Apuntes de una tragedia
Hace apenas unos meses, la Editorial Letras Cubanas publicó Apuntes de Josué 1994, del destacado narrador y poeta Nelton Pérez Martínez (Manatí, 1970). Casi todos los textos reunidos en el libro son minicuentos o cuentos cortos, y tratan el tema de los balseros. Para nadie es un secreto la gran tragedia familiar que ha significado el éxodo ilegal (estimulado por la criminal Ley de ajuste cubano) en frágiles embarcaciones, algunas de las cuales han zozobrado en el intento de ganar las costas de los Estados Unidos. En los noventas el tema fue muy recurrente entre los narradores, en especial entre los más jóvenes, al punto que casi nos cansamos de leer historias muy semejantes entre sí. Deberían pasar algunos años para que la literatura recogiera con mayor serenidad y madurez estética las esencias humanas de aquellos terribles sucesos. Este es el caso del libro de Nelton que abre con una suerte de cuento introductorio, donde el narrador revela el origen de los relatos que él denomina maregramas, es decir, telegramas enviados desde el mar, anotados en un chaleco salvavidas por ocho cubanos que fueron rescatados en alta mar después de haber temido por sus vidas. Son apuntes desesperados, nostálgicos, muy humanos, a veces de una crudeza extraordinaria, cada cual con su propia visión del mundo y de sus circunstancias concretas. Ya sabemos que en los momentos críticos ─esos que parecen los últimos que vas a vivir─, el ser humano manifiesta sus peores o mejores cualidades; también que durante la espera de un final incierto, la memoria se convierte en asidero.
Aparece la infancia como referente salvador, con independencia de si esta fue o no feliz. Aparece el primer amor, el ser cercano y querido, los avatares de juventud, olores, lugares, cosas, dioses olvidados o no siempre tan apelados, sucesos intrascendentes pero que en ese instante cobran una dimensión inusitada. Nadie viaja hacia un supuesto futuro mejor sin desprenderse de lo que deja detrás. Nadie se va sin su pasado a cuesta. Nadie corta de un tajo los vínculos con ese pasado, sus deudas y antiguos temores. Estos relatos, más que la radiografía politizada o ideológica de una tragedia, son pinceladas de un cuadro desgarrador, la cara humana del éxodo. Como escritor, Nelton sabe muy bien que el arte de contar historias es descubrir el lado humano de las cosas, o el alma de las cosas como decía Flaubert. El enigma existencial, los entresijos de la conducta, los misterios que llevamos dentro, he ahí el terreno, la parcela que la toca a la literatura. Lo demás queda en manos de historiadores, politólogos, sociólogos o periodistas, por solo citar algunas disciplinas que, si bien ayudan al escritor de ficciones, no asumen los mismos objetivos.
En el libro, los relatos no tienen títulos y están situados de manera tal que a veces nos dan la impresión de que leemos una novela. La novela de ocho balseros en peligro que escriben apuntes atormentados en un chaleco que luego lanzarían al mar. Críticos y estudiosos utilizan el término de cuentinovela para tratar de definir una secuencia de relatos no siempre interconectados en una trama única, pero con personajes y contextos comunes. Yo no me atrevo a afirmar que este libro lo sea (tal vez falten otros elementos caracterizadores), si bien sospecho que el autor lo haya tenido en mente cuando lo concibió. De hecho, en el apunte inicial que ya mencioné, el narrador insinúa que soñaba con escribir una novela a partir de los maregramas que logró rescatar. No quisiera terminar este comentario sin señalar la limpieza del lenguaje, su intensidad, así cómo la eficacia estructural de cada texto. No hay finales impactantes ni grandes peripecias dramáticas. La gravedad de los relatos está en su atmósfera, en la inteligente selección e ilación de detalles muchas veces insignificantes. Tampoco se aprecian desbordamientos líricos; sin embargo, hay poesía en estos cuentos. El lector podrá apreciarla desde el principio.
Nelton obtuvo en el 2015 el premio de novela Alejo Carpentier con Infidente, una novela que recrea magistralmente los meses que el joven José Martí pasó en la Finca "El Abra" después de su salida de la cárcel, al cuidado de un amigo de su padre, el catalán José María Sardá, en la entonces Isla de Pinos. Recomiendo la lectura de esta novela, así como del libro que hoy les he comentado. Los cuentos que acompañan a esta reseña han sido titulados por el autor para su publicación independiente.
Nelton Pérez Martínez: (Manatí, Cuba, 21 de mayo de 1970). Narrador y poeta.Tercer Premio Nacional Cuentos de Amor 1994. Premio Nacional de Cuento Talleres Literarios 1998. Premio Waldo Medina y Premio de la Ciudad de Nueva Gerona 2000. Premio de novela erótica La llama doble, 2004, con El enigma y el deseo. Premio Nacional de poesía Paco Mir 2005 con Epístolas Insulares y, en 2010, con Conteos nocturnos. Premio Internacional de poesía Eduardo Carranza 2011 en Colombia. Premio La puerta de papel, 2011, con la reedición de En la noche. Premio Internacional Letras en la frontera 2013 de Poesía. UNAM – San Antonio, Texas, con su libro El Maldito evangelio insular, que fue publicado en E.U.A por ediciones ALJA. Ha publicado El Viaje, ediciones Ancoras, 1998. Desvaríos Mágicos, Editorial El Abra, 2001. Apuntes de Josué 1994, ediciones Coliseo de El Escorial, Madrid, España, 2001 y Letras Cubanas, 2016. En la noche, editorial El abra 2001 y 2011, y el poemario Soledades Concurridas. La puta y el poeta, editorial Sanlope, 2005. Bitácora, y Un café en el París de entonces, editorial El abra 2005. En la feria del libro del 2006 Letras Cubanas dio a conocer la novela El enigma y el deseo. El mundo de las yslas, editorial El Abra, 2013. Conteos nocturnos, poesía, en Ediciones Ancoras 2015. Premio de novela en el concurso Alejo Carpentier 2015 con Infidente. Sus cuentos y poemas han sido publicados en antologías en Cuba y el extranjero.
SOBRE LOS APUNTES
Nelton Pérez
Dos patrias tengo yo, Cuba
y la noche.
José Martí
Un amigo, que llamaré Manuel, descubrió en una playa de la costa norte cubana en septiembre de 1994 un bulto color naranja que flotaba. Yo, que desde niño había vacacionado en esa playa, imaginé cuánto resaltaba un recalo de ese color sobre las olas que, después de estrellarse contra la barrera coralina, seguían su rumbo con una cresta de espuma que les duraba hasta la orilla. Manuel nadó por el recalo y momentos después, a su regreso, me llamaba para mostrármelo.
Dentro de una bolsa de nylon transparente venían un chaleco salvavidas y un par de chancleta. El chaleco, además de tener el distintivo de un crucero de turismo de La Florida, estaba escrito con mensajes a lapicero, apenas legibles por la caligrafía presurosa y múltiple con que fueron copiados, también borrosos porque Manuel intentó desaparecerlos. Ayudado por una lupa fui salvando aquellos maregramas de un grupo de ocho cubanos que rescatados en alta mar después de haber temido por sus vidas, lanzaron esos apuntes de viaje junto con dos direcciones –sólo una se pudo descifrar– y sus nombres, rogando a quien hallara el recalo que avisaran a la familia. Envié un telegrama urgente asegurando que estaban bien y a salvo. Luego, una carta donde transcribí todo lo descifrado en el chaleco y mi sueño de utilizar los apuntes que más me conmovieron para la escritura de una novela que aún duerme conmigo los week ends. Dos días después vi desde mi portal a un forastero –lo nombro así porque nada recuerdo de él– que me procuraba con un telegrama en las manos. Manuel, único vecino en el barrio que ostentaba medalla al valor en la batalla de Cuito Cuanavale en Angola, lo vio llegar también desde su portal donde acostumbraba a reposar el almuerzo y se ocultó dentro de la casa por miedo a que le fueran reclamados el chaleco y las chancletas. Aclarado todo el asunto el “forastero” se despidió, agradeciendo el aviso y ofreciéndome su casa. Mi madre se disculpó por no invitarlo más que a café, después que él hiciera tan largo viaje. No quiso descansar y partió de prisa, muchas familias esperaban anhelantes su retorno. A la semana comencé a recibir cartas y telegramas de madres, esposas y hermanas que me pedían visitarlas. No tuve tiempo, pero juro que lo deseé con muchas ganas.
Aquí aparecen aquellos apuntes del chaleco, mezclados con anécdotas que le escuché a otros balseros y miedos propios también. En el trance de este mar Rojo de fines del siglo XX no tuvimos otro amparo que la soledad. Yo lo vi.
Josué Cuba
West Palm Beach
CUOTA MATERNA
Los mocos son saladitos y mejor alimentos que las uñas. Son como los ostiones de uno mismo. El amor de madre es único. Papa y Toñita mi hermana están ahí, tan moribundos como mamá, pero sólo la nariz de mamá sigue fabricándolos grandes y húmedos. Algunas manías íntimas que los otros censuran como cochinadas logran mantenerte vivo.
MAREGRAMA I
a Guillermo Vidal y Guillermo Cabrera Infante
a dios grasias y a la birjensita que nos recojío un barco panameño ai cuando yebábamos como siete oras de suve ola y vaja ola y vomitos cantidá que Yalli desía que el motor se mojo y por eso no aranca pero nos salbamos por ovra de un milagro dibino que jamá y nunca me meto yo en otra abentura igual, Mima cuidate y cuideme a mi pomvita Yadisleydis, tamvien a Oderreysis, que se aguante y me sepa guardar que de la vase esa de guantanamo se sale un dia y aya en la lluma arreglo papeles y las reclamo y mando fulas mientra yega ese dia lindo de bolber a estar uníos todos aí o aya a donde voy a vibir y trabajar como mulo que utéd save vien que los ijos de Ortelio izada y utéd somos terribles pál travajo un miyon de vesos mima y rese por mi porbenir y deceeme todas las noches la vendisión de toditos los santos y aga el fabor de yebarle una belita por tres biernes seguíos a la santa Barvara del centro epiritual de Aleida la de Regino no se olbide y como Yalli quiere escrivirle unas lineas a los sullos y como namá que tenemo un lapicero y un chaleco donde les escrivimo que estamos vien de salú y bivos, por eso ya me despido con un veso traquiao. MUA.
Ortelito 94
MAREGRAMA II
Mamá Ofelia: pienso en esta hora la cara que habrá puesto el viejo cuando descubrió en los corrales que me llevé la conguita que él quería para paridora. Seguro que Minervo cuando tenga dos tragos les va a preguntar si la traje para echarle un verraco americano. Pero en silencio tuvo que ser. La freímos. ¿Ya Titi el curro les llevó la manteca? Hay otras cosas como la lona de poner a secar el arroz y la medallita de la Virgen del Cobre de mi hermana Dania que también me hicieron falta. Dígale a Rafe que se empine porque ahora va a ser el hombrecito de casa; no pude tampoco heredarle mi pantalón pitusa nevado ni el pullover rojo de rayas porque necesité cambiarlos por petróleo y unas latas de leche condensada para el viaje. Por cierto, vieja, que todavía estoy flojito del estómago, imagínese que me pasé casi toda la travesía ensuciando el mar. Ortelito dice que gracias a eso no se nos acercó ni un solo tiburón. Bueno discúlpeme por lo de la conguita, pronto les escribo una carta larga de esas que comienza Quiera Dios que al recibo de ésta... y les cuento de cosas lindas y buenas como que pronto voy a enviarles dinero y zapatos.
Los quiere, Yayi.
PROFESÍA
Abuelo con los amigos en su banco del parque que nos veía pasar y pensaba: ¿si tuviéramos esa edad, muchachos?; y su costumbre de ferroviario, todavía sin resignarse a las impuntualidades y la jubilación, chequeando por el reloj de bolsillo los pitazos del tren y el central. Mamá y los insomnios, en puro nervio yendo cada madrugada, dos y tres veces a mi cuarto. Nosotros, los mismos que ahora se mueren sobre esta balsa, con nostalgia por aquellas tardes de bostezo en el parque, cuando temíamos acabar viejos y miserables, grises y calcinados como el batey e imaginábamos, recién imaginábamos que Miami tenía las aceras rosadas y azules, tan azules como aquel cielo que mirábamos cubrir impasible las chimeneas del central donde siempre se posaban tiñosas, alertas a no se qué. Tal vez como pronóstico de esta puta suerte.
TIERRA SIN FIRME
Un piar de gaviotas nos hizo emerger de la modorra y del sueño con una apasionada euforia. Amanecía y en el cayo rodeado por mangles enanos que entraban hasta el mar los rayos del sol comenzaban a despertarlo todo, excepto a las gaviotas que las escuchábamos piar desde hace un rato, graznar de una manera que luego nos parecería muy rara.
Remamos hasta ver los restos de una balsa en un playón de la orilla y cientos de gaviotas que revoloteaban sobre él. Nos alejamos con náuseas.
HISTORIA
Seguro había olvidado revestir también el pistón de la cámara con tela de saco. Eso provocó que el sol lo hiciera salir disparado como un petardo. Introdujo el índice en el orificio por donde se escapaba el aire y así evitó el total naufragio. El día anterior logró casi por caridad que otras balsas, menos maltrechas que la suya –a la que sólo quedaba una cámara sin pistón y se hundía por el peso– recogieran primero a su hija y luego a su esposa. En el barco de recogida le amputaron sin perder tiempo, el renegrido dedo. Preguntaba a todos si alguien había visto a sus mujeres. Mi esposa es… y mientras enumeraba las señas particulares la recordaba el día en que decidieron casarse, las escenas más felices de su vida, juntos; la niña tiene 17 años y el pelo largo y..., venían a su mente, agolpados, las primeras palabras y travesuras de bebé. Todos negaban sin hablar, desfallecidos. Y él volvía a interrogar en voz alta, hablándose a veces a si mismo. Quizá ya estaban en el campamento de Guantánamo Bay, le dijo un marine. Eso lo calmó por un rato. Allá tampoco nadie pudo decirle de sus mujeres. La niña tiene el pelo largo, y ya cumplió los diecisiete… y la madre, mi esposa, se llama… ¿Alguien debe, alguien tiene que haberlas visto, caballero? En la enfermería reportaron que a pesar de los somníferos la última vez que lo vieron se paseaba, sospechosamente, muy cerca de las alambradas que limitan el campo minado que hay entre la base naval y el territorio de la isla.
A LO WALLT STREE
Escuchar las noticias costaba doce cigarros. Un cigarro llegó a valer un dólar. En mi campamento de Guantánamo Bay había sólo un radio, propiedad de un chino de la Víbora. En la tienda éramos un equipo de fútbol. Se hacía una ponina y cada día iba alguien, que nos rotábamos, a la tienda del chino a saber qué pasaba en la isla y qué decían de nuestro futuro en Miami, para luego retransmitírnoslo todo. Rolando daba dos cigarros casi siempre y era quien más fumaba, pero nunca fue a oír la radio porque tenía mala memoria, decía, ¡Men, no retengo nada cuando pienso en mi familly! Un pollo en bolsa negra para su hijo costaba dos dólares que casi nunca él tenía, recordaba: dos cigarros en La Habana no compraban nada.
AMERICAN DREAM
a Tony Borrego
De los sueños que en Guantánamo Bay oí contar, el más raro era el de un flaco peludo y desgarbado que conoció Rolando en la enfermería. Allí confesó que soñaba con comerse una ración de foot dog, necesitaba demostrarse algo a sí mismo, explicaba con vehemencia, incluso a los guardias de las garitas que se reían diciéndole cubano loco y jodedor. Daba clases de dibujo a los niños y siempre podía vérsele solo o alejándose de todos. Estuvo en nuestra tienda pocas veces. Vendía crucigramas a un periódico. Hablaba pausadamente y cuando escuchaba, que era en verdad la mayor parte del tiempo, lo hacía con la comisura derecha de los labios alzados en un gesto que ironizaba su rostro. Rolando le decía “el poeta”. El catorce de febrero se le preguntó por la radio de la base qué era el amor. Respondió que un cielo con todos los papalotes perdidos en la infancia, regresando. Después de aquello dejó de parecerme un ordinario y antipático excéntrico, pero entonces comencé a descubrirle trazos caninos que al menos para mí lo asemejaban con un espigado ovejero. Todavía me pregunto si habrá realizado su sueño.
KONIEC
Cruzas la calle más importante de tu pueblo llevando a reparar el televisor ruso Kpim-218. Acompañas a tu tío, que silencioso guía la misma bicicleta Niágara en que solía llevarte a la escuela en neblinosas y remotas mañanas de castañetear tus dientes. Tú sostienes el cuerpo cuadrado en la parrilla trasera, proteges la pantalla, imaginas que es un sarcófago. Te avergüenza un poco que muchos se enteren que en tu casa lo que había aún era un Kpim-218. Vas sin esperanzas, por ayudar al tío que también envejeció y vas por ir, adivinando el rostro del mecánico, los gestos, las palabras que en un rato les dirá con trasfondo de pésame. Ves en algunas vitrinas las nuevas marcas de televisores y a su lado el precio en dólares; sueñas un segundo cómo habrían sido los héroes y aventuras de tu niñez en más colores que blanco y negro. Te dices que no importa, que sólo ha sido un segundo de desviación, de flacura ideológica, que a tu manera fuiste feliz. Pero entonces piensas en tu hijo, en cómo lo atraen las pantallas de televisores en colores que ha visto en otras casas. Sientes que atravesar tu pueblo con el viejo televisor ruso es algo más terrible que ir a casa del vecino en las noches a mirar telenovelas y filmes, es asistir casi inconscientemente al funeral de un sueño y una época... es vagar por los pasillos de un hospital donde se está muriendo uno mismo en Urgencias, es ser parte quieras o no de un final, de una despedida inevitable. Es ver con parturienta claridad y transparencia que no es sólo un viejo televisor ruso Kpim-218 lo que llevas al taller, sino también a tu infancia... ¿y quién puede llevar a reparar su infancia?
