El exilio dominicano en Cuba (1944-1948). Parte I.
El imperialismo estadounidense, a partir de la administración de Franklin D Roosevelt, retiró los mecanismos jurídicos de injerencia más directa y se comprometió formalmente a no intervenir en los asuntos internos de cada país latinoamericano. Para aplicar la política del “Buen Vecino” ya estaban creadas las bases de la dependencia de los sectores de la oligarquía latinoamericana hacia Washington, conformadas las fuerzas represivas bajo la supervisión norteamericana y, en algunos casos, penetradas las fuerzas revolucionarias.
Esa intención de los Estados Unidos dirigida a no intervenir en los asuntos internos de las naciones latinoamericanas, paradójicamente contribuyó al reconocimiento de crueles dictaduras en todo el continente. De esa manera, se favorecían a las fuerzas represivas que, actuando con el apoyo logístico de Norteamérica, violaban las normas jurídicas de sus países. A los efectos del “Buen Vecino” bastaba que un gobierno se proclamara soberano con un mínimo de apoyo entre los sectores de la oligarquía, para obtener la aquiescencia de Washington. Por eso, las dictaduras de Batista, Trujillo y Somoza -entre otros- tuvieron siempre la venia de la administración Roosevelt que por doce largos años rigió los destinos de la gran nación del Norte.
A partir de 1943, teniendo en cuenta la nueva coyuntura histórica que surge con la II Guerra Mundial, el aparato burocrático de la administración Roosevelt empieza a sufrir cambios: en ese mismo año Sumner Welles renuncia, presionado por Cordell Hull. El propio Hull deja su cargo en 1944 para ocuparse de la fundación de la ONU. En abril de 1945 concluyó la II Guerra Mundial y murió el Presidente Rooselvelt, con lo que el gobierno estadounidense pasó a ser comandado por Harry Truman. En general, la derrota en la guerra mundial de dictaduras fascistas como la alemana y la italiana favoreció el repudio a los regímenes de fuerza que se mantenían en América Latina; ya en 1944 habían caído las dictaduras en El Salvador y Guatemala. En esas circunstancias el régimen trujillista, a pesar de su apoyo incondicional a los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, se apreciaba como un anacronismo.
En Cuba, durante este periodo de conflagración, había tenido lugar la fundación del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) el 21 de enero de 1939 en el barrio El Cano, casa del exiliado Virginio Mainardi. Entre los fundadores se encontraban: Juan Bosch, Juan Isidro Jiménez Grullón, Enrique Cotubanamá Henríquez y Angel Miolán. La doctrina de este partido se vinculaba a la de los partidos de tendencia nacional-reformista de América Latina como fueron la Alianza Popular Revolucionaria (APRA) del Perú, la Acción Democrática de Venezuela y el Partido Revolucionario (Auténtico) de Cuba. Con posterioridad, hacia 1943, el PRD celebró su primer congreso, para entonces debió cambiar de denominación por la de Unión Democrática Antifascista Dominicana (UDAD), cediendo a la presión del gobierno de Batista que pretendía complacer de algún modo a Trujillo. Por varios años el PRD fue la organización de exiliados dominicanos predominante con secciones en varios países pero no pudo alcanzar la completa unión de toda la comunidad de expatriados en las Américas. En Cuba radicaba su sección más consolidada.
Por esos años tuvieron lugar cambios políticos que favorecieron a los exiliados dominicanos. En junio de 1944 fue electo presidente de Cuba Ramón Grau San Martin; en julio de 1945, Juan José Arévalo toma el poder en Guatemala, en tanto en octubre, asume la presidencia en Venezuela, Rómulo Betancourt. Estos tres gobiernos, unido al de Élie Lescot en Haití, resultaron abiertamente hostiles a Trujillo, por lo que se crearon las condiciones para que los desterrados dominicanos desarrollaran una vasta conspiración con el sustento que le dieron estas administraciones.
En octubre de 1944 tuvo lugar en La Habana el Primer Congreso de Unidad de los exiliados dominicanos del cual emergió el Frente Unido para la Liberación Dominicana (FULD) que agrupaba a la “Unión Patriótica Dominicana” dirigida por Ángel Morales, al “Frente Democrático Dominicano” de Ramón de Lara, a la Asociación Independiente para la Liberación Dominicana” de José R. Kingsley, así como el Partido Revolucionario Dominicano. En esta última agrupación comenzaban a surgir divisiones entre su presidente, Juan Bosch, y Juan Isidro Jiménez Grullón. Como resultado de este congreso unitario se nombró a Leovigildo Cuello como delegado general del Consejo Supremo y a Juan Bosch como enviado especial para las negociaciones con los gobiernos de la región que simpatizaban con la causa redentora dominicana. Diferentes miembros de la sociedad civil cubana estuvieron invitados a aquel congreso de unidad dominicana. La Federación Estudiantil Universitaria (FEU) elaboró el documento “A los estudiantes de América” que tuvo gran impacto continental. Con posterioridad se creó el Comité congresional Pro Democracia Dominicana dirigido por el senador auténtico Eduardo Chibás y que tuvo una sección en la Universidad de La Habana, dirigida por Fidel Castro.
Durante este periodo los exiliados dominicanos asumieron diferentes posturas sobre la mejor manera de deshacerse de la dictadura trujillista. Un primer momento estuvo caracterizado por el deseo de los exiliados de convocar a la opinión pública y a los organismos internacionales para que presionasen a la dictadura trujillista a ofrecer cambios democráticos. En un segundo momento un sector dentro de los exiliados dominicanos entendió que era posible actuar desde adentro de la dictadura de Trujillo para producir cambios legales y, en un tercer momento, la mayor parte de los exiliados pasaron a conspirar con vistas a iniciar una insurrección.
Con el objetivo de ganar apoyo internacional los exiliados alentaron diferentes propuestas que fueron discutidas en las reuniones internacionales más importantes del año 1945. En ese sentido cabe destacar las conferencias de Chapultepec y la de San Francisco donde se condenaron los regímenes dictatoriales, aunque no se mencionó el caso particular de la República Dominicana. Al propio tiempo en la Conferencia Panamericana de Montevideo se elaboró la doctrina de la intervención colectiva para aislar y condenar las dictaduras. Esta última propuesta, elaborada por el canciller uruguayo Eduardo Rodríguez Larreta, no tuvo el consenso latinoamericano. Muchos exiliados estuvieron pendientes a que, por la fuerza de la presión internacional, Trujillo se viera obligado a dejar el poder pero esta opción no fructificó.
En nuestro país, el senador cubano Eduardo Chibás, dirigiéndose a los congresistas de distintas tendencias que eran miembros del Comité Pro Democracia Dominicana, les propuso apoyar una moción de condena al régimen trujillista, similar a la aprobada por el congreso venezolano. Sin embargo, esta moción no fue aprobada por las reservas de congresistas más conservadores como Emilio Núñez Portuondo y Agustín Cruz, quienes pensaban que el voto de este acuerdo podría dar lugar a una ruptura de relaciones diplomáticas con la República Dominicana y ello se consideraría un paso contrario a la unidad continental.
En el año 1946 Trujillo anunció que permitiría el retorno de los emigrados y la fundación de partidos y organizaciones sindicales nuevas. En medio de ello, tuvo lugar la visita a Cuba de Ramón Marrero Aristy, secretario del trabajo dominicano, quien se reunió con altos líderes del Partido Socialista Popular con vistas a propiciar un entendimiento que permitiera darle participación a los exiliados dominicanos en la nueva oferta hecha por Trujillo. La Central de Trabajadores de América Latina (CTAL) aprobó el acuerdo entre Marrero Aristy y los comunistas cubanos con la intención de favorecer una salida negociada a la crisis dominicana.
No obstante las advertencias hechas a los comunistas por el resto de los exilados dominicanos que no compartían esa nueva táctica, el 23 de julio salieron hacia la República Dominicana Ramón Grullón, del Partido Democrático de la Revolución Dominicana (PDRD), y dos dirigentes obreros cubanos: Ursinio Rojas, líder sindical en Santiago de Cuba, y Buenaventura López, director de la sección de Cultura y propaganda del PSP. Tenían el objetivo de organizar una confederación laboral que sería aceptada por Trujillo. La revista Bohemia recogía el sentir de algunos de los exilados opuestos a esas negociaciones quienes se quejaban de que los del PRDR no les habían consultado para dar ese paso de buscar arreglos directamente con Ciudad Trujillo y se hacían esta pregunta: “¿Qué justificación existe para que un núcleo se separe del frente común contra la dictadura dominicana en nombre de un inminente cambio de ésta hacia la democracia del cual no se capta indicio alguno?”.1
En definitiva este intento de procurar una salida negociada a la crisis dominicana por medio de un entendimiento con Trujillo, no llegó a consolidarse debido a la susceptibilidad de la dictadura ante los actos de proselitismo y las manifestaciones de la oposición. La represión fue tenaz y muchos opositores tuvieron que pagar con la muerte o la prisión, su postura negociadora.
1 Sección “En Cuba”, Bohemia, 4 de agosto de 1946, año 38, no. 31, pp. 47-48.
