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Chistes racistas y sociedad civil en Cuba

Jorge Ángel Hernández, 28 de junio de 2016

Por más que se promuevan campañas, trabajos educativos organizados y conscientes, y hasta se lleven a cabo reacciones de condena y de censura, el repertorio de chistes racistas sigue conservando buena parte de su eficacia comunicativa en Cuba. Y es justo en el ámbito de la sociedad civil donde se reanima y se le permite contar con manifestaciones de sobrevivencia. Refranes y sentencias se emplean como lugares comunes de expresión discriminatoria y, por ello mismo, de búsqueda de resultado humorístico. Es cierto que cada vez más con menos intenciones de discriminar que de “hacerse a toda costa simpático” y a costa además de la originalidad, los humoristas espontáneos reaniman tópicos discriminatorios en su propio ámbito inmediato. Aunque sea menos amplio que en décadas atrás, la espontánea chota, o el profesional racista, consiguen la esperada hilaridad en un considerable por ciento de los casos.

Se pone en marcha así un mecanismo de comunicación que no solo revela su esencia estructural, sino además su sentido social, o sea, la permanencia del prejuicio como patrón de evaluación para el común ideológico de la sociedad civil. La vigencia del chiste racista en nuestra población es un indicador simbólico de la capacidad de sobrevivencia de ciertos códigos discriminatorios en el imaginario popular, transmitidos como valores que la cultura debiera retener. Al enfrentarlos, no solo ha de tenerse en cuenta la resiliencia del prejuicio, sino además la estructura del patrón cultural que lo sostiene. De ahí el encono que con frecuencia adquieren los debates directamente vinculados con el tema.

La politización chata del asunto, contigua al modo en que se ha agredido, o se ha defendido, al proceso revolucionario cubano, desvía también la esencia del asunto, pues de inmediato se crea una especie de tribunal sumario que no hace sino acudir a acusaciones y culpas de recia posición. Y como las prácticas racistas aún se sostienen en cierto sector de la semiótica social, las prácticas mediáticas de hegemonía ocupan el lugar de los estudios y, sobre todo, de la comprensión compleja del problema. El hecho de que hayan disminuido, incluso en el nivel simbólico, muestra hasta qué punto el entramado estructural del sistema de relaciones sociales ha logrado avanzar en un fenómeno que, culturalmente, cuenta con tal ventaja histórica.

Sin embargo, ya tal vez siendo parte del patrón de juicio mediático hegemónico, el más pesado paquete de las culpas se queda en el sistema, obviando que su llamado a erradicarlo es, al mismo tiempo, oficial y oficialista. Los grupos activistas se ven obligados a incidir en los modos de aplicación de esas políticas, y de esos proyectos de transformación. En numerosos eventos el presidente de los Consejos de Estado y de Ministros del país reiteró el tema, e insistió en medidas pragmáticas que forzaran a llevar la cuenta del equilibrio, tanto en la cuestión racista como en la de género. Organizaciones de amplia libertad de expresión e incidencia social, como la UNEAC, o la Asociación Hermanos Saíz, han llevado a sus Congresos la cuestión y han publicado informes y trabajos de opinión que, como no podía ser de otro modo, en no pocos casos pecan de polarización superficial.

Pero el tapete está oficialmente servido por el proyecto oficial de gobernabilidad, y por el sistema ideológico dominante de la sociedad. No obstante, en nuestra sociedad civil persisten variables del tópico de discriminación; exactamente en modos culturales, tanto de percepción estética, como de aceptación moral o concesión de inteligencia. La mayoría de los chistes racistas que aun surten efecto en nuestra sociedad civil están centrados en tres prejuicios de honda tradición:

1º la supuesta limitada capacidad intelectual del negro
2º su falta de belleza física
3º su incurable tendencia a las desviaciones morales

Además de esos chistes, hallamos a diario, y con abúlicas dosis de tranquilidad, prácticas más o menos racistas con las que el imaginario popular se identifica; en su mayoría relativas a los tres tópicos citados. Lamentablemente, ante estos gestos cotidianos de discriminación racial, nuestra sociedad civil culpa a las prácticas culturales tradicionales, de las que se desmarca superficialmente, y deja en el aire un halo de conformidad que va a ser legitimado por la risa, o al menos por la sonrisa queda.

Es, desde luego, un modo común de evadir responsabilidades ante la transformación social, de dar el esquinazo a la necesidad oficial. Y aunque indignarse es adecuado en esos casos, lo esencial es conseguir trabajar sin prejuicios, y con todos los riesgos que ello entraña. O sea, actuar enérgicamente sin prejuicios raciales, pero también sin prejuicios de recepción de propaganda política.

En otros análisis, he demostrado cómo la saturación de los códigos de defensa del proceso revolucionario cubano –ese lamentable retroceso en la imprescindible ideología revolucionaria– conduce a la omisión. Y la omisión de los avances se inscribe de facto en la negación, por cuanto se ve manipulada desde plataformas donde lo normal es el descrédito al sistema socialista y, por encima de todo, la negación de sus avances y logros, que son muchos a pesar de retrocesos y errores. Es una práctica común que el capitalismo monopolista ha centrado como libertad de expresión y democracia en la conciencia global y que los monopolios de la información sostienen casi siempre a sangre y fuego.

La transformación del sistema socialista, su crítica constante y objetiva, y la contribución a implementar los cambios dentro de una plataforma que no abandone el socialismo, depende, en primera y principal instancia, de que se valore lo alcanzado y, con ello, de que se adquiera una profundidad de juicio al ejercer la crítica y proponer las rutas. Y es, precisamente, la sociedad civil la verdadera depositaria de estos motores de cambio, de este necesario avance hacia una percepción igualitaria en el nunca zanjado tema de la discriminación racial, y de su expresión en el imaginario popular, sobre todo en el campo del humor.

Al considerar Estado a cualquier institución que responda a intereses que el estado potencia, pero que esté regida por individuos de la sociedad civil, como la mayoría de las instituciones cubanas, y del socialismo en transición, se crea una confusión imperdonable entre luchas de clases y discriminación racial. Y en ese punto las posibilidades críticas del debate arriesgan su rigor, hasta perderlo. Quiérase o no, se convierten en simples instrumentos de los estereotipos mediáticos a los que solo interesa la ideologización superficial de este fenómeno.

Pero el debate no es solo necesario, sino además imprescindible. La responsabilidad no consiste en contener las críticas, o en ocultarlas detrás de los avances, sino en la capacidad de expresarlas y de profundizar en su sentido social, en el desarrollo de estudios que profundicen en las causas y efectos de su persistente vigencia en el ámbito de comunicación de la sociedad civil. Y en la divulgación masiva de los resultados de esos estudios de profundización, al punto que implique a amplias mayorías de la resiliente sociedad civil que reproduce el tópico discriminatorio. Muy diferentes son los códigos que circulan en el panorama de acoso mediático internacional de aquellos que surgen del debate de ciertas instituciones intelectuales no precisamente académicas, como la UNEAC, o la AHS. También son diferentes los que intentan la integración orgánica y reproductiva al panorama de transformaciones culturales, como los que se promueven desde espacios académicos, o especializados. Estos, si bien cometen menos errores de percepción estructural a la hora de juzgar el fenómeno, avanzan también menos en cuanto a resultados de asimilación en las prácticas cotidianas de la sociedad civil. En bastante medida, hemos sido rehenes del acoso mediático, y asimismo víctimas de las limitaciones de alcance de la especialización, y hemos perdido tiempo evolutivo.

Incluso si se trata de incidir en ese panorama internacional de hostigamiento, la estrategia revolucionaria debe acudir a la facilitación de datos que, para muchos, constituyen contrainformación esclarecedora. Junto a la justa indignación por los gestos de discriminación racial (sean chistosos o serios), hace falta respeto y comprensión para los actos concretos, legislativos e institucionales, que oficialmente se promueven. Comprender no significa, desde luego, aceptación acrítica. Se trata, en concreto, de codificar con perspicacia la información que busca generar sentido. La necesaria coherencia en este punto viene de rebelarse además en contra de los patrones de juicio que la perspectiva mediática global dispone para el proceso socialista cubano.

Y aunque es cierto que un sector conocido como burocracia, que se encarga de mediar entre estado y sociedad civil, insiste y trabaja fuertemente para invisibilizar las diferencias concretas que por cuestiones de discriminación racial ocurren, también lo es que lo hace a contrapelo de los propios objetivos políticos de esas instituciones a las que se integra.
 
La saturación que provocara en nuestra sociedad civil el discurso comunicacional que se pretendía ideológico, ha dado al traste con el papel transformador que esta debe desempeñar ante el estado socialista, que no plantea como objetivo histórico el dominio, sino su necesaria desaparición como entidad. La integralidad que esto requiere debe interactuar con la interdependencia, y, si no desprenderse de una vez, ya que no puede aunque se lo proponga, al menos en un mediano plazo, del asistencialismo institucional que retarda y bloquea el desarrollo de una cultura socialista que vaya despojando de sus códigos los tópicos raciales de discriminación.

La responsabilidad que en este tema atañe a la sociedad civil no consiste en soslayar las injustas pertinencias significativas de ciertos chistes racistas, o en no acusar la desnudez del Rey, sino en asumirlas a partir del riesgo que esos chistes arrastran. Ciertamente, y según continúa demostrándolo la práctica, pulsar con ideas el activismo es diferente a poder insertarse en un debate de fondo. Es, por tanto, mucho más largo el tramo que resta al activismo, que el que vislumbra el chistoso delante de sus ojos.

Editado por Heidy Bolaños

 

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