con ganas.
He padecido
de amor irremediable hacia la vida.
Ahora, a modo de fortuna,
granos de sol y luna, entremezclados,
para el más bello atardecer les dejo.
CARTA A CÉSAR VALLEJO
¡César, a mis dos hijos
usted los tiene echados a perder!
Se comen el azúcar,
la derraman. Resultan
magos en eso
de desaparecer el chocolate;
la leche condensada dura menos
que un relámpago, y el cuarto
en que vivimos
es un montón de dulzura derramada.
Y yo, Vallejo, viéndolos
y al mismo tiempo, así, acordándome
de aquel poema suyo sobre cuando
se le hizo imprescindible
robar un poco (no recuerdo si de azúcar
o qué otra cosa por el estilo).
Digo, César, cuando pienso en esos versos suyos
y los uno en la memoria al día
en que recibí una tremenda
entrada de chancletazos
sólo porque
se untaron mis dos manos con un poco
de la escasísima leche de mi casa.
César Vallejo, todos los recuerdos
los apretujo, queriendo
hacer de este corazón una latente
gota de mermelada, un grano mínimo, sangrante
de caramelo, para
que mis dos hijos lo devoren.
En fin, Vallejo, no sólo echa
usted a perder a mis chiquillos
sino que me transforma,
a pesar de los años,
en un montón pequeño de sustancias, dulcemente
a punto ya de deshacerse.
GRANDE ES EL TIEMPO
Grande es el tiempo a transitar
como un camino
si de las penas partes, yendo
hacia la dicha.
Y llegas y te instalas, pero
no permaneces; vuelves, irremediable,
al primer sitio, cual si fuera
el de tu origen, donde
algo perdiste y buscas incansable,
pero
no sabes qué.
ÁFRICA
Cuando yo te mencione
o siempre que seas nombrada en mi presencia
será para elogiarte.
Yo te cuido.
Junto a ti permanezco, como el pie
del más grande árbol.
Pienso
en las aguas de tus ríos y quedan
mis ojos lavados.
Este rostro, hecho
de tus raíces, vuélvese
espejo para que en él te veas.
En mi muñeca
vas como pulsa de oro
—tanto brillas—; suenas
como escogidos cauríes
para que nadie olvide que estás viva.
Todo sitio al que me dirijo
a ti me lleva.
Mi sed, mis hijos,
la tibia oleada que al amor me arrastra
tienen que ver contigo.
Esta delicia de si el viento suena
o cae la lluvia
o me doblegan los relámpagos,
igual.
Amo esos dioses
con historias así, como las mías:
yendo y viniendo
de la guerra al amor o lo contrario.
Puedes
cerrar tranquila en el descanso
los ojos, tenderte
un rato en paz.
Te cuido.
EL PÁJARO AMARILLO VUELVE A LA RAMA VERDE
Ha regresado
el pájaro amarillo.
Tendido
más que posado está sobre la rama verde.
Semeja un cajigal que trina y se alza
desde uno a otro sitio.
El pájaro amarillo es una flor insólita,
un sol que se estremece
y cabe entre mis manos.
Deja en mí,
no sé por qué, este pájaro,
un gozo inacabable.
Suave, entonces, me llenan unas ganas grandes
de verlo así: posado siempre sobre
la tristeza de todos, como
está ahora,
en mi corazón,
y allí, en la rama verde.
DÉCIMAS
Con tal vez de volver a nacer, y en Cuba, aunque sea de romerillo.
Onelio Jorge Cardoso.
¿Por qué canta la tojosa
si nunca ha estado contenta,
y no se posa, se sienta
sobre vicarias, dichosa?
¿Y por qué la mariposa,
como de flores vestida,
bate sus alas, tendida,
coloreando el campo abierto?
Si hasta se habla de un muerto.
¿Quién ha perdido la vida?
«Ha muerto un bicho del monte».
En hojas de yerbabuena
ya recibe la azucena
telegrama del sinsonte.
Mientras, por el horizonte
crece la tarde radiosa
dorando de sol la rosa.
Señores, menos entiendo.
La muerte es un mal tremendo,
universal flor odiosa.
La pajarita, cantando
explica, como si fuera
el cuentero que naciera
en Calabazar, contando:
Su violín iba afinando
cuando la muerte, de pronto
a don Grillo, como a un tonto
lo sorprendió. Así le dijo
suavecito, como a un hijo:
—Montas primero, o yo monto?
Contento, monta primero
don Grillo, rabia la muerte
ante la osadía fuerte
de aquel bicho parejero.
Ya suben por un sendero
hecho de malva y tomillo.
Triste la muerte, y don Grillo
contento a más no poder.
¡Que en Cuba él vuelve a nacer
aunque sea de romerillo!
MUERTE DE JESÚS
Mi padre irrumpe en la cocina.
Su cara tiene ese color del negro
que se ha muerto o está repleto de tristeza.
Sobre la noche de su cara, esparce
su color lamentable la ceniza.
Mi madre, su mujer, continúa
en la costumbre antigua
de no hacer preguntas, pero
mi padre, por algo, la conoce.
Ella quiere saber.
«Es que han matado a Jesús».
Calla. No dice más. Mi madre
mueve de un lado a otro la cabeza.
Ella tampoco dice nada.
Por una hendija en el fogón, mis ocho años
van extrayendo la ceniza,
hierven aún las más recientes, pero
muy junto al corazón, una ceniza
más áspera me quema.
«La FNTA hará algo», dice
mi padre y sale. Ella,
luego de la consternación, como si esto
fuese también costumbre vieja, sigue
moviendo de un lado a otro la cabeza,
así, de un modo, como
si todos fuésemos ya huérfanos.
ÚLTIMA CANCIÓN DE AMOR
Mejor que los razonamientos sobre
costumbres o renuncias,
sería el olvido.
Porque doy vueltas al amor y hablo
de sus pesares y su dicha.
Repito:
doy vueltas al amor.
No lo toco ni lo menciono.
Y el amor eres tú y estás ahí,
y te comparo a todo.
Al cabo, te nombro
único alimento para mi ternura.
Y el comienzo otra vez; sólo que ahora
no rodeo al amor, lo llamo
y grito: —Amo
a un pobre ser que es mi enemigo, únicamente
porque no perdona
la fortuna de este amor
que no le sirve ya de nada.
Pero en fin, no es válido razonar
cuando la sangre
acomete al corazón, lo derriba
gloriosamente.
DUELO ÚNICO
¿Qué roce hecho consuelo, qué palabra
alguien pondrá en mi oído?
He quedado sin cielo.
Señor...
Estoy temblando y no hace frío.
A montones caerán sobre mi pelo,
confundidos,
como una flor irrepetible,
la ceniza y el lirio.
¿Alguien sospecha la medida de este duelo
si es mi beso más alto el que ha caído?
EVA
Adán
ocioso y solitario, anda,
desanda y vuelve a andar,
ese primer sitio inventado para vivir
llamado Paraíso.
También ociosos, los viñedos, lentos
gotean su miel que nadie toca y envejece.
Por hacer algo
la bebe Adán, y en el bochorno
de la tarde que la lluvia envuelve
se echa a dormir.
Y sueña.
Un sueño largo, espeso
cual la llovizna de ese atardecer
le impide
ver cómo llega esa mujer primera.
Eva viene
quién sabe de qué sitio,
se tumba junto a él precisamente;
va a hacerse la costumbre
de nunca más estar tan sola.
Descansa
a un costado de Adán,
de ése que duele
porque sobre él pasó el sopor del vino
ajeno a ese prodigio que es el agua.
Ella no es magia ni milagro:
es, simplemente,
una mujer que disfrutó la lluvia
viéndola descender, mojando en ella
sus manos y su pelo, en el que puso flores
húmedas y llega ahora
atravesando el arcoíris.
Adán despierta,
la ve preciosa, cree que sueña,
que ha salido de él,
pregunta
a Dios, su cómplice, y ambos
la intuyen poderosa
más que ellos dos. Temen
y ajustan la mentira.
A Eva no le importa. Y pasa
el tiempo, tanto
que Dios y Adán y todos
cuantos llegaron después creyeron
la falsa historia.
Rueda la historia
contada por Adán a su manera, dice
que desnuda la extrajo
de su costado, cuando
en verdad llegó vestida
de cielo, tarde y cantos de mil pájaros.
Vuelve a pasar el tiempo,
tanto…
Adán respira hondo, hincha
su pecho, extiende
sus dos brazos
con la seguridad de quien sostiene
al mundo por sí solo, llama a Eva
para que escriba con menudos trazos
una versión novísima de aquel suceso.
Ella, entonces, piensa:
«Es hora ya
de que este hombrecito cuente
sus costillas, sepa
que están intactas».
AMOR, YA EN LA MEMORIA
Una vez, en el estrecho
cauce de mis venas
se juntaron
cielo y tierra, como
en ese punto marino, en la distancia
que nos sobrecoge.
Hubo de todo: sacudimientos
de volcanes disímiles,
luces
crujientes, desgarrando
la constelada noche de mis sueños.
Hubo
lluvia también, y un mar
violento, ríos
como antiguas serpientes.
Luego, todo
fue tranquilas flores,
rocío. Sucesos
de ayer ayer.
Hoy busca la memoria y sólo encuentra
cráter de luna.
EL MILAGRO QUE SOMOS
Tú y yo somos
un milagro.
Puro milagro del señor si existen
él y los milagros.
Porque para que haya pasado
el tiempo de este modo
sobre los dos,
para que el tiempo se interponga
y como increíbles manos
nos aparte derribándonos,
dejándonos asombro solamente...
para que el tiempo haya pasado
convirtiéndonos
a mí en esto que es tan triste
y a ti en polvo,
digo otra vez, ya afirmo: somos
puro milagro del señor.
SEGUNDA VEZ ANTE UN ESPEJO
(Hoy es mi cuerpo, al cabo de los años)
Desnuda.
Algo como de escarcha cierra los cauces
de mi piel. Busco
lo que pueda ampararla; rápida
cruzo ante el espejo
como la misma luz, en tiempo
que de tan breve no podrá medirse.
Pero queda clavado entre mis ojos
el retrato de lo que soy.
Me asusto, ya después, me acepto.
Intacto
está en mi cuerpo un tiempo
de lejano esplendor.
Donde hubo gloria
nada estará vencido, y, siendo así,
mis manos se concilian
con lo que palpan, cuando
lo toco, agradecida.
Reconozco
del vientre ancho, movedizo,
el sitio de todos los milagros del amor.
Siempre
el amor, mandando, recibiendo
códigos para mí sola. Era
entonces mi vientre
sustancia sideral enloquecida,
cera, barro, mármol diluido
en fuego de aguas
para moldear planetas.
Sobre él soplaron
bocas como vientos
y fue encrespada polvareda,
pétalo temblando y sin destino.
Y mis pechos así, tranquilos, casi
humildes, sin oficio,
mis hacendosos pechos de hace tiempo,
trasladando lo mismo
la blanca miel del alimento
que siendo música al tensarse como cuerdas.
Pechos panal para la miel de aquellas
indefensas boquitas ávidas,
pechos abejas aguijoneando
en un vuelo fatal inevitable...
Pechos, vientre, cuerpo sin rostro.
Cuerpo. Así trunco es un paisaje
crepuscular, nocturno, amaneciendo.
Siempre paisaje
que va y regresa,
que termina y comienza donde
ha buscado refugio el obstinado,
el que era entonces tambor, batiendo,
convocándose a guerras que inventaba.
Sí: el corazón, que pide paz ahora.
EL TIGRE Y YO DURMIENDO JUNTOS
El tigre tuvo sueño,
se echa junto a mí, se duerme
como un regalo inusitado; tiendo
la mano y lo acaricio.
Dichosa es esta mano que se pierde
entre el dibujo de su piel.
Me arrimo aún más.
El tigre es tibio y manso. Pego
mi oído a su corazón.
Apenas late. ¿Cómo
puede ser tan pausado
el corazón del tigre?
Entre él y yo no hay selva,
tempestad ni miedo;
ninguna distancia nos separa.
Respira suave, huele
a cerezas el aliento
de este animal que amo y cuido.
Ahora se mueve; vuélvese
al otro lado, no despierta,
pero temo
que el sueño acabe.
No el del tigre, el mío.
MUCHAS, MUCHAS VENTANAS
En la casa que necesito para vivir
sólo quiero una puerta
pero, muchas, muchas ventanas.
Para irme y llegar de cualquier sitio
con una puerta basta,
pero... ¿cómo
estar pendiente de la lluvia,
de lo que puede el viento,
del dibujo de luz que, a su capricho,
trazan
los relámpagos,
del pájaro que llega y se detiene
con mensajes-turquesas en sus alas?
Necesita mi casa
muchas,
muchas ventanas.
DIOS DE MI CASA Y DE MI SANGRE: OLOFI
Familia negra en la que no hubo
mezcla alguna:
negros los ojos, la piel, el pelo duro;
y el alma, pura,
casi salvaje, porque
el origen era la selva.
Hablo de los que me antecedieron.
¡Qué pobreza de hogar!: en las paredes
sólo un retrato. Colgaba un Cristo rubio,
impuesto
sobre la piel a quemaduras
desde quién sabe cuándo.
Y así, las cosas
no entran o entran mal.
Pero a ese pobre hubo que amarlo,
nos daba pena verlo
no sabiendo qué hacer: si bendecirnos,
morir de nuevo o huir.
Éramos, somos buenos, así que
casi por lástima lo aceptamos,
lo dejamos así, en su sitio eterno.
Pero en la sangre, a su albedrío,
frenando potros o soltándolos,
fundiendo soles, apretando lunas,
saliendo, entrando y, como el viento,
nunca tranquilo,
un solo rey universal: Olofi.
