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La imagen poética en San Sebastián

Virgilio López Lemus, 04 de mayo de 2016

San Sebastián es un santo católico que reviste en torno suyo una leyenda. Lo legendario se torna poético más allá del mero relato, del asunto épico, dramático o trágico, porque tiene como trasfondo una diferenciación poética sobre lo real. Cualquier enciclopedia nos informa que este hombre del siglo III parece haber sido capitán de la Guardia Pretoriana, profesaba el cristianismo y logró muchas conversiones entre sus coetáneos. Maximiano (o Diocleciano) lo supo y ordenó su ejecución a flechazos, pero el ya casi santo no murió y, según la tradición, una viuda cristiana llamada Irene lo recogió y lo curó. Ya recuperado, Sebastián volvió valientemente ante el emperador y lo denunció por su crueldad, pero este mandó que lo matasen a golpes. Volverse contra el Poder ha sido peligroso ayer y hoy. Sobre tal leyenda se ha creado arte, tanto pictórico como de la palabra poética.

El cubano Eugenio Florit alcanzó a escribir uno de sus poemas mejores, llamado «Martirio de San Sebastián». Si bien el hombre murió a golpes, es el asunto de las flechas lo que ha acaparado al arte desde el Renacimiento hasta nuestros días. Esto es lo que vemos en Louis Brea (1456-1522), cuyo Saint Sebastien pude ver en su gala original en el Museo de Bellas Artes de Ruán, en Francia. El santo se halla de pie sobre dos troncos erectos y cortados, y amarrado a otro alto y vertical. Esta rara locación sutilmente fálica muestra al hombre sufriente con solo dos flechas, una clavada en el costado izquierdo y la otra en el brazo derecho, seguro que no mortales. Frente a ese cuadro, el Saint Sebastien soigne par Irene, de Nicolo Regnier (1591-1667), está desfallecido, cayendo al piso, mientras la mujer cura la herida de flecha del costado derecho. Joven y muy bello, Sebastián está reclinado hacia atrás. Hay un halo de misterio en el color. Con igual título del Nicolo, un cuadro procedente de D´Apres George de la Tour (1595-1652) muestra al mártir de cabello lacio y rubio, a diferencia de los dos anteriores trigueños, y la flecha se halla en el muslo izquierdo. Está sentado y lo mira una mujer con farol en la mano.

Por último en esta galería, Horace La Blanc (fines del s. XVI-1637) logra una escena más fuerteen la que el hombre se halla de pie y atado a un tronco seco con la constante de flechas en los muslos, el brazo y el costado derecho. También es rubio, pero mira hacia el cielo, a diferencia de los semi caídos sufrientes anteriores. Del árbol seco sobresale una rama gruesa que apunta de manera amenazante a la figura humana. Unos hombres se alejan en un paisaje difuso y verde, y a uno se le ve el arco y las flechas. Deben de ser los verdugos.

El martirio de San Sebastián es de alguna manera paradigmático en relación con el de Cristo, y tiene tanta fuerza como la crucifixión. Dos jóvenes (Jesús parece que tenía treinta y tres años) sufren por su fe, avanzan hacia la muerte y con ello se fijan en la vida. Decenas de San Sebastianes nos miran o miran al cielo desde siglos en pinturas y esculturas que lo representan. El nombre Sebastián aparece difundido en todas las regiones de credos cristianos, muchas ciudades llevan ese nombre. Como se le asoció con la curación de la peste, en el siglo XX se le hizo «patrón» sobre el sida. Parece que su cuerpo joven, atado, martirizado a flechazos (y la flecha tiene un valor fálico) lo asoció con las comunidades gays de todo el mundo.

La fuerza de la imagen supera lo icónico, pero el hecho de que el santo católico y ortodoxo se tranformase en símbolo de un martirio puntual, va más allá de la santidad o de la leyenda: se convirtió en poesía. La poesía del dolor puede verse de diferente forma en la poética martiana y en el propio José Martí, asaeteado por las balas españolas en Dos Ríos. El ser sufriente, discriminado por su credo, fe, o combatido por ella hasta la muerte, trae un halo poético que deslumbra, que rebasa el mero simbolismo y se engancha en el dolor humano de todos los tiempos, del mártir atado y del sufriente actual, cuyo género se atenúa (si es femenino o masculino) ante la imagen de la consternación. La poesía busca en el piso mismo de la imagen del santo y se cuela en la idea de la juventud perdiéndose ante el dolor y la muerte.

Muchas elegías llevan una impronta sebastiniana, no solo por cantar al ayer, a lo perdido, a lo fugado en el tiempo o llevado por la muerte, sino también por la dosis de dolor que ello implica. La poesía se reviste de la amargura humana, del transcurso difícil de una especie que desarrolla más que una «misión» de vida, un fatum, el sentido griego de la fatalidad, de lo que ha de cumplirse. Juan Ramón Jiménez hablaba del «poeta fatal», que lo es sin poder ser otra cosa, asaeteado por las circunstancias y por la vida social que impone retos muchas veces pragmáticos, o nada poéticos.

En el cuarto de los Sonetos a Orfeo, Rilke escribió: «Arco de flechas y blanco de flechas, / vuestra sonrisa fulge más eterna entre lágrimas». La sutil alusión al mártir cristiano interpreta el martirio como poesía. Una sonrisa fulgente se acrisola entre lágrimas, de modo que una suerte de felicidad aureola el martirologio. Es el sentido del poema de Florit, en el que hasta el objeto del dolor se hace gozo: «Sí, venid a mis brazos, palomitas de hierro», que el poeta siente que son «caricias agudas» para exclamar: «¡Ay!, qué acero feliz, qué piadoso martirio».

La poesía se hace imagen en las obras pictóricas, pero es en versos donde se consuma la aceptación de la muerte bajo las flechas que lanza «la realidad». Porque San Sebastián resulta también fácilmente identificable como alegorema del poeta. ¿Qué recibe el poeta por su fe en la poesía? Si bien habría que abrazar aquí la idea de que el artista, el poeta, crea su obra con dolor, ese dolor irradia alegría creativa. Puede aludir al «pago» que le ofrece la realidad social por el «servicio» creativo del poeta, las flechas son los numerosos inconvenientes que debe enfrentar la persona que se asume como poeta. Baudelaire con el albatros, o Lezama con el «mulo» fajado con el abismo, vieron esa suerte de «destino» o de fatalidad en el poeta, que se desplaza bellamente en las alturas y no puede andar con gracia con los pies en la tierra, o que resiste el paso a tesón abierto. Las flechas de la realidad lo agreden, pero el poeta goza en su creación, se realiza en ella. San Sebastián representa también una suerte de adalid de la poesía. Poesía por la fe, entrega ante el dolor y aceptación de ese «destino».
 

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas

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