Poesía de David López Ximeno
La poesía de David López Ximeno posee una vigorosa propiedad plástica. Amante de los espacios con historia, capaz de percibir en las atmósferas en que ha vivido el flujo eterno y fascinante del enigma poético, sus textos dialogan vivamente con los entornos, con las personas, con el devenir de las imágenes y las existencias.
A pesar de su juventud, ya es largo su peregrinaje por el mundo, y de cada una de sus estaciones biográficas, y de los soterrados depósitos de cultura que ha explorado con asiduidad, sabe extraer médulas líricas, nervaduras estremecidas de canto, pasos evanescentes de las danzas infinitas del espíritu, que registra en su voz conmovida.
Hoy presentamos a los lectores algunas de las piezas de su último libro, dedicado a La Habana, que capta con lucidez y dinamismo de intemporal amante. En Nueva York, en La Habana, en todas partes, el estro poético de David López Ximeno se inspira en la música popular profunda, en el urbanismo ensoñador, en el aliento de los pueblos y del mito.
Roberto Manzano
David López Ximeno (Matanzas, 1970). Poeta, ensayista y dramaturgo. Licenciado en Derecho por la Universidad de La Habana. Ha publicado los libros de poemas Música sacra (2002), Newyorker jazz (2007), Cuaderno de La Habana (2014). Su ensayo Fernando Ortiz ante el enigma de la criminalidad cubana (2011) obtuvo mención en el Premio de la Crítica Científico-Técnica en 2012. Varios de sus textos han aparecido en publicaciones nacionales y extranjeras. Es miembro de la UNEAC.
IRRUMPE AFRODITA EN LA PLAZA DE LAS PALOMAS
Hoy no aguardan las palomas en la plaza.
Sin colmar de despedidas la torre de San Francisco,
echan a volar.
Y siento un ardor de luces arcaicas,
un rayo que anega,
que las puertas ronda.
La gente apenas lo percibe.
Quiebra el cielo tórrido aguacero.
La ventisca desploma mil veces
la mano que rasura el pórtico
y su vieja hidalguía.
Todos buscarán refugio
mientras seas un vergel
atomizando peces.
¡Otra vez Afrodita,
dices llamarte Virgen de las Aguas,
y mojas la plaza!
Sobre tu pubis de diosa inusitada,
flotan náufragos jazmines.
Corres al dintel de Palacio. Era septiembre tu pulso bacanal
como flechado de luz,
y otra flor desdeña tu cabello
para luego caer.
¿Dónde encuentro alijos de sombra
biselada en los vidrios de un pie tan antiguo?
Después que un café acose mis labios
nada intento repetir.
Solo que marchas partida entre musitaciones. Ya tan peregrina,
que sobre la plaza, tu jazmín se pierde.
El sombrío palio platea.
Ante el pozo y su brocal,
no consigo detenerlo.
Hoy no moriré de sed
aunque te fugues de mis manos.
ESQUEMA DE LA CATEDRAL
La Catedral, con su rostro prisionero
tras el velo columnar,
no sabe que aguardo por mil catalepsias,
abismos perfectos,
postreras palabras
que el viento no ata
al perfil de las rocas.
Y estoy en silencio, varado en su plaza
pues quiero escuchar.
No entiende que el tiempo acosa los cuerpos
los hace incoloros
los gasta y agravia con tal prontitud
que apenas musitan su suerte de estar.
Contemplo en sus puertas, talladas angustias
que el sol ha manchado.
Bozales de fuego son sus aldabones
con rostros espías del llanto pluvial.
Quizás sea imposible prometer que intento
quedar en silencio, al margen de todo,
porque mis pupilas ruedan impacientes
sobre un esmeril de santos añejos,
en sus nichos muertos.
Bajan por la roca,
sitiando un imperio
que esculpe en sus pasos allende mis ojos,
todo el cataclismo de noches y gritos
donde se confunden
sodomías y hierros.
Su seno lacustre, quiebra mi conjuro
con fiebre de algas.
Esquelas en versos,
predicen sus frailes de cal,
la pálida cripta, hondura mortaja
con sal de hojalatas
corta las oscuras nueces del alba.
Mordaces alforjas de lodo y erial
evocan los vidrios del ojo de buey.
La plaza perfecta, íntima, colmada de viejos palacios
todos anudados en son de conquista,
del nubio escultor con pliegos de luz
en la hoz terrible de un ángel de zarzas
que antaño segó los esteros
para levantarla.
Viento del Oeste, no escuché tu voz filibustera
ahondar en la roca,
tan solo el crujir del portón
y un reloj enmohecido por el tiempo libar
que en lo alto se consume, porque posa de vigía.
La torre delgada, silvestre alminar que desvía los astros
parece sentir que la plaza se hunde.
La ciénaga avanza a sus pies
trae la huella de táctil augurio
sobre el vientre seco.
Cuando estalla el éter
tiene visión del naufragio,
y juega la lluvia a envolver sus retablos
con pátinas viejas, y hoscos abrazos de amor dolorido.
Las gruesas paredes escurren la boga
por cauces henchidos
donde la tormenta jamás insistió.
La torre mojada, devela su espiga,
atrapa rumores de aves cautivas,
el alba destrona los bancos de nubes
y La Catedral parece un dibujo
de líneas oscuras
una pieza urdida
por luces y sombras, esquirlas dormidas
cuando el aguacero amaina en la plaza.
La torre robusta, enerva a los cielos
por su fino tocado de gris pulcritud,
el alba se rinde, descuelga sus brazos
y escapan las nubes sobre los tejados,
lanzando fragmentos, desnudos espasmos
con luz sideral.
El rostro ya limpio, se vuelve paisaje
de piel y columnas
con una garganta de dura madera,
cardumen de peces partidos en losas arrostran el tiempo.
Se anega la plaza,
paloma barroca con ojos de barro.
Y La Catedral
se queda tallada en largo silencio
hasta respirar.
MEMORIAS DEL GUARDAVECINO
Calla el guardavecino
desolado ante la tarde.
Hierro de minas salobres
siempre sometido
contra necios muros, vueltos
a vencer
por los acechos.
Tu hoja universal
propone entorchados lirios
de lanza ennegrecida
que perforan los celajes,
mientras baja por sus hierros
la gris polifonía
de una calle trasegada
con herrumbres bautismales.
Contra las ventanas
que vacilan replegar
sus mantos de madera
hiere tu filo barroco
aprisionadas luces.
Una triste cerradura, viejo lagarto trunco
con las mañas del encierro
lleva pretextos por sueños
y no levanta su lecho
de los sitios cancelados
para espiar tus holguras.
Huésped de toda la forja
a golpes casi hecho
compones como loco enjambres centinelas
que se postran bajo un cielo flagelado de color.
Esa luz mediterránea que corroe tus entrañas
pide peaje al olvido
de una lira que en tu cuerpo
dejó tal vez un arconte.
Cae tu necio silencio. Queda tendido en la losa.
Gotas de hierro calado, luce la tarde por ojos
sádicas luces de sal diseminan sus pilastras
carne de óxido y hierro
pliego tenaz que disputa las entrañas carcomidas
del sinfín crepuscular.
LA QUINTA DE LOS MOLINOS
He paseado por la Quinta de los Molinos.
He vuelto a recorrer su luz a la hora del ángelus…
Nancy Morejón
En La Quinta de los Molinos, escapado de su historia, encontré al conejo de Alicia. Un fiel saltimbanqui, soñando ser lobo de mar, o precoz filibustero que recorra esta Isla lejana a intramuros. Aquí crece un follaje para dioses cobijar. Una barrera con jardines y pilas bautismales, aguarda tras las rejas como un delicado templo de gorjeo.
Desde los altos balcones que pueblan la calzada, no quise contemplar La Quinta de los Molinos. Remonté su callejón mientras la luz jadea su color de arborescente catedral de los juglares. En la plaza principal, frente a la Casa Vivienda, un pez a medio pulsar, en la fuente centelleaba su color de rosa viejo, sobre el loto que florece hasta ser botonadura de las aguas.
Bruñida por el bronce de las sombras, está La Quinta de los Molinos. Pasad a contemplarla con su vaso de licores matinales, hecha de rocas y estancias desnudas para anquilosar las mansedumbres. Este conejo de orejas sedosas, me mira. Tomando una taza de té, pretende anidar bajo un álamo robusto. Quiero saber por qué no se marcha a su casa del cuento. Pero sigue bebiendo, parece olvidar los quejidos de la Zanja Real, convertida en un lecho de flores marchitas.
Ausente del rubor de la hoja de yagruma, está La Quinta de los Molinos. Ausente sin más, del equilibrio letal de la ciudad. Sus bancos de mármol entre manos celadoras anhelan estar. No las del huracán barredor, en su fiesta de sonámbulos arranques. Sí las de la lluvia, gesto salpicado convergiendo en la tierra.
Era el tiempo en que La Quinta de los Molinos florecía, y la casona desbordaba música de vals. También el momento en que sentí detenerme y espiar las hojas muertas. Un simple momento del día, en que traspasé la verja.
EL CABALLERO INVENTADO
Cuando de París, con su bufanda
a la luz de este puerto
nunca llegó
el Caballero,
todos
dijeron
que
sí.
Con un canto de ángel muerto
vino de la memoria
colmada por trigales y aldeas pedregosas.
Atado a una farola el tiempo lo sorprende,
velando paraísos de papeles y botellas,
con el morral a cuestas,
a cuestas la comarca
desterrada sobre un banco,
en un parque de La Habana,
prisionera ante sus ojos
que le ruega hacer su paso
como fiero cortesano de aguaceros tropicales.
A populares esquinas
sin saber cómo explicar
su cordura trasnochada
marcha gallardo y saluda.
El pretexto de viajar entre calles e inframundos
marca el éxtasis austero
con que ríe su inocencia.
Y la gente lo acompaña, reverencian su sentido
de escapar con los profetas.
¿Cómo está el polizonte, varado ante la Isla?
¿Qué boleto le entregaron como mascarón de proa?
¿A dónde vas tú, vestido con holgura de platero?
¿Cómo está tu barco compartido por mendrugos?
¿A dónde llegarás a merced de los recuerdos?
OTRA VISIÓN DE ISABEL DE BOBADILLA
Se me antoja pensar que Isabel de Bobadilla sea una mujer mestiza,
de esas que camina por La Habana
y de vez en cuando se detiene frente al malecón a llorar su soledad.
Podría ser otra, de cuello elegante, ojos cafés, senos breves
y cabello peregrino como la brisa del terral.
Pero siempre una mujer que contempla el horizonte con angustia
esperando que vuelva a empezar la aventura
el riesgo
la partida.
Quisiera decir que se llama Isabel la Vigía, Isabel de la Sal,
Isabel de los ojos enjutos,
la inocente que fue a depositar sus pupilas
junto a los bañistas,
que saltan desesperados intentando rescatar
una perla extraviada.
Intentando llegar al profundo devaneo de las ostras
a pleno pulmón.
Allí, junto al muro que sirve de sostén a la ciudad
se encuentra la Madonna, con los ojos más antiguos
que la cresta de humo de los barcos.
No pide reclinatorios,
ni sillas de un mimbre tan suave
para que su espalda cohabite con el mar.
Solo quiere que sus ojos cumplan la encomienda de sortear las mareas
mientras los bañistas revuelven las algas.
EXORDIO INSULAR
Una Isla es un misterio.
¿Quién lo sabe?
Portando en mis labios el ardor de tantos siglos,
llegué a su vientre.
Vine en busca de un sitio
donde las tortugas pudieran desovar
los fragores del alba
y volver al conjuro salobre
preñadas de silencios.
Traigo pies descalzos, una huella que contonea, no cesa de sortear las arenas
con su reciedumbre de reino acorralado.
No sabría esquivar la angustia que provoca
mi marcha forzada por cóncavos estuarios
de luces y tormentas.
Continúo rondando
este cuerpo que flota
poblado por aves estridentes.
Como nadie camino y remonto sus junglas
tejidas al suelo con lianas fornidas.
Una Isla es un brebaje.
Un punto.
Una diatriba.
Una Isla es la suerte de beber sediento
la sustancia apisonada en el anclaje,
caracoles y algas,
raíces y lagartos.
Una Isla es un poema manoseado por las aguas.
Isla desnuda.
Náufraga
o atada a los torrentes.
En la imaginería.
Bajo un escapulario
de luz tropical.
Presagiada por una escuadrilla
de veleros al pairo,
sin retorno a la garganta
de Puerto Custodio.
El abanico de sal y granate,
solemnemente pisoteado
por el elogio de la trata.
Ese abanico es una dalia marchita
cópula de amate curtido,
gallardo,
en vísperas de los cuadernos humanos.
Pilastra de locos episodios
tallados a mansalva
contra la tarde y el diluvio,
pasto y rocas que escudriñan mis pies.
Aún me encuentro herido.
De paso.
Quiero decirte.
No soy ajeno a tu soledad.
Tu noche,
es mi muerte de pez
en la botella.
Tu día, mi bregar
partido en cósmicos detalles,
una insólita hojarasca
de cataclismos
que miran a mis pies.
Aún me encuentro herido.
De paso.
Acudo a ti sangrando desde siempre.
Transpira mi piel la nostalgia alucinante
del hombre que fractura el nervio de las hojas.
No importa que no entiendas lo azaroso.
Isla desnuda,
con alas de pájaro extraviado.
POEMA BARROCO A LA FIDELÍSIMA HABANA
Mujer trastocada por atuendo de ciudad
no sufras por mí
marcho sin remedio
al derrotero
veo fenecerte en mis talones.
Como pasto de cometas
algo de tu vientre me sedujo a los abismos
algo que impulsa y zambulle
mis pies en la glosa
en la noche orillada y sin sombras
esclava de lisa mejilla, en vilo.
Todos los caminos están a tu merced
calcinados por lunas ecuestres.
Ejes de aerobia pavura
saltan como dardos de un veneno alucinante
mientras tu cuerpo se desborda
frente a la faja marina
perfumado por remedos tropicales.
Quedas así guarnecida de óleos
y cíclopes vientos que advierten
jadeos de labios teñidos
con flores robustas.
Cintos de piedra caliza, tramados en cuencas
mordaces reliquias de tu juventud
ruedan sobre el lecho en que germina
tu sudario epistolar.
Tumbada, entre vírgenes dolidas, advertí tu belleza.
Descubrí que tus ojos apartaron de tus carnes
la esbelta empuñadura del palmar
atrapando excoriaciones luminosas
naufragadas sobre un lecho
sin dogal.
Sin embargo, eres fiel
te aferras a estertores
que no ceden sus brazos al lienzo bárbaro del mar.
Eres la mujer que se afana
por no amar, tan herida a sedal.
Tomo por asalto
el augurio de los versos
ante tu timidez
de ánfora esquilmada.
Te amo
te asedio
estampo tus labios dormidos
sobre antiguos arsenales de sargazos
como queriendo beberse
los tiempos.
Como queriendo reclinar, inmóviles de sueño escamoteado
la morriña del adiós.
No sufras por mí.
Construye tu límbico hechizo, ágape de cresta serpenteada
la mano te doy en tutela
de mi voz, que se alza
y pregunta: ¿qué hacen mis pasos?
No sufras, Habana, no arranques la hebra dorada
de tu cuerpo mestizo
de presa impoluta.
Si algún día despertaras
no agites tu encono de púbica flor
pues soy fiel a ti
al despojo que ofrece por llanto
la dama anticuada
que a veces aterra y otras acarician
vergeles salobres.
Cuando imploro a los labios
de aroma ceniza
la llama frugal de tu cólera advierto.
Y pasa la voz.
Imposible no amarte
con flash post-moderno
y en todas las puertas
mi cuerpo desnudo, con alas atlantes
el rastro dejar.
Proféticos pechos ofreces de noche
en que bebes despacio tus hilos de sombra
casi efervescente, rodeada de amantes
gimes de placer
y busco tus piernas para apisonarlas
con semen de ángel.
Y mueren ungidos los rústicos
diestros soldados que escuchan
tu voz claudicar.
Así te transformas en diva soluble
de maltrechas penas
no escuchas el canto que agrieta el otoño
mas siento tu vientre preñado de puertas y rejas erguidas
perderse mi paso
ceder su floresta de Isla
segada en esperas.
Mujer esparcida por todos los siglos
no habrás de olvidar
que fuiste tan fiel al convite de barcos
al corso habitual por tus senos de morro.
Prefiero creer que tu sueño se ausenta
del ojo de aguas que mira la luz
fruncir sus terruños
de alhaja insular.
Afinco mis pies en hecatombe
y ruego que aguardes
no importa si dudas cederme tu cuerpo
para amarizar.
Un vuelo de táctica pluma, ceñirá la imagen
tus noches partidas por nimbos
y atajos de flor sensorial.
