También se puede escribir sin fumar
Numerosas son las fotografías en que vemos a grandes escritores (y no solo escritores, también científicos, hombres de Estado, artistas en general) con un cigarrillo o un habano entre los labios. Y en ocasiones, tales fotografías se han convertido en una consciente (o inconsciente, según prefiera) publicidad para el consumo. Porque bien analizado el asunto, de entre todas las adiciones es el tabaquismo la más mediática. No lo dude.
Tiempo atrás, una canción en boga afirmaba que “fumar es un placer sensual, genial, fumando espero al hombre a quien yo quiero…” Y del texto anterior se colige fácilmente que no es adicción privativa de los hombres, puesto que las damas también lo consumen, y entre ellas, algunas escritoras famosas a las cuales descubrimos con su cigarrillo entre los labios.Del siglo XIX probablemente sea la escritora francesa George Sand la más famosa fumadora de puros.
No existía entonces el conocimiento que hoy se posee acerca de los efectos dañinos del tabaco, tampoco proliferaban las campañas que hoy lo sitúan a la manera de un volcán dormido en las entrañas del fumador, que más tarde o más temprano despierta y lo destruye desde adentro.
Hay quienes alegan que el cigarrillo les estimula la inspiración. Y no lo dudamos. Lo mismo puede ocurrir con la música, el sorbo de café, o cualquier otra fuente que ocasione placer a quien escribe, porque es oficio un tanto solitario al que no viene mal alguna compañía. El humorista y escritor Mark Twain afirmaba que “si no puedo fumar puros en el Paraíso, no iré”.
Diversas maneras de tentar al fumador tiene el tabaco: están el puro o habano, el cigarrillo con filtro o sin él, la pipa o cachimba, la boquilla… y aunque la cajetilla alerte en su exterior que “fumar daña su salud”, mientras grandes actores, escritores, celebridades y hasta personal médico y docente lo hagan en público, y los padres en el hogar, el resultado será insatisfactorio.
Si de escritores se trata, la relación de fumadores es extensa. Aun anteriores al registro fotográfico, pinturas y grabados revelan que Charles Dickens, Honoré de Balzac, Stéphane Mallarmé y Charles Baudelaire, entre otros muchos, exhalaron bocanadas de humo bien contaminantes.
También embelesados por el aroma llegado de América quedaron otros autores europeos: Gustave Flaubert, Thomas Mann, Bertolt Brecht, Jean Paul Sartre, Georges Simenon, William Somerset Maugham, Albert Camus, Bertrand Russell, Julio Verne, Oscar Wilde, Emile Zola, Cesare Pavese...
Entre los autores norteamericanos que fueron sempiternos fumadores pueden citarse, entre otros, a Raymond Chandler, John Dos Passos, Dashiell Hammett, William Faulkner, Walt Whitman.
En tanto que de habla española, y sin hurgar mucho, resaltan los nombres de Benito Pérez Galdós, José Lezama Lima, Julio Cortázar, Camilo José Cela, Jorge Guillen, Octavio Paz y Juan Rulfo.
Mas no es todo: los personajes de la literatura, los tipos duros de las narraciones policiales, rara vez no son fumadores empedernidos.
Con tales nombres y ejemplos bien puede llegar el lector a pensar que el tabaquismo en modo alguno afecta la producción literaria, y en ello tal vez lleve razón, solo que sí afecta la salud en su generalidad y perturba el desenvolvimiento de otras muchas funciones que limitan las posibilidades que la vida abre, con lo cual acortan su duración natural.
Porque de algo, amigo lector, no tenemos duda: fumar no es condición para escribir o ejercer cualquier otra actividad artística, ni tampoco es el compañero ideal de la creación. Se puede escribir, y además, hacerlo muy bien, sin necesidad de quemarnos por dentro.
Editado por: Dino Allende
