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Poeta fieramente humano

Ricardo Riverón Rojas, 16 de mayo de 2016

El pasado 15 de marzo se conmemoró el centenario del poeta español (vasco) Blas de Otero, considerado uno de los más importantes líricos peninsulares de la postguerra. Su fecunda trayectoria se inicia en 1941 con la publicación en Pamplona de Cuatro poemas, y cierra con Pido la paz y la palabra, publicado en Barcelona por Lumen– con introducción de José Batlló– en 1975.

La ruta creativa de Otero se define en tres momentos esenciales: uno primero donde testimonia su devoción religiosa, otro donde disiente y se concentra en el existencialismo, y un último en el que busca la expresión de servicio político, a tono, entre otros motivos de conciencia, con su filiación al Partido Comunista Español.

Tomemos en cuenta que Blas de Otero residió en nuestro país entre 1964 y 1968, y que durante su estancia se publicó aquí, por la Editora Nacional de Cuba, un volumen con el título de Que trata de España, donde incluía tres de sus poemarios: Pido la paz y la palabra, En castellano y Que trata de España. En esos cuadernos, sin ceñirse con el halo propagandístico que pugnaba por establecerse en el discurso poético nacional, no sorprende su manera de expresar el humanismo desde una posición de barricada, ni siquiera cuando la comparamos con su primera y segunda etapa. Por eso coincido con Elena Perulero Pardo-Balmonte cuando afirma que «salvo en contadísimas excepciones de poemas nunca publicados en libro, Otero mantuvo siempre una altísima exigencia estética, aunque nunca renegó de la ideología marxista, ni mucho menos de su compromiso con la paz, la libertad y la justicia».

Dos de sus emblemáticas composiciones, una de los inicios y otra de su etapa parisina de 1952 –cuando ya su poesía y su vida habían girado hacia la voluntad de servicio político– lo confirman:


Cántico

Es a la inmensa mayoría, fronda
de turbias frentes y sufrientes pechos,
a los que luchan contra Dios, desechos
de un solo golpe en su tiniebla honda.
A ti, y a ti, y a ti, tapia redonda
de un sol con sed, famélicos barbechos,
a todos, oh sí, a todos van, derechos,
estos poemas hechos carne y ronda.
Oídlos cual el mar. Muerden la mano
de quien la pasa por su hirviente lomo.
Restalla al margen su bramar cercano
y se derrumban como un mar de plomo
¡Ay, ese ángel fieramente humano
corre a salvarnos, y no sabe cómo!


Pido la paz y la palabra

Escribo
en defensa del reino
del hombre y su justicia. Pido
la paz
y la palabra. He dicho
«silencio», «sombra», «vacío» etcétera.
Digo
«del hombre y su justicia»,
«océano pacífico»,
lo que me dejan.
Pido
la paz y la palabra.


Estos dos poemas son de los más conocidos, se diría que emblemáticos de Blas de Otero. Al menos en Cuba, cuando Roberto Fernández Retamar compiló y publicó Poetas españoles del siglo xx, entre mis coetáneos se conocieron y comentaron con intensidad y profusión, fundamentalmente en los cenáculos literarios. No olvidemos que son los años en que en Cuba se daban, entre otros acontecimientos de interés poético-político, la fundación de la revista El Caimán Barbudo, la polémica entre el grupo El Puente y los líderes de dicha revista, con las argumentaciones y devaluaciones de Ana María Simo y Jesús Díaz; también los desafueros en torno a la novela Pasión de Urbino, de Lisandro Otero, desatados, según Guillermo Rodríguez Rivera, por el ditirambo de Heberto Padillaa a favor de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, con la intención de contraponerla –creo que de manera desleal– a la novela de Lisandro. Sumémosle al Conferencia Tricontinental, el Salón de Mayo, la muerte del Che, el Congreso Cultural de la Habana, la descalificación pública de los libros Fuera del juego y Los siete contra Tebas, del propio Padilla y Antón Arrufat respectivamente; las diatribas del apócrifo Leopoldo Ávila en la revista Verde Olivo...

Todos estos acontecimientos, sumados a la experiencia amorosa que con Yolanda Pina vivió Blas de Otero en Cuba (terminada en divorcio) no mermaron su apego a la causa socialista, su simpatía por Cuba. Quienes vivíamos aquellos aconteceres, pese a que en nuestro fuero interno aceptábamos de alguna manera el sofisma en torno la «necesidad» de ciertas cotas temáticas para la poesía, la excelencia del verso de este poeta nos indicaba que para lograr efectividad política no era necesario acudir, en el caso de la poesía, al panfleto, como desgraciadamente sucedió en no pocos casos.

El poeta que, tras uno de sus viajes a la patria de Victor Hugo –donde experimentó el primer cambio profundo en su perspectiva poética– declaró que «a París siempre le sobra una ‘r’ para ser [su] país», vino a Cuba invitado a integrar el jurado del Premio Casa de las Américas en 1964 y decidió que este fuera «su país» (acaso encandilado por la utopía que le pareció viva en su contradictoria riqueza) y en él permaneció hasta que la salud se lo permitió. En relación con su estancia cubana, Juan José Lanz escribió:

 

En los años sesenta son continuos sus viajes y cambios de residencia: primero a París, luego a la URSS y China, para instalarse en Cuba entre 1964 y 1968 (...) De esos viajes surgen los poemas de Que trata de España (1964) y del inédito hasta ahora Poesía e Historia, escrito entre 1960 y 1968, que supone una ampliación del campo poético precedente: la percepción histórica de una transformación internacional (China, URSS y Cuba), que apunta a la realización de la utopía propugnada, pero también una revolución en el lenguaje acorde con la evolución histórica, más allá de los estrechos debates patrios. En Cuba, siguiendo el camino abierto por Rimbaud y Baudelaire, escribe las prosas de Historias fingidas y verdaderas (1970), que se encuentran a la altura de la mejor prosa juanramoniana o de Ocnos, de Luis Cernuda.

 

Al releer la obra de Blas de Otero, y buscarle puntos de contacto con la norma poética que por aquellos años se imponía en Cuba en detrimento de otros ángulos de abordaje (me refiero al coloquialismo y la antipoesía), pienso que esas creaciones suyas, de habérseles prestado mayor atención, hubieran moderado bien muchas polémicas estériles, que del plano estilístico se extrapolaban a lo político y creaban con ello mucha confusión entre quienes se preguntaban qué función social podría cumplir el poeta. Tan magistralmente se unen en el bilbaíno el rigor poético y el compromiso político que, tanto como lo hicieran antes Miguel Hernández, Pablo Neruda o Nicolás Guillén, demuestra que la disyuntiva no está en atribuirle a la poesía utilidades más allá de su autoreferencialidad, sino en no hacerle concesiones a lo denotativo.

Su estancia en Cuba dejó, no obstante, una impronta que contribuyó a que nos reconociéramos una vez más como parte de la tradición de una lengua rica en matices y posibilidades musicales. Además de una lección sobre la utilidad de la poesía.

Blas de Otero falleció en Madrid el 29 de junio de 1979. Al marchar de Cuba nos dejó una singular despedida poética:


ME VOY DE CUBA


...Los domingos los guajiros se vestían de blanco.
Las mujeres se ponían flores en la cabeza y se soltaban el pelo.

Esteban Motejo, El Cimarrón



Me voy de Cuba. Me llaman
otras tierras y otros vientos.
Se quedan mis pensamientos
dudando entre lo que mira
el alma y lo que le espera.
Guantanamera guajira.
Guajira guantanamera.
Me voy de Cuba. Hasta luego,
que pienso volver a verte
si no me ciega la muerte
o si antes no quedo ciego.
Triste de aquel que le tira
su patria de tal manera.
Guantanamera guajira.
Guajira guantanamera.
Guantanamera trigueña,
llevo en el pecho la enseña
de tu isla caimanera
y su cintura pequeña.
Adiós, luna santiaguera
que toda América admira;
Habana de mis amores
donde parece mentira
el humo de sus vapores.
Ponte en el pelo estas flores;
me voy, mi patria me espera.
Guantanamera guajira.
Guajira guantanamera.


El centenario podría ser un buen motivo para que en Cuba publiquemos y divulguemos intencionadamente la obra de este poeta "fieramente humano" que alguna vez respiró entre nosotros y quiso –entre nosotros– ser uno más en la fecundación del sueño justiciero.


Santa Clara, 11 de mayo de 2016

 

Editado por: Dino Allende

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