Detrás del horizonte, detrás de la guerra…
En los medios masivos de comunicación percibimos informaciones constantes acerca de los distintos escenarios bélicos del mundo y pocas veces nos detenemos a pensar en el privilegio de la paz. Para algunos deviene incluso un instante morboso aquel donde se cuentan los muertos, no solo los soldados de las fuerzas participantes, sino aquellos civiles cuyos decesos son incluidos en los denominados eufemísticamente “daños colaterales”, como si las campanas que doblan, como escribió Ernest Hemingway, no atañeran a los autores de esas cifras, de uno y otro bando.
Esa “obscenidad de la destrucción” nos la presenta el escritor y poeta español Antonio García Teijeiro en su emotivo texto titulado Detrás del horizonte, publicado dentro de la Colección Veintiuno de Gente Nueva, que une poesía y horror para dedicar a los más jóvenes las más bellas páginas. En ellas se experimentarán hondos sentimientos de pérdida, amor y desgarre interior, acompañados del encanto de la esperanza, esta vez bajo el símbolo del horizonte, un concepto que por momentos se torna inalcanzable y abstracto, pero que otras veces simboliza la soñada paz que puede estar al alcance de la mano, metafóricamente hablando, o simplemente de una arriesgada y asertiva voluntad.
El argumento narra el caso de un soldado anónimo que deserta, y esta acción desbordante de significado para el protagonista y su lector ofrecerá ocasiones de reflexión y memoria a partir del hallazgo de un diario abandonado en una casa castigada por las bombas, donde otro “yo” reflejará las mismas necesidades y deseos de paz, donde se hallarán respuestas y consensos sobre el terrible mal en situaciones en que el enemigo casi siempre es desconocido y los mandantes casi siempre están ausentes en los peores actos bélicos, donde el soldado raso es sencillamente “carne de cañón”.
En diecinueve capítulos hallaremos historias conmovedoras o dotadas de una fría crueldad, retrato de un fenómeno global que deshumaniza a quienes lo experimentan y se torna espectáculo para quienes lo perciben a distancia o para quienes participan directamente en el rol de agresores.
En el breve acápite dieciséis el autor nos enfrentará con singular economía de recursos verbales a la heroicidad cotidiana y cruelmente absurda de quien, exasperado, lanza piedras a los invasores que han terminado con la vida de sus familiares y vecinos, cual juego de tiro al blanco donde finalmente el “atacante” será reducido a ráfagas, dando por terminado su acto de singular valentía, que nunca quedará registrado.
En el dieciocho una madre cantará una nana a su bebé, meciéndolo en sus brazos en medio del hogar destruido por los bombardeos, del miedo y del dolor, una de las más fuertes imágenes con que prácticamente cierra el volumen.
Otros momentos intensos se describen con sintética eficacia comunicativa, buscando la identificación estética y psicológica de los lectores de cualquier edad, tratando de poner bajo la piel las sensaciones de cada personaje.
El libro se inicia con un prólogo de Enrique Pérez Díaz, creador de la colección. El también editor exalta y comparte los efectos que tal lectura despertó en su propio ser. Más que una explicación o respaldo ideológico al libro, el prólogo constituye un breve decursar sobre el tratamiento del tema de la guerra en la literatura creada para las edades tempranas, desde la escrita por autores reconocidos internacionalmente hasta los develados por la Colección Veintiuno desde sus inicios en el 2007.
Igualmente acompañan nueve frases muy escogidas de distintos autores,algunos, personalidades reconocidas como John Lennon y Bob Dylan; otros muy locales o poco conocidos, como una niña de doce años sobreviviente de una conflagración. Se incluyen dos poemas de José Agustín Goytisolo, lo cual da idea de la desesperación y urgencia del mensaje del autor hacia su público. Sin embargo, considero que bien pudieran estas frases haber servido de presentación o inicio de cada capítulo o historia, desde el punto de vista de diseño del libro como tal, pues son ilustrativas de los contextos reflejados en ellos.
Esta obra se suma a otros ejemplares de Veintiuno, cuyo tema es la guerra en toda su ansiedad, inevitabilidad y terror para la infancia, en títulos como Cuando callaron las armas, de la ecuatoriana Edna Iturralde; la excelente trilogía sobre el Afganistán de los talibanes, de la canadiense Deborah Ellis, colaboradora en campos de refugiados; y los impresionantes textos dedicados a los niños que experimentaron la Segunda Guerra Mundial en Grecia, desde los ojos testimoniantesde Alki Zei, entre otros.
El diseño, la cubierta y las ilustraciones son de Miguel Leiva Pérez, y se corresponden con el formato diseñado para la Colección por María Elena Cicard Quintana, al mostrar la figura compleja sobre el fondo simple de color blanco. En este caso se expone la silueta de un joven en uniforme militar de camuflaje, mochila al hombro, con la cabeza volteada, en actitud de escapar.
Antonio García Teijeiro nació en Galicia, en la España de 1952. Es un poeta reconocido que ha obtenido premios como el Merlín en 1996 y el Pier Paolo Vergerio en 1998. Su primera obra narrativa, y además editada en Cuba, es esta novela.
