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Página

Poesía de Reina María Rodríguez

Roberto Manzano, 23 de abril de 2016

Como en toda obra creadora de relieve, en la poesía de Reina María Rodríguez se registran los movimientos espirituales de toda una época a través de la intimidad de un lúcido testimoniante. Al sondear con honradez y vigor su destino, encuentra los nudos de servidumbre y emancipación de toda una sociedad en su conjunto.

Apartada de los mecanismos usuales de la belleza, representa con ánimo desentrañador sus vivencias, por lo que su elocución se centra en lo expresivo, sobre todo de estirpe narrativa o sintético fluir de conciencia. En la orquestación psicológica de sus líneas, no importan las músicas compositivas sino las profundas imágenes del mundo interior. 

Una trayectoria poética es una especial construcción subjetiva del mundo. La catedral imaginativa de Reina María Rodríguez aún está por visualizar y comprender. Apenas los lectores han entrado en sus corrientes más cercanas a la inmediatez histórica que trasuntan sus textos. Hay también en su obra un examen detenido de la mirada y la persona. 

Aquí presentamos a los lectores un interesante manojo de piezas suyas que centran la contemplación en la vida cotidiana y en uno de sus rasgos más singulares: el tratamiento de los otros destinos como un suceso íntimo del hablante lírico. Una actitud de tal carácter implica una preocupación ontológica por el Otro como una manifestación del Sí mismo.

 
                                                                                              Roberto Manzano

 

Reina María Rodríguez (La Habana, 1952). Poeta, narradora, crítica, promotora, editora. Algunos de sus numerosos libros de prosa y poesía publicados en Cuba y editoriales de Europa y América son Para un cordero blanco (1984), En la arena de Padua (1992), Páramos (1995), Te daré de comer como a los pájaros (2000), Variedades de Galiano (2007), Otras mitologías (2012), Bosque negro (antología, 2013). Ha recibido en dos ocasiones el Premio Casa de las Américas, en varias el Premio de la Crítica literaria cubana y la Orden de Letras de Francia con grado de Caballero en 1999. Dirige el prestigioso espacio de promoción de la literatura y proyecto editorial Torre de Letras. Recibió en el 2013 el Premio Nacional de Literatura. Le fue otorgado el Premio Pablo Neruda, importante galardón de las letras en idioma español.

 

 

  

REMORDIMIENTOS PARA UN CORDERO BLANCO

 

 

no me puedo librar de ese ojo

que mira desde el cuadro

mis imperfecciones.

toda mi culpa de vivir

y querer

invitándome.

me estoy buscando

y tengo miedo

casi un miedo fanático

de haber sido cómplice

inacabada

porque también sonreí cuando quería matar.

mis mentiras son sueños

agua que no nadé

y este vicio

este vicio de mariposas

un solo día volando sin cesar

luego polvillo oscuro sobre las violetas.

perdóname    ojo de mi cordero adolescente

ni en estos años te engañé

y pude ser

diferente.

 

 

 

 

LAS ISLAS

 

 

mira y no las descuides.

las islas son mundos aparentes.

cortadas en el mar

transcurren en su soledad de tierras sin raíz.

en el silencio del agua una mancha

de haber anclado sólo aquella vez

y poner los despojos de la tempestad y las ráfagas

sobre las olas.

aquí los cementerios son hermosos y pequeños

y están más allá de las ceremonias.

me he bañado para sentarme en la yerba

es la zona de brumas

donde acontecen los espejismos

y vuelvo a sonreír.

no sé si estás aquí o es el peligro

empiezo a ser libre entre esos límites que se intercambian:

seguro amanecerá.

las islas son mundos aparentes

coberturas del cansancio en los iniciadores de la calma

sé que solo en mí estuvo aquella vez la realidad

un intervalo entre dos tiempos

cortadas en el mar

soy lanzada hacia un lugar más tenue

las muchachas que serán jóvenes una vez más

contra la sabiduría y la rigidez de los que envejecieron

sin los movimientos y las contorsiones del mar

las islas son mundos aparentes manchas de sal

otra mujer lanzada encima de mí que no conozco

solo la vida menor

la gratitud sin prisa de las islas en mí.

 

 

 

 

COMO UN EXTRAÑO PÁJARO QUE VIENE DEL SUR

 

Pavese

 

 

has errado toda la noche

olfateando los árboles

buscando alguien que te acaricie

con tu traje de lobo para engañar a los hombres.

tu angustia me hiela los pies

pero en el alero hay un abismo para nosotros.

tú y yo    desnudos en medio del verano

junto a los troncos amarillo

en una playa del sur

tan solitarios como el resplandor

de las películas silentes

donde todo está por transcurrir

en el espacio vacío de los pies y la boca sin gritar

diciendo cosas que nadie tal vez escuchó

que nadie jamás escuchará

en el abismo silente.

 

 

 

 

NO LA ASUSTES

 

 

entre las uvas caletas

la niña se está bañando

en el agua salada    en la pica del bote

hacia el final

buscando el lugar donde tu mano le acarició

la barbilla

por primera vez y

el hueco del cuello y la oreja

indefensa

y empezó a crecer debajo del agua

sin querer respirar

solo sentir la mano de los peces

como lo estaba sintiendo.

pero se acomodó los zapatos

y empezó a columpiarse

sin mirar

para no verlo con las otras

jugar a las narices prohibidas

y al desconcierto.

 

no la asustes    no la asustes

se va a hacer el gato

y se va a romper la ola.

 

la niña era un fantasma

con aquella cordura infantil y aquel temor

a un dios que no se sabe a dónde ha ido.

 

 

 

 

–AL MENOS, ASÍ LO VEÍA A CONTRA LUZ –

 

                                          Para Fernando García

 

 

he prendido sobre la foto una tachuela roja.

—sobre la foto famosa y legendaria—

el ectoplasma de lo que ha sido,

lo que se ve en el papel es tan seguro

como lo que se toca. la fotografía

tiene algo que ver con la resurrección.

—quizás ya estaba allí

en lo real en el pasado

con aquel que veo ahora en el retrato—

los bizantinos decían que la imagen de Cristo

en el sudario de Turín no estaba hecha

por la mano del hombre.

he deportado ese real hacia el pasado;

he prendido sobre la foto una tachuela roja.

a través de esa imagen (en la pared, en la foto)

somos otra vez contemporáneos.

la reserva del cuerpo en el aire de un rostro,

esa anímula, tal como él mismo,

aquel a quien veo ahora en el retrato

algo moral, algo frío.

 

era a finales de siglo y no había escapatoria.

la cúpula había caído, la utopía

de una bóveda inmensa sujeta a mi cabeza,

había caído.

el Cristo negro de la Iglesia del Cristo

—al menos, así lo veía a contra luz—

reflejando su alma en pleno mediodía.

podía aún fotografiar al Cristo aquel;

tener esa resignación casual

para recuperar la fe.

también volver los ojos para mirar las hojas amarillas,

el fantasma de árbol del Parque Central,

su fuente seca.

(y tú que me exiges todavía alguna fe).

 

mi amigo era el hijo supuesto o real.

traía los poemas en el bolsillo

del pantalón escolar.

siempre fue un muchacho poco común

al que no pude amar

porque tal vez, lo amé. la madre (su madre),

fue su amante (mental?)

y es a lo que más le temen.

qué importa si alguna vez se conocieron

en un plano más real.

en la casa frente al Malecón, tenía aquel

viejo libro de Neruda dedicado por él.

no conozco su letra, ni tampoco la certeza.

no sé si algo pueda volver a ser real.

su hijo era mi amigo,

entre la curva azul y amarilla del mar.

lo que se ve en el papel es tan seguro

como lo que se toca. (aprieto la tachuela roja,

el clic del disparador... lo que se ve no es

la llama de la pólvora, sino el minúsculo relámpago

de una foto).

el hijo (su hijo) vive en una casa amarilla

frente al Malecón —nadie lo sabe, él tampoco lo sabe—

es poeta y carpintero.

desde niño le ponían una boina

para que nadie le robara la ilusión de ser,

algún día, como él.

algo en la cuenca del ojo, cierta irritación;

algo en el silencio y en la voluntad

se le parece, entre la curva azul

y amarilla del mar.

—dicen que aparecieron en la llanura

y que no estaba hecha por la mano del hombre—

quizás ya estaba allí, esperándonos.

la verosimilitud de la existencia es lo que importa,

pura arqueología de la foto, de la razón.

(y tú que me exiges todavía alguna fe).

 

el Cristo negro de la Isla del Cristo sigue intocable,

a pesar de la falsificación que han hecho

de su carne en la restauración;

la amante sigue intocable

y asiste a los homenajes en los aniversarios;

(su hijo), mi amigo, el poeta, el carpintero de Malecón,

pisa con sus sandalias cuarteadas

las calles de La Habana;

los bares donde venden un ron barato a granel

y vive en una casa amarilla

entre la curva azul y oscurecida del mar.

¿qué importancia tiene haber vivido

por más de quince años tan cerca del espíritu de aquel,

de su rasgo más puro, de su ilusión genética,

debajo de la sombra corrompida

del árbol único del verano treinta años después,

si él ha muerto, si él también va a morir?

 

no me atrevo a poner la foto legendaria sobre la pared.

un simple clic del disparador, una tachuela roja

y los granos de plata que germinan

                       (su inmortalidad)

anuncian que la foto también ha sido atacada

por la luz; que la foto también morirá

por la humedad del mar, la duración;

el contacto, la devoción, la obsesión

fatal de repetir tantas veces que seríamos como él.

en fin, por el miedo a la resurrección,

porque a la resurrección toca también la muerte.

 

solo me queda saber que se fue, que se es

la amante imaginaria de un hombre imaginario

                                        (laberíntico)

la amiga real del poeta de Malecón,

con el deseo insuficiente del ojo que captó

su muerte literal, fotografiando cosas

para ahuyentarlas del espíritu después;

al encontrarse allí, en lo real en el pasado

en lo que ha sido

por haber sido hecha para ser como él;

en la muerte real de un pasado imaginario

—en la muerte imaginaria de un pasado real—

donde no existe esta fábula, ni la importancia

o la impotencia de esta fábula,

sin el derecho a develarla

(un poema nos da el derecho a ser ilegítimos en algo más

que su trascendencia y su corruptibilidad).

un simple clic del disparador

y la historia regresa como una protesta de amor

                                       (Michelet)

pero vacía y seca. como la fuente del Parque Central

o el fantasma de hojas caídas que fuera su árbol protector.

ha sido atrapada por la luz (la historia, la verdad)

la que fue o quiso ser como él,

la amistad del que será no será jamás su hijo,

la mujer que lo amó desde su casa abierta,

anónima, en la página cerrada de Malecón;

debajo de la sombra del clic del disparador

abierto muchas veces

en los ojos insistentes del muchacho

cuya almendra oscurecida

aprendió a mirar

y a callar

como elegido.

(¿y tú me exiges todavía alguna fe?).

 

 

 

 

GIOTAKUS

 

 

En el vientre de la ballena, en el mío,

una sensación de inmensidad vacía.

No traigo peces muertos, no he comido las frutas del fondo preferidas.

No he digerido más que el árido color de los corales.

Comida cortante, polvo de hueso, cartílago que hiere.

Me paseo sin profundidad y con vértigo

respiro agitada o pausada, siempre artificial

esperando una mano blanca que acaricie mi lomo plateado.

¡Si una ola volviera a mecerme contra los arrecifes!, luego

vendré a morir. Seré despellejada y repartida

como carne cualquiera entre la gente.

Recuerdo cómo salía para vigilar el horizonte y despertaba

con el canto de algas. Algo creí ver a relieve y moviéndose

entre aquella inmensidad que era mi casa al fondo del océano.

Ahora, arrastrada por el conocimiento de mi cuerpo espeso

enredada en un fondo miserable

¿a quién iré a pertenecer?

No quiero alimentar al extraño consuelo

del arponazo final de la alimaña.

Prefiero fingir que me he quedado ausente de la profundidad.

Alelada y constante entre pequeños peces.

 

 

 

 

TAMAÑO DE LAS MANZANAS

 

                                …calculando siempre el tamaño

                                  de las manzanas exportadas...


                                                     
  Marina Tsvietáieva

 

 

«Manzanas de vuelta abajo» —dice mi madre.

Y el sueño del otoño empieza a descender con ellas

por el esófago

hasta el centro hundido del ombligo,

que termina en un hilo rojo azucarado

intenso

para sujetarme

a trabajar, a trabajar...

 

¿Qué más puedo hacer?

 

He perdido las ilusiones de los sabores,

de las cosas.

Me reduzco a confiar en lo mínimo.

 

Termina el siglo y la pasión.

Las noticias parecen territorios donde el deseo

penetra sin saber

qué habrá después.

Una incertidumbre

sin religión, sin fe.

Una fuga de las fuerzas del mal celestial.

 

Debería tener un bosque por donde caminar

contra la arenilla del viento.

Debería saber que alguien me quiso alguna vez.

 

Pero, humildemente,

me siento a trabajar con el puré de manzanas

revueltas en mi estómago.

Con ese fruto contagioso del árbol prohibido.

Quiero fingir que seguiré, que seguiré...

La mente está vacía, los deseos se fueron

y la rutina desplaza a la imaginación hacia el fondo.

 

(Un mal poema es ese momento en que la exaltación

deja de ser un parto natural y simbólico).

 

Vaguedad de los días de otoño

sobre el mantel cotidiano.

Cáscara vacía, apenas rota.

Ni siquiera es importante ya que el día sea blanco, gris,

cuadriculado frente a la pared o indiferente

sobre el nailon que antes fuera completamente azul.

 

Haré que flote.

Vaciaré el cuenco

con manzanas deshidratadas de Pinar del Río

—el lote de sobrevivir—

y lo exprimiré hasta lo imposible.

 

 

 

 

RAJADURAS

 

 

La rajadura del techo

baja hasta ti

y luego,

la pintas para hacerla aleatoria,

pero es frontal

y estrecha

como un río que ha perdido fuerza

(esperanza)

y puede abrir la zona de tu cabeza

donde se muere partido en dos.

El derrumbe que pintas

está en mi corazón

donde esa grieta ha calado

blanduras

hundimientos,

pero tú sigues trabajando

y habrá otras franjas,

hasta caer completamente

zambullida en esa raja fría.

No saldrás mar afuera,

saliva para tragar

—él, agoniza—

aunque otro crea que por debajo

de la pared agresiva

(ortodoxa)

saldrá la claridad, la luz.

 

 

 

 

IMÁN

 

 

Mamá, debajo del colchón

rosada contra su piel rugosa

tuerce los dedos, canta.

La miro desde abajo,

donde caigo como un alfiler

sin prisa, sin gracia, rompiendo sus modelos.

Lloré en el vientre sí, después lo supe

(o lo sabía antes)

y me tejí desde el vientre, aquel ombligo sin pasión

para fingir un abismo.

Arrebolada desde el suelo

veo pasar su imán sin percibir más que

la angustia con que estuve

quietecita, debajo.

 

Todo sale y vuelve hacia ti,

desde la hendija de esa vieja puerta cerrada

por deformes pensamientos,

(ahora cuerpos) en la total oscuridad de un pasillo

alargado.

«Me has acompañado en lo que no viviré.

Mamá, perdí».

Tú vencedora, la piel amoratándose,

la curva de la cadera desviada un momento.

El sentido de un fin que nos sobrecoge

a las dos.

 

Sigo debajo del colchón junto a tu cama,

con los mismos rasgos, los mismos apuros

(las mismas obsesiones).

¡Nos parecemos tanto!

Actuando, alardeando un poco,

debajo de un alambre bien estirado

y tenso.

A un lado de tu cama siempre puesto el imán,

«la incomprensión» —lo llamas,

junto a un vasito de agua fría que recoge

ese (eterno fingimiento) de fingir de antemano,

el hundimiento.

 

 

 

 

TED LIJA UNA MESA

 

 

Intenta existir mientras Ted lija

la mesa de cuadrado perfecto

cedro negro.

La desesperación.

Intenta inventarte un cuento

para esta noche

y acurrúcate en él.

Las manos peladas de tanto lijar

esa nueva luna que no caerá sobre la mesa

ni sobre el teclado, después.

¡Qué importa que resplandezca o no,

a través de la ventana del portafolio infantil

y el viento vuelva a sacudir sus misterios, nevados!

Ted lijará pacientemente, el pavimento, el poema.

Restañará sus curvas

en tanto esa madera hostil se calcina cada día

en las virutas.

 

He vivido casi medio siglo con ustedes

(allí, quietecita).

Los he visto tomar el trillo una, y otra vez,

llegar cansados de sobrevivir entre las moras.

Los observo en la caricia con ese ojo feo de mentir

y siento envidia, sí.

He dormido en la misma cama.

Una cama que imagino de madera clara, y detrás,

aquella cortina que desplaza las nubes

al desvelo: puro satén.

 

Regreso de tomar otra pastilla del baño

y de rociar uno a uno

los frijoles desperdigados por la taza

o calentar el trigo verde inflado

por el peso de los años de vana pasión.

Los vigilo.

Sentada (en cuclillas) orinas muy despacio

contra el esmalte que trae la criatura

esperada, inesperada, pero que viene.

¡Que llega al fin!

 

No es invierno ni llueve en Devon.

Tampoco habrá palomas en el alféizar.

«¡Con este frío!»—murmuras, calentándome.

Luego, habrá cólicos de jugos de moras

o de frutas tropicales importadas.

Todo lo habitual de un matrimonio común.

Cuando miro hacia atrás,

los veo desvestirse, sudar, ir y venir

de un quehacer a otro, «una patraña»– digo.

Dar la vuelta juntos

alrededor de una imposibilidad.

 

Miro tu camisa Yves Saint-Laurent

del lado opuesto, la mesa.

Decir correctamente su nombre tiene precio, un sentido.

La correlación de una marca segura

contra las prendas baratas o innombrables que doy.

Buscar una guarida, otra fórmula de resistencia

(en tu cuello, en la cornisa gris, sobre tal marca: la sal).

La emoción de otra mujer que pagó cara la confianza.

 

Pero las marcas varían

y como la luna, al cambiar su ruta

declinan este cobrar tan caro

la insatisfacción, la distancia.

Tal vez ustedes admiran

esta manía que tengo de grabar sensaciones

como un fantasma

(cuando pongo mi astucia sobre el borde del cuello

y la tela sueña, otra costra).

«Viajar por las camisas de otros hombres cosidas con cal,

—dice la intrusa—, aventurarse...».

El doblez de un cuello trae su regalo,

y más tarde, un olor o desafío en el corte.

(Aunque esta Navidad, supongo, no será para mí).

 

Él se quita la camisa —imagino.

No necesita prendas para saber

que lo espero a las dos de la madrugada

por el filo irresistible en la madera.

Por esos ganchos (pérfidos) de la pared,

la sangre helada, que repite la historia depuesta,

por los que no tienen nada que contar.

Y entonces, escribo tu nombre

sobre la mesa rebanada,

con su olor pegado a la nariz,

(untada en mantequilla, como antaño),

apoyada en la baranda del Elizabeth

—su barco preferido—

viajando, viajando siempre

y alejándome de mí (de él), pero sobre todo

de ustedes.

Sobre el lado oculto de la mesa lijada ha quedado

esa marea alta de las prohibiciones que nos hicieron ayer.

La palabra que no podré enmarcar

en una etiqueta corriente

todavía.

 

 

 

 

HUEVO DE ZURCIR

 

 

Se provocó un aborto con una aguja,

pero el huevo seguía prendido (oscuro)

como una yema dura, sin desprenderse.

Su dedo no pudo arrancarlo.

Los demás niños se tiraban de uno en fondo

(desde el tablón de acuatizar —decían— hacia la cama).

Abajo, la viejita, dormía,

pero ellos insistían en arrastrarla con su mala suerte,

al mar de ojos amarillos

surfiando.

Porque había un mar después del pasillo.

Una luz, que en la angustia de crecer (y de creer)

les hacía ver aquellas cosas del final, difíciles

(la penitencia)

convenciéndolos con dificultad de esa osadía,

de caer desde la altura sobre el mármol.

 

Por eso, se pinchó más profundo esta vez,

durante una tormenta de alcanfor.

Pinchó con esa uña larga de tejedor, adentro.

Relampagueaba, a pesar de que no llovía,

y se sintió abandonada como una piedra

con escalofríos de rodar

aquella máscara de peltre sobre la acera.

Porque ella también (en el momento apropiado)

quedaba rota, petrificada.

Y los niños bajo el edredón, oían su llanto y la culpaban.

Toda la familia la culpaba.

Él nunca sospechó los instrumentos.

«No tuve más remedio que ser mezquina

y dejar ese olor a huevo podrido en el paño».

 

Al fin, el huevo se desprendió con cáscaras

de un metal retorcido,

sobre un tapiz de madreperla barato.

Y Cloto (vieja hilandera) cayó

empujada por el apuro de los muchachos

sin ser doncella ni madre ni enemiga,

y no era más

que un poco de sangre coagulada

sobre una sábana que no era el mar.

 

 

 

 

MANZANA DE CALIFORNIA

 

 

Una manzana de California cuesta treinta centavos.

Una pequeña manzana llegada al puerto

de contrabando. Cabe en un puño.

(Se la doy a mi hija).

Es dulce, pero a la vez, ácida.

Como toda manzana verdadera

cuesta un sabor.

Los jóvenes comerán otras cosas

con imprudencia.

La manzana que no pruebo

(que no probaré) sin arrepentimientos

me fue negada entonces.

El convenio se cierra con ajenos,

se entrega por una manzana un corazón.

Hacen las paces con manzanas ajenas.

¿Quién nos quita tantos años de necesidad

y dolor?

Manzanas extraviadas en la memoria

supuran tuétanos verdes.

Cavidad por cavidad, esa semilla

(en la boca) sabe a tierra corrupta,

a desesperación.

Árbol de esa manzana prohibida aquella vez

(y preferida hoy)

¡das frutos pobres!

Sin la manzana viva en la cesta

con la normalidad de masticar un don

¿cuánto costamos ahora?

Sin remedios contra esta enfermedad

(política) de comer cuando nos sea permitido.

Aprieto la manzana contra el puño

y se la llevo a ella

para que no sea como yo.

 

 

 

 

VIOLET ISLAND

 

 

yo conocí a cierto hombre, un hombre extraño.

cuidaba cada día y cada noche la luz de su faro

un faro en la medianía que no indicaba mucho,

un faro pequeño para embarcaciones de poco nivel

y oscuros pueblos de pescadores. allí, en su isla,

él intercambiaba con su faro las sensaciones,

esperando cada día cada noche esa otra luz

que no vigila la persecución de algún objeto,

esa otra luz que no ilumina nada,

otra luz reflexiva, que cruza hacia adentro,

la distancia entre el puerto seguro del sitio

y el ojo que mira volver, por encima y transparente,

la ilusión provisional que se eterniza:

esa curva del ser tendido junto al faro

sin precaución ni límite, para ser o tener

lo que imperfectamente somos, nada más,

que soñar lo que sueñe y estar donde está

sobre las quietas aguas y apagarlo todo en el cuadro

de un día y ser nuevo otra vez hacia la madrugada

junto al faro pequeño y perdido de Aspinwall

sin siquiera imaginar que existe algún deseo

fuera de desear la breve luz que cae, anocheciendo,

sobre las quietas aguas y los sonidos muertos ya

de aquellas olas, que en otro tiempo, fueron su pasión:

su dolor de gozar y sufrir, un refugio sincero.

como el guardafaros de Aspinwall, solo en su faro,

yo me quedé dormida, a pesar de la intensa luz que cae

y sobresale por encima del tiempo, a pesar de la lluvia

golpeando el espejo de los peces blancos,

a pesar de aquella luz espiritual que era su alma,

yo me quedé dormida entre el puerto y la luz,

sin comprender: quería, solo quería un tiempo más

para volver aprendiendo, no sobre la resaca de la conmiseración

donde atan su mástil los desesperados;

no la fortuna auténtica de vivir sin saber, sin darse cuenta;

no la luz provisional que se eterniza y finge lo que seremos

o el miedo de poseer la realidad opaca, intrascendente.

yo quería la vida sólo por el placer de morir, sobre las quietas aguas,

junto a los peces blancos y estaba impaciente

porque sucediera todavía la reedición de mi inconsciente

para que alguien hallara allí lo no tocado, la otra voz,

no de este ser intermediario, un cuerpo para medir las grietas

bajas; un cuerpo para la violación de un yo impracticable:

yo me quedé dormida, inconsecuente, en la imaginación

de ese ser otro en la distancia, suficientemente avanzada

para tener iluminación propia en Aspinwall, pero fracasada

también oscurecida, como el guardafaros sobre las quietas aguas

de lo que imperfectamente somos, en la medianía

de un faro que no indicaba mucho, a través de la lluvia cálida

y real de lo imposible.

 

soy Fela, no te conozco, este cuerpo con que vendré no es mío

la aparición ser otra cosa: como despeñarse, una avería,

un silencio.

y ¿si pierdo? o ¿si gano? o ¿si atravieso el foso vertical?

 

me acerco a los animales como únicos sobrevivientes

maravillados con el ocio de la luz

y estos pastos vacíos que atravieso con horror

y llamándolos. me acerco a dónde van, a dónde van todos?

buscando dónde hacer lo que hubo de cierto

y sin espejismos del desastre de ser como únicos sobrevivientes

del faro en su vértigo tal vez los haga comprender mi intención

de contar todavía alguna sombra, alguna luz.

no quiero domesticar a nadie más

que ellos penetren con su sabiduría en mis voces

y se acerquen sin ser, sin pedir, sin darse cuenta,

pero conociendo desde el doblado ojo enrojecido, otro lenguaje,

otra profundidad que no marque lo seguro, ningún término,

ninguna valentía. solo estar donde estamos y posarnos

como inteligencias diferentes en la sensación, prestándonos

dolor, angustia, alguna llama estable.

 

y ahora dime... gime al oído

fue una ciudad con puerto.

los nombres de sus barcos profundos

anclaron alguna vez aquí.

nombres raros con esmaltes muy fuertes

y encendidos.

estábamos rodeados de horizonte y de agua,

porque los puertos permiten olvidar y recibir

olvidar y volver.

fue una ciudad con puerto

donde ya no se ha ido ni ha vuelto nadie más.

una niebla permanente cubre la tela de fondo

todavía azul y humedecida del invierno

y el descolorido ondear de las banderas

agujereadas por la sombra.

si bien antes fue un límite

cuando salías a mirarlo y correr

ahora es sólo la apariencia de un límite

el sonido de las sirenas muertas

que ya no suenan a través de ti

ni se confunden ni te llaman.

pero dónde está el puerto?

¿y los barcos?

¿y el faro?

¿y los hombros de los marineros convidándote

a otros puertos oscuros?

 

 
 

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
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