Latidos compartidos
Latidos compartidos es el título de la telenovela de producción nacional, transmitida los martes, jueves y sábados por el canal Cubavisión, con guión de los escritores Amílcar Salatti, Gabriela Reboredo y Junior García, y la dirección de los realizadores Consuelo Ramírez Enríquez1 y Rafael (Felo) Ruiz.
Amílcar Salatti, Gabriela Reboredo y Junior García son miembros de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), guionistas de cine y televisión, y autores de largometrajes para el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), así como de teleplays, teleseries y telenovelas para el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT).
La trama central de Latidos compartidos gira alrededor de dos triángulos amorosos para familiarizar al televidente con aquellos conflictos de pareja (homo y heterosexual), que —por lo general— focalizan la atención y el interés de los amantes del género.
Uno de los triángulos amorosos está integrado por Yurelis González, Ulik Anello y Alejandro Cuervo. El otro lo configuran Leonardo Benítez, Tamara Morales y Ariana Álvarez, a quien la distinguen —en cualquier medio artístico— sus estelares actuaciones.
El elenco actoral lo componen, además, Eslinda Núñez, Enrique Molina, Manuel Porto,2 Fernando Hechavarría, Pancho García, Osvaldo Doimeadiós, Jorge Martínez, Ana Gloria Buduen, Daisy Quintana, Michaelis Cué, Jorge Treto, Denys Ramos,3 Kelvin Espinosa, Milton García, Alberto González, Luis Ángel Batista, Rubén Araujo,4 Carolina Cué, Carlos Busto y Amaury Milián, entre otros.
En dicha telenovela, se desarrollan temas sociales que afectan a la sociedad cubana contemporánea: los conflictos generacionales, de pareja, situaciones de la vida cotidiana (el esposo y padre que no atiende adecuadamente a la familia, ya que le dedica mucho más tiempo al trabajo, matrimonios con diferentes creencias religiosas o actitudes ante la vida y las afecciones malignas, por ejemplo), la sobreprotección materna, así como los contravalores que —desde épocas pretéritas y hasta la actualidad— arrastra nuestra formación socio-económica la infidelidad conyugal, la corrupción —generada, en parte, por la falta de control administrativo—, la agresividad en todas y cada una de sus manifestaciones, la violencia intrafamiliar y social, el chantaje emocional, la prostitución, el proxenetismo, el machismo, la homofobia, el doble rasero o doble moral, la disfuncionalidad o fractura familiar, por solo citar los más relevantes.
El humor criollo no falta en ese dramatizado, ya que presenta subtramas simpáticas, donde prevalece la jocosidad propia de quienes vivimos, amamos, creamos y soñamos en nuestra geografía insular; humor que trata de expresarse con un mínimo de respeto al género, pero —en ocasiones— el intento no prospera ni fructifica, sino solo se queda en los predios de la buena intención.
La primera crítica a Latidos Compartidos la formuló un periodista del sistema informativo de la Televisión Cubana cuando fustigó el comportamiento nada ético del letrado Maikel Junior (Leonardo Benítez), quien le pagó a un delincuente de poca monta para que le robara el reloj a Mauricio (Milton García), el hijo de su pareja.
Por otra parte, dicho colega señaló la ausencia de sencillez y humildad en ese profesional del Derecho; virtudes que deben caracterizar a un jurista que ejerce en la mayor isla de las Antillas. De pésimo gusto resulta estar reiterando que es el mejor abogado de La Habana, ya que no ha perdido una sola vista oral u otras incongruencias por el estilo (el «desmayo» en el tribunal, la pérdida de capacidad intelectual por no tener relaciones sexuales sistemáticas. ¿Es que, acaso, los guionistas —a través del personaje de Maikel Junior— están reviviendo la teoría psicoanalítica sobre la causa genital de las neurosis?)
Y no es que el telerreceptor confunda realidad con ficción, sino que, como bien sentenciara el doctor José Orlando Suárez Tajonera (1928-2008), Premio Nacional de Enseñanza Artística 2007, « […] el arte, en sus disímiles manifestaciones, refleja la realidad, pero crea “otra” realidad en la mente y en el alma del público [que lo consume], el crítico y el artista».5
Otra mancha oscura en esa telenovela es el poco respeto y profesionalidad al tratar el tema de la homosexualidad. Si bien no se caricaturiza a los personajes con conducta sexual diferente, y eso es algo muy positivo que merece especial destaque, se desvía la acción dramática que debe signar el desarrollo de la pareja gay en ese contexto audiovisual.
¿Por qué acostar a Fabián (Luis Ángel Batista) con una compañera de trabajo, si su orientación erótica está dirigida —fundamentalmente— hacia las personas de su mismo sexo? ¿Por qué no respetar sus preferencias sexuales, adoptadas por el personaje de forma libre y soberana? ¿Qué necesidad dramatúrgica requería introducir en el mundo gay a un joven con aparente conducta heterosexual? ¿Por qué, en la escena donde Mauricio se le «declara» a Rogelio (Alberto González), cocinero que trabaja en el restaurant, propiedad de la progenitora del chico, y pareja de Fabián, se utilizan parlamentos, en lugar de emplear el lenguaje extraverbal o gestual, mucho más elocuente que miles de palabras, sobre todo en ese ambiente sui generis?
¿Qué explicación psicológica tiene la aparición de los actos fallidos, con marcado tinte homofóbico, escapados del inconsciente de la madre y la hermana de Mauricio, cuando este les confiesa las inclinaciones homoeróticas que —supuestamente— experimenta hacia Rogelio? Al parecer, los personajes de la madre y la hermana del confundido joven, son muy tolerantes con la orientación sexual de Rogelio, pero cuando se trata de un ser querido, se produce un giro de ciento ochenta grados en la percepción del comportamiento homoerótico.
Entre otras marcadas manifestaciones homofóbicas, habría que señalar las exteriorizadas por Macario (Manuel Porto), el padre de Rogelio, aunque esa reacción no se justifica, pero se comprende, si tenemos en cuenta que su actitud responde —íntegramente— a la vigente programación socio-cultural (el hombre está en la obligación ineludible de comportarse, en cualquier circunstancia, como «macho, varón, masculino», al decir del doctor Julio César González Pagés).
En el penúltimo capítulo, Macario «tolera», pero no acepta, la condición gay del primogénito y de la pareja.
Desde la telenovela La cara oculta de la luna,6 de grata recordación para los amantes del género, el tratamiento del tema gay deviene una asignatura pendiente en los medios audiovisuales caribeños. Si el desarrollo estético-artístico de ese polémico tema no está presidido por el respeto y la profesionalidad, es mucho mejor no tocarlo…, por el sabor amargo que deja en el gusto —cada vez más exigente— del tele-espectador.
Por otra parte, hay desbalance en las actuaciones, lo cual es natural que suceda, porque la mayor parte del elenco lo componen artistas noveles, quienes —con los recursos técnico-interpretativos adquiridos en la academia— tienen que establecer diálogos ante la cámara con actores y actrices que tienen una impecable trayectoria artístico-profesional en nuestros medios de comunicación. Algunos jóvenes no siempre salen airosos de esa prueba de fuego, pero otros se crecen —y de qué manera— ante esas complejas situaciones dramatúrgicas.
Un ejemplo fehaciente de ello es la excelente interpretación que el carismático actor Milton García hace del controversial personaje de Mauricio, quien —desde la estructura psicológica con que fuera concebido— transita del comportamiento inmaduro, pueril, a la estabilidad emocional, con apoyo en una gran naturalidad y en la dosis exacta de histrionismo, que identifican su desempeño actoral.
La evolución psicológica de los personajes negativos hacia comportamientos o actitudes mucho más positivas en las esferas afectiva y social se produjo con demasiada rapidez, y por ende, esos cambios caracterogénicos, signados por el breve lapso —casi en la coda de la telenovela— en que tienen lugar, no convencen a los amantes del género, ya que obedecen a una decisión muy personal, que deviene el resultado de un proceso intrapsíquico, el cual viene registrándose «poco a poco, como llega cojeando la verdad de la mano del tiempo», según el filósofo griego Annon. Pedro Pablo (Ulik Anello) es el único personaje que, desde el inicio hasta el capítulo final, se mantuvo inalterable en su comportamiento psicopático, quizás exacerbado por el traumatismo cráneo-encefálico que padeciera, y que lo llevó a un estado comatoso durante algún tiempo.
En ocasiones, el guión —escrito a seis manos— muestra poca solidez o consistencia, mientras, en otras, adolece de una enérgica dirección de actores, lo cual dificulta que los ases de las artes escénicas que desempeñan diferentes papeles en Latidos compartidos puedan llevar esa telenovela a un puerto mucho más seguro, y en consecuencia, sortear los embates generados por la tempestad que, desde hace tiempo, azota a los dramatizados cubanos.
Notas
1. Entrevistada en la sección Diálogos
2. Entrevistado en esta sección
3. Ídem
4. Ídem
5. Ver en esta misma sección: José Orlando Suárez Tajonera: su percepción ideo-estética de las artes escénicas
6. Jesús Dueñas Becerra. La cara oculta de la luna: una reflexión desde la psicología humanista. Vivarium. XXVI; Jul., 2008: pp. 68-72
Editado por Heidy Bolaños
