Creer o no creer, no es el asunto, sino la cultura
Un libro muy interesante, que ofrece una buena cantidad de datos para los que deseen saber acerca de asuntos religiosos, es el Diccionario básico de religiones de origen africano en Cuba, publicado por la Editorial Oriente, y cuyo autor es Luis E. Ramírez Cabrera. Tiene 350 páginas, con más de tres mil seiscientos vocablos. En este diccionario se citan voces, leyendas e historias de las religiones que trajeron a nuestro país los miles de miles de africanos, esclavizados, encadenados, que al llegar aquí solamente caminaban por los latigazos recibidos por sus amos blancos, pero que traían en su conciencia su religión, sus ritos, sus cantos, los cuales nunca se les pudo quitar. Además, está redactado de manera muy clara, todo muy bien escrito.
El Diccionario básico de religiones de origen africano en Cuba es una obra para la cual su autor tuvo que revisar varias decenas de textos y artículos de autores disímiles, y algunos de ellos, por suerte, “investigaron y dejaron constancia valiosísima de sus pesquisas en épocas en que aún vivían los llamados «negros de nación» o descendientes directos de estos”. No obstante lo anterior, se hizo preciso buscar practicantes que pudieran brindar ayuda en la confrontación de dudas de muchas cosas que, al parecer, no estaban bien definidas para su autor, y las entrevistas con ellos fueron muy importantes, pues ofrecieron detalles valiosísimos para la consecución del libro.
La firma de Luis E. Ramírez Cabrera (Cienfuegos, 1945) identifica a una buena cantidad de libros publicados, más de doce, entre ellos libros premiados, como El otro hombre de Maisinicú (premio testimonio) y las novelas Afuera asechan los demonios y La muchacha de los espejos rotos; por estas dos últimas recibió el premio Fernandina de Jagua, en los años 1999 y 2007. El amigo Luis es periodista, escritor e investigador folklórico.
Entre las entradas o los artículos de este lexicón existen voces que pertenecen a diferentes religiones, y para identificar a cuál de estas religiones corresponde un vocablo o una frase, el autor señala en las “Advertencias”, que a continuación de ellas se coloca una letra al efecto. Aquí voy a ofrecer solamente las letras que señalan las tres religiones más importantes entre las africanas en Cuba:
(Y) Relativo al complejo Regla de ocha-Ifá, las dos de origen yorubá. Aunque la mayoría de la población en Cuba dice yoruba, el autor siempre identifica así esta religión: yorubá, y de igual manera la voy a citar en este trabajo.
(P) Relativo a la Regla de palo monte, de origen bantú o congo.
(Ñ) Relativo a la Sociedad secreta abakuá o ñáñigos, de origen carabalí, que en un principio solamente aceptaban como miembros de la secta a los propios africanos o descendientes de estos, pero no a los mulatos, y menos a los blancos.
Claro está, como la religión yorubá no solamente es la mayor en cuanto a adeptos en el país, sino la más rica en cuestiones de ritos, mitos o costumbres, pues, por tal motivo, así está representada en el diccionario.
Otro de los asuntos que advierte el autor es que se ha colocado en ciertas palabras el dígrafo “ch” por ser “la grafía más cercana en español”, en vocablos que varios de los practicantes, así como los investigadores de estos temas, han pronunciado con un sonido cercano a la “sh” inglesa, y coincido con él, pues me parece muy lógico, al contrario de lo que sucede en otros libros, donde la grafía “sh” se ve de manera continua y eso es algo híbrido en nuestro lenguaje.
En el cuerpo del diccionario se le dedica un buen espacio, más de cinco páginas, a la figura de Elegguá, y se ofrecen diferentes artículos acerca de este dios yorubá, como “Elegguá guardapuerta” y “Avatares de Elegguá”, entre otros.
Entre los artículos más amplios están los que dan noticias acerca de los abakuá, como son: “Ritos de los abakuá”, “Mandamientos de los abakuá”, y, algunos más, como la “Sociedad Secreta Abakuá”.
Por su parte, la voz lungona pertenece a la regla del palo monte, y con ella se identifican unos palitos de madera con ciertos poderes mágicos. Estos palitos tienen forma ganchuda y reciben también el nombre de garabatos. En los ritos de esta regla, se golpea con ellos el suelo para ir marcando el ritmo.
Entre las entradas que recomiendo leer están: “Montar el santo”; la de la deidad identificada con la Caridad del Cobre, esto es, Ochún; así como la de Dadá, que fue la niñera de Changó cuando niño, que se identifica con Nuestra Señora del Rosario, todas pertenecientes a la Regla ocha o religión yorubá.
También invito a la lectura de los diferentes nombres que en la religión conga o bantú se le dan a los gemelos, como Natalá, Msamba y Batonki. Por último se da a conocer la síntesis biográfica que se brinda en la entrada de Petit, o sea, Andrés Facundo Cristo de los Dolores Petit, mulato conocido como Andrés Kimbisa, que fue quien autorizó a los primeros hombres blancos para que integraran un juego abakuá, en el siglo XIX.
Se llama juego a la agrupación de varios miembros, aunque también se le denomina potencia o tierra.
El autor narra en la “Introducción” que en múltiples ocasiones se ha utilizado el término “cultos sincréticos”, el cual se ha hecho ya común, al definir las religiones africanas, tanto la yorubá como la conga o bantú, así como la dahomeyana o la carabalí, entre otras, de manera totalmente imbricada con la religión católica romana, que era la única permitida profesar —y fue durante años así, en la época colonial— cuando fueron los africanos traídos a Cuba como esclavos. Pero Ramírez se pregunta y él mismo se contesta: “pero, ¿existe realmente este sincretismo absoluto?”, y después termina: “en mi opinión la respuesta es ¡no!”.
Al efecto nos dice el autor que los africanos llegados a nuestras tierras, como hábil recurso para poder practicar sus ritos y conservar sus costumbres y tradiciones, enmascararon sus deidades con la representación de los santos católicos, pero que esta identificación se limitó a la simple semejanza de los colores que distinguían al santo católico con el oricha o la deidad de otra religión africana, así como también por la similitud que pudiera haber habido en las historias de ellos.
Luis Ramírez nos refiere algo que le preguntó una amiga no creyente en estas religiones: “¿Podrían ser creíbles las leyendas que rodean a estas religiones africanas?”. Y él le contestó que tan creíbles podían ser el Olofi de los yorubá, el Nsambia de los congos y el Abasí de los abakuá, como creíbles podrían ser el Jehová o Yavé de judíos o cristianos que se describe en la Biblia, o el Alá del Corán, y tan aceptables como la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo, o las maravillas atribuidas a Buda o cualquier historia respecto de los dioses como Brahma, de los hindúes o Mahoma, de los musulmanes.
Recomiendo este Diccionario básico de religiones de origen africano en Cuba, tanto a creyentes —para que tengan conocimiento teórico de su religión—, como a los no creyentes —como forma de estar informados en este campo—. Y eso será algo que se agradecerá, pues es un libro que profundiza sobre asuntos muy arraigados de la cultura cubana.
Además, seguramente que las deidades que reinan en este diccionario bendecirán a sus lectores con un aché bien fuerte.
Editado por Yaremis Pérez Dueñas
