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Juego macabro

Alberto Marrero  , 04 de julio de 2016

"Loly" es el título del relato de la destacada narradora guantanamera Ana Luz García Calzada que hoy ofrezco a los lectores. La historia se centra en una adolescente, estudiante secundaria, que sueña con ser modelo de pasarela animada por una amiga que se dedica a estos menesteres. Esta le facilita revistas que avivan su aspiración de convertirse en una de esas chicas que portan joyas y vestidos de moda. Sin embargo, su madre tiene otros planes para ella y le propone la conocida estrategia del gato y el ratón, con la alternativa de intercambiar papeles, es decir, ora se es gato ora ratón. Cruel metáfora de un juego donde la moral no cuenta. Sabemos de fenómenos donde los progenitores inducen a sus hijos a la prostitución, de familias disfuncionales. Pero no me voy a explayar en consideraciones de tipo sociológico, incluso político. Nadie es tan ingenuo como para no comprender de qué se habla en este relato y, sobre todo qué sugiere. La literatura de ficción no es el espacio propicio para teorizar. Aquí hay personajes que actúan según sus reglas de vida, movidos por intereses que solo el lector habrá de juzgar.

Me gustaría añadir que el relato es directo, sin grandes fintas estructurales ni exceso de referencias culturales. El humor y la ironía matizan la crudeza de la historia. Tampoco el desenlace  es forzado ni grandilocuente. Es una historia contada en primera persona que fluye con mesura. Lo que he tenido la oportunidad de leer de esta autora, cuya obra narrativa ocupa un lugar importante  en la literatura del país, en medio de su diversidad  de estilos y estéticas, me hablan de una creadora que  busca siempre la comunicación con el lector y de un oficio y talento ya validados por el tiempo. 

Dejo en las manos del lector este relato inédito que la autora y amiga  me regaló para este espacio. Más adelante volveré con otras muestras de su obra narrativa, la cual merece como otros escritores de una mayor divulgación por todos nuestros medios.





                                          LOLY

                              Ana Luz García


Desde que Zeta cayó presa y Alma desapareció, todo está patas arriba en esta casa.  Mamá comienza a pelear en cuanto abre los ojos y pone  a ablandar los frijoles del día, que son más duros que su corazón. No me deja mirar revistas de modas y eso me pone mal pues descubrí en ellas una manera de ser otra, y lo peor, hace una semana que no me deja salir de casa y cada vez aumenta más el número de piezas en mi batea; mis sueños de ser una top model  se me han desvanecido.

Todo comenzó cuando Carmita, una amiga de la escuela, me sorprendió mirando una vieja revista Vanidades. Desde ese momento empezó a proveerme de las que denominó las mejores: Vogue, Glamour y Victorias  secret, pero a escondidas de mamá que ya saben, es todo un inquisidor, y para colmo está exigiendo cada vez  con más fuerza mi aporte monetario para la causa familiar.  Ella fue la que me empujó a la nada, cuando se apareció en la casa con el renacuajo cuarentón. El tipo me mostró un billete de los grandes y me dijo que sólo quería mirar, y yo le respondí con una sarta de malas palabras, porque imagínense, estrenarse con un ejemplar como ese. Mamá me regañó y, al contradecirle, soltó aquello de la causa otra vez y luego que debía ser más astuta y jugar un poco al gato y al ratón. No entendí muy bien en qué consistía el juego y al exigirle que fuera más exacta, me miró de arriba abajo y pronunció una de sus frases predilectas: lo que se sabe no se pregunta. Desconcertada, comencé a pedir ayuda a mis amigas, pero nadie me daba bola, salvo Carmita, que me pidió detalles y no tuve más remedio que contárselo todo. Mi amiga frunció el ceño primero y luego echó una carcajada y me llevó para su casa del Sur, donde funcionaba su taller de tops models. Yo estaba como lela, porque jamás imaginé que existieran tantas muchachas interesadas en el asunto. Allí pude ver el primer video de pasarelas, todo un despliegue de lujo, luces y bellísimas modelos.

Después Carmita explicó las últimas tendencias y alardeó de sus conocimientos, sitios en Internet, casas  y diseñadores famosos. Por último, improvisó una pasarela en el zaguán por donde tuvimos que desfilar; al final mi amiga comenzó a descartar a las que, según ella, no servían para el negocio.  Basura, me susurró al oído.  Increíblemente, yo sobreviví a su rigurosa selección, aunque la ropa con la que desfilé dejara mucho que desear, ya saben, modelos inventados por Mamuchi que en su trotar por la vida hasta  costurera ha tenido que ser, eso sí, de categoría, eh, y a mis vestiditos les hace tremendo escote, porque según ella  me favorece, ja, ja.  Nada, que al regresar a mi casa estaba convencida de que había nacido para modelar. No se pueden imaginar  la reacción de algunas de las aspirantes rechazadas, vestidas a la moda y con largas piernas, figuras estilizadas, caras embadurnadas de maquillaje, lo contrario de mí una yegua salvaje y pobremente vestida, así gritaron. A lo que mi amiga respondió que sí, pero con buenas defensas, ja, ja, especial para modelo de joyas. Ya tarde nos despedimos en el corredor con un abrazo. Entonces me susurró  una frase que a partir de ese momento sería una especie de lema  para mí: Observa a tu gata.  Y me puso en las manos una de aquellas revistas famosas con una foto en la portada de la ella que consideraba una diseñadora de ¨excelencia¨. Miu Miu, dijo. Igual que mi gata, sonreí. No querida, Miuccia, se llama Miuccia y es una de las grandes diseñadoras de hoy, observa con qué estilo lleva el collar. Ustedes podrán suponer que al despedirme de Carmita estaba más que convencida de que había nacido para eso.

Esa noche no pude dormir y hasta me levanté para observar a la Miumiau que yacía debajo del viandero, pero estuvo inmóvil todo el tiempo.  Mas como soy terca como una mula, en  noches sucesivas la espié hasta que en una se dignó a alzar las orejas y erguirse como respondiendo a un llamado, y luego de estirarse como goma de mascar y husmear entre los ladrillos donde Mamá monta el fogón de carbón para sus caldosas, la vi apostarse como un centinela cuando de pronto apareció un guayabito cuyo rabo quedó trabado entre sus garras solo unos instantes, para enseguida soltarlo y volverlo a coger, y así hasta que el animalito se le escapó por el caño del desagüe. Quedé pensativa: el consejo de Carmita, al parecer simple, me resultaba confuso, pero el de Mamuchi lo comprendí en ese momento de inmediato.  Fruncí el ceño al igual que mi amiga cuando tenía una idea en la cabeza ─ soy bastante mimética. El juego consistía en hacer a veces de gata y otras de ratón.

Pasaban los días y mamá con su cantaleta de siempre. Estamos tocando fondo  y tú no acabas de reaccionar, insistió. Entonces  acepté que el renacuajo me mirara los pechos. Primero lo esquivas con esa manera felina que te expliqué; luego te haces la boba y cedes, pero cuando se acerque mucho  lo rechazas. El parón que le di fue excesivo, se me fue la mano  y así no era el juego que mi madre me había sugerido.  Vas a perderlo, me dijo ella. Astuta, despedí al cuarentón con coqueterías que  había aprendido en los videos y hasta me dejé besuquear un poco para que se fuera contento.

Lacrimosa, mi madre me explicó su angustia por el futuro. Me habló de mis hermanos, de Julito que era su mayor esperanza por valiente y trabajador, si bien para mí era el bofe de la casa,  y luego de Gerardito, y ahí sí que yo también me puse llorona, porque ese era mi hermano de la pelota, mi compinche, al decir de Zeta, que en ocasiones se ponía celosa, aunque no sólo ella, para Alma también era su preferido y entonces era yo la celosa, y no le permitía a nadie que levantara chismes contra él, mucho menos después de muerto. La gente tiende a ser implacable cuando del prójimo se trata. Pero como Mamuchi tiene tremendo nivel de recuperación, comenzó a darle un giro espiritual  al asunto.  En eso no nos parecemos en nada. Mi hermana Zeta se metió en la brujería para aliviar el dolor. Pero volvamos a las palabras de Mamuchi.  En verdad las cosas  se habían puesto muy duras y ella no daba abasto para lavar y planchar por unos pesos que se iban en un abrir y cerrar de ojos. Vas a tener que dejar la secundaria y ayudarme con la batea, me dijo amenazante. Semejante decisión estaba muy lejos de mis aspiraciones; soñaba con vestirme bien y desfilar por las pasarelas que Carmita me mostraba en las revistas y en videos que le suministraba su amiguito el diseñador. Lástima que Gerardito ya no viviera, porque ese sí que entendía la moda y hasta en una oportunidad me confesó que le gustaría diseñar ropas. ¡Si mi padre lo hubiese oído! Isleño  y  bruto, le habría dado un par de puñetazos. Así que yo, en silencio, le daba rienda suelta a mis ensoñaciones, que incluían el flechazo a Marquito que de seguro iba a tomarme un poco más en serio, pues mis trapos daban pena. Me hice el propósito de engañar no solo al renacuajo, sino también a Mamuchi que amenazaba  convertirme en su esclava si no cumplía con el plan que había  trazado que, según sus propias palabras nos salvaría por un buen tiempo, con la ventaja agregada para mí de que podía seguir estudiando.

Pasé varios días ansiosa, sopesando cada uno de los consejos y apartando de mi mente  a ese hijito de papá y mamá que siempre me ronda pero que no da ni un centavo, el muy puñetero me gustaba muchísimo. Una noche tomé en consideración los versitos de Mamá: el amor y el interés fueron al campo un día y más pudo el interés que el amor que le tenía. Así que cuando me  volví a encontrar con el renacuajo, hice una finta en el grupo, busqué una zona oscura y me recosté contra la pared del muro que divide nuestro territorio de la carretera; yo llevaba una blusa de Carmita de escote atrevido que dejaba ver el nacimiento de los pechos y bajaba en forma de U por la espalda; recuerdo que se quedó extasiado ante la opulencia de mis carnes que vibraban como muelle de colchón al más mínimo de mis movimientos. Entramos en un pasaje que corta como un hachazo un grupito de casas, ya anochecía y el calor era sofocante, de manera que cuando me zafé la blusa el aire entró a sus anchas y hasta sentí cierto placer por el refresco y también por los ojos del renacuajo que solo supo balbucear algunas indecencias y entregarme el dinero a regañadientes, pues quería más. Nerviosa me cerré la blusa, cogí el billete y salí como perro que tumba la olla.  Por el camino fui sobando los billetes y antes de entrar a casa escondí la mitad entre mis pechos codiciados. Fui de puntillas hasta la cocina y puse el resto sobre la mesa. Luego  me acosté para  soñar un rato con un vestido malvarrosa que había visto en la shopping.  Ja, ja,  allí estaba Mamá como un sargento de línea exigiendo todo el dinero para los víveres del mes. De nada sirvió que me enfureciera o que luego astutamente le pidiera algo  para comerme una pizza.  Parece mentira que no te des cuenta de la situación en que estamos. Tampoco sirvió que me echara a llorar a moco tendido, el corazón de mi madre ya les dije, se ha puesto más duro que una piedra.

Esa noche apenas pude dormir rumiando toda suerte de desquites hasta que me di cuenta de que en mis manos estaba la solución, simplemente el renacuajo enloquecía cada vez más por mi y yo decidí cobrarle el doble y buscar un escondrijo en el patio para guardar mi parte, de tal forma mataba tres pájaros de un tiro. Me quedé dormida casi amaneciendo.

Mamá casi tiene que tirarme de la cama al día siguiente para que no llegara tarde a la escuela; con la prisa me quemé la lengua con el café y tomé al vuelo una de esas galletas marineras que ella se agencia en la panadería por ayudar con el despacho. No te basta con que te resuelvan el pan gratis, le grité en varias ocasiones, pero ella murmuró por lo bajo sabe dios qué. Nada, que en mi apuro cogí la recurva a una buena velocidad y tropecé de bruces con Marquito; estuvimos quejándonos unos instantes por la chichonada que nos dimos, y encima tuve que aguantar la descarga de que le habían contado esto y aquello, puro egoísmo me aseguró en la escuela  Carmita, los hombres son como el perro del hortelano, que ni comen ni dejan comer, pero tú si que tienes un zoológico aparte, le solté y ella encogió las cejas y soltó la carcajada. Por último me dio uno de sus habituales consejos: las mujeres debemos ser como las serpientes, sigilosas y aparentemente inofensivas. Otro animal más, le dije ahogada por la risa. Pero ella fue al grano ¿Ya terminaste con la revista? Si, mijita, está bárbara, pero… ¿cómo voy a llegar a ser una de ellas, eh, si ni compararme un vestido puedo?, y entonces le conté lo que Mamuchi me había hecho. Tienes que ser más discreta y esconder bien la plata. Espabílate socia.

Apenas pude concentrarme en la clase y no supe contestar la pregunta que me hizo la profesora de historia, porque en vez de estudiar había pasado horas mirando las revistas. De manera que sobre  la Guerra del Peloponeso no sabía ni pitoche. Indignada, la profesora me retuvo en el receso para hacerme unas advertencias. Oara calmarla, le aseguré que sin demora consultaría la bibliografía exigida. Entonces comenzó a mezclar la magnesia con la dispepsia, que si Tuta tales y más cuales y que si Alma aquello de más allá.  Lo de siempre. Verdades de Perogrullo, me aseguró Carmita, ¿y es frase de dónde salió?, le espeté contrariada. Ay, niña, es un personaje que sólo dice lo que ya sabe todo el mundo.

Esa noche esperé a que Mamá se durmiera y cuando la oí roncar como la locomotora que da viajes a Caimanera, saqué la revista y al quitarle el forro que Carmita le puso precavida, la modelo saltó sobre mí con la misma fuerza que su acompañante masculino. Confieso que estuve soñando hasta el alba porque la imagen se me hizo tan cercana que hasta creí ver a Marquito agazapado en un rincón del cuarto; en ese momento no supe si maldecir o agradecerle a Carmita la posibilidad que me estaba dando.  Cuando el gallo del vecino me hizo regresar a esta apariencia de realidad en que vivo, y presurosa le puse otra vez el forro a la revista para guardarla en mi portafolio, fue que me percaté de la presencia del gato al pie de la adolescente de la portada, no lo van a creer pero era idéntico a mi Miumiau, tanto que mi grito hizo protestar a Mamá que se movió inquieta para retomar sus bufidos que sólo en ese instante me parecieron un ronroneo gatuno. Me quedé dormida bien tarde, ovillada en la cama y con el dedo pulgar en la boca.

Otra mañana de correr y chocar con Marquito y de soportar el dolor reactivado del último chichón, pero esta vez el muy desgraciado se aprovechó para darme besitos sobre la frente, la comisura de los labios, el cuello y el estrecho de los Dardanelos, perdón de Pechilandia (por el camino le eché una ojeada al texto que hablaba de la guerrita). El calor me subió como una cafetera y sucumbí por unos instantes a las delicias que el condenado me sopló al oído. De súbito recordé a la Miumiau y me escapé como Jerry a Tom, La clase a primera hora fue de química, embelesada con fórmulas que me acercaban al mundo de la alquimia, según Carmita. Error mío de creer que un tipejo como Marquito podía convertirse en oro. Ninguna persona pude llegar a brillar como el precioso metal. 

De regreso a casa tropecé con el renacuajo que lucía resplandeciente con un pullover de listas y un pitusa acabado de estrenar, porque al muy distraído se le había olvidado quitar la etiqueta. Se notaba alegre y su saludo fue mirarme e invitarme a comer pizza en el Paladar de la esquina. Aunque siempre tengo un apetito voraz, me hice la difícil para poner en práctica la estrategia del gato y el ratón: él insistiendo con la golosina y yo demorando la respuesta con las justificaciones más absurdas de me duele un poco la cabeza, Mamá  me está esperando, debo terminar un trabajo de clase, pero el renacuajo insistía con la golosina y ya sabemos lo que le ocurrió al ratoncito Pérez. Lo miré con unos deseos inmensos de zamparme una de esas pizzas exquisitas que vende mi vecino. La clase había terminado antes de tiempo y contaba con el margen necesario para complacerlo y engañar a Mamá; además, ya había encontrado el escondrijo ideal para guardar mi dinero en la parte trasera de la casa: un hueco pequeño pero suficiente para que mi mano pudiera maniobrar con una cajita metálica que me encontré en el basurero. Así que me dejé llevar hasta el Paladar y después de comerme dos  pizzas con sendos refrescos, y de soportar la andanada de idioteces que el renacuajo me decía, acepté su propuesta de caminar hasta el callejón que fuera testigo de nuestra primera vez y allí, desabotonarme el uniforme y dejar mis pechos bajo su mirada golosa. La tarde era espléndida, plena de luz y un aire que levantaba olas de polvo y aroma de flores, aunque circundada por un silencio molesto que a mi me pareció como la calma que precede una batalla. ¿La Guerra del Peloponeso acaso se acercaba? Maliciosa o quizás un poco acobardada, se lo solté al renacuajo, pero este estaba centrado  en la contemplación de Pechilandia y lo que hizo fue tomar mi mano y ponérsela  sobre la hinchada portañuela. Con un leve grito de rechazo lo despegué y, sin más, me dio la espalda no sin antes meterme un billete doblado entre mis pechos desnudos.

Regresé a casa lo más rápido posible y con sigilo me escurrí hasta el fondo, metí la mano en el hueco y deposité el dinero en la cajita. Mamá no había regresado, así que me tiré en la cama. La imagen del renacuajo se me cruzaba con la de Marquito y tan pronto eran los besos de este sobre Pechilandia, como la imperativa del otro. Lo cierto es que mi mano bajó hasta el blúmer y mi dedo escarbó  el fondo de una humedad que parecía anegarlo todo,  y el olor a las flores silvestres del callejón se mezclaron con las de mi sexo que pedía cada vez más. Embebida en esos menesteres no sentí la llegada de Mamá que me sorprendió en plena faena. De más está decirles lo que se armó, como una hoplita espartana me agarró por la pelambre y de nada me valió mi cortesía ateniense. Para ella la democracia solo existe para su beneficio y me vi acorralada como un simple ratón.. No sabía qué decirle, la lengua se me enredaba y sólo le solté algunas incoherencias, pero ella después de lanzarme un trapo a la cara para que me soplara los mocos, se me plantó delante y exigió una explicación. Bajé la vista y me puse a observar mi dedo gordo del pie que removía su cabeza punzante de gavilán empolvado, ella miró también y cayó en la cuenta. ¿Estuviste de nuevo en el callejón, verdad? Y entonces sí que temblé porque una vez sobre la pista ella no pararía hasta hacerme confesar. Para nada, le dije evasiva, terminamos temprano y me fui a corretear por ahí. ¿Y ese polvero en los pies? ¿Cuál polvero? Sus ojos estaban encendidos de ira, tanto que más bien parecían los del sabueso de Baskerville que había visto en el cine unas semanas atrás, ( ja, ja, ja, ya estoy haciendo comparaciones con animales como Carmita). ¿Dónde escondiste el dinero? ¿De qué dinero hablas? No me contestó y empezó a revolver las cosas y a husmear en cada rincón de la casa, solo le faltaban la lupa y la cachimba de Holmes. Decididamente, había encontrado el lugar perfecto para escapar de sus garras, aunque tuve que escuchar la descarga sobre lo que llamó mi jueguito solitario, para concluir con lo de siempre. Te apartas de Marquito y te pones para las cosas o vas de cabeza para la batea, tú decides, concluyó.

Pasé dos días más tiesa que un palo de escoba, pero al tercero sucumbí de nuevo ante los reclamos del renacuajo que al parecer  babeaba cada vez más por mí. Yo estaba ansiosa por completar el dinero para un par de zapatos de los que venden en los catres,  que sumado al vestidito malvarrosa harían de mí la criatura más deseada del barrio. Por supuesto que tendría que guardar el dinero con mucho sigilo. Entramos al callejón de siempre  y esta vez el renacuajo se desesperó, me levantó de un tirón la camisa escolar y empezó a resoplar como toro, se sacó la tripa y me obligó a acariciarla. Y en eso estábamos cuando sentí un ruido a mi izquierda. Eran nada menos que  Marquito y un amigo tirando fotos con su flamante cámara digital. Podrán suponer mi indignación, pero no pude pasar del grito porque el renacuajo me tenía sujeta y no me soltó hasta terminar, y como la vez anterior me puso el billete doblado entre los pechos. Ya Marquito y su compinche habían desaparecido. Furiosa, salí corriendo para la casa a guardar mi tesoro. Mamá ese día ayudaba con el despacho de los panes. Busqué y rebusqué nerviosa entre las tablas pero la cajita no estaba. Llorosa, me tiré sobre el piso y luego de soplarme los mocos con el ruedo del uniforme, revisé el billete con la esperanza de que fuera más grande que el otro, y por poco me da una cosa.  Era nada más y nada menos que  un triste billete de cinco pesos.
    





 

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