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La poesía de Teresita Fernández

Roberto Manzano, 30 de agosto de 2016

Las grandes sensibilidades, en cualquier expresión que se desarrollen, son poetas. Inevitablemente, en la misma medida en que ascienden en lo suyo, entran en el reino de la poesía, que es el estadio antropológico más elevado que la experiencia de nuestra especie conoce.

La extraordinaria cantautora Teresita Fernández llevó la canción para niños al nivel artístico y humano más alto posible. En ese ascenso, alcanzó el reino de la poesía a través de la canción. Se instaló en la poesía sin necesidad de atravesar los usuales caminos de la vida poética.

Pero supo mucho y gustó con suma delectación de la escritura poética característica. Que tiene sus propias leyes, sus maneras inalienables de entrar en el mundo interior de los seres humanos de rica sensibilidad. De este notable costado de su quehacer, presentamos al lector algunos de sus más bellos textos.

                         ROBERTO MANZANO


TERESITA FERNÁNDEZ GARCÍA (Santa Clara, 1930- Ciudad de la Habana, 2013). Trovadora, cantautora, guitarrista y compositora. Graduada de maestra normalista y doctora en Pedagogía. Fue fundadora de LA PEÑA DE LOS JUGLARES en el Parque Lenin junto a Francisco Garzón Céspedes. Musicalizó los poemas de Ismaelillo, de José Martí y las Rondas, de Gabriela Mistral. Autora de cientos de canciones para niños, varias generaciones de cubanos han crecido escuchándolas. Entre las más populares se encuentran  "Vinagrito", "Lo feo" y "Tin tin, la lluvia cayó." Desde 1988 se presentó en diversos escenarios internacionales entre los que se destacan sus actuaciones en la Jornada Dariana, en  Nicaragua, y en II Festival de Narración Oral Escénica en Monterrey, México, en el que obtuvo el Premio Chamán. Fue merecedora de múltiples reconocimientos nacionales entre los que se cuentan el Premio Los Zapaticos de Rosa, La Edad de Oro, la Distinción por la Cultura Nacional, la distinción por la Pedagogía Nacional, la Orden Raúl Gómez García y la Orden Rafael María de Mendive.




 CREO EN TI


A pesar de mi duda.
De la sangre en mis ojos.
A la mitad de mi esperanza.
Hijastra de mi absurdo.
A pesar de esta locura,
de este miedo servil que me crece.
Al borde de gritar
tu nombre y cerrarme
en un círculo mitológico.
Pongo todo mi ser
cruzado de espinas y de sales,
curvado hacia el futuro
que eres Tú.
Creo en ti, ensangrentado
por la sola noticia de tu muerte.




DE TEDIO NO


De tedio no,
mientras exista la belleza.
De golpe y a traición
me asaltará la muerte,
que vivo mucho por el sol,
por el gorrión que picotea
en la rama,
por el oscuro caracol de huerta.
Pero de tedio no
ni de tristeza,
que es imposible arrancarme a Dios
mientras hollada en el camino
levante a perfumar la candorosa hierba.




¿CÓMO ESCUCHARTE, DIOS?


¿Cómo escucharte, Dios,
en este estruendo
que forman los aromas?
Dame el vacío o tropieza
conmigo a cada instante.




MURO AMOR


Aquí levanto un muro
de azuladas piedras,
lo cubro de una enredadera fina
de jazmín de seda,
juego a luces de sol,
a relumbrada niebla,
le coloco un lagarto
de verdeazulagua espesa,
le suelto una gardenia alada,
enraizada mariposa yerta,
coloco bajo el musgo un trino
de pájaro invisible de ala tensa
y luego beso enamorada el muro
que se alza implacable en su belleza.




CADA DÍA


Salgo a sacudir claveles,
a registrar violetas,
a cortar la última rosa,
a desgajar jazmines.
Me alegra que existan flores tan pequeñas
y quepan en el corazón de una carta.
El otoño comienza a decorar el suelo
con frágiles oros desprendidos.
El cielo estrena un gris
que me hace conocer tristezas.
A veces llueve
y cesa el ruido de la calle;
los días así,
la gente penetra lo inocente
que duerme en el fondo de mis ojos.
Cada día que te amo
cae en el tiempo
una pequeña cuota de belleza.




DISTANCIA DE BELLEZA


La distancia entre la espina de la rosa y la candorosa violeta.
El agua estancada y la gota de rocío.
La hoja del álamo y la hierbabuena graciosa.
El sonido del cuerno de caza y una flauta tañida en la floresta.
Lo fértil de la tierra arada y la arena junto al mar.
La fibrosidad del lino y el plumón de un indefenso pajarillo.
El violento crepúsculo y el suave olor del alba.
La densidad del buen pan junto al espíritu del café.
La oscura golondrina y el giro alegre de una mariposa.
Una piedra del camino y una concha recogida.
La distancia de belleza que existe entre las cosas
es tu amor para mí.




BARRER


¡Qué cetro rítmico la escoba
en el vals cotidiano!
¡Qué inmundicias
la humilde, la sin queja!
Con gastado cerquillo
y delgadez de rama
¡qué abandonada queda,
silenciosa,
sin más elogio que su ausencia!
Frágil amor
que limpia
el alma de las cosas.




LAVAR


Mar pequeño de espuma
soltando al sol
palomas principales.
A la sombra,
colores que la luz devora,
banderas de amor al viento.
Tus olas
golpean la trama.
Oficio de lavar.
Sea yo la pieza
que espera turno
en la colada.




PLANCHAR


Siempre quemo las cosas
tratando de estirarlas.
Cómo alisar la vida,
estirar su ruguez,
la curvatura sabia del tiempo,
el pañuelo arrugado por las lágrimas.
Desastrada
me presento ante ti,
rocía con suaves aromas mis harapos.




PARA MI MUERTE


Desprenderse tal vez, volviendo la cabeza.
Irse amorosamente de lo suave y lo brutal.
Mi final podredumbre irá bajo la rosa
y sobre mí la hierba.
Un viento cálido me traerá noticias raras,
un papel estrujado, una mariposa muerta.
Yo no sabré qué hacer con tantas cosas.
Siempre igual, siempre.
No cantera de estatua.
No cátedra.
No corona ceñida.
No. Nada.
No sé. No soy así.
Me crecerá una rosa.
Silvestre.




LA PIEDRA


Lo peor será la piedra viva.
Esta que se cubrió de musgo,
la que sujetó una flor silvestre,
la que apreté en mi mano
para que no estuviera triste.
La piedra mojada por la lluvia.
La piedra bajo el sol.
La piedra blanca por la luna.
La piedra perfumada por la hierba.
¡La piedra libre y jubilosa
de todos mis estrenos!
Lo peor será la piedra sola.
¡Ay, esta piedra descreída y calcinada
que me crece!



¿POR QUÉ TANTO AMOR?


Porque sí.
Porque llegó el invierno.
Por la sed de la flor.
Por las raíces muertas.
Porque la lluvia.
Porque el viento.
Por las espadas del orgullo.
Por los amores harapientos.
Por la seda candente en los labios.
Por el mendigo que duerme entre los ojos.
Por mis frutales años.
Por mis rojos latidos.
Por embriagar la pena.
Por anudarla a la esperanza.
Porque yo soy así.
De nadie para el triunfo negro.
De todo por el aire azul.
Como el mar,
como la noche,
como la primavera,
¡como la vida en su plenitud!
Porque sí.




MI RUMBO


Acéndrate, enraízate, sujeta
la veleta y fíjala a mi rumbo.
Mi rosa de los vientos,
 inmutable,
embriagada,
vagabunda,
conocida por el cielo.
A Dios le gusto así,
tan desasida,
sin ley donde apoyarme.
Mi muro es una hiedra.
Enraízate, que ya casi
no existo de inconsútil;
sin embargo, mi nombre es existencia.
Quédate, que avanza mi locura,
aumenta mi entregar alucinado.
Para entenderme
destruye mapas,
historias conocidas,
preferencias antiguas.
Soy sólo un fuego que avanza
y se parte a sí mismo,
ceniza de los muertos que se quedan,
eternidad de Dios en fuga.
Que se aleja.




EL VASO ROTO

                       Sin ver hermosura, ¿quién sintió bondad?
                                                                       JOSÉ MARTÍ

                                                          
                                                  A Ada Elba Pérez

El vaso de cristal amatista estaba ahí, sobre el librero, como una inmensa violeta cristalizada o un trozo de cristal desprendido o una hoja caída de una lámpara emplomada; era una lágrima grande y triste que hacía recordar la pureza inicial del fuego donde brotó.

El color se volvía más intenso en su fondo, como si la melancolía se hubiera convertido en un mar de nomeolvides triturados. Mirando aquel vaso uno pensaba en el vino oscuro de las uvas moradas, pero no, mejor en el agua malva de los violentos atardeceres. Aquel vaso estático y triste era para mi corazón como un poema o una canción imposible. En él atropellaba, con su hermosura, una rosa, un príncipe negro de rojos y verdes agresivos como sus espinas. Era, sencillamente, la belleza. De pronto, por la ventana abierta entró una gaviota y aleteó sobre los libros y éstos se inclinaron peligrosamente hacia el vaso.

Yo no tenía tiempo de detener el desastre y el vaso cayó sobre los mosaicos grises, con un ruido doloroso de cristales rotos. Yo no grité. Crucé, volé el breve espacio que me separaba del vaso roto y ahí, como un ángel caído, estaba la rosa entre amatistas y violetas despetaladas. La mancha gris del suelo, más oscura aún por el agua, se agrandaba como mi pena. ¡Muerto era aún más hermoso!

De repente, la gaviota volvió a volar a ras de suelo, barriendo los cristales con sus alas tensas, sin dejarme decir: Permíteme que lo mire un poco más.

Cuando fui a levantar la rosa, con el corazón apretado contra sus espinas, oí que me gritaban: ¡Cuidado, no me cortes con los cristales! Y ellos ya estaban clavados en mi memoria.




EL MICROSCOPIO

                     Caen y tropiezan siempre en lo pequeño los espíritus altos.
                                                                    JOSÉ MARTÍ

Miraba por el microscopio con una fruición y un entusiasmo que ya se iban arrinconando en la niñez. Primero la gota de agua con paramecios corredores, las campanitas transparentes con silencios de vorticelas. Después vino la sal con sus cuarzos de prodigio y el azúcar de diamantes perfectos.

El pétalo de jazmín de cinco hojas, como un brocado de seda, y el príncipe negro, tres puntos rojos y uno negro. Luego el yodo con su cielo carmelita y sus estrellas geométricas como en el cuadro de Van Gogh, y la ceniza del cigarro que hace pensar en el Vesubio y en la ciudad de Pompeya sepultada.

La arena de Varadero, para saber que cada partícula era de un color distinto, el rosa del caracol, el gris de la madrépora, el brillo del nácar, el ocre de la concha.

Yo pensaba pintar un cuadro en el arabesco de los tejidos; en el ojo avizor de los laboratorios; en el trabajo silencioso de los hombres que viven con sus ojos pegados al cristal, mirando y mirando la materia para descubrir, quizás, la pequeña cosa con cara de monstruo que nos alza o nos derriba.

Cuando separé los ojos del microscopio,  todo lo que me rodeaba era solamente un montoncito de basura.




POESÍA MAYOR (EN PERÍODO ESPECIAL)

                       La pobreza es buena compañera y se vive en paz con ella.
                                                                                JOSÉ MARTÍ

La viejita que tenía siete años se sentó a contemplar su casa y su patio, enamorada del tiempo y del abandono. Primero vio la picuala seca, que al atardecer era un encaje de oro. Después defendió, como si fuera un hijo, la enredadera de coralillo que era su único orgullo, y lo que era mejor, ella sentía cómo todo el que pasaba, tal vez indiferente, arrancaba los racimos de flores para después abandonarlos a lo  largo de la calle donde, paciente y comprensiva, los recogía para ofrendarlos a los jóvenes, los niños que habían crecido con sus canciones, y que eran su compañía, su obsesión, su prematuro y único conato de esclerosis.

La viejita ya no podía con el patio ni con la casa. Sólo podía con su vaso de vino de plátano, aparte del cabo de tabaco: su único descanso.

Ella no podía con tanto, aparte de servir a todos. Así vio cómo la casa se mojaba, cómo los gatos mermaban, cómo se perdieron Bella, Tigre, Siempreviva, Tres en uno… Todas las mañanas los contaba sabiendo que después le propondrían picadillo, papas rellenas, pan con carne… de sus gatos.

La enredadera, las hojas secas, los palos, la basura del vecindario, la cubrían cada día, pero ella lo encontraba hermoso. La enredadera seca de la picuala seguía siendo de oro. Los palos, leña seca por si el barrio debía resistir los embates del futuro. El coralillo, cortina prodigiosa para que sus perras no ladraran molestando a los vecinos que pasaban cortando los racimos rosados.

Día a día, las alegrías y las hojas la cubrieron con su vaso de vino de plátano, agrio, pero era su vino. Nuestro. Y no hubo que enterrarla.

De pronto, la casa se quedó vacía como una capillita pobre.

Sólo un sinsonte director de la orquesta de las ranas, vino a cantarle a los amigos que no se preocuparan demasiado, que la viejita seguía sentada en su sillón, y que aquella inmensa enredadera que parecía un cerro, el Cerro que tanto amó, la cubría para siempre, mientras los niños del barrio jugaban a la pelota en la lomita.
 

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