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Los sugerentes murmullos de Maykel Paneque

Alberto Marrero, 30 de agosto de 2016

Es muy sugestiva la manera en que el joven narrador, poeta y promotor cultural Maykel Paneque (1977) concibe el relato que hoy ofrezco a los lectores, cuyo título es ya un desafío a la imaginación. Con frecuencia he publicado en este espacio la narrativa que escriben los más jóvenes creadores. Yo no comparto algunas opiniones en boga en torno al carácter gregario de esta nueva hornada de narradores y poetas,  si bien es cierto que a veces dan la falsa  impresión de que siguen un mismo patrón en sus propuestas. Goethe decía: “De joven eres fuerte en grupo; de viejo, en soledad”.  Pero las generalizaciones siempre han sido peligrosas y, en esencia, inicuas. Hay que leer detenidamente y no de modo fragmentario. Cualquier análisis debe estar sustentado  por una mirada integral y desprejuiciada al fenómeno. La literatura exige particularizar, porque cada buen escritor (viejo o joven), amén de semejanzas, credos y concomitancias grupales o generacionales, es un mundo distinto y meritorio de ser estudiado.

Mayquel ya tiene 39 años (o está a punto de cumplirlos), pero su obra narrativa y poética tiene que ver más con el aliento con que escriben los jóvenes en la actualidad. Fíjense que digo “aliento”  y no moda. Las modas temáticas  o estilísticas siempre huelen a la carencia de una voz propia. Y este no es el caso. En medio de una ambigüedad opresiva y creciente, el personaje de la historia es un inválido en silla de ruedas que alguna vez fue  trompetista (o sueña que lo fue, ahí comienza el  equívoco) y se le olvidan las ideas que le vienen a la cabeza, lo mismo despierto que durante sus asiduas pesadillas. Son ideas que él considera trascendentales y que debe retener a cualquier precio. Para ello concibe una simple estrategia: anotarlas en un papel que deberá tener lo más cerca posible de la cama, hasta que decide colocar una libreta  debajo de la almohada para ahorrarse el esfuerzo y la incomodidad de pararse. Llegará, incluso, a colocar una  cámara para fotografiar lo que ocurre en sus sueños. 

Parafraseando a Milán Kundera, después de Kafka la frontera de lo inverosímil ya no está vigilada por la aduana ni por censores estúpidos.  De pronto, aparecen en sus sueños dos mujeres. Una es supuestamente su esposa y la otra su amante. La primera  es infértil y se somete a un tratamiento médico para quedar embarazada; en cambio la segunda logra ser fertilizada por el trompetista y esta se lo hace saber por teléfono. El teléfono está en una cabina del teatro donde el músico ensaya y cuyo técnico de luces enfoca con un reflector quién sabe con qué avieso propósito. 

En ese instante aparece un checo que, sin darle tiempo a virarse, le susurra al oído: “El embarazo es un imprevisto que puede llegar en cualquier momento y desde cualquier parte, un imprevisto contra el cual no hay pararrayos y se presenta en forma de una llamada telefónica”. Ante la pregunta de quién es usted, el tipo responde  con un murmullo del que sólo puede descifrar la letra K. No voy a contar lo que sobreviene a continuación. Baste este esbozo para que el lector se meta de lleno en la historia que, al final, le resultará francamente escalofriante. Un detalle más: la construcción del relato es eficaz, y el enigma existencial, la naturaleza humana, o la condición humana, como dijo Malraux, flotan en este relato todo el tiempo como nube grávida.
 
He ahí  por qué considero que los jóvenes narradores no deben ser etiquetados a la ligera. Mayquel Paneque es un ejemplo. Egresado del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”, del Centro de Periodismo Comunitario de la capital y del Seminario Nacional de Dramaturgia, ha obtenido el Premio Farraluque 2002, Alfredo Torroella 2003 y Regino Pedroso 2004 en poesía. Premio de la revista Videncia en entrevista en el 2006 y  Premio Alfredo Torroella 2010 en cuento. En el 2012 obtuvo el Premio Fundación de la Ciudad de Matanzas en teatro. En 2016 recibió el Accésit del concurso Félix Pita Rodríguez y Premio Fundación de la Ciudad de Cienfuegos Fernandina de Jagua, ambos en novela. Premio de Reportaje Hypermedia en el 2016. Ha publicado Las cicatrices del deseo (Ediciones Hipocampo, poesía, 2003), Entre el caos y el desamor (Editorial Extramuros, cuentos, 2005), Lezama en César: una ventana en el tiempo (Editorial Extramuros, 2007), Un ladrón de sueños y otros asombros (Selección de cuentos infantiles en coautoría con Meylin Sainz Fonseca, Editorial Extramuros 2013) y Cámara lenta (Ediciones Matanzas, Teatro, 2013).

 


Sueños con un murmullo que empieza con K.


Maykel Paneque


A veces me pregunto qué es eso de abandonar los recuerdos en algún sitio y cuando uno se dispone a buscarlos no están, como si decidir guardarlos en algún lugar de la memoria los condenara por anticipado al olvido. Me sucedía a menudo al viajar en el metro, al esperar el periódico en la cola de un estanquillo o al caminar, sin tener donde apuntar esas ideas que asaltan sin previo aviso y uno las acomoda en un rincón de la mente en espera de llegar a casa y anotarlas en el diario o en una libreta de apuntes.

Ahora, empotrado en esta silla de ruedas, con las piernas recortadas, esas revelaciones asoman durante el sueño. Más que la incomodidad de doblarme y llegar entre estornudos al borde de la cama, más que la injustificada vagancia de acercar la silla de ruedas, intentar el esfuerzo de colocarme en ella, realizar varias mancuernas con las ruedas hasta encontrar lápiz y papel, más que todo, es la certeza de que el recuerdo permanecerá intacto unas horas después (con las mismas palabras anunciadas, las idénticas imágenes vividas) lo que me induce a continuar placidamente en la cama. Luego, al despertar, frotar los ojos, forzar la mente, sólo perseveran unos retazos dispersos que empatados no conforman algo preciso que pueda contar después. Sólo persiste la decepción y, más tarde, el reproche por no prever el olvido, dejando todo a mano de una memoria que no hace más que traicionarme.

Fue entonces cuando decidí acomodar bajo la almohada una libreta de notas y lápiz. Hubo días que ni esperé el final del sueño. Ante la intensidad de lo vivido, despertaba sobresaltado, hurgaba bajo la almohada y anotaba los mínimos detalles por infames que fueran. Todo empezó a ir bien. Ayer, sin ir más lejos, viví mi sueño más placentero. Era un trompetista famoso, tenía mis piernas y me encontraba en un teatro ensayando cuando de pronto, así sin más, se instaló el recuerdo de Maura. Trabajaba de enfermera en un balneario donde tratan a mujeres con dificultad para fecundarse. Invitado a dar un concierto al aire libre para las pacientes, la conocí. Al finalizar, la escogí entre las demás, la abordé, me correspondió y pasamos la noche juntos. Al despedirme, no quedamos en nada, por supuesto. Si no le hablé de Teresa fue por no creerlo necesario. Aún así, averiguó la dirección del teatro y me envió una carta. En ella magnificaba el encuentro y agradecía esas horas nocturnas de infinita felicidad. Me negué a contestarla, era como si me volcara encima, con gesto brutal, el recuerdo de una infidelidad latente.

Me disponía a guardar la trompeta cuando el ayudante de luces del teatro apuntó, con un foco verde, a la cabina telefónica. Sí, al sostener el auricular, la voz de Maura reclamaba mi atención para dejarme caer una bomba que estallaría antes de colgar. De más está decir, pero igual lo quiero señalar: fue una conversación difícil. Maura comunicaba imperturbable su atraso menstrual y respondí sin demostrar alarma: quizás no se trata de un embarazo, a veces ocurre ese retraso y no significa nada. Ella reafirmó su seguridad: Lo sé, lo estoy.

Afligido pensé en mi esposa Teresa, en su fe mensual al dirigirnos a la clínica de infertilidad, en su angustia ante el fracaso del tratamiento, y de golpe, con la misma esperma, dejaba grávida a otra. Dije: Maura, resolveré el asunto. Comprendió al momento de qué iba. No cuentes con lo que estás pensando, de eso ni hablar, eso (y dijo “eso” como si en ello se concentrara todo a cuanto podía aspirar), no lo haré aunque tenga que destrozar mi vida. Con esa determinación estaba perdido. Fue en ese instante de consternación que su voz, por primera vez, la voz de ese checo de mierda, me cogió desprevenido. Llegó de espalda, así, sin avisar. Ni tiempo dio a virarme. “Disculpe, tengo esa costumbre: no llego, aparezco”. Ya frente a él, no me molestó la bolchevique, el traje gris raído, esa bufanda ridícula que no sé cómo le permitía respirar, sino el rostro, algo que no podía definir a través de sus palabras. “El embarazo es un imprevisto que puede llegar en cualquier momento y desde cualquier parte, un imprevisto contra el cual no hay pararrayos y se presenta en forma de una llamada telefónica”. ¿Quién es usted?, pregunté ante su intervención tan meteórica, y respondió con un murmullo del que sólo pude descifrar la letra K. Quise acercarme para ver sus labios, sus ojos, pero sobrevino, como un corte en frío, el despertar. Desde entonces, invade mis sueños con puntualidad exasperante, renuente a dejarse ver las facciones.
 
A veces me pregunto qué es eso de soñar siempre con personas conocidas aunque no las haya tratado, como si el hecho de coincidir con ellas en alguna parte las condenara a ser parte de nuestros sueños. Me pregunto, por ejemplo, ¿quién es Maura?, enseguida respondo: una muchacha de quien estuve perdidamente enamorado en el preuniversitario y ni se dignaba a mirarme. Sólo prestaba atención a su block rayado donde escribía cartas a un destinatario que todos ignorábamos, mientras yo moría por la esperanza de serlo algún día. Vuelvo a preguntarme: ¿quién es Teresa?, respondo: la esposa de un diplomático, además poeta, o a la inversa, poeta, además diplomático. Al concluir el recital, en el brindis protocolar, ella me enloqueció a primera vista, así de cursi. Quizás me desquició su ternura, verla acariciar las trenzas de una niña mientras se palpaba su vientre con una tristeza inexplicable. Vuelvo a preguntarme: ¿quién es ese checo de mierda que al interrogarlo sobre su nombre balbucea un murmullo que empieza con K.?, respondo: el huidizo en la universidad a todo trato, con una carpeta de cuero carmelita bajo el brazo y todos pensábamos: ahí guarda su diario y purga sus obsesiones. ¿Lo curioso? Nunca pude verle la cara, algo siempre lo impedía. Aunque sólo estuve un mes en la universidad (no pude con el régimen) no había vuelto a verlo más hasta ahora, siempre de una forma borrosa, como si se disipara en la penumbra al hablar.

Al día siguiente de su imprevista aparición, tracé una raya en la libreta de notas para separar los sueños corrientes de este último. Con su intromisión, el checo iniciaba un ciclo diferente. Escribí: “Sueños con un murmullo que empieza con K.”, y coloqué la libreta bajo la almohada dispuesto a su llegada. Sin embargo, fue Maura quien llegó sin que la llamara.

Me encontraba en casa cercado por los nervios. Apenas prestaba atención a la sinfonía Heroica de Beethoven. Cuando vine a darme cuenta había transitado del primer movimiento al cuarto y las manos me sudaban como si necesitaran apretar algo para aliviarse. Maura había intentado de nuevo comunicarse conmigo. Pensaba en cómo hacerla desistir sin herirla, sin traicionar aquella noche de placer única que se volvía ahora en mi contra. Entre más meditaba me convencía de lo único que puede silenciar una voz insobornable: la muerte, la entrega gratuita del crimen desde la impunidad. Y la manera infalible de celebrar esa impunidad era cometer el crimen en el sueño a través de la asfixia: para evitarme unas palabras atropelladas que anunciaran la súplica o la reconsideración tardía. Sí, Maura sobraba donde existía Teresa. Era tan simple que deseara quedarse con nuestra noche y ya, mientras yo permanecería al lado de Teresa, pero en su ambición, como toda ambición inconforme, eligió más que unas horas de privilegio mutuo y se aferró a mi vida toda, y por ello debía responder con la suya.

Fue una noche atroz y desmedida: ensayaba hasta bien tarde sin lograr concentrarme. El ayudante de luces se había marchado. Sin ánimo de tocar nada guardaba la trompeta en su estuche cuando el timbre del teléfono aceleró mis pulsaciones. Las manos volvían a drenar  mientras me dirigía a la cabina pensativo. “Estás solo, ¿no?” Lo admito: la pregunta me tomó desprevenido, pero en su ansia de descartar alguna presencia, además de la mía, facilitaba un suceso que no tendría marcha atrás. Entonces comencé a planear lo incalculable gracias a la ventaja suprema del azar. Al descolgar ya tenía previsto el modo de estrangular a Maura. “Sí, realmente estoy solo”. “¿Podemos hablar? De verdad, Tomás, me siento desesperada, sin nadie más a quien acudir”. “Sí, terminaba de ensayar, ¿no deseas escuchar lo último que he escrito?” “¿Quieres de veras?”. “Hace tiempo no me escuchas, la última y única vez fue en el balneario”. Sufrí la lentitud de su meditación con desasosiego, ¿sospecharía algo? “No me lo esperaba, estuviste tan frío la última vez que hablamos. Salgo para allá enseguida, estoy frente al edificio. Espérame”. Saqué de nuevo la trompeta y comencé a improvisar sobre el único tema que me azoraba. Maura asomó la cabeza y yo asentí sin dejar de tocar. Me excitó su incapacidad para oler el peligro, su poca cautela mientras se dirigía al matadero con las manos enlazadas hacia atrás y su caminar cabizbajo como si meditara la melodía que resonaba en el teatro. Eligió un asiento delantero, erguida cruzó las piernas y dirigió su mirada hacia mí exagerando una concentración que la exponía a mis deseos.

Fue entonces cuando sonó el teléfono por segunda vez en la noche. No me sorprendió que fuera Teresa. Esperaba su llamada, un acuerdo si me demoraba para cenar. Tuve que sujetar fuerte el auricular, el sudor acabaría por estropearlo todo. “¿Falta mucho, cariño?” Debía ser hábil. De responder el habitual “ya salgo, amor” pondría en alerta a Maura, y unos celos insignificantes impedirían un castigo que merecía por su maldita ambición. “El ayudante de luces no se encuentra, ya salió, ¿quiere dejarle algún recado?” Lo repito, debía ser hábil, ganar tiempo, simular algo a lo que Teresa estaba acostumbrada. “Hoy no, Tomás. No estoy de ánimo, Karenin sigue vomitando todo. Por favor, ven pronto”. Y colgó. “Enseguida anoto, señora”. Señalé a Maura la carpeta de cuero y al traerla le pedí que la abriera. “Ya”. Le di espacio para que entrara en la cabina y se apoyara en una de sus paredes. Aún tuve la delicadeza de esperar a que repitiera ese gesto tierno de acomodarse los mechones dispares tras la oreja mientras se disponía a escribir. “¿Qué anoto?” El bolígrafo se movía impaciente dispuesto a trazar un mensaje sobre la hoja rayada, un mensaje que sólo Maura escucharía. “Teresa te manda saludos”. Dos vueltas con el cable del teléfono alrededor de su cuello bastaron para hacerla reaccionar demasiado tarde. Se mantuvo quieta, víctima de su incredulidad. Con una mano agarré su cabeza y la golpeé contra la pared varias veces mientras con la otra tensaba el cable, sin dejar que me conmoviera sus jadeos, sus convulsiones. Sólo deseaba que se mantuviera de espalda, frágil e indefensa. No quería contemplar por última vez aquellos ojos que veían la cercanía de algo que los míos aún distaban de ver.

A veces me pregunto qué es eso de tener durante el sueño la más absoluta certeza que no se está soñando sino viviendo la vida real, como si la determinación de cometer un asesinato nos condenara a acudir a una sala de un Tribunal Supremo de Justicia, esperar la sentencia de un jurado y recibir el castigo en una celda siniestra. Si durante el sueño disparas a alguien y lo matas, es un impulso real, orgánico, psíquico si se quiere, el que te motivó. Nadie que asesina a otro durante un sueño piensa que sueña. Si oprime el gatillo o empuja con furor la almohada hasta lograr la asfixia, si aprieta con frenesí la soga o el cable, o acomoda bien la puñalada, está celebrando el crimen en la realidad real del sueño.

Pensaba en esto cuando Teresa sigilosa me besó el cuello. “¿Qué sucede? Te siento tenso”. “Karenin no da síntomas de querer recuperarse”, mentí descaradamente. Aún así, prefirió no darse por aludida. Me tomó las manos cariñosamente y me dijo: ¿por qué no me sorprendes un día con una cena? Asentí distraído y ella cerró la puerta al salir para el trabajo. Fui por una copa de slivovice dispuesto a olvidar un crimen sin testigos. Saboreaba la bebida mientras celebraba mi impunidad cuando la voz de ese checo de mierda apareció de nuevo ofreciéndose de testigo. “Entiendo su inquietud”. ¿Qué inquietud?, respondí incomodo. “Me refiero a la ansiedad que se siente al hacer algo indebido y no saber cómo solucionarlo”. “¿Quién cojones se cree para tutearme?” “No se altere, querido amigo, lo sabemos usted y yo, nadie más”. Ya no me irritaba la sorpresa de escuchar nuevamente su voz, sino su cariz ceremonioso, su fingida empatía. Apuré otro sorbo de slivovice sin prestar la más mínima atención. Me irritaba pensar que al virarme y enfrentar su rostro encontraría una mancha difusa que sólo la voz hacía presente. “¿Cuánto cree que vale el silencio, querido amigo, sí, algo tan leve y que tiene un peso enorme en el destino de cualquier criatura?” Me sentí acorralado: un asesinato no justifica a otro, pero si vienen encadenados por un azar incomprensible, por estar alguien presente en un sitio donde no debiera, y escuchar una conversación que privilegia el secreto, queda uno sometido a una carnicería interminable.  

El caso es que pensaba en cómo tender una trampa al checo. No sé si me explico, porque también quería tender una trampa a los sueños, y no sé si en verdad se puede pensar en tantas cosas a la vez. El caso es que durante los sueños siguientes había desplazado a Teresa. A decir verdad, apenas pensaba en ella, estaba concentrado por completo en averiguar si habían culpado a alguien del asesinato de Maura. El caso es que cuando mecánicamente pensé en Teresa fue para tomar prestada su cámara fotográfica luego de que saliera para el trabajo. Se me había ocurrido la brillante idea, una manera como cualquier otra de decir insospechada, reveladora, en fin, una idea genial: fotografiarme los sueños. El caso es que estaba dispuesto a colocar la cámara cerca de la almohada de manera que durante el sueño pudiera dispararme un flashazo. Quiero decir que el ojo de la cámara cubriera mi cabeza entera durante toda la noche y en el momento de la venida del checo disparar el obturador en un acto de sonambulismo consciente o inconsciente. El caso es que deseaba revelar las instantáneas, poder contemplar, de una vez por todas, un rostro huidizo tantas veces imaginado, fijar su cara, el brillo de los ojos, el color de la tez, lo saliente de sus pómulos, la prominencia de la nariz, la espesura de sus cejas, el cansancio de su piel, porque si algo me molesta, quiero repetirlo, es hablar con alguien que aún esforzándome por mirarlo no podía definir su rostro. El caso es que estaba convencido de que no había otra salida. Si no lograba definir la cara, ese murmullo que empieza con K. me llevaría al suicidio. El caso es que si él lograba huir ante la derrota de sentirse identificado no me libraría del peso que significa sus apariciones. El caso es (no sé si porque Teresa no se asomaba durante los sueños o porque él sospechaba lo que me proponía con el lente Kodak) que no aparecía a recitar sus sermones. El caso es que estaba decidido a buscarlo a él, al checo, para matarlo. Entonces fue cuando me propuse traicionar a los sueños. Sí, ya no escribiría, como antes, los sueños en la libreta de notas para fijarlos. Por el contrario, registraría en papel los sueños que deseaba soñar. En esa emboscada no podía dejar nada a manos del azar. Debía extremar las precauciones, hacerles creer que me están soñando cuando en realidad soy yo quien los sueña por anticipado, como si en esa rara disposición los condenara a servirme. La primera estrategia para la emboscada era simplificar “un murmullo que empieza con K.” y definirlo sencillamente “K.”

K. está abriendo la última botella de slivovice mientras Teresa revisa en la sala su álbum fotográfico. Con la copa por la mitad se dirige a la sala. Sí, el muy cabrón sabe que sigo sus pasos, no da la cara, y sin ella para qué desperdiciar flashazos. Ahora saca de una carpeta carmelita recortes de la revista Rude Prava y los esparce por el piso mientras los hojea. “¿Qué buscas cariño?”, pregunta Teresa. “La entrevista a ese inválido de mierda donde él explica como escribe los sueños que desea soñar”, dice. No aguanto la burla, sin embargo no entiendo por qué la mano no responde a la orden que envía mi cerebro, no comprendo que le cuesta introducirse en el bolsillo izquierdo del pantalón donde ansioso la espera el revólver. Sigo sin explicarme por qué los dedos se resisten a moverse, a tomar el mango del arma, sacarla a relucir, no importa que ese checo de mierda esté ahora de espaldas a mí. No comprendo, carajo, que le cuesta a uno de los dedos introducirse en el gatillo al tiempo que mi ojo izquierdo elige a ese checo de mierda como diana. Sí, qué le cuesta a un dedo cualquiera maniobrar hacia atrás mientras celebro la victoria. Sí, no acabo de comprender por qué la mano se queda estática mientras escucha, como yo, al checo despedirse de Teresa con la promesa de llegar temprano del ensayo para cenar juntos, y sin hacer nada, como yo, también paralizado ante mi derrota, lo ve caminar hacia la puerta, abrirla y alejarse de nosotros con la trompeta acuesta resguardada por su estuche, como si existiera otra oportunidad igual. Sí, me cuesta trabajo comprender cómo, dónde, en qué momento, el cabrón se ha adueñado de mi mujer, mi profesión, mi vida, y sigue impune por las calles de la ciudad como si lo mereciera.

A veces me pregunto qué es eso de abandonar el sueño justo cuando uno se dispone a vivir grandes emociones como eyacular, así, desahogadamente a gritos, orinar después de tanto aguantar por no hallar el sitio adecuado, disfrutar de una cena meticulosamente preparada, o al sentirse planeando vacío abajo por haber decidido a lanzarse desde la altura de un edificio o alguien propuso el gesto de empujarnos, sí, y algo se interpone a esas emociones como si materializar un deseo lo condenara, impidiera su celebración. Sí, ahora me pregunto qué es eso de apartar la mano de la enfermera que dice llamarse Maura mientras intenta jeringarme ¿cloro qué? ¿Promar qué? ¿Quién es Marcina?, y siento que me sujetan y atan las manos con algo que parece una correa y que desconozco de dónde sale, cuáles manos la aprietan con tesón estrujando mi piel que empieza a sentir un ardor que contagia al cerebro, como si viniera de él, y de pronto, ¿de dónde?, cada vez veo más nublado, cada vez siento menos fuerzas para resistir, removerme, impedir algo que no sé qué es, pero está por suceder, y de pronto, ¿de dónde?, habla una voz que no reconozco, silabea el nombre de Maura, y ella, ¿desanimada, agotada, defraudada?, responde: ¿Sí?, y él, ¿quién?, balbucea: ¿Recibió cartica de su esposo? Y mientras veo una sombra, o algo que parece una mancha inclinándose hacia abajo y hacia arriba, siento que me elevan atado por una escalera, y mientras dan traspiés cada vez que ganan escalones y más escalones, quizás, ahora no estoy tan seguro, voy sentado en una silla de ruedas, y entonces siento que cada vez veo más borroso, por no decir casi nada o prácticamente nada, o sencillamente nada, y mientras pienso en no ver, en que quizás no volveré a ver nunca más, una luz rara, pero comprensible, se va dibujando mientras me acercan a una habitación, o eso por lo menos creo haber escuchado, aún no tengo el oído enfermo, cuando él balbucea: Es aquí, Maura, al lado del cuarto del Checo, ¿no? y la escucho lejana responder: Sí, es aquí. Y no sé por qué milagro (debo llamarle así, es lo menos que puedo hacer ante una revelación semejante) mientras me acercan a la puerta pienso de golpe que eso está bien, que sí, que aquí es donde debe vivir ese checo de mierda, ese murmullo que empieza con K., que busco hace tiempo para matarlo.



 

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