Cuando de casta le viene al galgo
Son numerosos los ejemplos de escritores pertenecientes a un tronco familiar común. En Inglaterra recordamos a las célebres hermanas Charlotte, Emily y Anny Brontë; en España, a los hermanos Antonio y Manuel Machado; en Alemania, otros dos hermanos: Jacob y Wilhelm Grimm. Si nos trasladamos a Francia encontramos a los dos Alejandro Dumas (padre e hijo) y en Estados Unidos, a los primos Frederick Dannay y Manfred Bennington Lee, quienes con el seudónimo Ellery Queen escribieron numerosos relatos policiales. Chile, en el distante Cono Sur, tiene a los Parra, familia vasta entre cuyos representantes figuran Nicanor, Lautaro, Isabel y sobre todo Violeta. Esto, sin ahondar demasiado en el asunto.
Ahora bien, ¿se ha percatado usted de cuantas familias de escritores relevantes tienen cabida en el catálogo de la literatura cubana?
Aun cuando este artículo no intente ofrecer una relación completa —sería ello empeño bien difícil— llamaremos su atención acerca de varios nombres enlazados por un apellido común, o una familiaridad bastante cercana.
En orden cronológico aparecen como primeros los Heredia, de ilustre estirpe. José María Heredia y Heredia, el santiaguero cantor del Niágara y la libertad, así como también José María de Heredia Girard, nacido en Santiago de Cuba cuando su primo ya había muerto. Se hizo famoso en Francia, escribió en el idioma de esa nación y fue miembro de la Academia Francesa.
Otro caso digno de atención es el de los Borrero, familia en la que descollaron a manera de troncos Esteban de Jesús Borrero y su hijo Esteban Borrero Echeverría, y las hermanas Juana, Dulce María y Ana María, en un vergel donde se cultivaron la poesía, la pintura, la pedagogía, el ensayo, la oratoria..., con raíces afianzadas en el siglo XIX, pero extendidas hasta el XX.
¿Y qué decir de los hermanos Milanés, uno romántico incorregible y el otro cultivador de la sátira? José Jacinto, el poeta de la tórtola, tuvo una vida de tristezas y dejó una obra iluminada; Federico, el menor, fue poeta satírico y criticón, además de velador de la obra de José Jacinto, lo cual le confiere especial mérito.
Los Nápoles Fajardo nos entregan al Cucalambé y a Sanlope, dos cuerdas de una misma guitarra. Juan Cristóbal Nápoles Fajardo será el gran decimista cubano del siglo XIX, y Manuel Nápoles Fajardo, el hermano menor, será además de poeta, editor. Del siglo XIX fueron también los De Armas y Céspedes: Francisco, José, y Juan Ignacio, incluidos José de Armas y Cárdenas, el más celebrado, conocido por el seudónimo Justo de Lara, crítico literario y periodista; y Augusto de Armas, cuya carrera literaria transcurrió en Francia.
Las hermanas Luisa Pérez de Zambrana y Julia Pérez Montes de Oca, ambas poetisas, incorporan un soplo de lirismo y talento al contexto literario de la segunda mitad del siglo XIX e inicios del XX, aun cuando sus vidas estén signadas por la tristeza y la melancolía.
Mencionemos además a los hermanos Francisco y Antonio Sellén (poetas) y a Raimundo Cabrera y su hija Lydia. El, autor de una prosa amena; y fundador de Cuba y América, una de las publicaciones cubanas más importantes de los primeros años del siglo XX. Ella, discípula de Fernando Ortiz y una de las más profundas indagadoras en los temas afrocubanos, sus leyendas, ritos, lenguas, costumbres, aportes..., con una obra internacionalmente reconocida y donde sobresale El Monte.
En el caso de Ramón y Raúl Roa el nexo llega del abuelo al nieto: El primero, mambí de pluma y machete; el segundo, profesor y ensayista, amén de figura destacada dentro del contexto político cubano del siglo XX. Carlos Pío y Federico Uhrbach, ambos poetas y matanceros, además de patriotas independentistas, suman sus nombres a esta relación.
Medardo Vitier, su hijo Cintio y Fina García Marruz, la esposa de este, conforman otra familia con profundas raíces en el ensayo, la filosofía, la pedagogía, la prosa, la poesía, una obra insertada firmemente en la cultura cubana del siglo XX, que llega al presente.
Los Loynaz. ¡Qué decir! Dulce María, Flor, Carlos Manuel y Enrique. La familia Loynaz, su prestigio y talento, la personalidad de cada uno de sus miembros, la cubanía a ultranza y una obra permanente, son solo algunos de los méritos con que alumbran en el panorama de las letras y la cultura cubana.
Aun cuando el espacio ya conspire, al menos mencionemos a los intelectuales Marcelo Pogolotti y su hija Graziella; a Pablo de la Torriente, su prima Loló y a Enrique Saínz de la Torriente; la familia Robreño, una institución dentro del teatro cubano, los hermanos Virgilio y Humberto Piñera, casos de extraordinario talento expresado en la poesía, la narrativa, el teatro, la filosofía; a José Soler Puig y su hijo Rafael Soler Martínez, narradores de puntería; Roberto Fernández Retamar, Adelaida de Juan y el fruto de ambos, Laidi, quienes conforman un trio muy activo en la cultura cubana contemporánea; y por último a los hermanos Luis y Sergio Saíz Montes de Oca, jóvenes intelectuales miembros del Movimiento 26 de Julio, asesinados en plena adolescencia, en agosto de 1957, con quienes cerramos un capítulo paradójicamente siempre abierto.
Editado por: Dino Allende
