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Poesía de David López Ximeno

Roberto Manzano, 13 de abril de 2016

La poesía de David López Ximeno posee una vigorosa propiedad plástica. Amante de los espacios con historia, capaz de percibir en las atmósferas en que ha vivido el flujo eterno y fascinante del enigma poético, sus textos dialogan vivamente con los entornos, con las personas, con el devenir de las imágenes y las existencias.

A pesar de su juventud, ya es largo su peregrinaje por el mundo, y de cada una de sus estaciones biográficas, y de los soterrados depósitos de cultura que ha explorado con asiduidad, sabe extraer médulas líricas, nervaduras estremecidas de canto, pasos evanescentes de las danzas infinitas del espíritu, que registra en su voz conmovida.

Hoy presentamos a los lectores algunas de las piezas de su último libro, dedicado a La Habana, que capta con lucidez y dinamismo de intemporal amante. En Nueva York, en La Habana, en todas partes, el estro poético de David López Ximeno se inspira en la música popular profunda, en el urbanismo ensoñador, en el aliento de los pueblos y del mito. 

                                                                         Roberto Manzano

 

David López Ximeno (Matanzas, 1970). Poeta, ensayista y dramaturgo. Licenciado en Derecho por la Universidad de La Habana. Ha publicado los libros de poemas Música sacra (2002), Newyorker jazz (2007), Cuaderno de La Habana (2014). Su ensayo Fernando Ortiz ante el enigma de la criminalidad cubana (2011) obtuvo mención en el Premio de la Crítica Científico-Técnica en 2012. Varios de sus textos han aparecido en publicaciones nacionales y extranjeras. Es miembro de la UNEAC.

 

 

 

 

IRRUMPE AFRODITA EN LA PLAZA DE LAS PALOMAS

 

 

Hoy no aguardan las palomas en la plaza.

Sin colmar de despedidas la torre de San Francisco,

echan a volar.

Y siento un ardor de luces arcaicas,

un rayo que anega,

que las puertas ronda.

 

La gente apenas lo percibe.

Quiebra el cielo tórrido aguacero.

La ventisca desploma mil veces

la mano que rasura el pórtico

y su vieja hidalguía.

 

Todos buscarán refugio

mientras seas un vergel

atomizando peces.

¡Otra vez Afrodita,

dices llamarte Virgen de las Aguas,

y mojas la plaza!

 

Sobre tu pubis de diosa inusitada,

flotan náufragos jazmines.

Corres al dintel de Palacio. Era septiembre tu pulso bacanal

como flechado de luz,

y otra flor desdeña tu cabello

para luego caer.

 

¿Dónde encuentro alijos de sombra

biselada en los vidrios de un pie tan antiguo?

 

Después que un café acose mis labios

nada intento repetir.

Solo que marchas partida entre musitaciones. Ya tan peregrina,

que sobre la plaza, tu jazmín se pierde.

 

El sombrío palio platea.

Ante el pozo y su brocal,

no consigo detenerlo.

Hoy no moriré de sed

aunque te fugues de mis manos.

 

 

 

 

ESQUEMA DE LA CATEDRAL

 

 

La Catedral, con su rostro prisionero

tras el velo columnar,

no sabe que aguardo por mil catalepsias,

abismos perfectos,

postreras palabras

que el viento no ata

al perfil de las rocas.

Y estoy en silencio, varado en su plaza

pues quiero escuchar.

 

No entiende que el tiempo acosa los cuerpos

los hace incoloros

los gasta y agravia con tal prontitud

que apenas musitan su suerte de estar.

 

Contemplo en sus puertas, talladas angustias

que el sol ha manchado.

Bozales de fuego son sus aldabones

con rostros espías del llanto pluvial.

 

Quizás sea imposible prometer que intento

quedar en silencio, al margen de todo,

porque mis pupilas ruedan impacientes

sobre un esmeril de santos añejos,

en sus nichos muertos.

Bajan por la roca,

sitiando un imperio

que esculpe en sus pasos allende mis ojos,

todo el cataclismo de noches y gritos

donde se confunden

                              sodomías y hierros.

 

Su seno lacustre, quiebra mi conjuro

con fiebre de algas.

Esquelas en versos,

predicen sus frailes de cal,

la pálida cripta, hondura mortaja

con sal de hojalatas

corta las oscuras nueces del alba.

 

Mordaces alforjas de lodo y erial

evocan los vidrios del ojo de buey.

La plaza perfecta, íntima, colmada de viejos palacios

todos anudados en son de conquista,

del nubio escultor con pliegos de luz

en la hoz terrible de un ángel de zarzas

que antaño segó los esteros

para levantarla.

 

Viento del Oeste, no escuché tu voz filibustera

ahondar en la roca,

tan solo el crujir del portón

y un reloj enmohecido por el tiempo libar

que en lo alto se consume, porque posa de vigía.

 

La torre delgada, silvestre alminar que desvía los astros

parece sentir que la plaza se hunde.

La ciénaga avanza a sus pies

trae la huella de táctil augurio

sobre el vientre seco.

 

Cuando estalla el éter

tiene visión del naufragio,

y juega la lluvia a envolver sus retablos

con pátinas viejas, y hoscos abrazos de amor dolorido.

Las gruesas paredes escurren la boga

por cauces henchidos

donde la tormenta jamás insistió.

 

La torre mojada, devela su espiga,

atrapa rumores de aves cautivas,

el alba destrona los bancos de nubes

y La Catedral parece un dibujo

de líneas oscuras

una pieza urdida

por luces y sombras, esquirlas dormidas

cuando el aguacero amaina en la plaza.

 

La torre robusta, enerva a los cielos

por su fino tocado de gris pulcritud,

el alba se rinde, descuelga sus brazos

y escapan las nubes sobre los tejados,

lanzando fragmentos, desnudos espasmos

con luz sideral.

 

El rostro ya limpio, se vuelve paisaje

de piel y columnas

con una garganta de dura madera,

cardumen de peces partidos en losas arrostran el tiempo.

Se anega la plaza,

paloma barroca con ojos de barro.

Y La Catedral

se queda tallada en largo silencio

hasta respirar.

 

 

 

 

MEMORIAS DEL GUARDAVECINO

 

 

Calla el guardavecino

desolado ante la tarde.

Hierro de minas salobres

siempre sometido

contra necios muros, vueltos

a vencer

por los acechos.

Tu hoja universal

propone entorchados lirios

de lanza ennegrecida

que perforan los celajes,

mientras baja por sus hierros

la gris polifonía

de una calle trasegada

con herrumbres bautismales.

 

Contra las ventanas

que vacilan replegar

sus mantos de madera

hiere tu filo barroco

aprisionadas luces.

Una triste cerradura, viejo lagarto trunco

con las mañas del encierro

lleva pretextos por sueños

y no levanta su lecho

de los sitios cancelados

para espiar tus holguras.

 

Huésped de toda la forja

a golpes casi hecho

compones como loco enjambres centinelas

que se postran bajo un cielo flagelado de color.

Esa luz mediterránea que corroe tus entrañas

pide peaje al olvido

de una lira que en tu cuerpo

dejó tal vez un arconte.

 

Cae tu necio silencio. Queda tendido en la losa.

Gotas de hierro calado, luce la tarde por ojos

sádicas luces de sal diseminan sus pilastras

carne de óxido y hierro

pliego tenaz que disputa las entrañas carcomidas

del sinfín crepuscular.

 

 

 

 

LA QUINTA DE LOS MOLINOS

 

                                He paseado por la Quinta de los Molinos.

                                   He vuelto a recorrer su luz a la hora del ángelus…


                                                        Nancy Morejón

 

 

En La Quinta de los Molinos, escapado de su historia, encontré al conejo de Alicia. Un fiel saltimbanqui, soñando ser lobo de mar, o precoz filibustero que recorra esta Isla lejana a intramuros. Aquí crece un follaje para dioses cobijar. Una barrera con jardines y pilas bautismales, aguarda tras las rejas como un delicado templo de gorjeo.

 

Desde los altos balcones que pueblan la calzada, no quise contemplar La Quinta de los Molinos. Remonté su callejón mientras la luz jadea su color de arborescente catedral de los juglares. En la plaza principal, frente a la Casa Vivienda, un pez a medio pulsar, en la fuente centelleaba su color de rosa viejo, sobre el loto que florece hasta ser botonadura de las aguas.

 

Bruñida por el bronce de las sombras, está La Quinta de los Molinos. Pasad a contemplarla con su vaso de licores matinales, hecha de rocas y estancias desnudas para anquilosar las mansedumbres. Este conejo de orejas sedosas, me mira. Tomando una taza de té, pretende anidar bajo un álamo robusto. Quiero saber por qué no se marcha a su casa del cuento. Pero sigue bebiendo, parece olvidar los quejidos de la Zanja Real, convertida en un lecho de flores marchitas.

 

Ausente del rubor de la hoja de yagruma, está La Quinta de los Molinos. Ausente sin más, del equilibrio letal de la ciudad. Sus bancos de mármol entre manos celadoras anhelan estar. No las del huracán barredor, en su fiesta de sonámbulos arranques. Sí las de la lluvia, gesto salpicado convergiendo en la tierra.

 

Era el tiempo en que La Quinta de los Molinos florecía, y la casona desbordaba música de vals. También el momento en que sentí detenerme y espiar las hojas muertas. Un simple momento del día, en que traspasé la verja.

 

 

 

 

EL CABALLERO INVENTADO

 

 

Cuando de París, con su bufanda

a la luz de este puerto

nunca llegó

el Caballero,

todos

dijeron

que

sí.

 

Con un canto de ángel muerto

vino de la memoria

colmada por trigales y aldeas pedregosas.

 

Atado a una farola el tiempo lo sorprende,

velando paraísos de papeles y botellas,

con el morral a cuestas,

a cuestas la comarca

desterrada sobre un banco,

en un parque de La Habana,

prisionera ante sus ojos

que le ruega hacer su paso

como fiero cortesano de aguaceros tropicales.

 

A populares esquinas

sin saber cómo explicar

su cordura trasnochada

marcha gallardo y saluda.

El pretexto de viajar entre calles e inframundos

marca el éxtasis austero

con que ríe su inocencia.

Y la gente lo acompaña, reverencian su sentido

de escapar con los profetas.

 

¿Cómo está el polizonte, varado ante la Isla?

 

¿Qué boleto le entregaron como mascarón de proa?

 

¿A dónde vas tú, vestido con holgura de platero?

 

¿Cómo está tu barco compartido por mendrugos?

 

¿A dónde llegarás a merced de los recuerdos?

 

 

 

 

OTRA VISIÓN DE ISABEL DE BOBADILLA

 

 

Se me antoja pensar que Isabel de Bobadilla sea una mujer mestiza,

de esas que camina por La Habana

y de vez en cuando se detiene frente al malecón a llorar su soledad.

 

Podría ser otra, de cuello elegante, ojos cafés, senos breves

y cabello peregrino como la brisa del terral.

 

Pero siempre una mujer que contempla el horizonte con angustia

esperando que vuelva a empezar la aventura

el riesgo

la partida.

 

Quisiera decir que se llama Isabel la Vigía, Isabel de la Sal,

Isabel de los ojos enjutos,

la inocente que fue a depositar sus pupilas

junto a los bañistas,

que saltan desesperados intentando rescatar

una perla extraviada.

Intentando llegar al profundo devaneo de las ostras

a pleno pulmón.

 

Allí, junto al muro que sirve de sostén a la ciudad

se encuentra la Madonna, con los ojos más antiguos

que la cresta de humo de los barcos.

No pide reclinatorios,

ni sillas de un mimbre tan suave

para que su espalda cohabite con el mar.

Solo quiere que sus ojos cumplan la encomienda de sortear las mareas

mientras los bañistas revuelven las algas.

 

 

 

 

EXORDIO INSULAR

 

 

Una Isla es un misterio.

 

¿Quién lo sabe?

 

Portando en mis labios el ardor de tantos siglos,

llegué a su vientre.

Vine en busca de un sitio

donde las tortugas pudieran desovar

los fragores del alba

y volver al conjuro salobre

preñadas de silencios.

 

Traigo pies descalzos, una huella que contonea, no cesa de sortear las arenas

con su reciedumbre de reino acorralado.

No sabría esquivar la angustia que provoca

mi marcha forzada por cóncavos estuarios

de luces y tormentas.

Continúo rondando

este cuerpo que flota

poblado por aves estridentes.

 

Como nadie camino y remonto sus junglas

tejidas al suelo con lianas fornidas.

 

Una Isla es un brebaje.

 

Un punto.

 

Una diatriba.

 

Una Isla es la suerte de beber sediento

la sustancia apisonada en el anclaje,

caracoles y algas,

raíces y lagartos.

 

Una Isla es un poema manoseado por las aguas.

 

Isla desnuda.

Náufraga

o atada a los torrentes.

En la imaginería.

Bajo un escapulario

de luz tropical.

 

Presagiada por una escuadrilla

de veleros al pairo,

sin retorno a la garganta

de Puerto Custodio.

 

El abanico de sal y granate,

solemnemente pisoteado

por el elogio de la trata.

Ese abanico es una dalia marchita

cópula de amate curtido,

gallardo,

en vísperas de los cuadernos humanos.

 

Pilastra de locos episodios

tallados a mansalva

contra la tarde y el diluvio,

pasto y rocas que escudriñan mis pies.

 

Aún me encuentro herido.

 

De paso.

 

Quiero decirte.

No soy ajeno a tu soledad.

 

Tu noche,

es mi muerte de pez

en la botella.

 

Tu día, mi bregar

partido en cósmicos detalles,

una insólita hojarasca

de cataclismos

que miran a mis pies.

 

Aún me encuentro herido.

 

De paso.

 

Acudo a ti sangrando desde siempre.

Transpira mi piel la nostalgia alucinante

del hombre que fractura el nervio de las hojas.

 

No importa que no entiendas lo azaroso.

 

Isla desnuda,

con alas de pájaro extraviado.

 

 

 

 

POEMA BARROCO A LA FIDELÍSIMA HABANA

 

 

Mujer trastocada por atuendo de ciudad

no sufras por mí

marcho sin remedio

al derrotero

veo fenecerte en mis talones.

Como pasto de cometas

algo de tu vientre me sedujo a los abismos

algo que impulsa y zambulle

mis pies en la glosa

en la noche orillada y sin sombras

esclava de lisa mejilla, en vilo.

 

Todos los caminos están a tu merced

calcinados por lunas ecuestres.

Ejes de aerobia pavura

saltan como dardos de un veneno alucinante

mientras tu cuerpo se desborda

frente a la faja marina

perfumado por remedos tropicales.

Quedas así guarnecida de óleos

y cíclopes vientos que advierten

jadeos de labios teñidos

con flores robustas.

Cintos de piedra caliza, tramados en cuencas

mordaces reliquias de tu juventud

ruedan sobre el lecho en que germina

tu sudario epistolar.

 

Tumbada, entre vírgenes dolidas, advertí tu belleza.

Descubrí que tus ojos apartaron de tus carnes

la esbelta empuñadura del palmar

atrapando excoriaciones luminosas

naufragadas sobre un lecho

sin dogal.

Sin embargo, eres fiel

te aferras a estertores

que no ceden sus brazos al lienzo bárbaro del mar.

Eres la mujer que se afana

por no amar, tan herida a sedal.

 

Tomo por asalto

el augurio de los versos

ante tu timidez

de ánfora esquilmada.

Te amo

te asedio

estampo tus labios dormidos

sobre antiguos arsenales de sargazos

como queriendo beberse

los tiempos.

Como queriendo reclinar, inmóviles de sueño escamoteado

la morriña del adiós.

 

No sufras por mí.

Construye tu límbico hechizo, ágape de cresta serpenteada

la mano te doy en tutela

de mi voz, que se alza

y pregunta: ¿qué hacen mis pasos?

No sufras, Habana, no arranques la hebra dorada

de tu cuerpo mestizo

de presa impoluta.

Si algún día despertaras

no agites tu encono de púbica flor

pues soy fiel a ti

al despojo que ofrece por llanto

la dama anticuada

que a veces aterra y otras acarician

vergeles salobres.

 

Cuando imploro a los labios

de aroma ceniza

la llama frugal de tu cólera advierto.

Y pasa la voz.

Imposible no amarte

con flash post-moderno

y en todas las puertas

mi cuerpo desnudo, con alas atlantes

el rastro dejar.

 

Proféticos pechos ofreces de noche

en que bebes despacio tus hilos de sombra

casi efervescente, rodeada de amantes

gimes de placer

y busco tus piernas para apisonarlas

con semen de ángel.

Y mueren ungidos los rústicos

diestros soldados que escuchan

tu voz claudicar.

 

Así te transformas en diva soluble

de maltrechas penas

no escuchas el canto que agrieta el otoño

mas siento tu vientre preñado de puertas y rejas erguidas

perderse mi paso

ceder su floresta de Isla

segada en esperas.

 

Mujer esparcida por todos los siglos

no habrás de olvidar

que fuiste tan fiel al convite de barcos

al corso habitual por tus senos de morro.

Prefiero creer que tu sueño se ausenta

del ojo de aguas que mira la luz

fruncir sus terruños

de alhaja insular.

 

Afinco mis pies en hecatombe

y ruego que aguardes

no importa si dudas cederme tu cuerpo

para amarizar.

Un vuelo de táctica pluma, ceñirá la imagen

tus noches partidas por nimbos

y atajos de flor sensorial.

 

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
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