Las malas palabras... de cariño
Uno de los problemas que afronta el español en Cuba, España y otros países hispanos, es el empobrecimiento lexical de que dan muestras algunos sectores significativos de sus hablantes, que pretenden resolver todas sus necesidades de expresión con un centenar de palabras, de las cuales un porcentaje alarmante corresponden a las que eufemísticamente llamamos “malas palabras”, donde se agrupan términos vulgares, obscenos y jerga, que se reciclan constantemente en el discurso oral.
La literatura ha dado luz verde a muchos de estos términos en su empeño de reflejar el habla popular y la atmósfera circundante. Lo mismo han hecho el teatro, el cine, la televisión y la radio (esta última en menor grado). Se trata en tales casos de una “licencia” artística que tal vez mal interpretada contribuye a la difusión del problema. Curiosamente, los autores clásicos y eternos de nuestra lengua consiguieron escribir, ¡y escribir bien!, sin recurrir a ellas.
Aclaremos algo: quien escribe no es purista, ni academicista. Tampoco censor. Es simplemente un individuo en el ejercicio de su opinión.
Con las malas palabras (utilizaremos esta denominación), sucede como con las especies invasoras en la Naturaleza. Se infiltran y penetran, avanzan y se vuelven incontenibles, desplazan y acorralan a las palabras que antes ocupaban su espacio. El ámbito familiar es uno de sus reservorios más usuales, donde se enmascaran dentro del contexto doméstico, pierden su significación real y con frecuencia se convierten en maneras de expresar nuestro cariño. ¡Vaya curiosa manera de hacerlo!
Sucede así que la palabra deja de ser “mala” para ser “cariñosa”, pierde su carga semántica ofensiva para ser sinónimo —en la voz afectuosa y el tono del hablante— de ternura, simpatía y anuencia. Si el depositario de esa muestra de afecto es un pequeño, la asume por su intención... no por su significación, con lo cual deja de ser una mala palabra y por ahí mismo empieza a repetirla. Por ello, algunos afirman que no existen buenas ni malas palabras, que todo depende de cómo se las interprete. Entonces, ¿cómo quedo yo?, diría esa gran actriz cubana que es Aurora Basnuevo.
Como es asunto de muchas aristas, muchos se sienten libres de tratar y maltratar el idioma a su antojo, como si fuera una propiedad personal y no el patrimonio de un pueblo
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Todo comienza de buena fe, cuando al pequeño de la casa le llamamos sinvergüencita, joderdocito, cabroncito... Se trata de palabras del ámbito doméstico, que pudiéramos llamar malas palabras de primer grado. Pronto, los términos que con amor se emplean en el hogar o el barrio tienen una carga semántica ofensiva mucho mayor, de tercer o cuarto grados, capaz, decenios atrás, de ser motivo para un duelo entre caballeros. Hoy día, cuántas veces no habrá escuchado, entre signos de admiración y cariño, cosas como estas: “El muy hijo de p... (un punto suspensivo por cada letra de la palabra omitida) es buena gente”.
Y como no quiero sobrepasar ciertos límites, prefiero no continuar citando ejemplos, esos mismos que seguramente estará usted pensando.
Así es que mientras el asunto de las malas palabras no carezca de control ni se asigne a cada hablante una cuota máxima permisible de aquellas que puede proferir diariamente, seguirán siendo escuchadas por la libre en los más desentonantes entornos, hasta como expresiones de cariño... como si este tan rico idioma español nuestro no las tuviera en abundancia sin necesidad de apelar al mal gusto.
Editado por: Dino Allende
