Luis Felipe Rodríguez y la peripecia tragicómica de Charlie
Cuenta su coterráneo manzanillero Julio Girona que: “El escritor Luis Felipe Rodríguez era alto, buen mozo. Se peinaba con la raya al medio. Tenía un pelo abundante, negro. Andaba siempre con saco y corbata y trajes claros. No usaba bastón, como era la costumbre entre la gente que se destacaba. Parece que no tenía dinero para comprar cigarros, que entonces costaban cinco centavos la cajetilla. Antes de pedir un cigarro a un amigo, se tocaba los bolsillos del saco y decía:
―¿Tienes un cigarro?
―Pronunciaba las erres ligeramente como un francés. Luego se metía las manos en los bolsillos y decía:
―¿Tienes fósforos? ―Todos conocían su procedimiento para fumar".
Quienes conocieron a Luis Felipe han afirmado que fue un hombre de personalidad curiosa, algo extravagante, aparentemente ausente de la realidad, si bien su obra demuestra que fue un observador sagaz, crítico, certero y muy adentrado en el acontecer social.
En 1916 publicó una editorial de Valencia su novela Cómo opinaba Damián Paredes, la cual se desarrolla en una imaginaria ciudad de Tontópolis. Se trata de una narración satírica; que recoge una sucesión de cuadros de la vida en una ciudad imaginaria, la ya citada Tontópolis. Su bibliografía incluye numerosos libros, pero nos detendremos en otro, Don Quijote de Hollywood (Peripecia tragicómica), de 1936, prologado por el ensayista Juan Marinello, una fantasía llena de humor y sátira con Charles Chaplin de protagonista en las más inusitadas situaciones, las cuales dibuja con fuertes rasgos críticos.
El aviador del servicio del Purgatorio dejó a Charlie en la primera estación, para esperar allí un enorme avión color de fuego bermejo con capacidad suficiente para llevar al Infierno a todos los hipócritas, pertenecientes o no a la diplomacia o a la Liga de las Naciones. En dicha estación, una verdadera multitud aguardaba, compuesta, en su mayoría, de hacedores de reputaciones falsas, de clandestinos fabricantes de alcoholes, de presidentes de repúblicas hispanoamericanas, de agiotistas de Wall Street y de generales de los estados balcánicos.
Trabajó diversidad de géneros. De 1912 data su ensayo La ilusión de la vida, editado en Valencia. La relación de títulos se nutre con Gente de Oriente, 1915; Poema del corazón amoroso, prosa poética, de 1920; La conjura de la Ciénaga, novela que tuvo su primera edición en Madrid en 1923, y La copa vacía, también novela, publicada en 1926.
Afirma el ilustre crítico Max Henríquez Ureña que L. F. Rodríguez “tenía el sentido recóndito de la sonoridad verbal, y sabía combinar las palabras para producir efectos musicales. También producía la sensación de vivir ausente de cuanto lo rodeaba, y sin embargo lo observaba todo y copiaba con exactitud la realidad circunstante”.
El sarcasmo aflora en este pasaje:
― ¿Y de qué vivo, doctor?
― ¡Pues del aire, señor mío! El aire no solo es un medio adecuado para restablecer la vida neurovegetativa, sino también una fuente fluídica y elemental de espíritus curativos y protectores (…)
― Bien, doctor, si es para mi curación, abandonaré las medicinas de patente y viviré del aire.
Perteneciente al Grupo Literario de Manzanillo que por instancias de Juan Francisco Sariol fundó en 1920 la revista Orto, Luis Felipe Rodríguez (1884-1947) es conocido sobre todo por su Marcos Antilla, relatos del cañaveral, 1932, con varias reediciones; aunque también publicó La pascua de la tierra natal, de 1928; Biología de nuestra hospitalidad, 1935, y en particular la novela La Ciénaga, que le valió el premio de ese género en el concurso literario patrocinado por la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación en 1947.
Dentro de su obra teatral incluye el drama en tres actos Contra la corriente, La comedia del matrimonio y Turbonada, publicados en Orto, en tanto el relato La guardarraya le mereció el primer premio del concurso convocado por Revista de La Habana, en 1930.
He aquí otra muestra, para que el lector juzgue por sí mismo:
Charlie fue llevado por un guardián a donde estaba el jefe.
― ¡Charlie —exclamó el jefe del servicio de entrada, con su cara de buen viejo truchimán. ¡Pero si no hay nadie más gracioso en el mundo! Qué, ¿vienes a purgar algún pecadillo, tunantuelo?
― Vengo a ver cómo anda esto.
―¿Tienes en proyecto alguna nueva cinta?
― Quizás.
―Buen viaje, le dijo socarronamente el jefe de entrada al Purgatorio, y no te preocupes del alimento. Aquí no se come. Estamos como los cubanos con el apoyo de Wall Street.
Antologado, traducido, reeditado, Luis Felipe Rodríguez trabajó un humor tragicómico, mordaz, de crítica e intencionalidad política (con marcado matiz antiimperialista), portador de una reserva desbordada de imaginación. Es una pena que hoy día permanezca un tanto olvidado dentro del fecundo panorama de la literatura cubana del siglo XX.
