Elogio del Duque
(y de otros cortesanos no menos alegres)
No se confunda nadie, no pienso hablar de algún literato de la nobleza, merecedor de loas; menos todavía de cierto pelotero cubano que hace unos años brillara en el montículo, primero con los Industriales, y luego con los Yankees de New York. El Duque al que me referiré, visto con generosidad, es solamente un ron; o mejor: un líquido medianamente bebestible con alta capacidad para activarnos la dopamina. Su nombre parte de la apócope, pues ese etanol, especie de mestizo entre el ron y la “chispa de tren”, se producía a mediados de los noventa en la destilería del Central “Heriberto Duquesne”, del municipio de Remedios.1
Nuestro Duque era –quizás– el ron más literario de la Cuba de entonces. En el Centro Provincial del Libro y la Literatura disponíamos de unas cuantas tanquetas, pues la destilería nos las vendía a cambio de que hiciéramos actividades de promoción del libro en el batey del central –intercambio cultural biunívoco.
Hablo de una época (década de los 90 cubanos) en que una buena parte de los escritores añorábamos una invitación a cualquier evento, pues significaba la posibilidad de comer la carne y beber el ron que estuvieran al alcance de la mano, nunca muy lejano el segundo, controlada con ticket la primera –y no pocas veces suplantada por caldosa. En uno de aquellos eventos, quizá en 1993, el Duque recibió su titulo de nobleza y se le confirió la orden arriba mencionada, resaltadora de sus cualidades poéticas.
Creo que fue Pedro de La Hoz quien dio la idea, y César López quien leyó la resolución que lo hacía valer, en el bar del hotel Rivierita, de Santa Clara. Libábamos, la mayoría ganados ya por la euforia: Arturo Arango, Efraín Rodríguez Santana, Soleida Ríos –que no bebió– Omar Perdomo, Edel Morales, Roberto Méndez, Blas Rodríguez Alemán (a la sazón director del Centro Provincial del Libro y la Literatura a quien César rebautizara como “Blas de Cuba”), Amir Valle, Roberto González Quesada, los ya mencionados César y Pedro –además de este redactor– cuando, al recibir Pedro el saludo de un personaje apócrifo, que acabó identificándose como “el hijo de Soledad”, el avezado periodista, medio desconcertado porque no sabía quién era su interlocutor ni quién era Soledad, “santiguó” a su recién estrenado amigo con un doble, y propuso el acto consagratorio. Tras breves minutos de debate y redacción, nuestro Duque recibió los honores. La casi solemne y ditirámbica ceremonia concluyó, como era de esperar en aquellos momentos, con una décima compuesta por algunos de los presentes:
Hay Soleida y Blas de Cuba,
y Arturo Arango y Omar,
y Efraín, que vino al bar
antes de que el dólar suba.
Con néctar que no es de uva
César logró la ebriedad,
y tanta felicidad
el Duque nos propició
que hasta Pedro conoció
al hijo de Soledad.
El Duque, mientras estuvo “vivo”, siempre nos acompañó a todos los acontecimientos literarios: festivales del libro en la montaña, chequeos de emulación, ferias provinciales y municipales del libro, Premios de la Ciudad, giras del proyecto El Caballero Andante; y hasta a los juegos de pelota a la bamba entre escritores que Francisco Javier Carbonell organizó, con las novenas Azarosamente azul (de la cual yo era manager) y Cuesta abajo (dirigida por Lorenzo Lunar) como contendientes2. De memorable recordación resultó uno de estos desafíos, pues fue gracias a las libaciones del Duque que el toletero Pedro Llanes –quien se autoasignó el epíteto beisbolero de “La garza espiá”– tras conectar tremendo batazo que el poeta Edelmis Anoceto toreó con irrepetible impericia en el right field, hizo el único deslizamiento a medio camino entre home y primera (más cerca del home que de la inicial) de que se tenga noticias en la historia del béisbol.
Bien que conocía Blas Rodríguez Alemán el rasgo distintivo del “noble” ron, pues le atribuía una cualidad no atribuible a ninguna otra bebida, bien fuera esta de catálogo o de manufactura no profesional. Según Blas, el Duque se identificaba porque tras el primer trago uno sentía la sensación de haber mordido una cepa de plátano. Yo, que nunca he propinado tal mordisco, atestiguo que se trataba de una apretazón en las encías que, al tercer o cuarto tragos se erigía en distención, o sonrisa perpetua sin que uno supiera a qué lengua había ido a parar el instrumento del habla.
Quizás para atenuar un poco el sabor que Blas –perito catador– advirtiera en el Duque, el insuperable promotor Ramón Silverio (fundador y director de El Mejunje) orientó a Octavio el Mulato, –barman lego del local de expendio, entonces llamado “La esquina de los extraditables”– para que lo mezclara con jugo de remolacha. Con esa alquimia el Duque, aunque cambió sus propiedades en lo gustativo y olfativo sin que mermara su esencia pegajosa, ganó prestancia, pues, en palabras de Williams Calero, “parecía vino tinto”. Y fue precisamente Williams quien bautizó a aquella oscura mezcla de fuego almibarado con el ambivalente nombre de Remolón.
El narrador Rafael Altuna Delgado (Santa Clara, 1945-Miami, 2011) todas las tardes, a partir de la cinco pasado meridiano, aparecía en El Mejunje acompañado por su entrañable amigo Tabaquito (socio en la fabricación de los muñecos de yeso con los cuales paliaban la insuficiencia salarial crónica) y daba cuenta de altas dosis de Remolón. Al caer la noche, y tras eufóricos intercambios con sus colegas, Altuna “conducía” a Tabaquito, calle Marta Abreu arriba, quizá hasta su casa. Lo que nunca supimos fue quién había conducido a Altuna luego a la suya, pues, buen trabajador que era, siempre acudió puntual a su empleo, a primera hora de la mañana siguiente, en la Empresa Provincial del Calzado.
Tal como expresé, el Duque era un ron literario: el ron de los escritores; entonces resulta coherente recordar que Altuna fue el escritor con quien Ediciones Capiro inauguró su catálogo dando a conocer su libro de cuentos Una tarde en el río. Y también que fue el Duque (transmutado en Remolón) la bebida con la cual se “acurrucaban” los poetas de El Club del Poste (integrado por Williams Calero, Jorge Luis Mederos, alias Veleta, Yamil Díaz y yo) en sus tardes y noches mejunjeras, algunas veces frías. Y una de esas frías tardes “remolonianas” el Club compuso, como al desgano, pero con cariño, el epitafio de Altuna:
Entre muñecos de yeso
y hablando mal del gobierno
hoy mandamos al infierno
a Rafael, sin regreso.
La muerte, de un solo beso,
lo dejó tan triste y frío
que en su modesto atavío,
de alcohol secó una laguna
y el esqueleto de Altuna
murió “una tarde en el río”.
El Remolón no fue muy longevo, pero no por eso El Mejunje perdió cualidades “libatorias”, ni culturales, aunque estas derivaran, de la literatura al folclor. Las investigaciones más recientes me condujeron hasta una nueva variante de ron que, hoy, se sirve en El Mejunje: el llamado Matapájaros –clon homoerótico del Remolón y del Duque–, cuyo trasiego es coordinado por Crespo, uno de los personajes más pintorescos del sitio. Según me informaron, el día de la semana marcado para el arribo de la pipa (de lo que ya no sé si sea duque o marqués) se activa una vistosa liturgia cuando Crespo bloquea desde el amanecer el área de parqueo adonde debe llegar la pipa y, tras la llegada del distribuidor, reverencia a la “madrecita” y convoca –auxiliado por El Hippie–, a quienes él denomina su etnia. Estos, una vez dispuesta el área de almacenaje, estiban las botijas a una velocidad sorprendente, pues la retribución es una botella que deben repartirse a partes iguales al concluir, y el tiempo es oro…digo: ron. El detalle curioso es que con mucha más frecuencia de lo deseado en la etnia se ponen de manifiesto contradicciones internas, y las más frecuentes tienen como antagonista a otro personaje, El Guayabo, debido a que siempre llega cuando ya se está terminando el acarreo y reclama su cuenco como el que más estibó. Además –asegura Crespo– las pocas veces que tiene ron adquirido por terceras gestiones, no lo comparte con los de la etnia.
El Duque produjo, en cada uno de los escritores que lo libamos, transformaciones notables. Y vuelvo al gran poeta Pedro Llanes, quien en una actividad de celebración por algo que no recuerdo en el Centro Provincial del Libro y la Literatura, totalmente desinhibido se atrevió a bailar un número muy en boga entonces, titulado “La Sandunguita”. Su pareja de baile (siempre presta para dar cuero) fue Violeta Vera, nuestra eterna secretaria en la revista Signos y la Editorial Capiro. El espectáculo de ver al intrincado y fabulador poeta de Sibilancia y Diario del ángel, tratando de llevar el ritmo de aquel estribillo: ¿Qué es lo que tiene la sandunguita, / qué es lo que tiene, / que si te da no se te quita?, vale oro, pues ese “levantar la patica” y tratar de mover el resto del cuerpo al son de la música tiene tanto valor –en la terrenalidad con que alcanzamos a ver a Pedro– como pudiera tenerlo el más acabado de sus poemas, siempre singularizados por la invención de espacios y personajes ubicuos y manieristas. Y todo ello gracias al Duque. De ese día data, como era de esperar, una décima de El Club del Poste, que además sacaba partido a dos problemas de Violeta: el que por aquellos días se atendía con el doctor La Rosa un nódulo (benigno) en un seno, a la par que estaba a punto de acuñarle el pasaporte a su novio, Hugo, porque “le cumplía” más a la motoneta que se había comprado para el tiro de pasaje, que a ella:
Ya tú no bailas, Violeta,
ni con el grupo Irakere,
desde que Hugo te quiere
dejar por la motoneta.
El médico de la teta
le confesó a Marta Rita
que si el cuerpo se te irrita
la única forma en que sanes
es un mes con Pedro Llanes
bailando La Sandunguita.
Insistiendo en el vínculo Duque-Literatura, me viene a la mente aquella idea “novedosa” que tuvimos cuando nos dio por hacer un trabajo de marketing de Ediciones Capiro y, entre otras iniciativas (llaveros, posters, tarjetas) quisimos crear el trago Capiro para iluminar los brindis que solían acompañar a nuestras actividades literarias. De este incidente ya hablé en un artículo publicado en 2008, en ocasión de conmemorarse un nuevo aniversario de la editorial. Transcribo ahora uno de sus párrafos:
…como iniciativa más delirante, con el objetivo de ofertarlo en las numerosas veladas literarias que organizábamos, se nos ocurrió crear “el trago Capiro”.
Me detengo y lo cuento con detalles, por los matices pintorescos que caracterizan a la anécdota. Para la alquimia del cóctel acudimos a uno de nuestros empleados del almacén de libros: Yude Fraga, en atención a que antes de ser almacenero, como consta en su expediente laboral, había ocupado plaza de barman en una instalación recreativa. Y gracias a sus artes nació el trago (¡albricias!), que repartimos por primera vez en la celebración de la peña nocturna llamada “Un libro bajo las estrellas”, muchas veces celebrada de verdad “bajo las estrellas”, porque se hacía en el patio de la Casa de la Ciudad y –como estábamos en los albores del Período Especial– una buena parte de las noches magramente asistida por la luz de aquellos astros que tiritan, azules, a lo lejos.
Fue un espectáculo impresionante el de la degustación del trago. Había electricidad y algunos de los asistentes (en su mayoría miembros de un curioso Club de Excursionismo Cultural llamado 9550) concurrieron vestidos de cuello y corbata. Imperaba cierta atmósfera chic, con charlas inteligentes y frecuentes citas de clásicos, como corresponde a una concurrencia tan distinguida. Se hizo el anuncio del trago, que sería ofrecido a modo de exclusividad; se le tributaron aplausos a Yude, llegaron las bandejas con las copas y al poco rato todos exhibíamos, al hablar, una intensa tonalidad azul en la lengua. Pero no cualquier azul, ¡no, qué va!: era un tono intenso, casi azul marino tirando al violeta, tan rechinante que resaltaba en el rostro apenas las personas abrían la boca. Resulta totalmente imposible olvidar aquella lengua cianótica que le vimos a Carlos Alé cuando le ratificaba al Doctor Álvaro López: “Tiene usted razón, lo mejor de Rimbaud es El barco ebrio”. Hubo su poco de alarma; hasta llegamos a temer un posible envenenamiento de aquellos excursionistas, intelectuales, periodistas, políticos y funcionarios convocados al ágape. Recuerdo que la noche concluyó (como todo en Santa Clara) con una décima, de la cual, lamentablemente, solo recuerdo la primera cuarteta: “¿Qué tendrá el trago Capiro / que pone la lengua azul?/Tendrá raíz de abedul / o la cáscara de un güiro?” Al llegar a mi casa hice buchadas y gárgaras con solución antiséptica y bicarbonato, pero el tinte persistió hasta el día siguiente.3
Confieso que en mi historia personal el Duque despertó ciertas nostalgias, pues me remitió a los inicios de 1969, cuando hubo una especie de ley seca, dictada por el “año de 18 meses”.4 Fui testigo de una experiencia parecida cuando, residente en el Central Carmita, presencié el nacimiento de una “fábrica” de ron artesanal a partir de la miel de purga. La “innovación” fue obra de la llamada “Brigada de los Pasos Perdidos”, quienes bautizaron a aquella fábrica como la “Facundo Van Van”. No sé si los miembros de la brigada habían leído a Carpentier (me inclino porque no), pero uno de los efectos de aquel brebaje era que los usuarios perdían el camino a casa y amanecían en sitios inesperados, como le sucedió, por ejemplo a Oscar Blanco Pérez, alias el Curro de Karina, que tras una larga y delectable sesión de destilación y libaciones y una más larga y angustiosa búsqueda, fue encontrado por sus familiares, a la mañana siguiente, en la nave de bagazo, aún medio embrujado por aquel ron, tan parecido al posterior Duque. Hipando, medio que despertaba el Curro y balbuceaba la estrofa de un bolero que empezaba: Yo soy un borracho, / un vago, un perdido… pero a cada rato detenía su canturreo para afirmar enfáticamente: “¡Y de que van, van!”, aunque, evidentemente, no se refería a los diez millones de toneladas de azúcar.
La Brigada de los Pasos Perdidos, además del Curro, estaba integrada, por: Félix Juan Delgado (alias El Caballo), Rolando Ferreiro (alias Bolito), Adán González (alias Nay), Manuel Gómez (alias Boliche), Rufinito Flores (alias Cara de Chiva), un gallego llamado Facundo (la fábrica recibió su nombre por ser el más viejo y venerable) y Agapito Bermúdez (alias Poliestre), barbero, que no cuidaba mucho su sobriedad a la hora de coger la tijera, actitud que le granjeó una de las décimas de Aguito Molina, cronista decimero del acontecer del batey:
Agapito es un barbero
que por servir se desvela
porque lo mismo te pela
con dinero o sin dinero.
Yo le pedí al compañero
que me pelara a un muchacho
y estando medio borracho
él las tijeras cogió
y al niño me lo dejó
que parecía un mamarracho.
Cuando me encontré por primera vez con el Duque, recordé con esa bondad con que uno recuerda un pasado que tenía futuro, a los fieles “curdófilos” de la “Facundo Van Van”. Y recordé también, pese a mi condición de espectador neófito que pocas veces probó la “miel final”, la estricta metodología que cumplían al fabricar aquel que considero precursor del Duque.
El primitivo alambique consistía, en los tiempos iniciales, en una olla de presión a la que se le soldaba un largo tubito de cobre en el sitio donde a las ollas se les coloca la válvula; dicho tubo tenía, a medio camino, un serpentín que se sumergía en agua en busca de la condensación de los vapores que por él circularan, y en el extremo final, se le colocaba un jarro donde se iba colectando, gota a gota, el hidromiel. La olla se llenaba de miel de purga y se sometía a la cocción. Más tarde dicha olla fue sustituida por un bullón sellable, mucho más grande que la olla, obra del soldador Berto Toledo, que se las fabricó por puro altruismo, atendiendo a que la capacidad de producción de la primera era, si acaso, de un jarrito por cada “templa”. Disponía la brigada de un instrumento indescriptible al que ellos llamaban “el baumé”, con el cual calculaban la densidad de la mezcla y solo ante determinado parámetro procedían a sellar el bullón, porque si se pasaba de densidad, en lugar de etanol lo que se producía era metanol (o alcohol de madera), cuya ingestión, como sabemos, resulta fatal. Parece que llegaron a dominar con destreza aquellas artes, porque ninguno de los miembros ya fallecidos de la Brigada de los Pasos Perdidos murió ajusticiado por la Facundo Van Van.
Cierro mis palabras de elogio al Duque con un consejo que le escuché al Oso Prudencio5 en el programa de TV llamado “Tránsito”, en la década de los setenta, cuando la Facundo Van Van estaba en su esplendor productivo. Es un consejo que espero escuchen y hagan suyo todos los cubanos amantes del ron (que los hay abstemios y retirados, aunque con ello hieran el orgullo nacional), cuya devoción los lleva a beber cualquier efluvio cuando los “nobles” se empecinan en librar otras batallas y los parientes ocupan sus lugares en la corte:
Eso
no se hace;
eso
no se hace…
Notas
1 Donde dije “chispa de tren” pude decir: “sonrisa de león”, “espérame en el suelo”, “salta pa’tras”, “hueso de tigre”, “chispín”, “calambuco”, “walfarina”, “fulminante” o cualquiera otro de los tantos sinónimos que en Cuba le hemos dado a “esa sustancia conocida con que amasamos una estrella”, comúnmente conocida como ron casero.
2 Los nombres de los equipos se tomaron de dos libros de los managers: Azarosamente azul (Editorial Letras Cubanas, 2000), de Ricardo Riverón Rojas, y Cuesta abajo (Ediciones Capiro, 2002), de Lorenzo Lunar.
3 Citado de decimacontexto.blogspot.com/2008_10_01_archive.html, 10 de octubre de 2008.
4 En enero de 1969 (llamado “Año del esfuerzo decisivo”), el Estado cubano decidió que, para la preparación y ejecución de la zafra gigante de 10 millones de toneladas, desde ese momento el país se declaraba en zafra, lo cual se extendería hasta junio de 1970, fecha en que se suponía que finalizaría la misma con el completamiento de la ambiciosa meta. Todo acto festivo, incluyendo navidades y carnavales, fue suspendido y, junto con ello, las bebidas alcohólicas desaparecieron de los establecimientos.
5 Se trata de un personaje que en el programa Tránsito de los años 60-70, aconsejaba a los niños sobre su comportamiento vial.
Editado por Nora Lelyen Fernández
